A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

ALGO SOBRE MI PADRE

POR FEDERICO ARANA

Con los años fui enterándome de que los comunistas habían anatematizado a mi padre, aplicando la consigna de desprestigiarle y retirarle el saludo. El comentaba con bastante sentido del humor que los más diligentes en obedecer la consigna fueron quienes le habían pedido libros fiados.

Dichoso el tonto útil que es apenas pensativo y el más fiero fanático, porque ese ya no siente …

Casi casi Rubén Darío

José Ramón Arana no veía con buenos ojos que le dijéramos papá, ni siquiera cuando éramos niños (que en contraste con él lo fuimos largamente y sin restricciones), hecho relacionado, supongo, con su inclinación a vivir en pie de guerra lingüística contra la otredad, sobre todo cuando estaba formada por hispanófobos (perdón por no poner hispanofóbicos, pero a mí las gringadas me revientan el hígado) que nos tenían rodeados y formaban legión. «¡Os he dicho setecientas veces que no me digáis papá, leche!», exclamaba cuando le hartábamos la paciencia.

A nosotros eso de llamarle padre nos resultaba un tanto prosopopéyico. Siendo pequeños se nos ocurrió que quizá tenía envidia de mi madre porque, vasca por los cuatro costados, y aunque como la mayoría de sus paisanos no enhebraba diez palabras en vascuence, nos había acostumbrado a decirle amacho. Anticipándome a las inevitables correcciones abro un paréntesis para señalar con índice flamígero que ahora está de moda la cursilería de llamar euskera al vascuence, tan cursilería como asegurar que se ha leído a Wilde en English o a Goethe en Deutsch.

El caso es que un buen día hicimos las debidas consultas y, cuando mi padre cogió sus onerosos paquetes de libros y desde la puerta pronunció el consabido «Bueno, hasta luego», nosotros dijimos al unísono «Adiós, aitacho». Por un instante se quedó perplejo. Quizá hubo de contenerse para no gritar «¡Qué aitacho ni qué niño muerto!». Seguro pensó que lo tenía bien merecido por los intentos de desmexicanizar nuestro vocabulario. Años más tarde, un día que Luis Cernuda había ido a comer a casa, salió el tema del español de México, y el poeta comentó que le parecía ridículo que un hombre hecho y derecho hablara de su «mamasita», y al hacerlo acentuaba no sólo el seseo, sino un tono infantiloide que me resultaba bastante divertido. Con los años he pensado que sí, que llamar mamá a la madre fuera del microclima familiar equivale a llamar tutú al tren, guaguá al perro y popó al excremento. Encima papá y mamá son galicismos y lo correcto sería decir papa y mama, como acostumbran los sefarditas y otras minorías incontaminadas.

A mí siempre me llamó la atención que un hombre tan convencido de la fuerza de la palabra tuviera a tanto orgullo su fortaleza física. En rigor era un maño ligeramente achaparrado. Quizá el tamaño de su torso resultaba un poco excedido para el de sus piernas, hecho que pudiera guardar relación con su primordial faena de cargar bultos demasiado pesados para un muchacho en pleno crecimiento. Sus rudos trabajos de infancia y juventud sumados a la carga cotidiana de aquellos atados de libros (veinte o veinticinco kilos de papel, supongo) con que andaba de la Ceca a la Meca se tradujeron en un vigor avalado por sus enormes pies, sus anchas y peludas manos así como por la pelambrera asomada al cuello de una camisa que raras veces supo de ataduras. Digo raras porque, cuando no había más remedio, sacaba una corbata del bolsillo (quizá debí decir la corbata), se la colocaba de mala manera, visitaba a quien se terciara y, en cuanto recobraba el albedrío, volvía a guardarla cuidadosamente con un gesto que parecía decir «¡Qué no habremos de hacer para ganar el pan!».

