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El hardware de las instituciones y leyes que hacen posible el juego democrático requiere del software de una cultura democrática para que ese juego adquiera solidez y densidad política. Ello explica buena parte de las dificultades que las democracias recientes tienen para consolidarse y volverse socialmente productivas. La constitución de una verdadera cultura cívica se ve obstaculizada generalmente por un pasado que no termina de pasar, esto es, por las heridas dejadas por el autoritarismo recién superado. El victimismo, el maniqueísmo y hasta el fanatismo se apoderan de la escena pública, y partidos y políticos irresponsables hacen de la (in)cultura cívica heredada su mayor capital político.

De esta manera, no parece excesivo afirmar que arreglar cuentas civilizadamente con el pasado autoritario y sus herencias es uno de los desafíos mayores para la consolidación democrática. Lo que implica, entre otras cosas, ir más allá de los juicios sumarios y simplistas, más allá de la voluntad de castigar a los responsables de las atrocidades, e ir más allá de la tentación de convertir a ese pasado en coartada para no plantear adecuadamente los problemas del presente y del futuro.

Ahora bien, no parece forzado sostener que en México no sabemos discutir pública y racionalmente los grandes problemas nacionales. Esta incapacidad para discutir seriamente, para aprender debatiendo abiertamente las diferentes posturas, intereses e ideologías, tiene mucho que ver con la forma en que se ha entendido y practicado el laicismo en nuestro país. La enconada lucha entre una Iglesia católica sumamente conservadora y aferrada a sus privilegios y un Estado nacional precario, sometido siempre a fuertes presiones internas y externas, puede ayudar a entender que ese laicismo haya llevado la huella de un paradójico fundamentalismo tan sectario como el de sus adversarios. En su disputa por la hegemonía sobre las masas populares, ese Estado no sólo expidió leyes que pretendían negar cualquier existencia normal, institucional, de los credos religiosos, de evidente sabor jacobino, sino que también promovió la difusión de una historia cívica “sagrada” en la que sus héroes (reales e inventados) fueron canonizados como si se tratara de sustituir el santoral religioso por un santoral “laico”, tan indiscutible y dogmático como su contrario, como siempre.

Una idea actualizada de laicidad nada tiene que ver con oponer a los dogmas de la fe religiosa los dogmas de una fe antirreligiosa. Lejos de ello, lo que la distingue es precisamente, como argumenta Bovero, el no tener dogmas, el aceptar que no existen cosas tales como verdades absolutas e indiscutibles, el promover por el contrario la confrontación civilizada de todas las creencias, de todos los valores, de todas las ideologías. Supone reconocer, como señala Bobbio, que mientras más sabemos, más sabemos que es mucho más lo que no sabemos, y por ende abrirse a la discusión y al debate con todos los que piensan de otra manera, así como estar dispuesto a aprender de ellos. Supone, además, la disposición a razonar, a dar argumentos, y no a excomulgar y condenar a los que no comparten nuestros puntos de vista. Supone, en fin, el valor civil de defender opiniones diversas, incluso “políticamente incorrectas”, y no aceptar por conformismo, por apatía o por cobardía, adherirse irracionalmente a las modas mayoritarias.

Por otro lado, lo que hay que reprocharle políticamente a buena parte de la jerarquía católica mexicana no es su defensa (legítima) de sus posiciones en torno al aborto, a la homosexualidad, al matrimonio, a las costumbres sexuales, a la eutanasia o a la planeación democrática. Incluso debiera aceptarse que algunos de esos temas son moralmente complejos y conflictivos, y requieren de debates y legislaciones sumamente sensibles y matizados. No se trata entonces de exigir que las iglesias o los creyentes asuman cabalmente un pensamiento laico —lo que por decir lo menos sería una contradicción en los términos— sino que reconozcan que la democracia requiere de un Estado laico y de una educación pública laicas, so pena de negar toda posibilidad civilizada de convivencia dentro de la diversidad y el pluralismo.

 

Luis Salazar