ESCRITURAS

SECUENCIA DE JOSÉ LEZAMA LIMA, TRES RECUERDOS

POR ELÍSEO ALBERTO

Abogado de carrera, minea fue músico ni bailarín ni boxeador ni pelotero ni abakuá ni tiratiros ni buen amante ni alardoso ni loca de carroza ni experto en dominó ni borracho ni bromista ni mira huecos ni sandunguero ni comecandela ni mujeriego. Sólo poeta.

PRIMER RECUERDO

Los que tuvimos la dicha de conocer y querer a José Lezama Lima, nos fuimos robando una a una sus imágenes posibles. Las secuestramos. En este caso, quiero pensar por consuelo, el saqueo vale por homenaje. Esa dispersión de sus reflejos debe ser una broma que Lezama ideó risa a risa desde su diminuto claustro habanero, como un duende travieso que decide dejarnos en herencia una enorme confusión. El enredo y la duda pueden ser caminos hacia la claridad o la transparencia. Yo malcrío tres recuerdos, entre muchos que presumo de nuestra casi familiar relación: uno (suma de varios domingos) en Villa Berta, la finca de mi familia en un pueblo de cuatro calles, sin derecho a mapa; el segundo, en la terraza de la revista Cuba Internacional (Reina y Lealtad, en La Habana rococó), y el tercero en la salita de su casa, allá en la calle Trocadero —en la acera de enfrente de las rameras prodigiosas. Lezama vivía en el ombligo del pecado.

Mi padre había comprado un aristocrático juego de croquett en la tienda El Encanto. Cortó el césped del jardín hasta dejarlo pelón, sembró los aros de alambre e invitó a los amigos a un primer torneo. Los contendientes deben (pueden) haber sido Lezama, Cintio Vitier, Roberto Fernández Retamar, Octavio Smith, Julián Orbón, Anabelle Rodríguez, Mario Parajón, Agustín Pi y tal vez el argentino Francisco Petrone —existe una fotografía donde el actor de Guerra gaucha posa en el campito, junto a algo que parece una pirámide de bastones—. Papá explicó los principios del pasatiempo. Era tramposo. Exquisitamente tramposo. Bien lo sabemos sus hijos. Nada le mortificaba más que la derrota, por eso dejó de interesarle el ajedrez y nunca se sentó ante una mesa de dominó o de barajas; se sentía en terreno seguro cuando descubría algún juego menos popular, como el croquett por ejemplo, pues “lo novedoso” le daba cierta supremacía sobre inexperto contrario; ante la posibilidad de una derrota, mi padre perdía la compostura y llegaba al extremo de trocar las reglas con tal de imponer su liderazgo. Jugar al cubilete, “de pareja” con papá, podía resultar una tortura pues “los aliados” cargábamos siempre con la mala suerte de los dados y teníamos que pagar las apuestas con los reales de nuestros monederos. Pero más mañoso era Lezama, notable ejercitador del disimulo y el arte del eufemismo. Al menor descuido de los contendientes, acómodaba la pelota con una patadita discreta, para recolocarla en un ángulo propicio y asegurar el toque maestro, elegante, y la consecuente conquista del cetro —breve levitación de aplausos en la banca de las porristas, presidida por las hermanas Bella y Fina García Marruz, delgadas y juguetonas.

Lezama no paró de hablar durante la ronda inicial, con lo cual aseguraba que sus adversarios perdieran la necesaria concentración. Así establecía complicadísimos vasos comunicantes entre los versos del Conde Lautréamont y “el alma llena de lágrimas no lloradas de Dostoievsky” o entre parlamentos de Shakespeare (“los hombres no son dioses y por eso no tenemos derecho a pedirles siempre ternura”) y alguna barrabasada de su propia cosecha (“¿alguna vez se ha preguntado, estimado Eliseo, por qué no ha variado la forma del barril de vino?”), al tiempo que los abrumaba con datos tan sutiles como aquel de que el corazón de un canario da sesenta mil latidos por minuto y el del elefante apenas veinticinco, uno de sus disparates preferidos.1

—Mi espíritu, como el de Montaigne, no se mueve si no lo agitan las piernas —proclamaba Lezama al acercarse a un nuevo aro.

Papá se defendía:

—Lezama, Lezama, querido Lezama…Nunca está de más un poco de humildad.

