Inglaterra me desconcierta. Aquí pasé toda una vida; existió un antes y un después y, en el fondo, lo abarcó todo. Debo pensar en el caos que puede obtenerse de este orden aparente.

Ah, qué orden: llegamos a pensar que era eterno. Apenas se había ganado la guerra, las celebraciones de la victoria -los fuegos pirotécnicos sobre Heath- y entonces empezó la decadencia. Por un momento habitamos el orden de la guerra… Muchas cosas estaban racionadas, sosteníamos la situación con disciplina. En este país murmurar
no es peligroso -al menos así parecía-. Quizá fue peligroso y temerario al comenzar las disputas bíblicas, en aquel lejano siglo XVII. Todavía no soy capaz de creer en esa época.

Me parece una historia desaforada llena de narraciones milagrosas. Una lengua que nace de la traducción de la Biblia o del gran drama. ¿Qué tan unida estaba entonces Inglaterra? Escocia era Escocia y, al parecer, habían conquistado Irlanda. Pero los ingleses se lanzaron a todos los mares, saquearon a los españoles, hicieron la guerra
contra los holandeses. Un año después de la Guerra de los Treinta Años decapitaron a su rey. ¿Qué sucedió? ¿Esa guerra se trasladó a la isla, apenas se firmó la paz en el continente?

Pienso en los grandes poetas después de Shakespeare, que escribieron en ese mismo siglo XVII: Ben Jonson, John Donne, Milton, Dryden y el joven Swift. Qué calidad de la prosa en la primera mitad de ese siglo: Burton, Sir Thomas Browne, John Aubrey -nunca habré leído suficiente de ellos-. Buynan, George Fox, Thomas Hobbes -él solo es inconmensurable-. Si la comparamos con ese siglo inglés, qué pobre resulta Alemania. España más. Francia se defiende, pero la gran literatura de ese siglo es la inglesa.

En el siglo siguiente, el XVIII, la literatura inglesa es más que todas las otras; en el XIX mantiene su vigencia. ¿Qué ha pasado en este siglo? Viví en Inglaterra cuando declinaba su espíritu. Fui testigo de la fama de un T. S. Eliot. ¿Nos avergonzaremos algún día lo suficiente? Un norteamericano trae a un francés de París, que desaparece muy joven (Laforgue), deja caer sobre él gota a gota su repugnancia por la vida y vive en verdad como un empleado bancario.

Mientras evalúa el pasado, reduce y desacredita todo lo que tiene más vida, más inteligencia y aliento que él, deja que su compatriota pródigo y profuso, que tiene la grandeza y la resistencia de un loco (Pound), le regale sus correcciones y sale a la luz con el resultado: la impotencia que le participa a toda la nación, habitante de un orden antiguo que impide cualquier Elan, libertino de la Nada, mozo de Hegel, difamador de Dante (¿en qué círculo del infierno lo encerraría?), de labios delgados, flemático, insensible, tan indigno de William Blake como de Goethe, una lava fría antes de propagarse, ni gato, ni pájaro, ni tortuga, mucho menos topo, sumiso a la voluntad de Dios, enviado a Inglaterra (como si yo regresara a España), colmillos críticos en lugar de dientes, atormentado por una mujer enloquecida por los hombres -su única disculpa-, tan atormentado que, si se hubiese atrevido, lo habría ayudado la lectura de Auto de Fe.

Invitado y aceptado en el Bloomsburry de la noble Virginia, Tom, el cortesano, escapó a todos los que lo habían vituperado, y al final recibió el premio que no recibieron Virginia, ni Pound, ni Dylan, ni Joyce, nadie que en realidad lo mereciera -con la excepción de Yeats. En los primeros días me convertí en testigo de la fama de este deplorable personaje. La primera vez que oí su nombre -lo conocí sólo de nombre- vivía en Hyde Park Gardens. Jasper Ridley, un joven egresado de Oxford, casado unos meses antes de la guerra con Cressida Bonham-Carter, le decía a T. S. Eliot: el nuevo, el poeta auténtico, y me regaló sus ensayos isabelinos.

Pocos años más tarde, Jasper cayó en el campo de batalla, era muy joven, y Cressida, la viuda, le sobrevivió con su hijo pequeño. A este joven amable, abierto, alegre y débil -del que guardo el mejor de los recuerdos- le debo el nombre de uno de los personajes más insípidos y menos afables del siglo, de quien más tarde, al final de la guerra, escuché hablar más, cuando abandonó la religión de sus antepasados y adoptó la de los reyes -y seguí escuchando sus glorias y su fama.