Volviendo a la fortaleza, no pocas veces le oí contar que siendo joven había asistido a un circo donde invitaban a los fortachones de la concurrencia a luchar con un oso. En apariencia iba bastante bien hasta que la bestia recurrió al truco infalible: estrujar los dídimos y epidídimos del contrincante para ponerlo en franco estado de sansejodió. Pero aún recuerdo la humillación, no por disimulada menos sufrida, al pasar por alto esa máxima que dice: no es lo mismo Los tres mosqueteros que Veinte años después. Y es que, ya convertido en un veterano cuarentón, había convencido echarse un pulso con Manolo, el yerno de Altolaguirre, no sólo veinticinco años más joven, sino dedicado, mientras cursaba la carrera de química en la UNAM, a la lucha libre con el sobrenombre de El Estudiante.

A pesar de ser un autodidacta que no terminó la escuela primaria, mi padre era un hombre sensible y culto cuyo discurso paternal solía ser edificante y formativo, mas nunca que recuerde se metía en la cotidiana brega de tareas ni asuntos escolares. El se limitaba a la amenaza de ponernos a trabajar en la imprenta de Lamoneda (un socialista de los de antes) si reprobábamos el curso o alguna asignatura. Y yo comencé a estar en la cuerda floja y en la mira desde segundo de primaria. Ocurrió durante el par de años en que asistimos al Colegio Madrid, institución un tanto aburguesada si hemos de compararla con nuestro

Instituto Luis Vives, pero mi madre suplía a una profesora y por tanto teníamos beca. El caso es que mi sufrido dómine era don Santiago Hernández Ruiz, ilustre aragonés que solía mandar recuerdos para mi padre. Aquí tengo palanca —enchufe—, pensé, y henchido de orgullo le llevé la primera «misteriosa» calificación. No decía ni reprobado, ni aprobado, ni notable, ni sobresaliente, ni cinco, ni seis, ni diez. ¿Qué significa esto de nulo?, pregunté en mi inmenso candor. «¡Que eres un animal!», exclamó. Tanto el autor de mis días como don Santiago llevaban razón. Téngase en cuenta que a uno le daba por resolver las cuentas al azar, de modo que, muy bien colocaditos, iba poniendo distintos números al buen tuntún y no paraba hasta encontrar en las operaciones un cierto equilibrio plástico.

Años más tarde, cuando apareció la primera edición de El cura de Almuniaced, recibí un ejemplar con la siguiente dedicatoria: «A mi querido hijo Federico, el enemigo de los libros, con el cariño de su padre José Ramón».

Mis desbocados amores primero por el juego y los bichos, y luego por el desmadre y el rocanrol no consiguieron hacerme un genuino adversario de la letra impresa. De hecho vivo abrumado por el amontonamiento de los libros (y discos) y tengo veintitantos títulos publicados, pero seguramente a él le parecía poco cuanto no se igualara a su inextinguible interés por la lectura. Con todo, me sentía sometido a un doble mensaje: por un lado el incesante: «Toma, a ver si te gusta esto, que no lees nada», y por el otro el incontrovertible discurso de que la felicidad es inversamente proporcional a la lectura y al desarrollo de la sensibilidad: «Qué envidia me clan esas bestias que cifran su dicha en ir a rebuznar al fútbol». Y acto seguido ensalzaba a Rubén Darío por su «Dichoso el árbol que es apenas sensitivo y más la piedra dura, porque ésa ya no siente…».

v   

En cuanto al discurso edificante y formativo he de decir que éste se desarrollaba con más o menos rigor a la hora del puchero, pero muy especialmente durante los paseos dominicales por el parque San Martín (que sólo fallaban cuando había junta de Aquelarre). Ahí, teniendo como escenario sonoro el pitido de los globeros y las campanillas de los helados, solíamos deambular largamente mientras mi madre preparaba la comida. Entonces hablaba de su amigo Miguel, del tío Pascual, de los gruesos capotes que zurcía mi abuela para ganar unas cuantas perras, de cuando se iba de capeas, de su viaje a la URSS, de la guerra… A veces se ponía sombrío. Recuerdo muy vivamente que salíamos de La Espiga, en la esquina de Baja California e Insurgentes, cuando afirmó, sin estar ni mucho menos deprimido, que él prefería no haber nacido. ¡Tan entusiasta y animado él, pero tan empático con Darío: «pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo»! De hecho, entre los recuerdos de la guerra y este tipo de mensajes fui asimilando una imagen de España tan triste, gris y cruda, que tuve una agradable sorpresa cuando me hizo saber que en aquel país de sus amores el sol brillaba intensamente la mayor parte del año.

