CUATRO HERMANOS EN LA GUERRILLA

POR JOSÉ DOMÍNGUEZ

La vida en Ciudad Juárez

La inclinación por la política de izquierda era natural en la familia Domínguez Rodríguez. A pesar de las miserias en que nos tocó vivir, en barrios y colonias marginales de Ciudad Juárez, la lectura y el estudio fueron siempre una adicción familiar. Política, Sucesos, Siempre, luego Los Supermachos y ¿Por qué?, fueron publicaciones formadoras de la opinión familiar. La Revolución cubana, el movimiento contra la guerra de Vietnam, las guerrillas latinoamericanas y, sobre todo, el asalto al Cuartel Madera por el grupo de Arturo Gámiz, eran parte del sustrato ideológico y político que nos caracterizó a mí y mis cinco hermanos. Los mayores, Gabriel y Miguel, fueron en verdad ejemplares. Llegaron a Juárez cuando tenían unos 10 años, rápidamente destacaron en todo: estudio, deporte, vendedores de periódicos para ayudar al sostenimiento familiar. La casa se llenaba de medallas y reconocimientos escolares y deportivos.

Los menores, sobre todo Beto y yo, éramos casi el polo opuesto a mis hermanos, aunque compartíamos enfoques político-sociales similares y habíamos dejado testimonio de nuestras inclinaciones, como cuando en el 65, con la aparición de la primera guerrilla, rendimos homenaje a los caídos en la secundaria donde estudiábamos. Nuestras vidas transcurrían por caminos diferentes: prófugos escolares y reacios a soportar, hasta la rebeldía extrema, las penurias y limitaciones de la economía familiar. Afrontamoslos trabajos y los retos callejeros desde los seis o siete años, hasta los 16: nos embarcábamos ¡legalmente a los campos californianos una o dos veces al año para acceder a mejores oportunidades económicas, o pasábamos por todos los oficios callejeros posibles en una frontera como la juarense. Esa era nuestra propia “universidad”.

EL 68

La llegada del movimiento del 68 cambió nuestras vidas. Historias de circunstancias y casualidades fueron las nuestras: para el 68, cuando los hermanos mayores estaban cercanos a graduarse como geólogos del Politécnico Nacional y los menores nos aprestábamos a regresar al sendero escolar en una secundaria nocturna, se desencadenó el movimiento estudiantil con su trágico 2 de octubre que marcó nuestros destinos. Aquella masacre contra los estudiantes nos dejó una huella indeleble y una convicción real: había que cambiar al país y al mundo, pero era imposible de manera pacífica, la guerra resultaba inevitable. A partir de entonces nos dominó una pasión irrefrenable, dar todo para el cambio, como otros lo estaban haciendo en otros lugares. Desde ese momento, para los cuatro hermanos, Gabriel, Miguel. Alberto y yo, no había nada que significara más que ser parte de la lucha que se venía; nada estaba antes, ni novias, familia o ingresos económicos, ni la vida o el futuro.

La emergencia de la vía armada

 Después de diciembre del 1968, al final del movimiento estudiantil, muchos jóvenes, entre ellos nosotros cuatro, iniciamos los preparativos para una revolución armada. Cada suceso, cada acontecimiento en el país, desde nuestra perspectiva, no hacía sino darnos la razón y reforzar la decisión previamente tomada. Por ejemplo, en Ciudad Juárez, en abril de 1970, un mitin pacífico de ciudadanos que rechazaban al candidato presidencial del PRI, Luis Echeverría, fue reprimido; después siguió una espiral de violencia que arrojó varios muertos, muchos heridos y cientos de detenidos. Hechos similares ocurrieron en Chihuahua, Monterrey y otras ciudades. Luego, la matanza del 10 de junio del 71 en el casco de Santo Tomás nos aportaría razones adicionales.

1969, 1970 y 1971 fueron años de preparación y organización. Valga decir, sin embargo, que muy pocos de los enormes contingentes de luchadores inconformes llegaron a conformar grupos armados. Los efectivos se iban reduciendo, el propio carácter de la lucha y de la organización conducía al aislamiento, a la separación y al divorcio de los grupos y movimientos populares y estudiantiles iniciales.

Los sucesos y noticias de entonces evidencian, sin embargo, que detrás de cada historia personal y familiar existía un marco ambiental y circunstancias que llevaron a muchos, a cientos y en su momento a miles, a embarcarnos en el camino de la lucha armada. Para el 71 habían en el país más de 20 grupos armados o en proceso de organización; en Chihuahua cuando menos cuatro: Liga de Comunistas Armados, Movimiento 23 de Septiembre los llamados Guajiros, y una sucursal de los que se conocerían como Lacandones; en Nuevo León había otros tantos, sin contar al FLN del Hermano Pedro —que más tarde desembocaría en el EZLN—; en Jalisco se localizaban por lo menos el FRAP, ERP y UP; en la capital más de cinco, entre ellos el FUZ y el MAR; en Guerrero, los más famosos: Partido de los Pobres, de Lucio Cabañas, y la ACNR, de Genaro Vázquez; además de otras agrupaciones en Oaxaca, Veracruz e Hidalgo.