Por este personaje conocí lo que sucedía en Inglaterra. De pronto llegó la guerra, Inglaterra le dio al mundo lo mejor de sí misma: la primera resistencia contra la locura que amenazaba con devorarlo todo. Uno le debe muchas cosas a esta nación; nadie puede dejar a Gran Bretaña al lado de la verdadera historia de la humanidad como Florencia y Venecia, Atenas y París. Sin embargo, en esa misma época de la guerra, viví la dicha de su… me volví resistente al olor de la debilidad que partía de T. S. Eliot.

No puedo ser mesurado, mucho menos con Inglaterra. En todas partes había traficantes de esclavos, pero dónde que no fuese en las plantaciones inglesas se luchó de un modo tan implacable por la libertad. Dónde se vivió más intensamente el rechazo que comenzó con los cuáqueros. Dónde se articularon más conceptos -no los de Hegel pero tampoco las implacables oleadas sentimentales de Wagner y Nietzsche-. Lo peor de Inglaterra son los modos como languidece, la vida como una momia dirigida.

No es, como se piensa, el carácter victoriano -se arranca la máscara de la hipocresía y hay algo detrás-, se trata de la languidez impuesta, que empieza con medida y justicia y termina con la impotencia de los sentimientos. Para ser sinceros: debemos hallar cada humillación superflua que Inglaterra nos haya deparado y llenarla otra vez con la vida hasta convertirla en un suplicio; y luego debemos hallar cada ternura que deseaba evitarnos esas humillaciones. Contraponerlas, sopesarlas y disolverlas. Tanto lo uno como lo otro -y las dos al mismo tiempo- sería la verdad.

{{CAPÍTULOS QUE DEBEN REVIVIRSE}}

Mayo de 1945: El final de la Segunda Guerra Mundial. Las celebraciones desaforadas de la victoria. Los fuegos artificiales sobre Hampstead Heath. La gente bailando en Downshire Hill. Asombro, repugnancia, fascinación.Hetta y William Empson. Sus fiestas tan diferentes de las fiestas de los demás, entre otras cosas porque Empson nunca guardaba silencio, hablaba hasta por los codos -muy inteligente- y nadie podía responderle si no hablaba el mismo idioma tan erudito y cultivado.

En todas las décadas -los conocía bien, pues vivíamos muy cerca- este hombre inteligente, uno de los mejores conocedores de la literatura inglesa, que enseñaba en China y Japón y vivió largo tiempo en el Oriente, nunca me dijo una frase que exigiera de mi parte una respuesta. Hasta el día de hoy no sé si supo quién era yo, si tenía alguna idea de mi persona.

Cuando, poco después de la guerra, se formó una “escuela de poetas” a su alrededor (como una reacción al ímpetu acometedor y la voluntad creadora de Dylan Thomas), encontré en sus fiestas a varios escritores que conocían bien Auto de Fe, tomaban en serio la novela y la discutían. Empson nunca perdió una palabra comentándola. Debió haberla leído, pues era amigo de Arthur Waley que no ocultaba su admiración por Auto de Fe. No sé si Empson tenía una idea de mi novela.

Devoraba libros día y noche; un hombre de la literatura y del espíritu, profesor en Sheffield, muy conocido por sus ensayos literarios, así como también por sus poemas. Lo escuché hablar a menudo, tenía ingenio y agudeza, era rapidísimo, inalterable. Quizá William Empson haya sido, entre los escritores que conocí en Inglaterra, el más inspirado, el más claro y articulado, el más personal y exacto en su erudición, dueño de un conocimiento y un talento para la interpretación notables.

Al dejar Margaret Thatcher el timón de Inglaterra, mi memoria se ha vuelto más pacífica y afectuosa. De pronto regresan cosas que viví en ese país con enorme placer, y cosas que me deleitaron en algunas personas, cuyo carácter y delicadeza quedaron en mi memoria. Las aversiones intensas siguen vivas y no han desaparecido, cada recuerdo las magnifica, por ejemplo, no puedo escribir el nombre de T. S. Eliot sin lanzarme otra vez en su contra. Quizá lo que más me ha irritado era su disposición a pasarse la vida en un banco y, más tarde, asumir la dirección de una editorial prestigiada, que le permitió desplegar su poder sobre los escritores. Al final la verdadera decisión: escribir dramas con ecos de una solemne antigüedad, cuyas representaciones le dieron mucho dinero, por lo demás, nunca ocultó que su fin era ganar dinero. Nunca tuve nada que ver con él en persona. Apenas lo conocí.