Octavio limpiaba con un pañuelo los cristales de sus espejuelos.

Roberto hacía equilibrios en la punta del pie, pendiente de la silueta que el sol sombreaba en el césped.

— ¡Persigo la imagen en su devenir! —exclamaba el autor de La expresión americana.

El autor de Por los extraños pueblos se sacudía de hombros, como Toshiro Mifune en una película de Akira Kurosawa:

—No olvide, señor Lezama Lima, que los romanos desconocían el jabón de afeitar y siempre estaban encomiablemente rasurados.

Cintio buscaba la armonía, la paz, y cedía razón a uno u otro orador, repartiendo elogios a partes iguales.

—Atiendan, caramba: el partido reserva los mejores momentos para el postre —decía a la concurrencia. Tomadas de las manos, las hermanitas García Marruz bailaban tap en el borde de la fuente. Creo que ganó Julián Orbón, a pesar de su miopía. Fue un lindo domingo. Nunca los había visto tan niños.

Más niños que yo.

El poeta José Lezama Lima (1910- 1976), el gran “peregrino inmóvil” de la cultura cubana, apenas habitó dos casas en sesenta y seis años y sólo viajó tres veces al extranjero (de niño a Estados Unidos y de adulto a México y Jamaica): su verdadera residencia fue ese castillo en el aire llamado la literatura y su audaz travesía, sin duda, la imaginación. Al recordarlo desde el cariño de un sobrino postizo, no puedo dejar de preguntarme si será cierto que a la hora de sentarnos a relatar la historia de nuestros pueblos huérfanos, al menos las versiones emocionales de lo sucedido, la contundencia de la “verdad” resulta más importante que la vibración del “mito”. La vida y la obra de Lezama logran un equilibrio en apariencia imposible: desde el descubrimiento mismo de su vocación literaria, hechizo que habría de convertirlo en su propio ídolo, el escritor Lezama Lima enclaustró al hombre José entre cuatro paredes de verbos y sonoridades; esa sumisión, sin embargo, fue estímulo suficiente para realizar la hazaña de proponernos un mundo tan deslumbrante como real, una Cuba, una Habana, un espacio donde la imagen debía adelantarse a los hechos, en la convicción de que la poesía también era carne en el banquete sensorial de lo que ellos aún llamaban patria, sin sobredosis política. “Yo que no sé decirlo: la República”, dijo papá —y lo repito yo, que tampoco puedo.

La primera vez que Lezama cruzó el horizonte (esa cruel frontera de las ínsulas por donde llegan o salen nuestras desgracias) fue en 1918 y por una corta temporada porque la desventura les cortaría el paso en una bahía de aguas profundas. Su padre, el coronel José Lezama Rodda, oficial de academia, moriría en Pensacola, Florida, a la altanera edad de 33 años. Desde esa temprana fecha, Lezama tendría pánico a salir de la isla; en heroica consecuencia, decidió entonces cargarse el mundo en los bolsillos. Lejanía y tragedia serían las dos cartas más temidas de su tarot personal. “El único viaje que me tienta, sobrino”, me dijo una noche de revelaciones y profecías, “será el que emprenda saltando como un conejo de constelación en constelación”. Acorralado en la sala de su casa, hice de tripas corazón para contener la risa al visualizar la sombra chinesca del poeta recortada, a contraluz, contra la pantalla de la luna.

“Es que hay viajes más espléndidos: los que un hombre puede intentar por los corredores de su casa, yéndose del dormitorio al baño, desfilando entre parques y librerías”, diría en otra ocasión al novelista argentino Tomás Eloy Martínez: “Casi nunca he salido de La Habana. Admito dos razones: a cada salida empeoraban mis bronquios; y además, en el centro de todo viaje ha flotado siempre el recuerdo de la muerte de mi padre. Gide ha dicho que toda travesía es un pregusto de la muerte, una anticipación del fin. Yo no viajo: por eso resucito”. De regreso a la isla, el niño Joseito (así le llamarían siempre las muchas mujeres que pastorearon su vida) fue a vivir al mejor de los sitios posibles: en la mansión marcada con el número 9 del Paseo del Prado. Allí (el Paradiso) leería a Cervantes, a Platón y a Goethe, tres de los dioses que habrían de acompañarlo siempre. Por entonces, Cuba se estaba inventando a sí misma. La Habana se meneaba. Nuestra corta experiencia republicana se estremecía de sorpresa en sorpresa. Un habanero sonriente arrebató el trono del ajedrez a un filósofo alemán, tres santiagueros pusieron a medio mundo a cantar sones, los estudiantes aprendieron a protestar en las plazas públicas, un camagüeyano editó Sóngoro Cosongo, las prostitutas francesas pretendían reinar entre mulatas y, en prueba de amor, los chulos se mataban a balazo limpio a la salida de los bares. Un refrán amargo atestigua que la alegría dura poco en casa del pobre. En 1929, todo espejismo de prosperidad se vino abajo por crisis mundial del capitalismo y Rosa Lima Mercado, la madre de Lezama, tuvo que mudarse con sus hijos al hombro a una vivienda más humilde, a dos cuadras del Prado: Trocadero número 162.

