Sin remontarnos a la hegemonía del latín, que aún perdura en lenguajes
como el jurídico y el eclesiástico, hace ya muchos años que las artes
y las ciencias empezaron su homogeneización terminológica, al menos
en el mundo occidental. En algunos saberes y actividades el predominio
de ciertas naciones era tal que casi toda su jerga tiene el mismo origen
nacional: el lenguaje de la heráldica es francés, el de la música es italiano
y el del deporte es inglés, y el español internacional no ha hecho ni hace
nada más que adaptar con leves retoques ortográficos las palabras importadas. En estos casos ha habido desde hace tiempo internacionalización
del español, aunque a veces por sumisión a una lengua nacional. En otros
casos la unificación internacional sobreviene de forma más paulatina y a
través de la adopción general de palabras procedentes de diversos idiomas,
no de uno solo.

Actualmente se va imponiendo por doquier la fuente neologística inglesa. Pero no siempre se ha empleado el neologismo a ultranza, ni siquiera
el procedente del inglés, tan omnipresente en la vida de hoy. Por ejemplo,
en España no se ha impuesto la palabra computadora (del inglés computer)
sino que se ha preferido ordenador (del francés ordinateur). En cualquier
caso, la creciente unificación internacional del lenguaje es un hecho, y es
grande su intensidad y rapidez. Claro que esta última, la moderna celeridad
de exportación de neologismos y la prontitud de su adopción, también
constituye un fenómeno ambiguo: esa misma celeridad puede imponer una vida fugaz a la palabra.

Una palabra como sputnik, que hasta
entonces sólo se conocía en Rusia,
se convirtió de pronto en internacional en 1957 tras el lanzamiento
por la Unión Soviética del primero de estos ingenios. La gente de
mi generación recuerda la palabra,
pero sospecho que muy pocos de
nuestros hijos la conocen. A veces
la palabra es efímera, en el léxico
como en todo lo demás.
La importancia del inglés es hoy
de todo punto incomparable con
la de ninguna otra lengua: no es
que sea mayor, es que es de otro
orden de magnitud. Eso puede
gustarnos o no, pero es indiscutible. En cambio es muy discutible
la trascendencia política de ese
hecho. Cuando un idioma se convierte en lingua franca, en lengua
de comunicación mundial, deja de
ser propiedad de un Estado o de
una cultura. El latín siguió siendo la
lengua culta de Occidente después
de desaparecer el poder político
del Imperio Romano y el francés
siguió siendo la lengua de la diplomacia internacional tras el ocaso de
la hegemonía francesa. Ni siquiera
está claro que la expansión global
de un idioma sea beneficiosa para
la cultura correspondiente. Los filólogos españoles ya no hablan casi
de la fragmentación lingüística del
castellano, pero los estudiosos del
inglés cada vez se refieren más al
riesgo de ver su lengua reducida a
un basic English, para que pueda
cumplir con su papel mundial.

Cuanto antecede no hace sino
reforzar la importancia de una
correcta labor lexicográfica como
la de los diccionarios, que impida
la aparición simultánea de diversas
traducciones, de adaptaciones y
calcos de los términos regionales,
como lo hace la edición de 2001
del Diccionario de la Real Academia Española al presentar un significativo aumento en el uso de los
términos procedentes de América
y de Filipinas: hay 12,122 artículos
que tienen una o más acepciones
correspondientes a estas zonas (la
edición anterior contenía 6,141).
Hay 18,749 acepciones que tienen
una o más marcas correspondientes a América y Filipinas (en la edición anterior había 8,120). Y hay
28,171 marcas correspondientes a
las zonas aludidas (la edición anterior contenía 12,494). Ese trabajo de
fijación, más la tarea en sí definitoria, constituyen un trabajo en sí
hercúleo, que requiere de conocimientos profundos de la lengua
española y de lenguas extranjeras,
de nuestra filología, de las ciencias
y de las artes. Y exige, sobre todo,
de una laboriosidad y una paciencia
de monjes.

Por fortuna, al ser la lexicografía tanto una pasión como una ciencia, nunca le han faltado seguidores abnegados y de saberes varios
y siempre ha existido una tradición
de lexicógrafos procedentes de
diversas disciplinas. Algunos de lo
mejores diccionarios están hechos
por personas sin especialización
filológica estricta: por un familiar de
la Inquisición como Covarrubias, un
médico como Littré, un profesor de
enseñanza media como Murray, un
astrofísico como John Sykes, a un
ingeniero industrial como Pompeu
Fabra. No eran sin embargo meros
aficionados, pues no puede llamarse aficionados a quienes se entregan cuerpo y alma a una labor tan ardua.

Parece más bien una vocación ardiente, un deseo insaciable
de acumular y clasificar, parecida
al ansia taxonomática de Lineo.
Claro que esa pasión lexicográfica
ha llevado demasiado lejos a algunos. Cierto colaborador de Murray
le había enviado decenas de miles
de fichas con citas para el Oxford
English Dictionary. Como Murray
no lo conocía, fue a buscarlo un
día a su dirección en el campo. Lo
encontró en un manicomio, donde
llevaba años encerrado en una
buena biblioteca, y desde donde le
enviaba las fichas. n