CORTÉS: OTRA VEZ

POR LUIS BARJAU

No suele hablarse de la editorial en la reseña de un libro pero aquí es necesario referir la ubicuidad del título. Tenemos que si una biografía de Cortés no sólo es inseparable de la Conquista, sino que ésta es lo esencial del biografiado, poco agrega la indicación de “biografía”, que es género invadido completamente por el otro de largo aliento histórico; hubiera convenido más la historia de la Conquista para el título.

Después tenemos que “inventor de México” como cualidad cortesiana es, por lo menos, exagerado. Cortés no contribuyó tanto más —que no inventó nada— que clérigos, soldados, aliados, o la cultura mesoamericana, al fundamento de México. Y el problema es que la portada no se puede leer porque dice, sucesivamente: Hernán, biografía, Cortés, inventor de México. Excesos del diseño sobre excesos del título.

Pero estamos frente a una gran obra de la historiografía contemporánea sobre el tema. La mejor que se ha escrito en los últimos tiempos. Sus cualidades: no sólo el manejo de toda la información asequible, entre crónicas y documentos  de archivo, sino el arte de la ordenación, sorprendente para un autor que no se dedicaba profesionalmente al asunto.

Ordenación tan perfecta, que no se nota en este narrador de historia, que tenga que ceñirse al orden de sus citas y entonces el lector tiene que agradecer la fluidez propia de un literato. A esto, agréguese la envidiable transparencia y sencillez de la prosa. El autor es un memorioso y esta es la clave: se mueve entre los hechos españoles del siglo XVI como si refiriera eventos familiares de la última semana, y después coteja con su fichero. Las pocas inexactitudes que contiene siempre son dispensables a un gran autor, por ser éstas de poca monta.

Queda muy claro un problema que todo historiador mexicano sabe sin saber referirlo por muy complejas razones ideológicas fraguadas al calor de la singularidad histórica propia: que no existió una entidad geopolítica tal que permitiera el juicio de traición entre un grupo local respecto de otro igual: la formación económica y social estaba constituida no sólo por reinos separados, sino por enemistades profundas que justificaban cualquier acción de defensa: esto fue lo que hicieron totonacas, tlaxcaltecas, texcocanos, amaquemecas, xochimilcas, otomíes y muchos más, respecto de los mexicas; que se aliaran con los españoles para sacudírselos. Esto se lee entrelineas en el texto aunque no se diga directamente. Y aunque en otros textos también lo pueda entresacar el lector especializado.

Por ello, otra virtud del libro es que conteniendo la más erudita información resultó en una obra de divulgación (aunque no le sobraría un índice onomástico) y esto es un mérito mayor porque la erudición de la labor historiográfica mexicana siempre se vuelve, también por muy intrincadas razones, un ocultamiento de la verdad de los hechos, entre el estilo del historiador, el lenguaje que finge erudición e inteligencia y el ladinismo tradicional.

Queda muy en claro, también, que en la acción genial de un Hernán Cortés de excelencia guerrera y política, latió permanentemente, después de la batalla de Centla en Tabasco, de Cempoala y de la incursión  de Pánfilo de Narváez y sus 800 hombres con la reprimenda del gobernador de Cuba por las libertades que se toma el conquistador, la semilla de la desobediencia al monarca: una tentadora posibilidad de temprana independencia. Asimismo, que Cortés, por una no del todo explicada fidelidad a la Corona, no menciona nunca dicha posibilidad, a menos que ello permanezca oculto en las fojas de algún documento de archivo. Aunque ello no se diga en el texto. Esto fue así por la época de los descubrimientos y sus enormes dificultades. Era una aventura inexorable. Se hallaban mundos que no existían ni en sueños. Si entre 1502 y 1504 Colón estuvo en Panamá, a escasos kilómetros del Pacífico, no llegó a descubrirlo. La conquista de México resultó ser, como se explica muy bien en este libro, “una empresa antillana, o quizás sea más propio decir cubana, la cual se llevaría a cabo sin participación de la metrópoli” (p.25). Diego Velásquez mismo, gobernador de Cuba, no estaba facultado para enviar expedición a México, lo que también hacía de él un desobediente (p. 72), no había orden expresa del rey, ni siquiera los frailes jerónimos de Santo Domingo tuvieron dichas facultades (p. 73). Por otro lado, parece que Moctezuma no se enteró de los célebres náufragos españoles, Jerónimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero (p. 94), que tenían ya ocho años en tierras mayas.

En el libro no hay los significados profundos del contacto de dos civilizaciones porque predomina la descripción de la gesta española. Aunque haya la vasta información que tiene un libro de cabecera. No se asume el problema de los significados de la mentalidad indiana, los fundamentos cosmogónicos de la visión mesoamericana del mundo, pero se aportan los datos de la acción de Cortés sobre el mundo establecido de los mexicas y así se contempla el dramático momento en que el marqués mismo, con una barra de hierro, se le va encima a la estatua indemne de Huitzilopochtli en el Templo Mayor ante la mirada estupefacta de principales y sacerdotes (p. 187). ¿Quiénes eran los recién llegados a pesar de que el propio tlatoani hubiera desmentido —ciertamente en privado— su filiación mitológica con la deidad pájaro- serpiente? Fue una duda que pesó más de lo que se ha considerado.

La antes nunca vista mentalidad mesoamericana explica en buena dosis el fenómeno del florecimiento histórico de la nación moderna mexicana. La ambigüedad de los procesos de mezcla, el azar de la imbricación, la catarsis identitaria, que hacía que muy tempranamente el dominico Diego Duran dijera “nosotros” hablando de los indios cuando Alva Ixtlilxóchitl, principal texcocano, lo hiciera hablando de españoles.

Sí se apuntan ciertos matices políticos de la situación en el valle central en el momento del arribo de los advenedizos y así se describe cómo la unidad del reino de Acolhuacan ya estaba rota (p. 197), lo que favoreció a los españoles. Se señala, asimismo, cómo Cortés se convierte en un conductor de guerras preestablecidas entre los indígenas (p. 269). El fenómeno de la conversión: Chalco y Huejotzingo, antes sujetos a Tenochtitlan,  pelean contra Cuauhtémoc (p. 288). En los momentos intensos de la guerra, los mexicas usaron espadas que habían capturado (p. 294) después de que Cortés entrara con 80 mil aliados por la calzada de Iztapalapa (p. 311). También se destaca por vez primera la importancia de la Batalla de la Quebrada donde pierden la vida 53 españoles y dos caballos (p. 325). Hay un momento de la apasionante lectura en que se destaca con seguridad cómo “desaparecido un orden político al momento ya estaba funcionando el nuevo” (p. 343), pero éste precisamente es uno de los problemas que sólo un conocimiento más a fondo del mundo indígena y sus instituciones permitiría observar con claridad, pues quizá más que el orden político, que era antiguo y arraigado, lo que funcionó de nuevo fue el que la persona extraña, Cortés, se alzara hasta sentarse en el icpalli del tlatoani; y el orden político a nivel institucional se transformaba con mayor lentitud. Las nuevas casas españolas sembradas en torno al teocalli se estrenaron en 1523 (p. 367), pero mientras Cortés mandaba desde las pirámides.

El paradigma de este importante libro puede asignarse a la historiografía clásica occidental, pero aún mantiene escasa la visión de los vencidos. n