Pero con el tiempo los sueños, las ilusiones y las fantasías tomarían tierra de manera desastrosa, algunas acciones “espectaculares”, como el secuestro que organizó el FUZ; el desmembramiento del MAR, la publicidad que medios como ¿Por qué? dieron a las guerrillas de Genaro Vázquez y Lucio Cabañas, adelantaron los tiempos y la ofensiva contrainsurgente de las fuerzas gubernamentales.

La caída

Los guerrilleros, no sé si todos, pero al menos los que nos conocimos como Lacandones, sabíamos que cuando nos detuvieran harían de nosotros lo que quisieran. No esperábamos, no queríamos ni pedíamos un trato apegado a un Estado de derecho que no aceptábamos ni creíamos que respetarían. Aguardábamos las peores torturas y humillaciones: se trataba de aguantar, en caso de caer preso, al menos tres días para que nuestros compañeros se pusieran a salvo. Una vez detenidos e identificados nuestra vida y nuestra integridad física eran desechables.

El 25 de octubre del 72, mientras investigábamos las instalaciones de una empresa refresquera transnacional para llevar a cabo una “expropiación”, fuimos detenidos dos de los integrantes del grupo Lacandones (Benjamín y yo). Al más puro estilo de una tragicomedia, el más ingenuo e inexperto de los dos llevaba un carro que no sabía manejar y una pistola al cinto que tampoco debía cargar y que por diversas causas no pudo dejar en lugar seguro.

Otras detenciones sin sentido ocurrieron por dejar con todo descuido una nota en una casa abandonada, tras una cita entre Carlos y Valente; a ello se sumaron dos o más bocas sueltas que al decir de los agentes “necesitaban una galleta para hablar y dos para callarse”, y así, paso a paso, hasta que 10 días después había decenas de detenidos y cerca de 30 encarcelados. Entre ellos tres de los cuatro hermanos: Miguel, el principal dirigente del grupo, Beto y yo.

Al día siguiente de la detención, lo primero fue reconocer a otros, unos inocentes paisanos puestos a disposición policiaca para ganar tiempo, el cual se escurría con demasiada rapidez mientras se cumplían las anheladas 72 horas que no eran del mandato constitucional para ser presentado y acusado frente a la autoridad judicial correspondiente, sino las 72 horas que los códigos clandestinos obligaban a resistir para que los compañeros tomaran las medidas de seguridad correspondientes.

El confinamiento ilegal

Los primeros cinco días, confinados en los sótanos de Tlaxcoaque, tuvimos el “honor” de conocer y “disfrutar” el trato personal de algunos de los personajes más famosos del mundo policiaco de aquel entonces, que en los años posteriores ocuparían importantes espacios en las notas ligadas a la página roja, primero como héroes, después como villanos.

El Drácula Téllez Girón, comandante de los agentes que realizaron las primeras detenciones; Salomón Tanús, jefe mayor de la DIPD; Rocha Cordero, coronel, eficaz continuador del modelo diazordacista y, por supuesto, el más brillante de todos, Nazar Haro, jefe máximo de las operaciones contraguerrilleras y con toda certeza el hombre que más poder tenía, después de Gutiérrez Barrios y de García Paniagua, y que más información tiene de esa guerra que día a día sería más sucia.

¿Qué es más doloroso, la derrota moral o los golpes y torturas? Es aún incierto. ¿Qué era más terrorífico, la lucha interna, el sentimiento de la derrota, pensar en la incapacidad de resistir, en cómo cuidar y salvar a los compañeros, a los hermanos, a los amigos, a la familia, o los golpes, las vendas durante horas en los brazos, en los ojos, en la cara, soportando posiciones que nunca en su vida habría supuesto que aguantaría más de un minuto?

LA TORTURA Y EL DESPLOME PERSONAL

Después de la detención, había que aprender a vivir con la zozobra de ser llamado cada mañana, cada tarde, para ser conducido a una sesión de ablandamiento, ser amenazado hasta el punto de que el tono de la voz y la mirada cambiarían, después de algunas sesiones de ablandamiento, para soportar aquellas tácticas: “¡pobre cabrón!, apenas en edad de tener novia y pensar que por lo que le hacemos nunca en su vida se le volverá a parar”; frente a la asfixia, la pregunta temerosa: “¿respira?”.

