Este autor está más allá de la ayuda psiquiátrica. ¡No publicar!”.
Esta fue la conclusión definitiva a la que llegó un anónimo dictaminador
al que se le comisionó leer la polémica novela Crash (1973),
de James Graham Ballard. Quizás este juicio aparentemente histérico no
hubiera pasado de ser una nota cómica o un comentario ridículo e insignificante
en la biografía de un autor que hoy es universalmente reconocido
como un prolífico visionario, sin embargo en buena medida esas palabras
reflejan la sensación de incomodidad, angustia e incluso malestar físico
que puede producir esa y algunas más de las obras de este ex estudiante
de medicina. Finalmente la irritada espontaneidad de esas palabras es el
tipo de reacciones que Ballard busca provocar con su narrativa para despertar
la humanidad del lector.
Ballard es considerado por muchos como un autor de culto de ciencia
ficción, como uno de los pilares de la imaginería cyberpunk y como el
padre de una de las novelas más transgresoras de la historia. La realidad
es que este autor es mucho más que un gurú posmo o que un ídolo de
las masas adolescentes. Aparte de ser un extraordinario narrador, Ballard
es un feroz crítico social que ha consagrado buena parte de su obra a
analizar la manera en que la tecnología articula y vuelve posibles los peores
impulsos de la gente. El autor de Noches de cocaína se ha dedicado a
explorar y disecar lo que denomina la “mitología del futuro”: la colección
de iconos, imágenes, patologías y obsesiones que han surgido tras la
Segunda Guerra Mundial.
Hace más de 20 años que Ballard no escribe ciencia ficción y la mayoría
de sus obras más conocidas no pertenecen realmente a este género,
al que acertadamente considera como una rama menor de la tradición
de los relatos cataclísmicos. Y, precisamente, si sobre algo ha escrito este
autor es acerca de catástrofes devastadoras de mundos, a las que concibe
como metáforas de “la destrucción de la imagen del escritor mismo” y a
la vez como “un intento por confrontar a un universo sin sentido al desafiarlo
en su propio juego”.[[Ballard, J.G., A User's Guide to the Millennium, p. 208.]]
Ballard se dio a conocer fuera de los círculos de aficionados a la ciencia
ficción cuando en 1987 Steven Spielberg llevó a la pantalla su novela,
El imperio del sol, el recuento semiautobiográfico de su infancia en China.
Ballard nació en 1930 en el seno de la burguesía inglesa radicada en el asentamiento internacional de
Shangai; una comunidad que vivía
rodeada de servidumbre y aislada
de la realidad de ese país asiático.
Ese mundo de privilegio se colapsó
cuando Japón invadió China en
1936 y tocó a Ballard fue testigo
de las atrocidades cometidas por
las tropas niponas en contra de la
población china. En 1943, tras el
ataque japonés a Pearl Harbour, su
familia, al lado de cientos de inmigrantes
occidentales, fueron desplazados
de lo que quedaba de su
idílico paraíso colonial al campo de
concentración de Lunghua. Si bien
es obvio que su experiencia durante
la guerra y los dos años y medio
que pasó en ese encierro fueron
unas de las principales influencias
de su literatura, Ballard asegura que
de lo que nunca pudo recuperarse
fue del choque cultural que sufrió
a su “retorno” a Inglaterra (un país
que le era completamente extraño).
“Cuando llegué en 1946 encontré
que Londres parecía Bucarest con
cruda -montañas de escombros,
un pueblo exhausto, derrotado por
la guerra, y todavía engañado por
la retórica churchilliana, que tropezaba
por el paisaje devastado de
pobreza, folletos de raciones y grotescas
divisiones sociales”.[[Ibíd., p. 185.]]
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