En cambio, durante muchos años encontré en casa de Kathleen Raine a su perro guardián, John Hayward, que vivió con Eliot en Chelsea -Eliot tenía que atravesar su dormitorio para llegar al suyo-. John Hayward estaba paralítico y en una silla de ruedas, no podía moverse, alguien debía empujarlo siempre. Su cara estaba deformada por un enorme labio inferior, cuya carne roja no podía ocultarse, y le daba un aspecto animal que contrastaba con la sintaxis perfecta de sus frases, que empleaba todo el tiempo sin la menor dificultad.

Hayward era un conocedor profundo de la literatura inglesa, en particular de la lírica, y publicó antologías de poesía que merecieron los elogios de la crítica más severa. Hasta donde recuerdo, el sufrimiento, la parálisis, había empezado ya en Cambridge, donde vivió de joven. Para su fortuna, cuando se mudó a Chelsea compartió el cuarto con Eliot, y se convirtió en un personaje muy solicitado.

T. S. Eliot nunca frecuentó las fiestas, evitaba siempre esas reuniones, pero John Hayward aceptaba cualquier invitación de antemano y por supuesto. Una mujer joven se ofreció para recogerlo en su casa; su habitación, si la memoria no me engaña, quedaba en el segundo piso. John Hayward se metía con la silla de ruedas en el elevador y bajaba a la calle, rodaba hasta el automóvil y de ahí al lugar de la fiesta. Las jóvenes bellas lo hacían con mucho gusto, es más, se convirtió en una suerte de moda ayudar al paralítico.

Hayward iba a toda clase de fiestas y reuniones sociales, conversaba con mujeres muy atractivas, tenía una selección de señoras guapas y a veces podía solicitar ciertos deseos. Durante sus conversaciones, en algún momento deslizaba el nombre de Eliot, insinuaba que podía invitarlo a tomar el té y preparar una tertulia íntima y agradable. Por increíble que parezca, al prometerles esa invitación, se ganó a todos los comensales de las fiestas.

Se respetaba más al compañero de cuarto de T. S. Eliot que al mismo crítico literario, se le buscaba en las fiestas, se hacía fila para hablar con él a cualquier hora. Hayward sabía que todos aguardaban una cita con Eliot, y renovaba todos los días esa esperanza.

{{MI VIDA EN INGLATERRA}}

Hay que distinguir entre mis primeros años en Inglaterra, la Segunda Guerra Mundial y luego la época en Amersham y, unos años más tarde, el tiempo más largo en Hampstead. En realidad, debo separar los periodos, abordar uno por uno, narrarlos con todo detalle.

En el primero, tú eras un emigrante perdido, satisfecho de haber sido rescatado, inseguro en una guerra en la que no podías participar, aunque estabas consciente de que era contra ti y los tuyos. El bombardeo de Londres fue el punto culminante de esa época. Una cierta valentía -más allá del peligro personal- me dio otra vez confianza en mí mismo. No era necesario ponerte en peligro y arriesgar tu vida. Pero tampoco fuiste un cobarde en las noches cuando Londres ardía bajo las bombas.

Ese periodo comenzó en enero de 1939, se prolongó durante la guerra hasta el otoño de 1941, al mudarnos a Amersham. Más o menos tres años. El modo como te apartaste de los emigrantes, los primeros amigos ingleses, la amistad vehemente con Franz Steiner y Kae Hursthouse.

Por Steiner, un antropólogo, y Kae Hursthouse, una joven nacida en Nueva Zelanda, percibí por primera vez en mi vida la dimensión y los confines del imperio inglés en el mundo, muy importante fue aquí el papel del Student Movement House: Gowerstreet. Unos años antes: 1939. La casa de los Huntingtons en Hyde Park Gardens. Hyde Park Corner. En una fiesta muy diferente a las fiestas inglesas que conocería después, frecuenté la primera sociedad literaria.

L. H. Meyers que te preguntaba si habías conocido a Kafka en persona. Philip Toynbee que te preguntaba lo mismo. Se conversaba sobre los nazis, era la época entre Munich y Praga. La guerra estaba en el aire.

La señora Huntington, una mujer alta y bella, casada con el editor norteamericano Putnam, tenía un elevador en su casa. Yo vivía en el último piso, en la alcoba de su hija Alfreda. Mi único trato era con la institutriz, una mujer suiza, que me había aprobado en París: el rebaño de mujeres jóvenes, una más bella que la otra.

Sin darme cuenta estaba de nuevo en Yalta pero rodeado de mujeres británicas. Una casa en Pinkie Esher -Alfreda me trataba con una especial cordialidad, no sé en qué habitación vivía a su regreso de París-. Salía corriendo y me alcanzaba en la calle cuando me dirigía, como ella pensaba, al Museo Británico. Una joven idealista, fascinante, que deseaba hacer el bien y tenía un cuadro de Van Gogh colgando en su habitación.

