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“A quienes conservan su sano juicio les hago el siguiente llamamiento: no lean siempre de manera exclusiva esos libros sanos: acérquense un poco a la llamada literatura enferma de la que tal vez puedan obtener un consuelo vital”.

Sobre el escritor suizo Robert Walser, otro escritor, Herman Hesse, admitió que tenía derecho a que el mundo le importara un comino. Si no hubiera decidido internarse por su propia voluntad en un manicomio, todos aquellos hombres de la cultura suiza con cargos tan bien pagados lo hubieran dejado morirse de hambre. Walser (1878) se recluyó en un sanatorio en Berna hacia 1929 para después trasladarse a otra clínica en Herisau, donde permaneció veinticinco años. Que los jóvenes hagan ruido ahora, lo que me conviene es desaparecer, llamar la atención lo menos posible, decía Walser quince años después de haber tomado la decisión que habría de hacerlo tan célebre en la posteridad: una renuncia que pocos hombres pueden llevar a cabo y que parece despertar en nosotros una admiración desmedida, una veneración hasta cierto punto asombrosa en una sociedad que es por naturaleza reacia al ascetismo.

walser

En las fotografías que existen como testimonio de sus paseos en los alrededores del sanatorio puede verse a un hombre de rostro sereno a cuyos ojos acude una tristeza que no le pertenece del todo o que asume con cierta jovialidad. Lleva un sombrero, además de una sombrilla oscura que contrasta con la blancura de la nieve o la intensidad luminosa de los campos. Con cuánta ansiedad debió esperar a que su amigo Carl Seelig se presentara en el sanatorio para comenzar esos largos paseos por las cercanías de Herisau. Conversaban, comían, paseaban durante horas sin que ningún detalle del paisaje escapara a la mirada de Walser: “¿No se ha dado cuenta que los perros se han vuelto mucho más silenciosos que antes, como si la electricidad, el teléfono, la radio y demás artilugios les hubieran quitado la voz?”. El interno estaba autorizado para pasear siempre que volviera a una hora pertinente. Así lo hizo durante años hasta que una mañana de invierno dos niños que paseaban en trineo encontraron su cadáver tendido sobre una pradera nevada. Una muerte semejante había encontrado un personaje de su novela Los hermanos Tanner cuando Simón, el alter ego de Walser, lo encuentra tendido sobre la nieve de invierno. Como si hubiera anticipado su destino, Walser escribió entonces: “¡Con qué nobleza ha elegido su tumba! Yace en medio de espléndidos abetos verdes. No quiero avisar a nadie. La naturaleza se inclina a contemplar a su muerto, las estrellas cantan dulcemente en torno a su cabeza y las aves nocturnas graznan”. Los hermanos Tanner, además de ser su primera novela es también una de sus obras más vehementes y más alegremente rebeldes. No desea ahorrarse ninguna página con tal de exaltar la vida o los placeres mundanos sobre las obligaciones comunes que hacen de los hombres precisamente eso: hombres comunes. Las ingratas huellas del romanticismo son sin duda profundas aun cuando comienza a revelarse en estas páginas el que será uno de los escritores más originales del siglo pasado. Simon, el joven personaje que recorre la novela de Los hermanos Tanner, se encuentra afectado de una manía arrogante que le recomienda no hacer esfuerzos importantes para labrarse un futuro. Nadie que posea un presente debe consumir su tiempo preocupándose en el futuro, piensa Simon, para quien progresar no tiene ningún interés: después de todo se puede vivir bien sólo con un mínimo de decencia. “¿Cree acaso —le pregunta Simon a su jefe, un modesto librero— que mi juventud está atravesando un momento tan malo que me obligue a asfixiarla y encorvarla en una librería perfectamente inútil? También se equivoca usted si piensa que la espalda de un joven está allí para encorvarse”. La insolencia juvenil que se expresa abiertamente en esta primera novela de Walser nos recuerda, por una parte, el descaro de Nietzsche para rebelarse contra las ataduras de las instituciones, y por otra la iluminación adolescente que suele provocar el acercamiento a la literatura de Herman Hesse. Sin embargo, creo no mentir si sospecho que la elocuencia subjetiva que vive en el lenguaje de Simon puede llegar a despertarnos cierta antipatía. ¿No odiamos acaso a los jóvenes que desprecian todo cuando no han vivido nada? Walser se arrepintió más tarde de los juicios íntimos que sobre sus propios hermanos había expresado en esta novela: “Si volviera a tener treinta años no volvería a escribir sin objeto como un muchachuelo romántico, solitario y despreocupado”, confesó a Carl Seelig durante uno de sus recorridos por los paisajes de Appenzell.