El “ablandamiento en forma” ocurrió en las caballerizas del cuerpo de granaderos situadas en la parte posterior de la Villa de Guadalupe. Ahí uno era desnudado, amarrado de pies y manos a unas tablas donde se recibía una vieja terapia psiquiátrica, electrochoques en las partes más sensibles del cuerpo: pezones, testículos, boca; después, el acto cumbre de la tortura: con las corvas apoyadas en el filo de un bebedero para caballos, completamente inmovilizado, ser sumergido de espalda en el agua, con los codos tocando el fondo de la pileta, tratando de impulsarse hacia la superficie en busca de la vida y del aire, contra uno o dos agentes montados encima, una escena digna del Infierno de Dante.

No hacían preguntas directas, simple “terapia de ablandamiento” y, después, la soledad del encierro, la derrota de la voluntad, la búsqueda de una salida y la certeza de que la única digna, y la menos dolorosa, era la muerte. El intento de abrazarla golpeando la cabeza contra la pared de la celda, la cobardía de no hacerlo por no tener la seguridad de no fallar; el reconocimiento de la cobardía que significa querer huir de las manos de los torturadores aunque sea por la rápida salida del suicidio. Intentar la solución heroica de quitarles armas a los agentes para una muerte decorosa, el miedo de no hacerlo bien y ser descubierto. Abrumarse, casi hasta la locura, al intuir que el enemigo sabía que hay algo importante oculto y por ello buscas la huida desesperada.

La derrota psicológica frente al interrogatorio de Nazar Haro: “Perdiste una batalla, no la guerra, después de esto podrás seguir luchando”; “de toda la historia que inventaste no nos importa nada hasta que te incorporaste a la lucha armada, ¿cuál es el grupo? ¿Quiénes son parte y qué operativos han realizado?”; “la lucha de ustedes es justa, porque hay demasiadas injusticias y desigualdades, pero son inmaduros y con lo que hacen sólo facilitan la intromisión e intervención de los gringos, tenemos que controlarlos nosotros, si no nos invaden, por eso yo soy más antiimperialista que ustedes”. Frases recibidas a los 21 años, con la certidumbre de que me habían leído el pensamiento mientras dormía.

Durante una sesión de tortura especial mis captores pensaron que me moría. Entonces, en presencia y por indicaciones de Nazar Haro, me revisó un médico vestido con un elegante traje beige de militar; para mí desconsuelo, el médico concluyó que todavía aguantaba.

la violación a los derechos humanos en lecumberri

Catorce días después de nuestra detención fuimos presentados a la opinión pública y al proceso penal correspondiente. Una vez en el penal de Lecumberri, cuando pensábamos que había terminado el suplicio, las cosas empeoraron. No me refiero a la “fajina” tradicional, tampoco a las agresiones y al maltrato de los poderosos a los débiles que llega a extremos poco conocidos en las instituciones carcelarias. Para los presos guerrilleros había una consigna especial: nos dijeron que íbamos “recomendados” por la Secretaría de la Defensa, lo cual hizo albergar cierta esperanza en un ingenuo joven imberbe de 21 años. Las imágenes de la estancia de varios compañeros en la crujía G del penal regresan a la memoria al ver las fotos del maltrato de militares norteamericanos a los presos iraquíes: degradación extrema, agresiones personales y físicas, golpes y torturas, cada día, cada noche, cada semana, cada mes, hasta que fuimos trasladados por exceso de población de origen guerrillero a crujías especiales para presos políticos.

Una madrugada, los esbirros de los mandos militares del penal advirtieron a cinco guerrilleros que habían estado siendo “ablandados” en sesiones ininterrumpidas día y noche: “Al rato venimos a matarlos, les aconsejamos que se eviten esa chinga que les vamos a poner, ya se les acabó el tiempo, mejor mátense ustedes, cuélguense de la regaderas…”. Los compañeros, inermes, destruidos, impotentes, discutieron y decidieron que la opción era correcta y empezaron a preparar las sogas para ahorcarse voluntariamente. El regreso intempestivo de los verdugos les cerró esa salida adelantada, pues “ya vendrían nuevas oportunidades”.

Las historias de las violaciones a los derechos humanos al interior de las cárceles suelen ser poco señaladas. En parte, porque las superan los horrores cometidas en el Campo Militar Número Uno. También, porque en muchas ocasiones los victimarios y verdugos eran los propios presos mezclados con guardias del penal, pero invariablemente instruidos por los mandos oficiales que en Lecumberri eran militares en activo.

