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LOS INTELECTUALES, AYER Y HOY

POR ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

¿Se puede ahora ser un intelectual, cuando la propia sociedad ya casi no lo acepta, y cuando antes que nada creemos en las encuestas y los dueños del poder son cada día más los propietarios de la información?

Es bien posible que dentro de poco casi todo nos produzca nostalgia. La nostalgia, históricamente, suele ser signo de tiempos revueltos o de tiempos nuevos. En cualquier caso de cambios, que casi nunca suelen ser tranquilos, y de ahí esa nostalgia. Uno se refugia en lo que fue, y a menudo lo mejora…

Todo esto me lo recuerda, de repente, una gran fotografía de André Malraux y algunas lecturas sobre André Gide. Ambos fueron nombres capitales en la literatura —y en la historia— de la primera mitad del siglo XX y Malraux —ministro de De Gaulle tras la segunda guerra mundial— aún se extendió un poco más lejos. Ambos fueron notables escritores, nadie lo duda, pero ambos aspiraron a más, o quizás —desde la perspectiva de hoy— debiéramos decir que a menos. Ambos —que se conocieron y tuvieron admiración mutua— quisieron ser intelectuales. Pensadores en vivo —me atrevería a decir— que buscaron con la escritura y la palabra cambiar el signo de su tiempo, luchar contra lo establecido a favor de un igualitarismo libertario que —al menos hasta 1937— se ejemplificaba, sin fisura, en una URSS que luego resultaría —como tantas cosas en las postrimerías del siglo XX— equivocada y tramposa.

La pregunta es: ¿Podría un escritor de hoy desempeñar el papel protagónico, de imagen, opinión, y aun de acción que desempeñaron Malraux y Gide? ¿Se puede ahora ser un intelectual fuera del más estricto feudo del libro de la cátedra? Tom Wolfe —que se ha vuelto sumamente conservador— decía que Susan Sontag, que aún recientemente ha querido hacer de intelectual le parece hoy una vieja levemente ridicula. ¿Se puede ahora ser un intelectual, cuando la propia sociedad ya casi no lo acepta, cuando son muy pocos los que escuchan las profecías de sus intelectuales, cuando también los economistas han dejado de ser «los nuevos teólogos» y cuando antes que nada creemos en las encuestas y los dueños del poder son cada día más los propietarios de la información? Por supuesto que el escritor opina estos días de los talibanes, de Bush, de la invasión de Irak, pero el intelectual no existe. Ni con la solvencia meramente inteligente de Ortega y Gasset o de Sartre, ni con esa solvencia, apoyada en la acción, en el viaje, en un cierto aura de aventura, que tuvo Malraux, pilotando aviones de hélice en las sierras de Teruel, al servicio de la República, durante la guerra civil española. El compromiso sartreano y sus grandes certezas, la verdad, huelen a naftalina. La duda, el desgarramiento de artista y de extranjero existencial, hacen en cambio que hoy Camus no tenga una sola arruga y conserve su inconfundible aire de inquietante juventud y frescura.

¿Y por qué? ¿Dónde están las causas del ocaso de un Gide o un Malraux, tan capitales en su momento? Hoy sabemos que el mundo está mal, incluso muy mal —injusticia, polución, terrorismo—, pero no tenemos o no vemos ninguna fórmula ideal para arreglarlo, como pareció ser el marxismo. El integrismo islámico nos resulta pésimo, pero la hegemonía castrante de Estados Unidos también ha de parecemos mal porque —nos guste o no— de aquellos polvos vinieron estos lodos… ¿Dónde está el bien? ¿Qué hacer para levantarlo y ponerlo en práctica?

Por lo que más quiera, no me hable usted de religión. Si en nombre de Dios se utilizan armas bacteriológicas y en nombre de Dios los hombres hemos cometido muchas de las innumerables barbaridades que hemos perpetrado a través de los tiempos, hágame el favor de no hablarme de Dios, porque una mínima lucidez vuelve toda la religión —quizá se salve el budismo— sospechosa de crimen. ¿Qué harían hoy André Malraux y André Gide, dos escritores intelectuales? ¿Qué dirían? Siento nostalgia por la figura de aquel intelectual que sabía ver claro y consecuentemente luchaba por esa claridad. Hoy no podemos.

Y por si esa impotencia fuese poco, tampoco es difícil observar que la historia hace pagar un precio. Gide o Malraux son figuras inexcusables y cimeras de su momento. Pero no sabemos si valen más como intelectuales y como escritores. Quizá —es una sospecha— dedicaron más a la historia que a la literatura. Y, claro es, ninguna se lo agradece. La condición humana —la más conocida y compleja de las novelas de Malraux, de 1933— no es, pese a su calidad e importancia, uno de los grandes hitos del siglo, siempre escasos. Y en cuanto a Gide, lo más atractivo de su literatura —Los alimentos terrenales o El inmoralista— no es todavía la obra de un intelectual, sino la de un lírico que narra o canta y siente la necesidad de liberarse.

Vivimos tiempos confusos y feos. Y nos hacen falta los intelectuales. Los extrañamos. Pero ¡ay!, los intelectuales —sin más— parecen tan fungibles como los propios días de la historia. En otras cosas, porque nada aprendemos ni de ellos ni de ella. ¡Qué pena! n