CULTURA Y VIDA COTIDIANA

POR JOSÉ MARÍA ESPINASA

¿Hasta dónde llega el derecho de autor?

José Luis Cuevas, quien parecía estar más allá del bien y del mal y haber pasado por todos los escándalos, polémicas, publicidad y pleitos pensables, en las últimas semanas se ha visto envuelto en uno cuya importancia puede ser mayor de lo que las notas de circunstancia reflejan. Al pintor le llegaron, vía el museo que lleva su nombre, unas obras para autentificar. Algunas las dio por buenas y otras no, a estas últimas las tachó, ejerciendo su derecho. Hasta aquí todo parece sencillo, pero —desde luego— no lo es, pues la noción de “derecho de autor” es muy confusa, no sólo fiscal y contablemente, sino también jurídicamente, sobre todo en las artes plásticas sumergidas en un mercado especulativo de grandes dimensiones, pero en general en todas las disciplinas artísticas. El propietario del cuadro ejerció su derecho como tal —propietario del objeto— y demandó al pintor: el pleito está en tribunales. Si no llegan a un acuerdo extralegal, lamentablemente para ambos el pleito puede llevar años y los puntos de vista son múltiples. Cuevas tiene, sin duda, el derecho a desconocer los falsos, pero no a destruir el objeto que declara falso, pues debió recurrir a un engorroso proceso para solicitar su destrucción y la investigación conducente (a todos se nos pega el lenguaje leguleyo), pero la actitud es más que comprensible.

Otros pleitos de pincel

 Pongo dos ejemplos, con algo de anécdota fantástica, sin intentar verificar datos, pero con la conciencia de que son muy claros: hace unos cuarenta años Rider’s Digest compró un Picasso, mismo que procedió a cortar en pequeños trozos que a su vez vendió a los deseosos de tener aunque sea un cachito de pintura del genio, obteniendo pingüe ganancia. El pintor estableció una demanda, que ganó y ha sentado precedente: el propietario del cuadro como objeto es el comprador, pero el sentido del cuadro —el que su totalidad engloba— sigue siendo propiedad del pintor y el dueño no puede atentar contra él. Por los mismos años, cuentan que un pintor, que podría ser el propio Picasso erigido en paradigma del pintor, se presentó en el Museo de Arte Moderno de Nueva York e intentó pintar sobre un cuadro de su autoría: los guardias lo detuvieron, él alegaba que era el autor, pero el museo hizo valer su derecho sobre el cuadro como objeto. Se podría discutir durante días, con hallazgo de paradojas y bizantinismos, pero que esto haya llegado al juzgado es una verdadera desgracia. Hace años una familia que se respetara debía tener en su seno un cura, un abogado y un médico (el tiempo agregó un cuarto miembro: un contador). Ahora, cuando nuestros políticos gritan a voz en cuello de tenores frustrados y en un país en donde no se confía en el sistema judicial: nadie por encima de la ley, aterra observar cómo todo se vuelve pleito de barandilla y que al reinado de los licenciados sigue el de los tinterillos. Al ver lo que le ocurrió a Cuevas recordé el comentario de un amigo experto en derechos de autor: por donde lo veas, esto es un infierno.

Estatuas que caminan

Hace unos diez años un libro del que no recuerdo el título ni el autor, contraparte ideal de Ricas y famosas, reunía —poniendo en evidencia el mal gusto de la nación— fotografías de los monumentos públicos del país. La cosa es tan grave que la Cabeza de Juárez se ha vuelto un paradigma urbano, merecedor de tours con guías que lo explican en tres lenguas. Algunos urbanistas y críticos de arte han señalado que todo es cuestión de paciencia, que hasta la más fea se impone si le damos el suficiente tiempo. Y ya que nos acostumbramos, algún político decide cambiarla de lugar. Cuando, después de mucho leer en los periódicos lo ¡horrible! que había quedado el camellón de Reforma, con los prismas que rápidamente derivaron en el humor popular en “la cola del pejelagarto”, pasé por ahí y resultó que lo encontré incluso bonito. El Cuauhtémoc se va a mover quince metros: la noticia ocupa muchas primeras planas y noticieros. Las generaciones heroicas reciben nombres acordes con sus gestas o con sus logros civiles y culturales: la de la revolución, la del centenario, la del ateneo, la del 68. Tal vez ahora, que nuestras gestas son más modestas (y mediocres), habría que bautizar generaciones con las estatuas que caminan: la de cuando se movió la Diana (serían dos, si mal no recuerdo), la de cuando hicieron a un lado a Cuauhtémoc y la de cuando, enfebrecido con sus chivas, Jorge Vergara solicitó —no lo ha hecho, pero denle tiempo— cambiar la Minerva de lugar, en un acto ejemplar de igualdad, descentralización y federalismo.

