Plumas

Regresas del mercado con un fresco pollo muerto, recién desplumado. Todavía está caliente. Adentro del cadáver, el carnicero ha embutido patas, cabeza, corazón, cresta, hígado y molleja y otras partes que no puedo reconocer: un crudo carmesí, un acuoso rosa y un lívido azul, barnizados por los fluidos de la muerte. La piel amarilla, pálida como una saturada cáscara de limón en un vaso de té helado, fue picada y sombreada por un calloso cuchillo que medio extrajo cañones y oscuros filamentos de las plumas rotas, como de un rostro sin rasurar. Debo preocuparme de extraerlas con pinzas. Cuando mi madre limpiaba un pollo, después de bañarlo y acariciarlo ya seco, lo sostenía sobre el quemador de la estufa para un final tostado. Recuerdo la hediondez de las plumas chamuscadas. Ahora, encima de una hornilla candente, tratamos de hacerlo bien. Tarde esta noche, en la cama, una almohada se romperá. El aire se llenará de pelusas y plumas. Se pegarán en nuestros labios flotando arriba mientras que reímos confundidos. Dirás parece que tengo alas. Y desearé cada cerda de tu barba brotando como plumas.

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Publicado en: 2005 Noviembre