TESTIMONIO DE LA TORTURA

POR ALBERTO ULLOA BORNEMANN

Aquella mañana de domingo, el tiempo amenazaba deslizarse aún con mayor lentitud que en los días normales. Había transcurrido una semana más de mi cautiverio y no había pasado nada durante esos siete días para distraer el tedio y el aburrimiento que me producía estar encerrado e inactivo en la pequeña celda. El aparente patrón de conducta burocrática que había creído observar al tomar nota del ir y venir de prisioneros hacia mitad de la semana, en especial los días miércoles, a consecuencia, quizá, de acuerdos previos entre funcionarios de niveles superiores, esta vez no se había repetido. Me encontraba acostado en el piso de la celda, envuelto en la colchoneta, tratando de dormir lo más posible mientras llegaba la hora de comer. Como siempre, el aparato de radio sonaba a todo volumen. Intentar aislarme del ruido colocándome tapones de migajón en los oídos era un sonoro fracaso. A punto de cumplir sesenta días de desaparición forzada en el Campo Militar Número Uno, mi vida parecía estar en suspenso. Sin embargo, esa misma mañana, al poco rato, iba a comprobar que no era así, que en realidad mi vida no estaba en suspenso sino que seguía a prueba. Apenas empezaba a deslizarme en el sueño, cuando un golpeteo metálico me sacó del letargo. Presentí que alguien había llegado hasta la reja de mi celda y que venía por mí. Aun antes de verlo bien supe de quién se trataba: era, sí, el mismo individuo moreno empistolado e iracundo de la fotografía del 10 de junio de 1971, el mismo que me arrancara la mitad de las cejas y pestañas al quitar de mis párpados la cinta adhesiva que los cubría, cuando fui interrogado por primera vez a mi arribo al Campo Militar Número Uno. Mientras se dirigía a mí, mirándome con frialdad y cierto desdén, el tipo golpeo repetidas veces un barrote de la reja de la celda en que me tenían confinado con un objeto metálico pequeño que traía en la mano derecha; probablemente una llave. Buscaba con ese movimiento nervioso y repetitivo despertarme, llamar así mi atención, cosa que logró de inmediato. Al momento de incorporarme, un estremecimiento recorrió todo mi cuerpo, alertándolo. En fracciones de segundo, la lasitud que embargaba mi ánimo en esos días se transformó en temor y contrariedad. Era una situación que en absoluto esperaba enfrentar esa mañana. Era algo tonto, pero al paso de las semanas había llegado a creer absurdamente que ya no me volverían a sacar de la celda para interrogarme y torturarme, pues esa era ya (así quise creerlo) una etapa superada.

El sujeto moreno, sombrío, de mirada dura, venía acompañado del halcón güero karateca, que fue quien abrió la celda y me sacó con brusquedad. Luego se colocó detrás de mí, me sujetó con sus cortas pero fuertes y toscas manos de los hombros, y me condujo al temido cuarto ubicado frente a la pileta del agua. En el lugar esperaba un chaparro panzón de tez amarilla, ojos grandes y saltones, hosco e impaciente, con aire de fastidio, corte de pelo reglamentario, bigote ralo y disparejo, aliento fétido y facha de carnicero que, en cuanto aparecí frente a él (muy delgado y pálido, con barba crecida de dos meses, el cabello largo y alborotado), me recorrió de arriba abajo con la mirada, como entreviendo lo que su sádica experiencia podría ejercitar en mi persona. El moreno ordenó a aquellos dos sujetos que me sentaran en la silla de paleta colocada en medio de la pieza. En seguida el chaparro y el güero procedieron a amarrar fuertemente mis brazos con una venda mugrienta por detrás del respaldo, mientras el primero, muy atento a todo, supervisaba la maniobra. El gordo empapado en sudor eructaba acideces en mi cara, mientras apretaba sin contemplaciones la tela porosa alrededor de mis oprimidas muñecas. El moreno al mando, parado frente a mí, me dijo con gesto severo que esa era la última oportunidad que tenía yo para darles información concreta y relevante de los principales integrantes de la Organización a la que yo decía pertenecer. En seguida de la advertencia, el sujeto gordo intervino (inclinó el tronco del cuerpo y el hosco semblante hacia mí, fijó sus negros ojos saltones de rata en los míos, exhaló de nuevo en mi cara su apestoso aliento) y me fue describiendo con lujo de detalle lo que él iba a hacerme. Comenzaría, dijo, por desfigurarme el rostro y quebrarme el cuerpo a golpes y patadas; a continuación iría desprendiendo con un cuchillo mi dentadura, los dedos de mis manos y las plantas de mis pies, para después triturarlo todo en un molinillo de café, a modo de desaparecer las piezas dentales y mis huellas dactilares y plantares, antes de arrojarme a una zanja para cubrir mis restos con cal y otros químicos, convirtiéndolos así en huesos descarnados, de modo que mis familiares nunca supieran lo que había pasado conmigo ni tuvieran siquiera el consuelo de sepultarme en el panteón familiar. Al escuchar las amenazas ocurrió que, en instantes sucesivos, como en las demoliciones a base de explosivos plásticos programados en serie de estructuras urbanas dañadas por el paso del tiempo, los sismos o los incendios, las descripciones bestiales del gordo terminaron de colapsar mi ya muy frágil voluntad de resistencia. El primer gran golpe a la estructura de mi ánimo y voluntad había sido revelación del viejo indígena de la Huasteca hidalguense, que como al mes de mi arribo a la prisión militar clandestina me dijo que llevaba dos años de desaparición forzada en instalaciones carcelarias ubicadas muy adentro del Campo Militar. Aquel relato había iniciado en mí el derrumbe de la esperanza de librar algún día la inhumana situación en que me hallaba.