Leer la vida ajena

 Cuando en el país la distancia entre lo que se dice en los medios y la realidad se vuelve cada vez más grande e inabarcable, vale la pena volver a insistir en ese viejo vicio de leer memorias, autobiografías, diarios. Si usted se da una vuelta por las librerías se encontrará con algunos ejemplos recientes de estos géneros en la mesa de novedades (y otros no tanto, pero como si lo fueran: hay que rechazar la condición de actualidad de la obra literaria). Uno de ellos, los Diarios de la escritora argentina Alejandra Pizarnik, durante décadas figura de culto para el movimiento feminista, sobre todo a partir de su suicidio en 1972.

La lectura de un diario se puede hacer por muchas razones: por morbo, desde luego, en busca de revelaciones sorpresivas, de la confesión de secretos o del testimonio directo de algún protagonista en un hecho, en busca de documentación. Pero nada de esto encontrará usted, lector mexicano, en los de Alejandra Pizarnik, y no sólo porque la realidad de la que habla, la vida cultural argentina de los años sesenta, le sea ajena, sino porque su función —la del diario como escritura— está lejos de todo contexto. Habrá quien piense en ellos, y así los puede leer, como un documento clínico de un individuo mentalmente inestable, pero es obvio que es mucho más que eso, una pieza literaria fascinante en la que se siguen paso a paso las dificultades de la expresión escrita en una mujer que no buscaba sino eso: escribir. Y lo hizo muy bien.

Si escudriña un poco más en los anaqueles y en los estantes también podrá encontrar otro diario de uno de los grandes escritores latinoamericanos de finales del siglo XX, Julio Ramón Ribeyro, peruano, autor de las conocidas Prosas apátridas y Premio Juan Rulfo, quien también padeció, aunque de otra manera, el vértigo ante la página en blanco, la impotencia de la expresión. Su diario, de intimidantes proporciones, no tiene el vuelo imaginativo del de la argentina, pero medita mucho más sobre el oficio de escritor, sobre la condición de meteco en París —donde vivió buena parte de su vida—, sobre el sustrato realista de toda narración y sobre el hecho mismo de escribir un diario. El título, de intenciones canónicas más que programáticas, es La tentación del fracaso.

Llevar un diario, y los ejemplos abundan, de Kafka a Anaïs Nin, de Katherine Mansfield a André Gide y Robert Musil, es un riesgo y una apuesta, riesgo y apuesta que Ribeyro quiso correr a lo largo de varias décadas: laboratorio de ideas y recursos estilísticos, bitácora de circunstancias, memento proustiano, incluso revancha contra el olvido, espacio propio de la escritura interior. En los dos casos —Pizarnik y Ribeyro— el diario se lee reflejado en su obra: es difícil (y no vale la pena) tratar de establecer distancia entre ambas cosas, de hecho un diario por definición evita el anonimato.

¿Se parecen los diarios, las memorias y las autobiografías?

Mucho y muy poco. Mucho, porque apelan a un sustrato de verdad que se convalida en el siempre movedizo terreno de la sinceridad; poco, porque en general las memorias y las autobiografías están escritas después y acomodan los hechos, consciente e inconscientemente, respecto a esa sinceridad. ¿Los diarios no lo hacen? Su carácter inmediato les da —o debería darles— otro sentido. En las mesas de novedades el lector también encontrará las Memorias de Helena Paz Garro, conflictivo libro que debemos tomar con pinzas. No tanto porque interese verificar su sinceridad y situar su veracidad, sino porque se trata de una “tiendita de los horrores”. El libro es más importante de lo que se podría creer —tampoco es un documento clínico— y plantea, creo, importantes enigmas literarios, mucho más sobre la madre que sobre el padre y deja inquietantes dudas sobre la mimetización estilística de la autora de Los recuerdos del porvenir con su hija. Y también de las transformaciones que la literatura impone sobre la vida de los escritores al convertirse en novela, cuento o poema.