Pero no me dirigía al salón de lectura del Museo Británico, sino a la Warburg Library. Ernst Gombrich, que ahí trabajaba, fue mi guía. Por una recomendación de su madre había llegado con los Huntington, además me estaba permitido llevar los libros de la Warburg que necesitaba a mi casa. Cuando aparecí en su casa, el señor Huntington se mostró muy poco amable, me preguntó si en Viena vivía yo en una casa o en un apartamento.

Se sorprendió al escuchar que mi mujer estaba también en Inglaterra, le dije de inmediato que vivía con su hermano en Surrey. Cuando me preguntó a qué se dedicaba, le respondí:

-He is a small business man.Nadie podía decir eso de Bucky, mi cuñado, pero sentí el esnobismo del señor Huntington y me dio vergüenza decir la verdad. Bucky, casado con una inglesa de Manchester, era un hombre inocente, insignificante y bondadoso, muy parecido a Chaplin, que había intentado todo para mantener a su mujer y a su hijo pequeño. En Manchester abrió una peluquería y fracasó.

Desde hacía años tenía en Lightwater, en la cercanía de Basgot, Surrey, un diminuto expendio de dulces. Pero fui demasiado cobarde, no quise explicarlo. Cuando dije: “He is a small business man, a very small business man” el señor Huntington no lo escuchó con mucho agrado, ya no sé si pronuncié el nombre de mi cuñado: Calderón.

La institutriz, la señora Hübler, era siempre muy estricta con las jóvenes que educaba para que llegaran a ser damas de la gran sociedad. El instante más trascendental en la vida de esas hermosas criaturas era su introducción en la Corte. Alfreda se presentaba ese año y, cuando conversábamos en el cuarto de blancos, junto a mi habitación, la señora Hübler no hablaba sino de ese día. Esa fue mi primera introducción en el mundo de las elevadas costumbres inglesas.

La otra tenía lugar a pocos minutos de la casa de los Huntington, en Hyde Park Corner, adonde llegaba yo todas las tardes, y siempre fue mucho más excitante.

Inglaterra se me aleja. Hace cinco años que no estaba aquí. Se me convierte otra vez en una isla, en el sentido más de los recuerdos, y entonces empieza la transfiguración: sueño con hacer una visita como si fuese un lugar de mi primera juventud.

La última vez que estuve aquí tenía ochenta y tres años. Muchas cosas ya no se entienden en la forma como aparecen. ¿Cómo se ha trenzado todo? ¿Qué se anidó aquí sin que nos diéramos cuenta? Los pronunciamientos políticos partidistas, alimentados por los editoriales de los periódicos, son los más insoportables. Siempre fueron lugares comunes y lo seguirán siendo. Sin embargo, existe algo más que no han tocado las decisiones políticas, y que permaneció largamente sin ser mencionado.

Cuando surge hay que pescarlo al vuelo, pasa muy rápido y se marchita pronto. Empecé a contar de William Empson, a quien siempre le parecí un extraño, porque una amiga, su esposa, me trajo a su casa. Los Empson tenían una casa grande y espaciosa en Haverstockhill, la gran parte estaba rentada.

Hetta, que provenía de una familia bóer sudafricana, era una comunista imperturbable, una mujer muy bella y llevaba a su casa dos tipos de gente: intelectuales de todo género y color, a quienes ayudaba por causas ideológicas, y que ocupaban todas las habitaciones de su casa, con excepción de la suya. A sus amantes, que no fueron pocos con el correr de los años, los llevaba algunas veces a su propia habitación. Al parecer, Empson no tenía nada en contra.

William Empson tenía un vida literaria aguda y siempre activa, entrenado en los poetas metafísicos del siglo XVII, pero también en la Escuela de Cambridge, la sociología del
lenguaje de I. A. Richards. Su vida estaba concentrada en y ocupada por esos intereses, todo lo demás se lo dejaba a Hetta. Al parecer, cada uno vivía su vida sin intervenir en la del otro, con un enorme respeto, aunque sus intereses no fueran los mismos.

Empson dio siempre la sensación de que la sexualidad no le importaba, la gente se sorprendía un poco de que existieran dos jóvenes que crecieron sin mayores daños en medio del caos de las relaciones amorosas de su madre.