La soledad que se impuso Walser, cuando luego de recurrentes crisis nerviosas decidiera recluirse en el manicomio, no le impidió ser reconocido por un puñado de escritores que lo admiraron abiertamente: Kafka, Musil, Max Brod, Canetti fueron algunos de ellos. Walser no era demasiado consciente del respeto que inspiraba en los autores importantes e incluso tomaba con desgano la noticia de ser leído por un autor de nombre Franz Kafka cuya obra, además, desconocía. En cambio, el escritor suizo alimentaba serias reservas para sus críticos ya que los consideraba demasiado atados a su admiración por un solo hombre: para estos críticos, pensaba Walser, “o escribes como Hesse o eres y serás siempre un fracasado”. Lo que en realidad Walser deseaba hacer durante su estancia en el sanatorio era pasear, admirar los atardeceres, regar su comida con buen vino y olvidarse de sus propios libros: después de todo la literatura se estaba volviendo demasiado importante e incomodaba a los hombres con sus aburridos ladrillos. No es extraño que pensara así un hombre que había renunciado joven a los aplausos de los círculos literarios. El mismo reconocía tanto en su escaso instinto social como en su amor por el vagabundeo las causas principales de su fracaso. Un fracaso que para Walser no estaba a discusión pese a que para nosotros sus obras hayan sido un sólido argumento contrario. El solo hecho de que Kafka mostrara atracción por su obra habría bastado para que los lectores o los críticos más sagaces se detuvieran a tocar a las puertas de este raro escritor. Aunque no encuentro semejanzas definitivas entre ambos autores —acaso el talento para hacer hermosas las obsesiones más profundas o ciertos pasajes de sosegada amargura—, el sudafricano J.M. Coetzee se ha arriesgado a decir que existen en Kafka ciertos ecos de la prosa de Walser, como la inclinación de ambos a enfrentar ideas elevadas con otras de naturaleza mundana. En el caso del escritor suizo este juicio se aproxima a la verdad en tanto que acostumbra detenerse en los detalles más sutiles para encontrar en ellos impresiones profundas. Se podría aprender geografía a partir de la risa de una mujer, opina uno de sus personajes, mientras que otro sostiene que la risa femenina es además de una costumbre insensata un fragmento de historia universal: “Los vicios de las mujeres son lo más virtuoso que existe bajo el sol. ¿Y cuando montan en cólera? Sólo las mujeres saben enojarse”.

La segunda novela de Robert Walser no poseía ya esa vehemencia desbordada tan presumida en Los hermanos Tanner, aunque mantuvo firmes los pasos de su propia biografía. De sus novelas es quizás El ayudante la única donde he tenido la sensación de estar frente a una historia hasta cierto punto convencional. La historia de una familia que toma a su servicio a un joven ayudante quien permanecerá con ellos incluso en los momentos de mayor dramatismo económico. Walser había estado al servicio de un ingeniero en su juventud de modo que sus experiencias se hallan regadas a lo largo de esta obra. Pese a que es una novela hasta cierto punto tediosa es aquí donde comienza a advertirse su extraño sentido de la ironía, su sabiduría delicada, ese humor entre mordaz e insensato que descubre las cosas en cuanto menos tienen de evidentes. Joseph, personaje primero de la novela, dice al respecto de quien fuera su antecesor como ayudante: “Debía andar por los treinta y cinco años, edad en la que ciertas pasiones, si antes no se ha aprendido a dominarlas, suelen adquirir un aspecto horrible y una intensidad aterradora”. No estoy seguro si la sensibilidad de este nuevo siglo podría soportar los extensos pasajes que Walser le dedica en esta novela a la exaltación bucólica, a la vehemencia descriptiva de los paisajes otoñales o las praderas doradas. La amabilidad de la naturaleza no se paga con necias reflexiones, parece decir Joseph, que se arrepiente de sus discursos analíticos o sus apreciaciones morales cuando observa los campos que rodean a la finca donde sirve como ayudante. Y sin embargo algo cambiaría en la siguiente novela para entregarnos a un Walser más puro, menos seducido por el romanticismo de la tradición alemana o la inercia de las novelas de formación (bildungsroman) y más ensimismado en sus propias descripciones del mundo.