El distintivo del libro de Helena Paz Garro es el rencor, y eso lo marca de la primera a la última página. Si antes se dijo que en toda literatura autobiográfica hay algo de venganza, en este libro la finalidad es justamente ésa, el resentimiento, que se cumple como palabra y acto en el libro, frente a los padres —dos grandes escritores— es enorme. La misma enormidad de ese rencor lo hace poco fiable, y sobre todo insatisfactorio como testimonio. No obstante, como texto literario, tal vez por la misma fuerza que le da la rabia, tiene pasajes notables, retratos de la época muy brillantes que se conectan con algunos textos de ficción de su madre. En Elena Garro la frontera entre invención y realidad se rompió en algún momento, esto se constata en sus textos memoriosos, recolectados por Patricia Rosas Lopategui, quien había hecho antes una iconografía, en una nada lograda biografía con el título, inevitable, de Recuerdos de Elena. Es difícil leer estos libros con frialdad, ya sea la del historiador objetivo o la del crítico literario, la pasión con que fueron escritos resuma veneno, está contaminada y nos contagia. No deja de ser sintomático que a un autor como Octavio Paz, que siempre sostuvo la independencia y la preponderancia de la obra sobre la anécdota biográfica, lo persigan, y no sólo después de su muerte, ya desde años antes, este tipo de textos.

Y le sigue una biografía de Octavio Paz

Tal vez el azar hace que, para restablecer un poco el equilibrio, casi de inmediato a la aparición del libro de Helena Paz salga a librerías Poeta con paisaje de Guillermo Sheridan, extraordinaria biografía del autor de El laberinto de la soledad, preparada por colaboradores en la última década de su vida. En este caso el motor del texto es también apasionado, la admiración de Sheridan es irrestricta pero no acrítica, y su fervor no le lleva a simplemente echar incienso sino a crear un retrato notable del escritor. El capítulo primero, sobre la infancia de Paz, que es a la vez un ejercicio de interpretación de Pasado en claro, resulta asombroso en su capacidad de reconstrucción anímica de la mente del poeta.

En las páginas posteriores se dedica sobre todo al retrato histórico y deja de lado —lástima— el análisis literario. En el capítulo de Paz y la guerra civil española hace un desglose quirúrgico de los conflictos de la izquierda, especialmente aleccionador hoy día, en el que esos conflictos perviven en una mayor confusión aún y ocultos tras la demagogia. No faltan, es cierto, las descalificaciones biliosas y los juicios sumarios (¿de verdad piensa en Bachelard como un vulgarizador de Freud?), pero es precisamente la apasionada admiración por Paz la que restablece el equilibrio y le permite superar el esquema de un estudio académico para encarnar literariamente al poeta. Como todo buen libro, deja con ganas de más. El capítulo final es mucho más rápido y esquemático que los cuatro anteriores y —además— se acaba en 1968, lo que hace deseable un segundo tomo que cubriera el periodo faltante. La dificultad de acceso a documentos y archivos, los pocos epistolarios publicados y la histérica relación de la crítica con la posteridad del poeta hacen la tarea más complicada de lo que de por sí ya es. Poeta con paisaje vendrá a marcar, junto a los trabajos de Jorge Aguilar Mora y Enrico María Santi en el pasado, el tono de la aproximación crítica a Paz.

LA BOLSA DE VALORES DE LAS BIOGRAFÍAS

Se suele traer siempre a colación el lugar común de que el español es una lengua poco pródiga en textos autobiográficos, tal vez habría que agregar que es poco pródiga en textos de este tipo con alto nivel literario. Por ejemplo, las Memorias de Ernesto Cardenal, de las cuales el FCE ha publicado ya dos tomos, tienen un nivel cualitativo realmente pobre, indigno del poeta de los epigramas, complacientes y acomodaticias a un pensamiento políticamente correcto, sin vibración interior y sin valor testimonial. Incluso con la corrección cualitativa, el lugar común sigue siendo lugar común: en los últimos años abundan los ejercicios memorialistas de plumas de primer orden (menciono al azar y sin ser exhaustivo: Arreola, Monterroso, García Márquez, Vargas Llosa, Fuentes, Neruda, Cardoza y Aragón, Rosa Chacel) y tal vez habría que replantearse la pregunta.

¿Sustituyen las biografías a las autobiografías en nuestro imaginario literario?