{{IRIS MURDOCH}}

Ayer, el grueso libro de filosofía de Iris Murdoch, su nombre impreso con letras grandes en la portada. Pasé unas horas -por desgracia- leyéndolo. Mi repulsión por ella ha crecido tanto que debo decir algo aquí. Su libro está mal escrito, desaseado, como si fuesen conferencias que no se han revisado a fondo. El tono de la obra es académico de la manera más desagradable, no estaría mal si tuviese algo que decir, pero todo lo que hace es citar cientos de párrafos y declaraciones de Wittgenstein, como lo haría cualquier esclavo que ejerce el culto a Wittgenstein en Oxford. Aunque también está presente el culto de las últimas décadas: Jacques Derrida, como antes Sartre, sobre el que escribió un libro pequeño, su primera obra publicada. Desde luego, Freud regresa siempre, se ha convertido en el culto del siglo. Luego Heidegger que en ella remplazó a Hegel.

Habla del marxismo como si fuese una cosa de su vida, con poco respeto y sin participación alguna. Creo que no existe nada que me deje tan indiferente como el espíritu de esta persona. Es una alumna apasionada, y una de las que sobre todo aprenden sistemas. En los sistemas y en el dominio que ejercen parece encontrase a sí misma. Luego es una maestra que explica esos sistemas. Los reproduce en toda su extensión, sin falsificar nada.

Se imagina ser nada menos que una escritora, pero debe recurrir a otros sistemas -que incluye en sí misma sin falsificaciones-, una suerte de objetos de enseñanza que siempre conserva consigo misma. Iris tiene más de setenta años y dispone de una buena cantidad de sistemas. Todo esto se confronta con la moral, ella defiende apasionadamente -si uno puede emplear esa palabra para esta ciencia de oropel- la moral perfecta.

Por ahora tiene algo más importante que defender: sus veinticuatro novelas. Todas tratan de los círculos y las habladurías de Oxford, que ella ha registrado desde hace décadas o ya casi medio siglo. Todos sus personajes han sido concebidos y han nacido en Oxford. Lo que significa formación y cultura, pero la cultura tiene en ella muchos rostros. Se enamoró de una cantidad incontable de hombres (para no hablar de las mujeres), pero todos eran hombres muy originales, especialistas en su campo, con  los que ella, de un modo tenaz, se fue enredando. Hubo de todo: un teólogo, un economista, un historiador de la antigüedad, un crítico literario, un antropólogo, también un filósofo y un escritor.

Conozco muy bien su relación íntima con un escritor, porque ese escritor soy yo. El crítico literario (y el historiador) es su marido, John Bayley, con quien vive desde hace casi cuarenta años. Ha tenido con él conversaciones infinitas sobre literatura; Bayley entiende mucho más que ella, sus opiniones tiene más peso, es menos caótico. Pero ella ha incluido en sí misma a todos esos hombres, son sus transformaciones. Sus personajes emergen de los discursos y las conversaciones apasionadas con ellos.

Todas sus mujeres son ella misma, sus amigas y alumnas, pero todo sucede en esa atmósfera oxfordiana en la que ella se mueve y se conserva con una levedad asombrosa -gracias su disposición para el amor-. Sí, uno puede asombrarse, pero no hay nada que conservar. No hay ninguna idea seria y consecuente en ella, todo sigue durmiendo. Recuerda a la levedad de la transformación en delirio tremens, todo se ordena limpio y sin peligro.

Ella evita siempre el verdadero terror, lo conoce sólo por la literatura. Guarda todo lo que oye y, si antes no lo ha atrapado la filosofía, se convierte en su botín anónimo. Puedo decir que hizo mucho con la parte de mi botín, pero siempre lo mezclaba tanto con otros botines, que uno termina lleno de vergüenza: es obligatorio. La leve simplicidad de sus novelas, que muchas veces son divertidas, se debe a que ella nunca narra de viva voz. Ahí es lacónica; sin embargo, puede ser extensa o complicada cuando se transforma en profesora de filosofía. Todo lo escucha una y otra vez, mientras los otros puedan soportar, después se ofrece para escuchar más largamente, escucha con toda tranquilidad historias, confesiones, ocurrencias, arrebatos de desesperación.

Me parece que es como un ama de casa que va de compras. Nada olvida: uno sigue viviendo en ella de un modo leve e irresponsable, pues responsable, lo que se llama responsable, es sólo la filosofía y, en particular, la ética. La religión también le atrae como un aditamento, nunca por la propia desesperación, para eso existen proveedores. A Simone Weil se le cita con el mismo respeto que a Wittgenstein y Platón.

Platón es el centro antiguo de sus citas. Está claro por qué: tiene lugar en diálogos, que son el aire de su vida: conversaciones. Platón se ha con vertido en uno de sus promotores.

En los últimos años existen también sus diálogos platónicos. Se puede decir que Iris Murdoch es el ragout de Oxford. Todo lo que yo desprecio de la vida inglesa se
encuentra concentrado en ella. Me la imagino hablando sin detenerse, como una tutora, y escuchando también sin detenerse: en el pub, en la cama, en las conversaciones
con sus amantes del sexo masculino o femenino.

