Irvine Welsh

Drogas, drogas, violencia y más drogas para sobrellevar una época estancada. Este es el compendio calificativo que muchos concluyen del autor inglés Irvine Welsh. Para las personas que se dedican más a inferir que a leer, este autor no es otra cosa que un muestrario atomizado de la contra cultura facilona. Créanme, si así fuera jamás hubiera leído más de un libro de él. Bukowski, por ejemplo, me cuesta trabajo. Las comitivas underground simplonas suelen inspirarme cierta fatiga. Los textos que tienen como hilo conductor los efectos y la naturaleza rebelde de las drogas me parecen pueriles, silvestres, inocentes. Por el contrario, la propuesta me parece mucho más atractiva cuando las drogas, la violencia y la música tecno sólo sirven como el marco inevitable de una época donde se pueden desarrollar sentimientos más complejos. Tengo el corazón de un anciano: me fascina que en un libro haya críticas disparadas hacia todos lados. Que el autor le pegue a su generación donde más le duela. Que defienda a la moral usando un lenguaje brutal y realista. Que se ponga nostálgico por lo arcaico, por lo que ya pasó. Me agrada que un autor contemporáneo escriba mientras escucha el beat del grupo Faithless a todo volumen y que luego, el papel producido ponga en tela de juicio a la generación adicta al beat. Por todo ello, me gusta Irvine Welsh. Y el autor también le gusta a muchos más: la película Trainspotting, basada en su novela mejor conocida, es la segunda más vista en Inglaterra después de Cuatro bodas y un funeral. Pero también es cierto que la versión fílmica de Danny Boyle deja afuera más de dos tercios del argumento que aparece en la novela. Estoy seguro que si todas las características de los personajes, si todas las historias de la novela hubieran aparecido en la pantalla grande, Welsh tendría menos seguidores y sus detractores se habrían multiplicado. Trainspotting es una novela que se volvió de culto para las personas que frecuentan los raves y gozan con la música electrónica. Paradójicamente, se trata de una novela detractora de las personas que frecuentan los raves y gozan con la música electrónica. Trainspotting no es una novela complaciente. En ella no todo son agujas y heroína. Está lejos de ser una romanza al nihilismo. En los libros de Irvine Welsh, como en los de Bret Easton Ellis, o los de Chuck Palahniuk hay un doble lenguaje muy contemporáneo. Para estos autores el miedo que provoca el consumo de drogas es anacrónico. Pero la acción de consumir drogas en un rave, creyendo que así se fortalece el sello de una generación, también es una rebeldía añeja, es una acción frívola. Los ídolos derrocados se encuentran tan lejanos como el funeral de Nietzsche: Dios, las ideologías y la política son efectos sin valor. Pero propugnarse como un apático nihilista resulta demasiado ochentero. Tiene la misma novedad que un yuppie con el pelo engominado, corriendo para revisar cómo van sus acciones en la Bolsa. Asustarse de la violencia en la literatura es tan estimulante como profundo es un libro de Calidad Total. Pero dispensar y aceptar la violencia real está tan de moda como los anarquistas de la Francia del XIX. La llamada crisis de la época de transición no enciende, agobia y adormece. Entonces, ¿qué sigue? Revisemos dos propuestas incluidas en la literatura de Welsh.

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Publicado en: 2005 Febrero