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Hace unos días palpé de forma directísima y emocionante la entrega con que de pronto, un lector se lanza al mundo revelado en un texto literario. Se trataba de un acto en el que se iban a dar los premios a los autores que, a juicio del jurado, merecían ser los ganadores de un concurso de relatos breves. Yo formaba parte del jurado y estaba, según dictaba el protocolo, sentada a la mesa que se alzaba en el escenario, de cara al público junto con los otros miembros del jurado y las autoridades locales, que patrocinaban el concurso.

Según las normas del concurso, ya se había comunicado el triunfo a los diez finalistas, a los cuales se les había invitado a acudir al acto, de manera que presumiblemente, los diez estaban allí; todos tenían ya asegurada la publicación de su relato y cierta cantidad de dinero, además de aquel viaje a gastos del presupuesto del Ayuntamiento de la Villa que convocaba el concurso. La nada despreciable interrogante era el lugar que ocupaban, en la lista de los premios, los finalistas. Porque, de los diez, los dos primeros recibían galardones mucho más importantes y mucho mejor dotados económicamente.

Mientras empezando por el final, se fueron nombrando a los finalistas, que se acercaban a la mesa para recibir de nuestras manos un diploma, un talón bancario y un apretón de manos o un par de besos, el nerviosismo se fue concentrando en ciertos puntos. Desde lo alto del escenario, comprendí de pronto quién era el ganador del primer premio. Se trataba de un chico de largo pelo oscuro y pendiente de plata en el lóbulo de la oreja derecha, que estaba flanqueado por dos chicas muy emocionadas. Una, aventuré, más joven, la novia. La otra, ligeramente mayor, la hermana. Aunque no tuve luego ocasión de comprobar si había acertado o no en la condición de estas mujeres, puedo decir que no me equivoqué en lo que hace al ganador.

En cuanto se pronunció el nombre de quien había obtenido el segundo premio, el joven del pelo largo se llevo una mano a los ojos para enjugarse unas incontrolables lágrimas. La novia —la supuesta novia— se le echó al cuello. La hermana —la supuesta hermana— se recostó en su hombro. Se pronunció al fin el nombre del ganador, el chico, desprendido del abrazo de sus mujeres, se levantó a recoger el diploma, el talón bancario y el apretón de manos. Fue un señor quien le hizo la entrega y no hubo besos. El chico los recibió —los besos— de sus mujeres en cuanto volvió a su asiento.

Pero las normas del acto de entrega del concurso hicieron que el chico volviera al escenario para leer el relato premiado. Aunque era evidente que estaba emocionado —yo había visto el gesto de su mano al enjugar las lágrimas que habían brotado de sus ojos—, leyó con bastante calma y naturalidad y el público siguió palabra por palabra la lectura del relato, que no era de los más breves.

Eso lo advertí enseguida, una vez que comprobé que el chico, pese a su emoción, se las arreglaba bastante bien con la lectura del texto. Luego miré hacia el hueco que el chico había dejado en la fila en la que se encontraba su silla ahora vacía. La hermana —la supuesta hermana— miraba al joven desde un territorio remoto, ancestral, el territorio de las palabras sagradas y reveladoras. Las palabras que iban saliendo de los labios del chico conmovían a la joven porque eran necesarias, eran las que tenían que ser. Dirigí la mirada hacia la otra chica, la novia —la supuesta novia—. Inmóvil, los ojos enrojecidos y muy abiertos, la boca también un poco abierta, estaba tan entregada al texto que iba brotando de los labios del chico, tan asombrada de que ese milagro se estuviera produciendo, que parecía una estatua, la imagen misma de la cristalización.

¿Cuál era el milagro? No se trataba de que aquel chico, quizá su novio, hubiera ganado un premio. El milagro iba mucho más lejos. El milagro consistía en aquella sucesión de palabras que penetraban en el alma de la chica con toda la magia de las palabras decisivas y poéticas. La chica, inmóvil, hechizada, estaba siendo traspasada, quizá por primera vez, por el dardo sublime de la poesía. Era la lectora por excelencia. El texto que leía el joven no era del joven.

Daba ya igual quién lo había escrito. Ella se lo estaba apropiando.

Allí se encontraban todos, delante de mí. Los lectores a los que conquistas un rato, unas horas de una tarde perdida. El lector que busca en el texto el eco de un mundo lejano y trascendente. El lector que, sin buscar nada, sin esperar nada, se ve de pronto traspasado por una verdad insólita, una belleza inusitada. El público, la hermana, la novia. Todos ellos eran el lector, todas las clases de lector.

No pude por menos que recordar el momento en que mi hijo Diego presentó en público su novela. La firmó con un solo apellido, de manera de que mi apellido no apareció. En la austera y muy acertada portada del libro sólo figuraba su nombre, Diego Pita, y el título de la novela, He perdido los veranos. Pero Diego me dijo que le gustaría que yo estuviese a su lado en la presentación, no para decir ni comentar nada sobre su novela, sino para leer un fragmento. Creo que muy pocas personas de aquel público conocían que yo, la lectora, era la madre del escritor. Es de suponer que si había alguien en la sala que lo sabía, ese alguien era yo. Pero, mientras leía los fragmentos de la novela que yo había escogido, me encontré convertida en lectora pura. El texto me penetró, me sentí invadida por la belleza. Todo cambió.

Miré luego a mi hijo Diego como si fuera otro. Naturalmente, era mi hijo, y yo me sentía orgullosa de él. Pero, a la vez, eso ya no me importaba, o importaba de otra manera. Comprendí que la emoción que me había embargado al leer aquellos fragmentos no tenía nada que ver con el hecho de que Diego fuera mi hijo. O digamos, al menos, que no tenía tanto que ver. Su novela me había gustado mucho desde el principio, desde que inició el desfile de editorial en editorial y me producía fastidio y dolor que no fuese publicada. Celebré con lágrimas de emoción que la directora de la editorial Alba llamase a Diego para alabar con entusiasmo la novela y comunicarle su decisión de publicarla. Naturalmente, todo eso no había sido olvidado. Pero los párrafos de la novela de mi hijo, leídos por mí en alta voz delante del público, se independizaron de él, se hicieron absolutamente míos, mucho más de lo que habían sido antes, en otras lecturas silenciosas.

En los ojos abiertos, algo enrojecidos por la emoción, de la chica que miraba al joven autor del relato ganador y que yo imaginé que era su novia, se reflejaba la culminación de ese extraño proceso. Esos ojos miraban, recogían cada palabra del relato, la absorbían. El chico estaba más lejos que nunca de esa chica. Subido en una tribuna, leía con bastante reposo su relato a un auditorio muy atento. El chico estaba lejos. El autor, cerca. Más cerca que nunca.

Hubiera querido enviarle a la joven lectora una mirada cómplice, una sonrisa de aliento, pero ella no me miró. No podía apartar los ojos del escritor, no podía perderse ninguna palabra, ni una coma, ni un matiz, ni un acento.

 

Soledad Puértolas
Escritora. Entre sus libros, Una vida inesperada y Gente que vino a mi boda.