No todo lo toma, no todo lo rechaza; todo permanece inacabado, sin peligro y tolerable (la palabra inglesa que quiere decir soportable). Su relación con los cuadros: viaja mucho y frecuenta museos, se enfurece, porque sólo habla de los cuadros, o más exactamente: consigue a otros que hablen. La pintura es, para ella, sólo una forma de hablar.

Su origen es pequeñoburgués. Tenía una madre irlandesa encantadora muy parecida a la hermana menor: guapa, cordial, alegre, casada con un hombre mayor que ella, un funcionario del gobierno que sólo veía libros. En lugar de ir a comer, las pausas del mediodía las pasaba con los anticuarios de Charing Cross Road, un hombre alto, de pelo oscuro, muy inglés, pensativo, un hombre increíblemente atractivo.

Significaba mucho que ese matrimonio hubiera tenido sólo un hijo  n-nadie pudo prever que sería un éxito común y corriente. Mi cualidad esencial -la mayor sin duda, la más pertinaz, la que no me ha abandonado- ha sido y es la obstinación en mi persona, aunque nunca a costa de otros. Como sea, esa cualidad ha estado siempre ahí inconmovible. Quizá sea mi propio mérito y lo veo más claro ahora que hojeo el libro de Iris. No puedo leer-lo en serio. No la puedo tomar nunca más en serio.

Tiene que ver con un hecho: la conozco demasiado bien. Sé cómo nació y cómo se fue constituyendo muy rápido ante mis ojos, una suerte de parásito general de Oxford,
que sin duda es una encantadora excrecencia de la humanidad. Iris: nunca pudo liberarse de Oxford. Su vida sucedía en las conversaciones como se acostumbran en ese mundo, ya sea que ella escuche a alguien, ya sea que lo escriba. Me propongo aquí hacer por primera vez lo que ella hizo siempre: quiero describir a Iris.

Iris Murdoch: cuando la vi por primera vez en casa de Franz Steiner me llamó la atención su manera de escuchar. Escuchaba como un sordo que no quiere perderse nada, alguien que intenta oír algo.

Su cara flamenca -como en una temprana pintura de Memling- se deformaba a menudo y sin dificultad hasta la expresión del llanto, pero sin derramar lágrimas. Minutos antes retenía las lágrimas, pero la expresión del llanto permanecía unos instantes.

Le atribuí un duelo mucho más vasto y profundo del que ella sentía, después de la muerte de Steiner pensaba que era culpable, me visitaba a menudo para quejarse de sí misma. Sin duda, lloraba la pérdida de Steiner, pero al mismo tiempo estaba muy atenta de si yo, al consolarla, trataba de acercarme.

Debía regresar a Oxford; se había hecho tarde y la niebla lo cubría todo. Le ofrecí que pasara la noche en mi casa, podía encerrarse en el cuarto donde estábamos, yo dormiría en el otro. Se lo dije por respeto a su duelo, en ningún momento debía pensar que yo me atrevería a lanzarme, sobre todo porque había hablado hora tras hora sobre Steiner.

Durante todo ese tiempo su cara tenía la expresión del llanto, pero sin lágrimas, y me ganó. La tomé tan en serio en su dolor, que quise situarme más allá de toda sospecha. Me miraba con una expresión incierta, creí que era duda, pero me equivoqué, fue decepción sorprendida.

Rechazó mi oferta y regresó a Oxford, la acompañé a la estación más próxima, la Finchley Road Station, bajé con ella las escaleras del Metro y la dejé sentada en una banca con un libro en la mano, que le había regalado poco antes: The Lyrebird, una descripción que una mujer hace del pájaro lira de Australia con quien había estrechado una amistad en el desierto.

El pájaro llegaba a cantar y bailar ante y para ella. Le di ese libro fascinante, que acababa yo de descubrir, y ella entendió lo que significaba: una suerte de bautizo, de aceptación en el mundo de los escritores. Por ese entonces, no había publicado ningún libro -a principios de 1953, ahora tiene veinticuatro novelas-.

La dejé en la niebla esperando su tren; en esos días no éramos tan cercanos como para esperar juntos en la niebla. Desaparecí escaleras arriba, la niebla era muy espesa,
miré hacía atrás y no vi nada, la niebla se la había tragado, imaginé su cara deformada por el dolor y me preocupé por ella, giré en redondo y bajé otra vez las escaleras y de
pronto estaba frente a mí: sentada en la banca y hojeaba feliz el libro que le había regalado.