El amor por España resulta obvio para quienquiera que conozca su obra, por ello me importa contar lo ocurrido cuando el mariscal Tito logró escabullirse del pacto de Varsovia. Por si hay quien lo ignore diré que los comunistas solían señalar como sus peores enemigos a diversos sectores de la izquierda. Tiempos hubo en que ser trotsquista era para ellos peor que ser nazi-mengueliano, mas por aquellos años resultó que aún peor era perfilarse como titoísta.

Entonces publicó en Las Españas editoriales cargados de críticas a aquellos idearios políticos un tanto trasnochados que obstaculizaban la «Reconstrucción Nacional» y ya encarrerado hacia la lobera, nuestro temerario maño apoyaba al caudillo yugoslavo. Se armó la de San Quintín. El primer ramalazo me vino por parte de un amigo: —Tu padre es un renegado —me espetó sin venir a cuento ni decir agua va.

— ¿Por qué lo dices?

—Me lo ha dicho Juan.

Y el tal Juan era su tutor, un cardiólogo comunista de apellido Solares aficionado como casi todos los médicos a llamarse doctor por meros güevos. La manía compulsiva de sobar el lóbulo de la oreja a sus interlocutores le hacía destacar casi tanto como la fama de ser un hombre extremadamente ahorrativo, al grado de que Otaola contaba en alguno de sus libros que acudía a las tertulias del Papagayo y el Tupinanba pero permanecía sin pedir nada, se limitaba a esperar a que alguien ahuecara el ala para apurar el culo —así se llama en España a cuánto va quedando en botellas, vasos o tazas— no sin antes preguntar si se podía. Era además suscriptor de Las Españas y se dedicaba a la usura, no sé si por falta de clientela hipertensa o por simple manía acumulativa, pero levantaba ronchas que semejante esperpento criticara a nadie desde una perspectiva supuestamente revolucionaria.

Con los años fui enterándome de que los comunistas habían anatematizado a mi padre, aplicando la consigna de desprestigiarle y retirarle el saludo. El comentaba con bastante sentido del humor que los más diligentes en obedecer la consigna fueron quienes le habían pedido libros fiados (por eso Otaola clamaba: «Cuántos miles de pesos le deben algunos pillines que andan por ahí presumiendo de no sé qué»). También se sentía conmovido por unos cuantos militares que no aceptaron la consigna: Carlos Serrano Linares, Amaro del Rosal, Juan Ribaud y Pedro Antón, entre poquísimos más. Pero no faltaron exaltados fanáticos dispuestos a pasarse de tueste. El pintor valenciano Josep Renau, «amigo» suyo y asiduo colaborador de Las Españas, por ejemplo, no tuvo empacho en publicar un artículo donde le acusaba de estar «…hundido en la cochambre ideológica del capitalismo imperialista», y de tener «…siniestros propósitos» e «…ideologías fascistas» (Nuestro Tiempo, año 1, no.2). Además, en la misma revista (N-2, oct. de 1951) apareció «Las Españas de espaldas a España», firmado por un tal Jorge Cuenca, supongo que seudónimo de alguien a quien, para no llevarme entre las patas a personas inocentes, llamaré don Antonio. Pero antes de seguir me importa que imaginen ustedes la revista en cuestión: saturada de artículos firmados por José Stalin, delirios cientificoides de Lysenko, loas a la Pasionaria y al propio Stalin. No puedo resistir la tentación de transcribir algunas muestras, en primer lugar la de Gabriel García Narezo:

    A esa voz poderosa que

    humanamente

    canta uno mi voz, mi grave y fiel

    palabra erguida

    canto a Stalin el hombre,

    al hombre Stalin canto

    su fecunda existencia: pasión,

     alba y acero…

Y así seguida la murga hasta la estrofa quincuagésima primera, y no era cachondeo, conste. O este calandrajo de Juan Rejano:

Patriarca del fuego que a los

]hombres levanta

árbol (sic) de roja frente donde

 ]la paz,

escudo y verbo de la Revolución

mis brazos

Pues en ese contexto escribió el esquinado Cuenca: «Un ejemplo de las posiciones políticas de estos salvadores lo encontramos en la revista Las Españas en cuya redacción figuran tipos turbios, agentes del imperialismo y la reacción al servicio de los fascistas de Belgrado tales como José R. Arana».

Claro que aquellos santurrones estalinistas eran muy aficionados a usar indiscriminadamente la misma letanía para descalificar a sus enemigos —y vaya que hubo ejemplos de ello—, pero es irritante la falta de apego a la circunstancia. Al menos podían haber tenido en cuenta que Josip Broz participó en la organización de las brigadas internacionales y mínimamente afirmar que mi progenitor era un enemigo de la vernalización lysenquiana y del hombre nuevo seducido por el mendelismo-morganiano así como por el movimiento regeneracionista utópico o alguna majadería más confusa y creíble. En fin, podría pensarse que lo dicho obedece quizá al simple amor filial, pero ahí está el testimonio de quienes avalaron su conducta: Daniel Tapia, Mariano Granados, León Felipe, Anselmo Carretero, José Puche, Francisco Pina, Otaola, Amaro del Rosal, Manuel Andújar y un larguísimo etcétera.

Por si alguien ignorara quién fue Lysenko, es preciso señalar que fue un aventurero capaz de llevar a la agricultura soviética al desastre y, como los formidables avances de la genética no coincidían con sus delirantes teorías ni con la tesis de Stalin. envió a los genetistas a pudrirse en el Gulag. Pues en Nuestro Tiempo aparecía, entre otros muchos, un artículo de Geanne Levy con la siguiente perla: «Lysenko ataca a los genéticos clásicos por los débiles resultados prácticos por ellos obtenidos».

De cualquier manera, está claro que a medida que fueron conociéndose los horrores del socialismo real, renegar o no renegar de él era un asunto de decencia. Quienes fueron capaces de aceptar iniquidades como la colectivización forzada del campo en la URSS, las purgas de Stalin, la anexión de los países bálticos, la extrema opacidad del gobierno, el pacto germano-soviético, la concentración de todo el poder en un solo hombre, el muro de Berlín o la invasión a Checoslovaquia demostraron que si el fin —el hormiguero a fin de cuentas— justifica los medios —la ignominia por principio de cuentas— era urgente redefinir a los hombres de izquierda.

Desde luego el rompimiento con los comunistas demuestra que José Ramón Arana no era amigo de hacer concesiones. Para documentarlo bastaría añadir un par de cosas. En primer lugar su tajante determinación de no alterar «…ni una coma» de su Cura de Almuniaced cuando Manuel Andújar realizaba infructuosas gestiones para salvar la censura y publicarlo en España. Por último, haber escrito Viva Cristo Ray desde un agnosticismo medular y en una España sometida hasta el hartazgo y el abrasamiento por tantísimos curas, obispos y mojigatos. Para arriesgarse con semejante título el lector había de contarse entre quienes de sobra le conocían para saber que ese no era libro para beatas ni santurrones.