Trocadero número 162 era una casa a pie de acera con un pequeño patio interior, dos cuartos enanos, una cocina manchada por los humos del queroseno, un oscuro comedor y una sala luminosa que se abría a los pregones de la calle por dos ventanas de hojas anchas. Lezama instauró allí su reino personal, la fortaleza que habría de abrigarlo ante el desencanto y las ráfagas de la soledad. Un ejército de mujeres cuidaría de él, día tras día y noche tras noche: la madre, la nodriza Baldomera, sus hermanas Rosa y Eloísa, su esposa María Luisa Bautista. Ellas eran sus guardianes. Sus amazonas. A manera de escudos de armas, los cuadros comenzaron a dignificar las paredes. Los libros invadían la estancia. Rodeado de Habanas y habanos, envuelto en el humo de su leyenda, el poeta pisaba sobre la alfombra de las carátulas e iba apisonando los libros en el suelo, como patea un balón el elefante del circo. Escribía a mano sobre una tabla que colocaba entre los brazos de un butacón señorial. Una tabla de maderas crudas donde se leía el logotipo de una marca de cerveza. Las cuartillas garabateadas caían al piso, otoñales. El fuego consumía el tabaco en el cenicero y a medida que la ceniza ganaba en longitud el puro perdía equilibrio e inclinaba la balanza hacia la punta de la embocadura ensalivada. Así lo recuerdo, descifrando los complicados jeroglíficos de su poética sin pedirle nada a nadie, salvo a Dios (¿será?) para que el asma no viniera a romper el mágico momento en que sus delirios encontraban las palabras justas con las cuales debía elaborar una particularísima y de nuevo indescifrable revelación. Presumía tres tesoros en la sala: un busto de José Martí, un búfalo de jade y una limosnera argelina. Debe ser un disloque de mi memoria, lo reconozco, pero aquella casa siempre me olió a agua de colonia. A fragancia de barbería.

SEGUNDO RECUERDO EL

Segundo recuerdo me lleva a la casona con aires de palacio francés donde radicaba la revista Cuba Internacional. El fraterno Manuel Pereira  nos dijo, rebozando orgullo: “El Peregrino Inmóvil aceptó la invitación”. Había convencido al Maestro para que diera una conferencia a los trabajadores de la publicación, una pequeña tropa de locos periodistas y fotógrafos que lo admirábamos sin reserva. Por aquellos días, y aún por éstos, nada nos enamoraba más que la belleza y la inteligencia. Veo en la sala a Antonio Conte, Iván Cañas, Reinaldo Escobar, Agenor Martí, Olga Fernández, Pirole, Ciro Bianchi Ross, Minerva Salado, Ernesto Fernández, José Antonio Figueroa, ¿Norberto Fuentes?, nuestro querido Baltasar Enero, también llamado El Conde de Eros, Rosario Suárez, mi esposa de entonces, y el negro Cuní, conserje silencioso. Los nombro para sacarlos de mi corazón y me vuelvan a arrullar un rato, como en los viejos tiempos de la inocencia.

—Hola, Lezama.

—Hola, sobrino.

—Bienvenido.

Lezama ocupó su trono (una silla sólida), ordenó una montaña de papeles manuscritos y consumió unos segundos fatigosos antes de anunciar el tema de la charla. Creo que presentía un próximo ataque de asma.

—Esta tarde, vamos a hablar de José Martí —dijo arrastrando las sílabas.

