Los libros y la crítica


Todos los boxeadores tienen buenas y malas tardes. Todos los escritores tienen buenos y malos libros. Si seguimos el símil cortazariano, mientras el cuento se gana por nocaut, la novela se gana por puntos. Si sólo conociéramos estos dos libros de la ya nutrida producción de Guillermo Fadanelli, como seguramente ha sido para muchos lectores españoles, podríamos decir que es un regular novelista y un notable cuentista, lo cual es inexacto, por lo menos en su primera parte.

Su novela más reciente, Lodo (Plaza y Janés, 2002), hemos dicho en su oportunidad, es quizá su mejor libro hasta el momento. Por ello resulta por lo menos inexplicable que Fadanelli haya decidido entrar al catálogo de una editorial tan importante como Anagrama con la reedición de una novela tan menor como La otra cara de Rock Hudson. A lo mejor se debió a que el libro ganó en 1998 el Premio Nacional de Literatura IMPAC-CONARTE-ITESM y que con ello Fadanelli empezó a sacudirse el estigma de enfant terrible y prócer de la “literatura basura”. Sin embargo, el mismo Fadanelli lo ha reconocido: “los premios son una suma de malentendidos”. Quizá por eso le guarda cierto cariño a esta obra que, a pesar de tener muy buenos momentos narrativos, no logra cuajar del todo como novela. Quizá si se le podaran algunas páginas y se reacomodara la estructura para hacerla más lineal, podría funcionar como un cuento un poco más largo de lo habitual a lo que nos tiene acostumbrados Fadanelli y donde se mueve ya con innegable talento y malicia, lo que queda refrendado en el volumen de cuentos Compraré un rifle, publicado simultáneamente por Anagrama.

Pero vayamos por partes. La otra cara de Rock Hudson cuenta la historia del Johnny Ramírez, un matón de poca monta, drogadicto, que padrotea a su propia hermana Rebeca, también drogadicta; ambos tienen su centro de operaciones en un hotelucho de las calles del centro de la ciudad de México, que el Johnny utiliza para esconderse y organizar sus “trabajos”, mientras Rebeca atrae a los clientes que serán desvalijados con presteza por el Johnny. La historia está contada en primera persona por un adolescente que admira y teme al matón y que vive una asfixiante situación en su casa, con el padre que ha abandonado a la madre y la hermana que empieza a descarriarse por el camino de la prostitución. Los senderos de Johnny y el narrador parecen inevitablemente destinados a cruzarse, toda vez que el matón anda reclutando jóvenes para vender droga en el barrio.

Como puede apreciarse, todos los personajes, ambientes y temas a los que nos tiene acostumbrados Fadanelli están ahí: outsiders, renegados, perdedores, prostitutas, psicópatas, drogadictos, asesinos; en un escenario entrañable para los defeños que sobrevivimos en este círculo del infierno que se le olvidó registrar al florentino; todo enmarcado en una atmósfera ominosa, de fatalidad inescapable, con las resonancias de John Fante y Charles Bukowski con los que inevitablemente ya se tiende a relacionar la obra de Fadanelli.

¿Qué es lo que funciona mal, entonces, en La otra cara de Rock Hudson? Es posible detectar dos aspectos fundamentales: la voz narrativa y la estructura novelística. A diferencia de sus otras incursiones en el género (la ya mencionada Lodo, además de Para ella todo suena a Frank Purcell¿Te veré en el desayuno? y Clarisa ya tiene un muerto), en la novela que nos ocupa, Fadanelli se muestra errático, como un boxeador que no sabe bien dónde pararse para enfrentar a su contrincante; deambula por todo el cuadrilátero, cambiando de guardia constantemente, descuidando los flancos, exponiéndose a golpes inesperados. ¿Y todo por qué? Por un aspecto técnico elemental: cambiar descuidadamente la voz narrativa de primera persona a narrador omnisciente en tercera persona. La novela empieza con el adolescente contando su encuentro con el Johnny. Hasta ahí todo bien, como es de esperarse en un escritor como Fadanelli, tan propenso a hurgar en lo autobiográfico. Los problemas se presentan cuando tiene que narrar las acciones del Johnny, que siempre o casi siempre está solo. La transición entre ambas voces se realiza sin transparencia ni fluidez, al grado de que en ocasiones el mismo autor parece perder de vista quién está narrando.