La respuesta es que no, aunque algo nos dice del medio hispanoamericano el que tengamos que conformarnos con ellas. Y que tengan un nivel tan bueno como —libro clave dentro del género— El mensajero, el trabajo que hizo Fernando Vallejo sobre Barba Jacob, y que ya ha devenido un clásico (también recientemente reeditado por Alfaguara), es sin duda para celebrar. El mensajero, como Poeta con paisaje, es un modelo literario en donde todo cede ante la pasión por el “objeto de estudio” (provoca cierto rechazo la terminología académica para designar a esa persona a la que se le da una vida de palabras).

Y ya puestos en el terreno de las biografías literarias abría que sumar la racha de textos de este tipo sobre Juan Rulfo. Es curioso, pues a primera vista parecería que el escritor jalisciense tiene una de las vidas menos interesantes para biografiar y que el interés está centrado y reconcentrado en los textos. Sin embargo, lo que mueve a todos estos biógrafos es el interrogarse sobre el silencio posterior a sus dos obras maestras, pero también el que los editores piensan que una biografía de Rulfo tiene mercado.

Cifras que dan miedo

No se me había ocurrido preguntarme cuánto dinero recibieron Miguel de la Madrid por su libro de memorias o Carlos Salinas por su autobiografía, hasta que vi en el periódico que a Clinton le habían dado por la suya, My Life —que apareció en inglés en junio— ¡diez millones de dólares como adelanto! Ahora que lo pienso tampoco quiero saberlo, pues supongo que las diferencias son tan abismales como las que hay en el producto interno bruto de ambos países. Las autobiografías y biografías de artistas de cine, cantantes de rock, políticos y figuras del deporte (tengan, las segundas, o no ese tierno calificativo: no autorizada) son abundantes en vida de los biografiados. Véase, por ejemplo, la de Hillary Clinton, bestseller del espectro político americano en plena decadencia milenarista al mando de Bush junior, que encontrará competidor en el libro de su marido. Pero son menos frecuentes las de escritores. No obstante —con sus riesgos de cursilería inherentes— también las hay, como la dedicada a Elena Poniatowska por Michael K. Schuessler (fatalmente titulada Elenísima). Otras, a veces polémicas entre sí, se ocupan de personajes lejanos, como Hernán Cortés, sobre el que, después del trabajo de José Luis Martínez, parecía haberse dicho todo, hasta que aparece el notable estudio de Juan Miralles, que debió haber despertado cierta polémica.

Europa y el cine frente a Estados Unidos

Bush va a ver al Papa y éste le pide que se salga de Irak. Va a ver a Chirac y lo mismo. Todos con mayor o menor volumen se lo piden (dicen que incluso Blair lo ha hecho en privado) y él se empeña en quedarse allí, incluso si esto pone en riesgo su reelección. Dice que se queda porque los iraquíes se lo piden. El festival de Cannes premió de manera unánime —y anunciada— con la Palma a Fahrenheit 11-9, del director de Masacre en Colombine, Michael Moore, más que como un reconocimiento a un logro cinematográfico como manera de fijar una postura ante el conflicto bélico. Aun así las dificultades para la distribución comercial de la película en Estados Unidos siguen sin solucionarse. Pero Bush sigue siendo un candidato con muchas posibilidades para la reelección y no se ha desplomado en las encuestas. Quien lea la biografía de Hillary Clinton —y puedo suponer que la de su marido—podría, en mayor o menor grado, sentir la creciente fobia ante la inteligencia reinante en el vecino país del norte. Nunca, salvo tal vez en los años pioneros del país, se ha hecho gran caso a sus intelectuales. Durante la guerra de Vietnam fueron el rock y el cine alternativo y algunas figuras del deporte —como Muhammad Ali, entonces Cassius Clay— en donde surgió el movimiento de rechazo. Lo mismo está ocurriendo ahora, sólo que la sociedad contemporánea gringa es mucho más conservadora que la de finales de los sesenta. Tal vez la mejor ilustración de lo que ocurre haya sido la muerte de Ronald Reagan, figura clave en este proceso de derechización, ya nonagenario. Escuché a una conductora de un noticiero de televisión decir: “Reagan sorprende al mundo con su muerte”. ¿La sorpresa responde a que todavía estaba vivo —desde hace diez años prácticamente desconectado del mundo, aquejado por Alzhaimer, enfermedad a la que negó fondos para investigación— o a que era inmortal? n