Desde el fondo del salón, yo calculé el grosor de aquella loma de hojas y asumí que, dado el retranque del asma, la lectura demoraría unas dos horas y media, así que acomodé el esqueleto sobre la loma de revistas que me servía de banqueta. Crucé las piernas. Rosario puso su mano en mi rodilla izquierda; en una particular clave Morse me telegrafiaba paciencia. Luego de otra pausa perezosa, bien calculada, Lezama cargó los pulmones y dijo en suave desinfle:

—Amigos, amigas… Martí es un misterio que nos acompaña. Muchas gracias. ¿Alguna pregunta?

¡Un misterio que nos acompaña! Eso era todo. Todo con mayúscula. Carajo: yo aún no había terminado de estirar los huesos. Al ver que el encuentro podía terminar en un abrir y cerrar de ojos, Manuel Pereira aceptó la invitación al diálogo, alzó la mano y lanzó el anzuelo de una duda. Acababa de leer un ensayo de Lezama, El azar concurrente, y aunque le había impresionado mucho, necesitaba confesarnos que no había entendido demasiado. El poeta sonrió de oreja a oreja. Sobre el andamio argumental de las coincidencias (el azar y el desazar, los encuentros y los desencuentros, la casualidad y la fatalidad) descansaba en buena medida su particularísima concepción del mundo. Lezama, casi siempre profundo, podía actuar de modo muy simple cuando quería, así que se propuso explicar sus razones con un ejemplo fácil de entender. Alguien, dijo, espera un transporte público en la parada de la esquina. Por fin llega “la guagua” (el camión, la combi, el ómnibus) pero, como reboza de pasajeros, decide dejarla pasar de largo. No tiene apuro. Nadie lo espera en su casa. En efecto, diez minutos después sube a la segunda guagua, milagrosamente vacía, y allí conoce a la mujer de su vida. Es la muchacha que va sentadita en el asiento del fondo. Es el amor.

—El azar concurrió a la cita —sentenció Lezama. Convencido a medias, mi amigo quiso saber entonces la contraparte de la tesis:

— ¿Y qué sería entonces el desazar, maestro? —preguntó Pereira. Todos los presentes clavamos la vista en los labios del conferencista, seguros que esta vez la aclaración del enigma iba a alcanzar alturas de fina sapiencia. Lezama sopló la llama de su tabaco como quien refresca con el aliento el cañón de una pistola, y dijo con aires de duelista:

—La mujer que se le fue en la primera guagua y a la que nunca conocerá: esa criatura que pudo haberlo hecho más feliz que ninguna.

Lezama bufó profundo. La tenaza del asma le atrabancaba el pecho. El silencioso Cuní pasó con la merienda: refrescos y panetelitas borrachas. Ovación.

Fin de escena.

Todo a negro.

Lezama no encajaba en ninguna de las categorías más contagiosas de lo cubano. Abogado de carrera, nunca fue músico  ni bailarín ni boxeador ni pelotero ni abakuá ni tiratiros ni buen amante ni alardoso ni loca de carroza ni experto en dominó ni borracho ni bromista ni mira huecos ni sandunguero ni comecandela ni mujeriego. Sólo poeta, oficio devaluado. De joven, era un notable caminador. Los amigos lo evocan por las calles de libreros y comercios (Obispo, por ejemplo, La Manzana de Gómez, Arcos de Belén. Neptuno, Galeano), marcando el paso al ritmo de los ahogos del asma. Aquellas excursiones por los laberintos de la vieja ciudad se fueron espaciando poco a poco, a medida que la realidad le iba dejando de interesar y prefería refugiarse en un mundo, el suyo, donde se sentía a gusto, dominante y, en lo que cabe, temerario; un universo conformado a partir de la lectura, la sabiduría y la resignación. “He recordado mucho, hasta convertirla en vivencia, la frase de Nietzsche en el Zaratustra. el desierto está creciendo. Qué frase para los tiempos que corren”, confiesa a su hermana Eloísa en una carta de 1963: “Es el desierto, el desierto que crece indeteniblemente. (…) Si no hay libertad no hay posibilidad, no hay imagen, no hay poesía. Si no hay libertad no puede haber verdad”. El 1 de enero de 1966 (“por la mañana, con menos frío”) pone al correo otra carta, ésta para su hermana Rosita: “Yo vivo en la eternidad, en lo que queda al pasar por el espejo. Precisamente lo que no tengo es lo que poseo, el latido de la ausencia… Dicha grande decía en su diario Maní. Sufrir tiene también su dicha, es como si nos desgajásemos y apareciese el ramaje nuevo”.

