NOTICIAS DE J. M. COETZEE

POR ROBERTO PLIEGO

¿Acaso la crueldad no es un distintivo humano? ¿No es humano inflingir dolor y no es humano padecerlo? Esas son las preguntas difíciles que Coetzee nos plantea.

Pocas veces la sospecha de que uno de los trabajos de la literatura consiste no tanto en la resolución como en la creación de problemas se cumple de modo tan perturbador como en el caso de J. M. Coetzee. En esos trabajos no encontramos, como lectores, un solo momento de tregua. Se diría que tienen la consigna a flor de piel de vapulear no sólo muchas de nuestras certezas sino incluso las dudas con las que solemos revestir a esas certezas.

No quieren ser edificantes; es más, parecería que apuntan justamente hacia el lado contrario: hacia donde se lleva a cabo la derrota y la ignominia de un ser humano  a manos de otro ser humano o de todo lo que ha creado el género humano. Si algo convoca al entusiasmo es la profundidad creadora con la que Coetzee plantea en términos novelísticos una de las preguntas más inquietantes de la era moderna: ¿qué significa ser humano cuando la historia ha dejado de tener un rostro humano? J. M. Coetzee acaba de recibir el Premio Nobel de Literatura. No debe sorprendernos. A pesar de sus reticencias a mostrarse en público Coetzee está acostumbrado a ser objeto de reconocimiento: Vida y época de Michael K le trajo el Booker Prize en 1983 y el Prix Etranger Femina; con Desgracia obtuvo de nuevo el Booker Prize en 1999. Le han otorgado otras distinciones: el Jerusalem Prize y The Irish Times International Fiction Prize. Sin embargo, Coetzee podría contarse en nuestros días como uno de los pocos renuentes a las alfombras rojas y a las marquesinas que ahora no sólo se disponen para las estrellas de cine sino también para los escritores con éxito. Después de más de quince novelas —además de sus memorias y ensayos— es probable aventurar que Coetzee no tiene planes de figurar como predicador televisivo, especulador de la bolsa o compañero de las buenas causas. Seguirá en lo mismo. Qué bien.

No hay duda de que Coetzee es un caso aparte. Vida y época de Michael K bastaría para ejemplificar su singularidad. Estamos en Sudáfrica, desde luego, donde la guerra impone sus reglas. “Lo primero que la comadrona vio de Michael K al ayudarle a salir de su madre y entrar en el mundo fue su labio leporino”, leemos al inicio de la novela. Podría suponerse que el destino de Michael K estaría marcado por este hecho. Claro que no; lo suyo, a lo que debe plantarle cara, es a la historia en su significado cruel y violento, una fuerza destructiva casi hasta la demencia, que proclama su fidelidad a la ley del más fuerte. Resulta que Michael K es un hombre de una sencillez apabullante: y resulta que se ha echado a cuestas el  propósito de conducir a su madre enferma a la granja que para ella no sólo contiene la memoria del origen sino la promesa de un verdadero descanso espiritual. El viaje toma una forma iniciática: la muerte de la madre a la mitad del camino transforma la fidelidad en voluntad personal: Michael K no sólo llega a la granja —ya para entonces abandonada— a depositar las cenizas de su madre sino a reencontrarse, como miembro del género humano, con su origen más profundo. La prosa de Coetzee es dolorosamente directa, siempre agria, sin recovecos, de una transparencia casi fenoménica. Y esa prosa nos conduce al encuentro de Michael K con la tierra. Lo que miramos con asombro es a un hombre en estado silvestre, sin más horizonte que la sobrevivencia, solitario y anónimo, atento a la necesidad básica de disolverse en la naturaleza para evitar así todo contacto humano. Nadie sabe de su existencia… hasta que la historia, con uniforme militar, lo encuentra y confina en un campo de trabajo. De ahí en adelante Michael K vivirá para la libertad representada por el deseo de regresar al aislamiento más absoluto y sembrar un campo de calabazas en medio de la nada. Al final está el regreso de Michael K a Ciudad del Cabo. El futuro no parece tan brillante, como antaño, pero Michael K conserva aún la certeza de que una cucharada de agua es suficiente para vivir. Nos queda, si de algo sirve, la esperanza de que Michael K recobrará su dignidad porque nos negamos a admitir que existan oprobios mayores que los que ha padecido.

El mundo tampoco dispone de un rostro amable para el protagonista de Esperando a los bárbaros, un representante del Imperio en un enclave fronterizo de apariencia tranquila. Los días corren de manera tan apacible que el magistrado ocupa su tiempo en el sexo triste y en la indagación del pasado de los pueblos dominados. “Soy consciente de mi corpulencia”, dice, “de mi aspecto amenazador, y por lo tanto no me sorprende que los niños desaparezcan cuando me acerco”. Hay algo más: confía en los beneficios de la justicia y la civilización; está preocupado por las necesidades de los demás. Pero, igual que a Michael K, al magistrado le llega la hora en que la historia —con uniforme militar— lo llama a inclinarse ante sus botas. Un acto bondadoso, aunque no carente de egoísmo, lo convierte en enemigo del Imperio. Y de forma inevitable. En la mecánica del exterminio, compadecerse de los “otros” sólo puede significar traición… y la traición se castiga. Víctima de la vejación y la tortura, el magistrado se niega a renunciar a su condición humana. Vive para no olvidarse de sí mismo y en ese empeño reconocemos la intransigencia de la civilización frente a la barbarie. ¿Pero acaso la crueldad no es un distintivo humano?, plantea Coetzee. ¿No es humano inflingir dolor y no es humano padecerlo? ¿No forma parte de lo humano despreciar las vidas ajenas y respetarlas por igual? Esas son las preguntas difíciles a las que Coetzee nos somete en sus novelas. Es decir, ¿qué significa ser humano sin ignorar lo evidente?

No parece haber consuelo. “He dado un trago. No me ha aliviado la sed”, confiesa la narradora de La edad de hierro, enferma de cáncer y sola, “pero las estrellas han empezado a flotar en el cielo. Todo se ha vuelto remoto: el olor a tierra mojada, el frío, el hombre a mi lado, mi cuerpo. Como un cangrejo después de un largo día, cansado, retrayendo las pinzas, incluso el dolor se ha ido a dormir. He descendido en picada a la oscuridad”. Es una declaración sombría para un mundo sombrío. ¿Qué personaje de Coetzee no cumple la tarea o la fatalidad de reconocerse en su hora más oscura? Aunque refinadas y elegantes, las páginas de Vida y época de Michael K. Esperando a los bárbaros y La edad de hierro no tienen intención alguna de complacernos. Coetzee captura en ellas la contradicción del hombre luchando contra el hombre, con su ansiedad destructiva y su pobre noción de la vida. Y tiene razón: lo humano debe incluir lo más claro: su propio abismo, n