Por ejemplo: ¿cómo es posible que un muchacho de 15 años, que se la pasa jugando videojuegos y chacoteando con su palomilla, utilice verbos tan rebuscados como “hozar” al referirse a un perro que come huesos de pollo en el basurero, o palabras como “esputo” para nombrar un escupitajo? El narrador omnisciente puede  hacer eso y más, para eso es el dios de ese mundo ficticio, pero los personajes no; ellos tienen que permanecer fieles a las coordenadas que les ha asignado el autor para no caer en la inverosimilitud, por más extraordinarias que puedan ser las peripecias que tengan que padecer.

El otro aspecto es el que tiene que ver la estructura de la novela. Y no se trata de que necesariamente tenga que tender a la simetría para ser correcta (la primera parte ocupa 90 páginas, mientras la segunda apenas 20), sino en el propósito de dicha estructura. Toda la historia se desarrolla razonablemente en forma cronológica a lo largo de la mencionada primera parte, pero la segunda inicia con un inopinado flashback de cuando el Johnny mató a su primer cristiano, el Topo, quien abusó de su hermana Rebeca. Apenas tres páginas y ya estamos de regreso al tiempo narrativo normal. ¿Provocación, descuido o falta de pericia? Con un autor como Fadanelli uno podría estar tentado a inclinarse por lo primero, pero al comparar la cuidada estructura del conjunto de su obra, no queda más remedio que inclinarse por lo segundo.

Por ello, la posterior lectura de los cuentos de Compraré un rifle nos hace recobrar la fe en el talento narrativo de Fadanelli, el Mike Tyson de la literatura mexicana. Desde el primer relato, “Vladimiro el árabe”, hasta “Un escorpión en febrero”, las facultades de este fajador se revelan intactas. Directo y a la mandíbula desde la primera frase, como debe ser, como siempre había sido. Ahí están, otra vez, los personajes y los temas, pero también la prosa afilada, la ironía descarnada, esa distancia que suele tomar Fadanelli con respecto a sus personajes para diseccionarlos sin piedad, enjuiciando la estupidez, la inanidad, la vileza de la humanidad toda.

Una obsesión hermana a estos 19 relatos: resistance is futile. Por más que hagan, que lo intenten, que se rebelen, los personajes no tienen escapatoria de sus trágicos, atroces, tristes, abyectos, desesperanzados destinos. Todo lo cual se refleja muy bien en el final de “¿Acaso creen que soy un imbécil?”, donde Heberto decide de una vez por todas enfrentar al vecino que todos los días tira bolsas de basura enfrente de su puerta. Con una pistola al cinto, una noche lo encara y se da cuenta de que es un pobre diablo igual que él. No pasa nada. Heberto se retira  “un poco aturdido y también decepcionado, no era así como se había imaginado la escena, incluso no se hallaba seguro de que aquel hombre dejaría de tirar bolsas de basura en su casa. No, en definitiva no era un triunfador, nunca lo había sido. Antes de meter la llave en la cerradura recordó que sólo le quedaban tres días para pagar la mensualidad del departamento”.

De cualquier manera, siempre es de festinarse cuando un autor mexicano logra trascender el “cerco invisible” al que parecen condenar las políticas mercadotécnicas de las multinacionales a los lectores de España y América Latina; sin embargo, la decisión de reeditar al otro lado del Atlántico La otra cara de Rock Hudson no parece haber sido la más adecuada. Y no es que en la península no hayan tenido ya conocimiento de la obra novelística de Fadanelli, pues Clarissa ya tiene un muerto la publicó Mondadori en Barcelona (aunque sin nada de promoción) y Lodo tuvo cierta circulación, pero dado el prestigio y la resonancia que implica publicar en una editorial como Anagrama, hubiera sido más conveniente inclinarse por otra novela o esperar a tener una nueva, para no afectar el impacto mayor que pudiera haber tenido un libro de relatos tan notable como Compraré un rifle.

Guillermo Samperio.