Si antes visitaba a los amigos, de portal en portal, desde mediados de los sesenta cambió de estrategia y comenzó a preferir que los amigos fueran a él, por él, un recurso que le permitía filtrar los afectos, depurarlos, elegirlos. Puedo recordarlo en los jardines de Villa Berta, la tarde (por ejemplo) que fuera a ver a mi padre en compañía de Julio Cortázar, pero no “lo veo” en la casa del Vedado, a donde nos mudamos allá por el año 1968. Había cerrado su mundo, justo en el momento en que su obra literaria ganaba en resonancias, sobre todo en Europa —gracias, entre otros elogios, al deslumbramiento de Cortázar, que le dedica un capítulo magistral en su libro La vuelta al día en ochenta mundos—. Mientras crecía su fama, luego de la publicación de Paradiso y sus inmediatas traducciones, el poeta se atrincheraba en su cuartel de Trocadero, como si estuviese esperando el oleaje del “enemigo rumor”,2 ese aluvión de improperios que se le venía encima. Durante más de tres décadas trabajó en su novela, seguro del monumento sensual que se traía entre manos; cuando la dio por terminada, y le tocaba recibir los aplausos de los admiradores, no quiso salir a escena y prefirió la sombra de las bambalinas a los reflectores del proscenio. De algún modo extraño, se cumplían las conjuras que él mismo había anunciado desde el oráculo de su poesía: “Ah que tú escapes en el momento que habían encontrado tu definición mejor”.

Las autoridades del Partido Comunista cubano vieron en Paradiso la prueba (in)moral que habían esperado con paciencia de francotiradores para acusar al poeta de “conflictivo”, y descalificaron la propuesta de la novela por considerarla contraproducente, casi dañina. Poco importó que un entusiasta Lezama hubiese defendido, a su barroca manera, el triunfo de una rebelión popular que también era la victoria del realismo sobre el espejismo y de la materia sobre el espíritu, dos banderas en las que él no creía; poco importó que un paciente Lezama hubiera minimizado los ataques que, desde periódicos oficiales, le hicieran oportunistas ruines que, lunes tras lunes de Revolución, quisieron borrar del mapa la agigantada figura del “comandante de Orígenes”; poco importó que un afanoso Lezama participara con optimismo en las tareas a las que fue convocado, bien en el Instituto de Literatura y Lingüística o la Unión de Escritores y Artistas de Cuba o la Casa de las Américas, instituciones donde llegaría a ocupar puestos de relevancia. El problemático e incomprendido autor de Analecta del reloj fue tachado de la lista de los “confiables”. Los puritanos (herejes) lo habían estigmatizado en nombre de la salud ideológica de “la clase obrera en el poder” y así permanecería durante una larga temporada de resabios. “Una oscura pradera me convida”, vaticinaría en un poema memorable, treinta años antes de ser confinado, por decreto, al llano estéril de la ignominia. La rectificación del error llegaría demasiado tarde, porque la muerte iba a adelantarse a las disculpas oficiales, y Lezama dejaría de existir el mismo año que las políticas culturales de la Revolución iniciaban un viraje (tímido e insuficiente pero viraje al fin) hacia posturas más lacias, luego de la creación de un organismo en el que entonces muchos confiamos con inocencia digna de mejor causa: el Ministerio de Cultura. A lo largo de su sedentaria existencia, Lezama fue engordando con tanta progresión que, camino al Hospital Calixto García de La Habana, los enfermeros debieron sacar la camilla por esa única ventana pues, se dice, el poeta no cabía por la puerta. Había llegado La Hora o La Mudada, como a él le gustaba decir; con cierto tiempo de antelación, tuvo a bien elegir la frase que, tallada en mármol, alumbraría su tumba: “El mar violeta añora el nacimiento de los dioses/ porque nacer es aquí una fiesta innombrable”. La fiesta era la eternidad; la ausencia, otro (re)nacimiento. En el segundo mismo de su muerte, comenzó su multiplicación. El fantasma del poeta que mejor entendió los misterios de una Cuba desarraigada y raigal, improvisada y profunda, volaba libre entre los espejos de la gran literatura. Una vez más, destellaba equívocos.