Desde aquella noche no paré de imaginar a cada momento, con angustia y desesperación crecientes, toda  clase de situaciones dolorosas con mi esposa y mi hija, así como con mis padres, relacionadas todas ellas con mi desaparición. De modo que el pavor a ser destruido y desaparecido físicamente, de la manera atroz que me anunciaba el maldito gordo, produjo en mí el total quebramiento físico y moral. La desmoralización que a consecuencia de ello me sobrevino, propició que mencionara tres posibles lugares en los que podían ubicar a algunos integrantes de la Organización. No puedo negar que lo hice por cobardía, desde luego, pero también bajo el cálculo de que habiendo transcurrido dos meses desde el día de mi captura, a los compañeros ya no los podrían encontrar en esos sitios, que debieron abandonar la misma noche del 4 de septiembre. Es más, en el caso de Dionisio y Olivia, sólo conocía yo el paraje donde los recogía o dejaba, pero no el lugar preciso donde habitaban. Lo que sucedió entonces fue que, antes de las crecientes presiones físicas y morales, en un afán desesperado por hacer parecer creíble la información, mencioné que la pareja acostumbraba trasladarse en un Volkswagen rojo del año con placas del estado de Jalisco, al suponer que se habrían deshecho del vehículo, acción inteligente que, para mal de ellos y pesar mío, nunca hicieron. Cuando los federales llegaron al paraje cercano a la fábrica Ayotla Textil, el compacto rojo modelo 74 con placas de Jalisco estaba ahí estacionado, tal vez frente al sitio donde vivía la pareja. Los de la Federal de Seguridad sólo tuvieron que aguardar a que apareciera Dionisio en la calle para detenerlo. A Olivia la aprehendieron momentos después, al parecer dentro de la casa o apartamento que habitaban juntos.

Unas horas más tarde, ya de vuelta en el sótano del Campo Militar Número Uno, pasé los momentos más amargos y dolorosos de mi existencia, al tener que escuchar desde la celda que ocupaba ese día (primera del pasillo posterior y colindante a aquel temible cuarto) el interrogatorio de Dionisio a base de torturas. Me sentía horriblemente culpable por haber propiciado su detención, pero al mismo tiempo experimentaba un gran enojo con él por no haber cambiado de automóvil ni de casa dos meses después de mi captura. Cada grito o quejido que la tortura le arrancaba a Dionisio me producía dolor en el corazón y en la boca del estómago. Deseaba hacerle saber lo que yo había declarado para evitarle sufrimientos innecesarios y lo hice, ya muy avanzada la noche, alzando al máximo el volumen de mi voz (casi a gritos), de un pasillo al otro, sin importarme la posibilidad de que alguno de los halcones estuviera escuchando sentado en la escalera como solían hacer. n

Fragmento del libro Sendero en tinieblas (Editorial Cal y Arena, México, 2004),en el que el autor narra su captura y reclusión tras haber militado en la Liga Comunista Espartaco y ser colaborador de Lucio Cabañas.