Recuerdo, en la cárcel, el asesinato de Pablo Alvarado y el asalto masivo a los presos del 68 cuando realizabanuna huelga de hambre en 1969. También que el doctor Moron Chiclayo, de origen peruano, detenido por ser uno de los médicos de la Liga Comunista 23 de Septiembre, en abril de 1974 fue llevado por instrucciones de Nazar Haro a identificar al principal líder de la Liga. Ignacio Salas Obregón, el Oseas; al negarse Moron a identificar a Salas, el jefe de la Brigada Blanca lo sentenció a muerte y a los días amaneció amarrado, colgado y acuchillado en una celda de la crujía G de Lecumberri. O el caso de José Wenceslao García, Sam, profesor oaxaqueño, fundador y dirigente de una guerrilla rural en la costa grande de Guerrero y Oaxaca, la Brigada Revolucionaria Emiliano Zapata (BREZ), quien en su detención resultó gravemente herido en el quicio de una iglesia, cerca del Parque Hundido de la capital; el Sam no fue plenamente identificado e ingresó y estuvo legalmente procesado en el penal de Lecumberri, de donde salió dentro de un ataúd rumbo al Campo Militar. El responsable directo de esas operaciones dentro de Lecumberri era el teniente coronel Edilberto Gil Cárdenas, subdirector del penal, que operaba bajo la mirada condescendiente y paternal del director general Arcaute.

Morir por propia mano

Por experiencia propia conocíamos las torturas y suplicios a que seríamos sometidos en caso de una detención, de lo que concluimos que era mejor perder la vida que dejarla a merced de unos verdugos inhumanos que nos harían desearla a cada momento. En el peor de los casos, era preferible morir por mano propia a ser un despojo humano sin voluntad ni razón. Muchos murieron de esa forma: Miguel por una puñalada autoinfligida, directa al corazón, en los techos de Lecumberri, tratando de escapar antes de ser sacado de la cárcel y desaparecido por Nazar y sus huestes, tal como le habían advertido constantemente. Gabriel en una emboscada en la sierra de Sonora, herido mortalmente por una granada, peleando hasta el último aliento para que sus compañeros pudieran poner tierra de por medio. Marcela, la Maestrina, con la última bala de su pistola una vez agotada la munición y después de haber puesto a salvo a su bebe. La Güera Olivia Ledesma y su pareja hicieron lo mismo en la casa que ahora sirve para que algunos intenten construir las historias “oficiales” de esas épocas.

La irrupción policiaca en el hogar materno

En 1972, de madrugada, varios comandos de agentes federales y locales fuertemente armados tomaron por asalto nuestra casa materna. Buscaban al “temible” Gabriel, el único de los cuatro hermanos involucrados que aún no había sido detenido, e hicieron víctimas de su sadismo profesional a los varones mayores que por desgracia se encontraban ahí: Plutarco y Daniel, y al esposo de la única hermana, Alberto. Ellos sufrieron torturas atroces que dejaron como saldo a dos hermanos con el alma ultrajada, un cuñado víctima infortunada de una lucha que no conocía, no sabía y no deseaba, y una familia que desde entonces no conoció la paz.

A su vuelta de la incursión, un comandante policiaco nos dijo a los hermanos que estábamos presos: “Estuvimos en su casa de Ciudad Juárez y no encontramos a su hermano. Que poca madre de ustedes que habiendo terminado una carrera profesional con tantos sacrificios no les importe cómo vive su madre, no les importe la familia que vive en la miseria, su madre, su pinche madre que piensa igual que ustedes y defendió todo lo que hacen. No los entiendo hijos de la chingada”.

Padecer la represión, un balance de familia

 Hubo familias casi totalmente destruidas, como los Tecla Parra o los Jiménez Sarmiento cuyo padre, luego de ser detenido y torturado, fue asesinado en los pasillos de los subterráneos del Campo Militar porque ya los tenía “hasta la madre” con sus desgarradores gritos frente a los golpes y torturas. Su hijo, Carlos Jiménez Sarmiento, fue emboscado en la entrada al D.F. en la calzada Vallejo, después de haber sido liberado tras cumplir su condena. La esposa de David Jiménez Sarmiento fue asesinada en los jardines de CU, luego de que la sacaran del mismo Campo Militar con el propósito de que identificara a unos fugitivos que asistirían a una reunión. Tomás Lizárraga Tirado fue ejecutado por la espalda el mismo día que Carlos Cevallos recibió un balazo en la cabeza, ambos en Guadalajara. Hay que agregar el ajusticiamiento, orquestado directamente por Nazar, de Francisco Rivera, el Chicano, en Sinaloa. Lo anterior, sin olvidar todas las operaciones, unas verdaderas masacres, realizadas contra grupos identificados en las casas donde se escondían.

En el caso de mi familia, los Domínguez Rodríguez, el costo que significó el sueño de cuatro hermanos por transformar al mundo, resulta desgarrador: Gabriel y Miguel —los mayores—, muertos; Plutarco —hermano intermedio—. forzado por las circunstancias, obligado por las torturas cotidianas a que era sometido cada vez que los cuerpos policiacos iban por el pago de la “cuota de suplicio familiar”, huyó a la sierra y se incorporó a la guerrilla donde nuestro hermano mayor cabalgaba, sólo para ser detenido y desaparecido el mismo día de la muerte de Gabriel. n