TERCER RECUERDO

Trocadero 162. Diciembre y 1969. En el tercer recuerdo que a solas mimo, Lezama y yo conversamos en presente histórico sobre las dimensiones del mundo y las travesías de la imaginación (pregunto por su visita a México y dice que eso puede considerarse “una escaramuza”); al final de la velada, como acordamos de antemano, le leo mis poemas de juventud. Horribles. “Recostado está el taburete en el rincón amarillo”. Leo. Leo. Lezama mordisquea el habano. Me inquieta. La ceniza nieva en el bolsillo de la guayabera. Leo: “Poesía es el silencioso crecer del árbol hacia los sputnik”. Por el filo de la ventana, entre metáfora y metáfora, veo pasar chancleteras con pañuelos. En algún momento de la tertulia, dejo trunca la lectura, abrumado por la sospecha de que el poeta se duerme en el sillón. Los párpados le pesan, los deditos de la mano tamborilean en el aire como si solfearan una de esas tonadas venezolanas que Julián Orbón les ha enseñado a querer en su piano caballeroso. Lezama dice por cumplido de perdonavidas: “Joven, hay una novela en sus versos”, y con una sentencia mata dos pájaros de un tiro: “De usted y el azafrán de sus lecturas depende que sea buena la paella. México pasó. El único viaje que me tienta será el que emprenda saltando como un conejo…”. Fin del espejismo. Esa tarde me dedicó un ejemplar de Enemigo rumor, edición príncipe: “Para Eliseo Diego (hijo), que a su vez será padre de poetas,. pues su poesía nace en el reflejo lunar de la osteina, que se hereda (ilegible) y siempre fructifica”. Nunca he querido averiguar qué significa la palabra osteina.

Los extremistas políticos hoy se disputan su reclutamiento y tiran de su cuerpo hacia la izquierda o hacia la derecha, con idéntico desparpajo. Para unos fue una víctima, para otros un héroe. Un perseguido o un adelantado. Un ermitaño o un maestro. Un poeta oscuro, un hombre lúcido. Un demonio bueno. Un demonio malo. ¿Paradiso o Infierno? Quizás la verdad más cercana a la verdad sea la suma de todos esos malentendidos. Su imagen (“la sombra proyectada en la pared”) no tiene antecedentes en la galería de los intelectuales cubanos de cualquier siglo porque en su nítida singularidad se consume el legado. Lezama sólo trasciende en Lezama: esa es su grandeza. Su irrepetible, irradiante presencia. No dejó herederos. Fue la excepción que confirmó las reglas de un certamen de representaciones en el que él nunca participó, aunque le gustara comentar los arañazos y traspiés insensatos de los buscadores de fama. Un día le preguntaron qué era lo que más admiraba en un escritor: “Que maneje fuerzas que lo arrebaten, que parezcan que van a destruirlo. Que se apodere de ese reto y disuelva la resistencia”, dijo y encendió la mecha de una bomba con la candelilla del tabaco: “Que destruya el lenguaje y que cree el lenguaje. Que durante el día no tenga pasado y por la noche sea milenario. Que le guste la granada que nunca ha probado, y que le guste la guayaba que prueba todos los días. Que se acerque a las cosas por apetito y que se aleje por repugnancia”. ¡Vaya enseñanza! Lezama es otro misterio que nos acompaña. Hoy no dejaré pasar de largo la primera guagua: subiré aunque venga repleta y sea yo ese pasajero suicida que se aferra al canto de la puerta. Una pelota invisible se desliza de aro en aro y surca las espigas del césped crecido, allá en aquel campito de croquett —desde hace años abandonado—. Retumban voces:

—Los hombres no son dioses y por eso no tenemos derecho a pedirles siempre ternura…

—Hola, Lezama…

—Atiendan, caramba…

—El corazón de un canario da sesenta mil latidos por minuto.

—Nunca está de más un poco de humildad…

—Hola, sobrino…

 Fin de escena.

Todo a negro. n

1 A manera de homenaje, armo los diálogos reales, hoy imaginados, con fragmentos de sus textos. Para ellos, la palabra era una, hablada o escrita.

Lezama… Nunca está de más un poco de humildad.

2 Enemigo rumor es el título del primer libro de poemas de Lezama.