En una entrevista aparecida en Las Españas. Historia de una revista del exilio, James Valender preguntaba al servidor y a su hermano si la condena del partido comunista la habíamos sufrido también nosotros. Recuerdo el asombro que me produjo Juan Ramón al decir que nunca la percibió significativamente. Ahora creo que mi respuesta se quedó casi tan corta como la suya. Releyendo Los días y los años de Luis González de Alba he pensado que los presos comunes de Lecumberri que fueron incitados por el gobierno para linchar a los presos políticos del movimiento estudiantil de 1968 y robar o destruir sus pertenencias, se parecían mucho a aquella horda de militares del PCE y compañeros de viaje que cumplieron con el compromiso de tundir o despellejar a golpe de lengua y pluma a quienes siguieron al pie del cañón en Las Españas o a personajes como Manuel Tagüeña, por citar sólo dos casos harto familiares para mí. A Tagüeña, hombre bueno y sabio como pocos, quien combatió a Franco en el bando republicano y a Hitler en el ejército soviético, se hartaron de calumniarle y decir sandeces como que había bombardeado a Lister por ineptitud. ¿Motivos? Que a fuerza de sustos y desengaños hubiera osado escabullirse del paraíso socialista.

No hace mucho le recordé a mi hermano que un condiscípulo de la primaria le gritaba con intención traviesa: «¡Tu no te llamas Arana, te llamas Ruiz!», o que el Sr. Bonet, director del Vives, valenciano y comunista, cometió con él un atropello despreciable cuando las circunstancias le obligaban más bien a pedir disculpas. Resulta que el viejo edificio del Instituto tenía una terraza elevada poco más o menos un par de metros sobre el nivel del suelo. Mi hermano se apoyó en la vetusta balaustrada, ésta cedió y él se precipitó de espaldas hacia el patio entre una copiosa lluvia de enormes piedras. Milagrosamente salió ileso, pero el airado pedagogo le expulsó sin miramientos.

A mí me fue aún peor. En cierta ocasión los peces de la fuente aparecieron muertos y, como un cizañero a quien llamábamos Chipi me había atribuido su envenenamiento, fui groseramente conducido a la dirección. Sin atender a mis desesperados intentos por convencerle de mi inocencia, Bonet me aplicó el más sumario de los juicios y me anotó en la temida «lista negra».

— ¡A la próxima se acabó! —grito fuera de sí— ¡Aire!

Con el tiempo llegó al colmo de llamar al padre de un amigo para comunicarle que su hijo y yo debíamos ser homosexuales. ¿Argumentos? Que un día nos habíamos subido a la tour, especie de campanario coronado por una veleta donde solíamos charlar inocentemente sobre libros o acerca de nuestros rigurosamente heterosexuales amores «socráticos»: la Hepburn, la Vladi, la Mangano, la Monroe…

Pero sus ofensas y zafiedades se prolongaron hasta mi etapa universitaria. Durante una cena de aniversario del Colegio pronunció una emotiva arenga —porque era muy buen orador, todo hay que decirlo— donde invitaba a los ex alumnos a incorporarse al cuadro de profesores. Había llegado el momento de aportar sangre nueva a la institución. Siendo pasante de la carrera de biología, acudí al llamado y le comuniqué mi propósito de aceptar la invitación.

— ¿Y para qué? —se limitó a refunfuñar.

Nunca me he sentido tan ofendido. Y no porque haya tenido muy buenas calificaciones en la materia, sino porque nada le hubiera costado decir que ya me llamaría o que tenía cubiertas todas las horas o que los idus de marzo o que mejorara mi dicción o que Chuchita había sido toscamente bolseada… Pero no, cuando el odio se combina con la hemoglobina y la mala leche ha sido escanciada…

