Out of gas, el nuevo libro del físico David Goodstein de Caltech, está siendo muy comentado en la comunidad científica. El Dr. Goodstein concluye que el pico mundial de la producción petrolera ya pasó y que nos encontramos en el llamado “máximo de Hubbert”.A partir de ahora, la producción de petróleo irá bajando. Este fenómeno se está dando a escala mundial, y ya es muy sensible en varios países productores incluyendo al nuestro.

La historia de este descubrimiento es interesante.

Resulta que, allá por 1950, un geofísico americano llamado King Hubbert (1903-1989) predijo que la producción petrolera de Estados Unidos iba a comenzar a declinar a partir de 1975.

Nadie le creyó. Estados Unidos era entonces el principal productor mundial y se pensaba que las reservas petroleras eran prácticamente inagotables. Las empresas americanas eran dueñas de los campos petroleros del Golfo Pérsico, de Arabia Saudita, de Venezuela y de casi todo el resto del mundo. ¿Cómo se iba a acabar
el petróleo?

Pero la predicción de Hubbert se cumplió a la letra.

Se basaba en una rigurosa extrapolación matemática. El volumen anual de nuevas reservas descubiertas en Estados Unidos había llegado a su máximo en 1930. Para 1950 ya había caído al nivel de 1915. La curva era similar a la famosa Campana de Gauss. Hubbert se dio cuenta que la naturaleza no hace trampas, y que la curva de producción tiene que ser similar a la de los nuevos descubrimientos, sólo desplazada en el tiempo. El pico de máxima producción de Estados Unidos se produciría veinticinco años más tarde. Y así sucedió.

Entre 1995 y 2000, según el Servicio Geológico de Estados Unidos, la oferta petrolera mundial se elevó a 2,500 millones de barriles. Entre 2005 y 2012 ya habremos agotado la mitad de las reservas totales de petróleo del mundo. El año pasado la producción petrolera mundial alcanzó su tope y luego, al igual de lo que ocurrió en Estados Unidos en 1975, comenzará a bajar.

Entonces, por mucho que se descubra petróleo en las profundidades del Golfo de México, en Siberia o en el Mar de China, los recursos mundiales se acabarán a más tardar antes de fines de siglo. El precio del petróleo está subiendo, pero mal que les pese a las leyes del mercado, los altos precios no lograrán sino retardar el agotamiento de las reservas. No se producirá más petróleo con encarecerlo. Se acabará de todas maneras.

Claro que es siempre posible que nuestros gobernantes decidan bombear más petróleo. Es lo que recomienda López Obrador con su nuevo plan de gobierno. Piensa asociarse con la empresa privada para que Pemex se vuelva más eficiente. Pero la eficiencia sólo acabará más pronto con las reservas, robando recursos a nuestros hijos y nietos. Ya los campos gigantes de Arabia Saudita, del Golfo Pérsico, de Irak, de Venezuela y de México están declinando.

¿Con qué vamos a reemplazar el petróleo? Hay varias respuestas, que se reducen a una sola: la materia gris de nuestros cerebros. No hay otra opción. Las naciones ya toman medidas. Japón está comercializando un carro que funciona con celdas de combustible de hidrógeno, el excelente Prius.

En Estocolmo los camiones del servicio público urbano consumen alcohol, un recurso renovable que no contamina. Las grandes ciudades europeas, como Londres y Berlín, han restringido el uso del automóvil privado.

Mientras, en la ciudad de México se estimula de varias formas el uso del carro particular en detrimento del
transporte público.

Pero el principal problema de México no es ese. Es la terrible lentitud en el desarrollo de las fuerzas constructivas de la inteligencia mexicana. No se han creado nuevas universidades públicas de investigación para la juventud, deseosa de dedicarse a la ciencia. La UNAM, nuestra primera universidad de investigación, genera apenas 150 a 200 doctorados anuales.

Las universidades marca “Patito” o “Lumumba” no resolverán el problema. Si no se desarrolla la ciencia, no saldremos adelante.

{{LA TORRE MAYOR}}

Douglas P. Taylor es un ingeniero en la tradición de Theodore von Karman, el creador de la alta tecnología aeroespacial de Estados Unidos.

Solía decir Von Karman: “Los científicos descubren el mundo que existe, y los ingenieros inventamos un
mundo que nunca existió”.

Cuando conocí a Doug Taylor, era su primer viaje fuera de Estados Unidos. Gracias al final de la Guerra Fría, le dieron su primer pasaporte. Taylor tiene una fábrica de amortiguadores -chicos, grandes y enormes-. Son tubos rellenos de silicón, con un pistón que se mueve.

Sus mejores clientes eran las fuerzas armadas de Estados Unidos, y es por eso que no le daban permiso de viajar. Habíamos invitado al ingeniero Taylor a dar una conferencia en la Academia Mexicana de Ingeniería.