En Jakob von Gunten se trama un movimiento inesperado dentro de la propia novela: apenas han pasado unas páginas cuando se presiente ya en los acontecimientos cierta ausencia de cordura. Walser no recurre a movimientos formales ordinarios con el fin de crear espacios ambiguos sino que escribe desde una realidad a la deriva. Jakob narra su vida como estudiante dentro del instituto que está a cargo  de su educación, pero antes de comenzar la narración confiesa: “Desde que estoy aquí, en el Instituto Benjamenta, he conseguido volverme un enigma para mí mismo”. Nadie sabe a ciencia cierta qué sucede dentro de una institución donde las normas no son evidentes o donde los profesores no existen. Jakob insiste en este punto cuando expresa que los muchachos que estudian en el instituto jamás llegarán a nada pues el día de mañana serán todos gente modesta y subordinada. ¡Cómo se hace evidente en Robert Walser esa necesidad de desaparecer llevando a cabo tareas modestas o escondiéndose tras los biombos de disciplinas inútiles! No muestra ningún interés en el éxito o en obtener el reconocimiento de los demás: “En realidad —dice Jakob— quienes se esfuerzan por tener éxito se asemejan terriblemente unos a otros”. Pese a que los alumnos del Instituto Benjamenta son seres bastante sensibles carecen de un futuro promisorio en el mundo exterior: están abandonados a su suerte sin que eso se considere en absoluto una desgracia. Jakob describe a Kraus, uno de sus compañeros favoritos dentro del instituto, como una persona que sabe en realidad muy poco pero que jamás actúa de manera irreflexiva: “Se somete siempre a determinadas normas que él mismo establece, y a esto llame) yo cultura. Lo que de entrañable y juicioso hay en un hombre, eso es la cultura”. Así también Walser sigue sus propias normas a un extremo que provoca el surgimiento ele nuevas vetas de significación: una breve historia de sus ideas trastoca eso que aparentemente es una novela para ofrecer al lector lo que de entrañable  y juicioso existe en un escritor. Jakob Von Gunten fue la tercera novela de Walser además de ser la obra que más satisfacciones personales pudo ofrecerle: había creado una obra literaria a la altura ele sus ambiciones.

El Bandido se llama la novela que Walser no tenía pensado publicar, pero que había bosquejado con su minúscula letra en hojas que conservó hasta el día de su muerte. La historia de este bandido enamorado de dos modestas mujeres y que se desprecia o fustiga frente a los ojos del lector no tiene más que una importancia menor: en realidad el asunto es el escritor que se vuelve obra a través de su pensamiento. El bandido es un conjunto de fragmentos que se hilan gracias a la descarada ociosidad de un hombre juicioso, sagaz, sumamente delicado: es una obra escrita sobre la premisa de que la novela se vuelve importante en cuanto menos se parece a una novela. Las preguntas abiertas, la digresión, la autobiografía, el narrador que se confunde con su personaje o la novela que se comenta o analiza a sí misma, son algunos de los recursos a los que Walser acude para crear esta obra. Y si el desprecio por uno mismo es, además de un remedio contra la vanidad vacua, un modo de conocimiento, entonces el bandido se presenta como un zafio, un hombre torpe que no obstante desaparece cuando le viene en gana: “Y es que parecer un poco torpe es divertido porque supone la eficacia de lo bello”. Podríamos, sólo para continuar el juego, considerar esta obra como una de las expresiones más altas de la literatura enferma, delirante, obstinada en una locura demasiado cuerda: “A quienes conservan su sano juicio les hago el siguiente llamamiento: no lean siempre de manera exclusiva esos libros sanos: acérquense un poco a la llamada literatura enferma de la que tal vez puedan obtener un consuelo vital”. Walser fue uno de esos pocos escritores que transformaron la literatura en un ejercicio de pensamiento vital.

Que Nietzsche hubiera hecho de la filosofía un espejo de la contradicción humana no pasaría inadvertido para el escritor suizo que lo cita abiertamente en ésta, su última novela. Si en Nietzsche el escándalo fue un modo de ocultarse (“todo lo profundo ama la máscara”), el destierro físico de Walser fue sólo consecuencia de su esmerada elegancia metafísica. n

 

Guillermo Fadanelli