Los viajes de iniciación suelen depender de un azar profundo, una fuerza al margen de la voluntad del desplazado. Robinson Crusoe desobedece a sus padres y sube al barco que lo pondrá a prueba; el mar le otorga otra identidad, cubriéndolo con gruesas olas al modo de un bautizo. El descastado cae al agua; junto a él, flotan dos zapatos que no hacen juego. Este detalle nimio le revela su nueva condición: es un náufrago.
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