Mientras íbamos manejando por Reforma, camino al Palacio de Minería, Douglas me dijo con asombro:
“¡Esto se parece a Nueva York!”. “Por eso lo necesitamos a usted”, respondí. Taylor se quedó callado
unos minutos y luego preguntó:

“¿Cómo le hacen para probarlos?”. “¿Qué, los edificios? No se prueban”, le dije.

Cada edificio es diferente. En ningún país del mundo los prueban”.

Douglas Taylor pareció alarmarse. “En las fuerzas armadas, eso no podría ser. Allá todo lo tenemos que someter a pruebas en condiciones de combate, y con la tripulación viva a bordo.

Los tanques, los submarinos, todo se prueba bajo fuego. Y nada de obuses de fogueo”. Taylor dio su conferencia y se regresó. Pocos años más tarde, en el mismo Paseo de la Reforma, se levantó el primer edificio mexicano construido con amortiguadores.

Se trata de la Torre Mayor, el edificio más alto de América Latina y uno de los más hermosos y seguros del
mundo. La empresa Taylor había establecido un proyecto de colaboración con el Centro Nacional de
Investigaciones Sísmicas en Buffalo para crear una estructura sismorresistente de nuevo tipo. Douglas Taylor propuso usar amortiguadores para modificar la respuesta sísmica durante un temblor, logrando que se absorbiera la energía transmitida por el suelo blando.

En las aplicaciones militares, la respuesta de un amortiguador se encuentra casi en contrafase a los esfuerzos que soporta la estructura.

Taylor sugirió hacer lo mismo para la Torre Mayor. Pero se necesitaban buenos cerebros. La empresa Taylor había sido fundada en 1955 por el padre de Douglas. Cuando éste se recibió de ingeniero mecánico en 1971 ya había trabajado con los amortiguadores que aterrizaron en la luna, en la instalación de amortiguadores de 100 toneladas para el misil balístico MX, y en muchas otras aplicaciones.

El equipo de diseñadores y constructores de la Torre Mayor estuvo bajo las órdenes del ingeniero mexicano Enrique Martínez Romero, y de los doctores Constantinou y Reinhorn de la Universidad de Buffalo.

Las pruebas de laboratorio se hicieron con amortiguadores sobrantes de la Fuerza Aérea, previa autorización del Pentágono. Los resultados fueron excelentes. Al agregarse un 20% de amortiguamiento se lograba mejorar la resistencia al sismo en un factor de tres. Lo mejor de todo era lo predecible de estos equipos.

Se hizo posible calcular anticipadamente el comportamiento de la estructura. Y los amortiguadores permitieron un ahorro sustancial de acero estructural, lo que significaba un edificio más alto y más esbelto. Los más sorprendidos eran los ingenieros militares.

No podían creer los resultados que se estaban logrando. Al fin dieron su permiso para publicar en revistas científicas la experiencia de nuestra Torre Mayor, sin omitir el hecho que los amortiguadores habían sido desarrollados originalmente para el bombardero B2 y el avión antisubmarino Viking. La estructura de 55 pisos de la nueva torre incluye 98 amortiguadores de 280 y 570 toneladas de fuerza. Los más grandes se colocaron en diagonal detrás de la fachada de cristal, con el beneplácito de los arquitectos quienes estaban un poco preocupados de que se vieran desde la calle.

Pero son aparatos muy bonitos. Todo fue sometido a pruebas con la misma calidad que exigen las fuerzas armadas, para la enorme satisfacción de Douglas Taylor, quien ya está preparando su segunda torre
amortiguada en México.

{{PATRIOTAS Y CIENTÍFICOS}}

Ahora, ¿cómo asegurar la calidad del desarrollo científico, que es nuestro principal problema tanto en México como en toda la América Latina? Ya no podemos disimular el compromiso. La historia nos llama a desempeñar un nuevo papel.

Existen diversas teorías al respecto.
La verdad es que no sabemos exactamente cuándo y por qué comenzó. No soy científico social y no me
siento calificado para opinar.

Pero hay colegas que me presionan: ¡Haz algo! ¡Hagamos algo! Hay momentos en que los caminos se bifurcan. La situación es similar a la que atravesaron otros países en crisis de desarrollo, como China, Japón y Estados Unidos.

Recuerdo que estuve en China meses después de la muerte de Mao. Deng Xiao-Ping aún se encontraba en prisión, pero la gente comentaba en voz baja: ya se sabía que él sería el arquitecto de la nueva China.

Los científicos eran pocos pero lo apoyaban. No importaba el número, tenían la conciencia de lo que había que hacer. Algo similar ha de haber sucedido en Japón durante la Restauración Meiji, y en Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial.

La historia de las naciones tiene puntos críticos. Así pasará en México. Y la comunidad científica estará presente y habrá de jugar un importante papel. n