La cara de duelo se había transformado en rostro de la felicidad con leves tonos de admiración. Qué escritor no se hubiese asombrado con ese pájaro que era un poeta. Por primera vez sentí que el duelo no era todo en Iris, y que había logrado redimirla de la culpa dolorosa. Por esa razón había llegado, por esa razón yo la había recibido. Era como si se lo debiera yo a Steiner:

mitigar el sufrimiento que ella sentía por él. El tren llegó después, se puso de pie y desapareció por segunda vez en la niebla. Regresé confundido a mi apartamento cercano, estaba contento, pensé, por esa cara de felicidad cuando hojeaba el libro.

Iris llegó a verme otra vez durante el invierno. Siempre hablaba de Steiner y nos besamos. No sé cuando sucedió con exactitud, pero sucedió muy pronto, y apareció de nuevo la cara deformada por el dolor que ya conocía. Debo decir que en Inglaterra no es cosa de todos los días mostrar el dolor en público, entre personas más o menos bien educadas la cara permanece inalterable, nadie se da cuenta lo que sucede detrás.

Pero lo inaudito sucedió tan pronto como nos besamos, el diván en el que yo dormía estaba cerca. Iris se desnudó sin que mis manos la tocaran, más rápida que un rayo, se fue quitando cosas de encima que nada tenían que ver con el amor, ropa interior de algodón, prendas poco agradables, pero todas quedaron hechas un montón en el suelo.

Se metió dentro de la colcha del diván. No hubo tiempo de mirar sus cosas o su cuerpo. Ahí estaba sin moverse e inalterable. Apenas me di cuenta cuando entré en ella, no sentí que ella notara nada; quizá si hubiese puesto un poco de resistencia,yo habría sentido antes algo. Pero no había nada, mucho menos placer o alegría. De lo único que me di cuenta fue que sus ojos se oscurecieron y su piel flamenca rojiza aumentó de tono y color.

Poco después de que todo sucedió, ella estaba tendida en el diván, de espaldas, recuperó la vida y empezó a hablar.

Me contó un sueño extraño: estaba atrapada en el centro de una caverna conmigo, yo era un pirata, la había secuestrado y llevado a ese sitio, ahí la había arrojado al suelo y violado.

Sentí que era feliz con esa historia extraña, se puso más roja y subió la temperatura de su cuerpo. Me deseaba ver como un ladrón que la obligaba al amor por la violencia y se excitaba al imaginarse a los piratas orientales. Intenté decirle que la narración sobre mi infancia en los todavía Balcanes turcos la había llevado a la fantasía de un asalto de piratas en el mar.

No permití que se diera cuenta de que me divertía el juego. Por su sueño, todo camino al amor me estaba vedado. Nada más lejos de mis intenciones. Si hubiese sido algo diferente, quizá me habría reencontrado con ella en el amor. Pero en esas circunstancias, la historia fue vergonzosa y parcial que acepté contra mis verdaderas inclinaciones, y que contemplaba sin participar.

Me escribió cartas tan intensas, que nunca las contesté (venía de vez en cuando a verme y esperaba amor sin muchas condiciones, pero siempre permanecía inmóvil y caía después en su ficción). Una vez escribió un largo poema, que nada tenía que ver conmigo, aunque era -lo menciono todavía asombrado y sin el menor orgullo- un poema de amor que me había dedicado.

Sin embargo, sus sueños inevitables no tenían un peso propio, sólo anunciaban -lo que sólo entendí más tarde- que ella misma se sentía una pirata. Tenía escondida una naturaleza depredadora, y estaba puesta a robarle a cada uno de sus amantes no el corazón sino su inteligencia.

Su relación con el tiempo era también sorprendente. Todo lo había dividido, como el horario de clases de un profesor. Cuando me llamaba decía que llegaría a las 3:15 y partiría a las 4:15. Podía quedarse un poco más, pero estaba fijado el tiempo, ella siempre definía desde antes cuánto tiempo pensaba emplear, aunque se tratase, según decía, del amor, nunca se permitió más tiempo del que había destinado a ese encuentro.

Me burlé de su división del tiempo y se lo hice notar, pero mientras escuchaba cada frase que le decía, nunca escuchó mi desprecio por el amor según el horario. Nuestra relación subsistió -con distancias cada vez más grandes- más o menos dos años. Me invitaba a Oxford y me esperaba en la estación.

Llevaba unas sandalias increíbles que dejaban al descubierto unos pies grandes y planos. No podía pasar por alto unos pies tan feos. Tenía el paso de un oso, pero de uno muy desagradable, que encorvado se lanza contra su presa. De la cintura para arriba era fina y bien proporcionada, su cara en ciertos instantes -los del amor- era bella como una madonna de Mamling.