Estaba redactando este artículo cuando cayó en mis manos el número cinco de la revista Batlia. En ella se pondera a cuantos valencianos hicieron aportaciones culturales a México. Tolsa, Fabregat, Ximeno y Planes, José Renau, Climent, Gil-Albert. Aub, Vicente Carrión, Segarra y Santiago Genovés iban desfilando y es obvio que méritos no les faltaron para este pequeño homenaje. Pero de repente se le va a uno la burra porque, habiendo excluido a José Espert y Juan Renau, cartelistas muy reconocidos entre coleccionistas y aficionados al cine, inexplicablemente se hace la apología de una pareja de impresentables pedagogos —en lo sucesivo Don Antonio y la V— como si su nefasta actuación fuera digna de encomio. Don Antonio se la pasaba manifestando su profunda aversión hacia los alumnos pero, por suerte, cuando aparecí en el Vives ya había dejado la docencia para dedicarse con muy buen éxito a los negocios. A la V, en cambio, la sufrí en carne propia. Aborrecida como nadie por el común de sus discípulos, mostró siempre unas dotes pedagógicas que sumaban cero. Y es que, no contenta con dictar apuntes, estrategia antipedagógica donde las haya, parecía gozar causando estragos en la autoestima de sus víctimas. Y aunque hace mucho tiempo que le perdoné su plétora de aguijonazos y escarnios, hay dos recuerdos de ella que me lastimarán mientras viva.

El primero no guarda relación con mi padre, ni con Las Españas ni con Stalin, pero lo cuento para que el lector aquilate el estilo pedagógico. Se refiere a un compañero de apellido Huicochea: bajito, moreno, enjuto y ajeno del todo al exilio español. Un día estaría distraído hablando cuando la V le ordenó que se pusiera en el rincón de la papelera. Entonces ella dejó escapar su sonrisa sádica y sentenció: «No, al lado no, ¡dentro!». Y dentro le dejó por el resto de la clase en calidad de basura.

El segundo es todavía más grave. La hija de un miembro muy destacado de Las Españas pasaba por el marasmo y la profunda amargura de que sus padres se habían separado, lo cual en aquel tiempo —principios de los años cincuenta— y para aquellas mentalidades victorianas resultaba un escándalo mayúsculo. Pues la V no tuvo empacho en soltar delante de aquella adolescente y sus compañeros un discurso que aparentaba pura estupidez moralista pero realmente iba cargado de un veneno peor que la cicuta: «Hay madres desnaturalizadas y capaces de abandonar a sus hijos, etcétera».

Hace algunos años, al oírme hablar mal de mi antigua profesora de historia, la madre de un amigo me miró con severidad y dijo: —Pues no me gusta que hables así de la V. No sé si lo sabes, pero ella da clases en el Vives sin cobrar.

— ¿Y qué con eso?, también hay degenerados —le respondí serenamente— que no sólo no cobran, sino hasta pagan por pervertir a los niños.

Ignoro si habrá rencillas históricas entre aragoneses y valencianos, pero resulta curioso que los peores enemigos de José Ramón Arana fueran todos valencianos: Renau, el doctor Solares, el Sr. Bonet, Don Antonio y la V.

Por último quiero añadir que, si mi padre viviera, seguro desaprobaría estas últimas cuartillas. Parece que estoy oyéndole.

—Deja en paz a esa gentuza, hijo, si no vale la pena.

—Son los nuevos tiempos, padre. Hay que sacar a la luz la cochambre como medida profiláctica. Antes no se decía casi nada acerca de la guerra sucia ni sobre los curas pederastas o violadores. Ahora el mundo es distinto. También yo he cambiado, ya ves que riño poco con mi hermano y ni siquiera te he llamado papá. Es más, si el Sr. Bonet me saliera con lo que me salió, le arrebataría el puro para machacarlo en el suelo, me cagaría en su padre y le mandaría a «ese lugar», que así llamaba Otaola a la chingada. Y, por favor, no insistas, de hacerlo «…me aplastarías bajo tus pies sin que quedaran restos míos por ninguna parte». La cita viene a cuento porque la nuestra fue todavía una generación, quizá la última, orillada a ver al padre como un hombre gigantesco y encrespado capaz de arrancarte del lecho y, una de dos, o dejarte en el balcón hasta doblegarte, como le sucedió a Kafka, o asestarnos un sermón interminable para ver si mi hermano y yo podíamos dejar de rivalizar como perros y gatos. n