Llevaba una bicicleta a su lado y las sostenía con las manos, caminamos de la estación a la ciudad, compraba en tiendas baratas cosas insípidas, queso, pan, ni siquiera aceitunas en la comida, y comíamos en esa pequeña habitación. Es difícil imaginar una comida más desabrida, más puritana en el peor de los sentidos, más escasa en sabores, tan poco hospitalaria. Lo que parecía el hábito del ahorro en una joven académica era, en realidad, un hábito pequeño burgués y miserable.

El sentido que tiene la invitación de una mujer a una comida o una cena se le escapaba por completo. Luego señalaba el diván, se acostaba e iba al grano. Sentí despego por su falta de hospitalidad; amor, nunca. No hubo amor sino un acontecimiento indiferente, que tenía para ella un significado incomprensible. Quizá yo era nada más que un pirata en Oxford.

Iris prefería venir a Londres, porque en Oxford era más difícil para ella, todo el mundo la conocía y estaba lleno de amistades y enemistades complicadas. Me gustaba Oxford. Lo había disfrutado con Friedell, que ya había muerto y de esa época guardaba un recuerdo muy cálido. Iris conocía los libros de Friedell y le gustaban mucho.

Acostumbraba contarle muchas cosas de forma abierta y sin reserva alguna, Iris guardaba silencio y escuchaba ávida. Le conmovía mi duelo por Friedell. De ambos duelos -el suyo por Steiner, el mío por Friedell- nació nuestra relación.

Me ha sucedido una sola vez en la vida: estar con una mujer que no me cautivaba para hacer el amor. Iris aceptaba que no respondiera sus cartas. Pero cuando llegaba a verme le narraba con una exaltación apasionada de Veza, de Friedell, de otros y de todas las cosas posibles. Siempre me gustó cómo escuchaba Iris y, sin duda, llegué a pensar que por esa razón venía a verme. No hay nada que me imponga tanto y me obligue al trato con ciertas personas como su deseo de escucharme.

En Iris su deseo de escucharme era una pasión, por eso me gustaba. Le contaba también de las cosas que me conmovían y obsesionaban, y todo lo tomaba y lo oía, de una manera tan intensa como la de Friedell, aunque menos desolada, pues oía mucho, del mismo modo que me costaba también mucho hacerla hablar.

Era tan insaciable escuchando, que por eso se enredaba en aventuras difíciles y complicadas. Yo sentía de inmediato si un hombre le importaba; en un principio hablaba sólo de los que habían sido importantes.

Pero luego mencionaba a otros que en ese momento creía poseer, y que reaccionaron llenos de celos ante sus escapadas. En realidad todas sus relaciones eran escapadas, nunca se dedicó a un solo amante. Quizá antes, pero no creo que haya sido posible.

Su sed de conocimiento era grande, los amigos que tenía en Oxford eran la mayoría especialistas, algunos excelentes, de los que aprendía todo en el curso de sus relaciones con sus amantes. Nunca remplazó a uno por el otro, y esa incapacidad le ocasionó grandes problemas.

Le resultaba imposible renunciar a alguien. Así entró en conflicto con las mujeres que creían tener el derecho sobre los hombres con los que estaban casadas, y que enfrentaban a Iris con una certeza implacable de propiedad y llenas de una furia elemental. Eso la llevó a humillaciones dolorosas que nunca olvidó y sobre las que nunca hablaba.

Pero existían barrios enteros de Londres de los que se sentía desterrada por las mujeres de sus amantes. Antes de que le concediera cierta libertad, un nuevo amante apreciado debía conquistar un espacio.

Después de esta enumeración de cualidades muy poco atractivas, debemos ser justos y mencionar que Iris siempre les agradeció a las personas que le hicieron bien, y que nunca olvidó a quienes les “robó” su inteligencia y su cultura. Aquí, con Iris, aprendí por primera vez esa proclividad por los muchos, en realidad incontables amantes que puede ser tan permanente como la unión de un matrimonio. Iris era, para todos, una escritora.

Nunca olvidó a nadie que ella haya creído en entender, y no olvidó sin mentir después de cuarenta años a Franz Steiner, por ejemplo, del que hablaba como si hubiese sido el amor de su vida.

Creo que Iris era, por decirlo así, una escritora ilegítima. Quiero decir: nunca sufrió o padeció por tener que escribir. Después de veinticuatro novelas, siempre conservó una actitud de alumna, y si no de alumna sí de profesora, lo que para un escritor me parece todavía más desagradable. n

{{TRADUCCIÓN DE JOSÉ MARÍA PÉREZ GAY}}