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Uno de los acontecimientos más notables del siglo pasado fue el movimiento surrealista. Octavio Paz lo llamó la última de todas las revoluciones. Hubo editores como Mondadori en Italia y Seghers en Francia que se esmeraron en publicar ediciones numeradas —verdaderas joyas bibliográficas— por autores de esta escuela. Una de estas ediciones llegó a mis manos, y desde entonces ha figurado en un sitial de honor entre los renglones de mi biblioteca.

Se trata de Corps memorable, producto de la colaboración entre cuatro bucaneros malditos: Paul Eluard, Pablo Picasso, Lucien Clergue, Jean Cocteau. Eluard, gran artífice de la palabra, contribuyó al festejo con dieciséis poemas de amor llenos de sabiduría, nobles como un soneto y pícaros como una trova medieval. El poema en dedicatoria de Cocteau va así:

Volteada y de cabeza rezumando sortijas,
perlas y diamantes (si en las olas te fijas),
parece foca mi Semíramis.

En tu jardín
suspendido, confiesa, de pilastra en pilastra,
¿diste la cara, reina-hermanastra,
o te mocharon la cabeza al fin?

Reíd, gritad, hacéis mal en reíros
y muy bien en gritar por estos sempiternos
chiflones cuyas aves, sedientas cual vampiros,
huyen hacia el amor de los vientres maternos.

¿Porqué me alucina este poema? Cuando lo leí sentí que tenía que traducirlo; pero para eso era necesario entenderlo primero. ¿Qué pasó por la canosa cabeza de Jean Cocteau cuando escribió estas líneas?

El poema está dedicado “a Clergue, por sus desnudos”, y se refiere a las doce fotografías que ilustran el volumen. Representan a una hermosa muchacha retozando en las negras olas de un mar helado: doce tomas de piel desnuda cubierta con carne de gallina, evidencia del frío que hacía en la playa. El artista no nos enseña la cabeza de la modelo. Picasso, para la portada, tomó un papel blanco y con tinta roja trazó un seno desafiante, agregando tres líneas onduladas que simulan una cabellera y dos manchas negras, que podrían significar un par de axilas. Con su firma al calce bastaba: por lo tanto, la portada no trae texto alguno. Era como una bandera pirata que ondeaba sobre el bajel del surrealismo.

Los versos de Cocteau resumían en cierta manera todo el movimiento: su osadía, la imperfección buscada de su forma, su fantasía y la musicalidad agridulce de su idioma. Se trataba también de una especie de despedida. En 1957 la batalla estaba ganada y, por lo tanto, pérdida.

¿Por qué la foca? ¿Y qué tienen que ver los vientres maternos? Cocteau no se sentía mayormente atraído por el cuerpo desnudo de la muchacha retratada. Vista en el espejo de su particular identidad sexual, le recordaba una foca sin cabeza revolcándose en la arena. El amigo Clergue, sin embargo, la había adornado, a esa foca, con todas las perlas y los diamantes del mar. Tan alto homenaje era inconsecuente, porque luego el fotógrafo la decapitó doce veces dejándole los pechos y el mar sargazo entre las piernas. Finalmente, no nos la dedica a nosotros sino, ¡a la memoria de su mamá! (Ahí está la dedicatoria.)

Por eso Cocteau no podía dejar de mencionar “los vientres maternos”. Además, el astuto corsario tampoco podía dejar de aludir al poema de otro amigo marinero, Pablo Neruda: “fui solo como un túnel/de mí huían los pájaros”.

El amor, parece decirnos un Cocteau desafiante, es lo que arrebatamos al mar en abordajes donde perdemos la cabeza y ganamos un mundo. Es un medio y también un fin. Como el fruto de la ciencia del bien y del mal, es nuestro alimento y nuestra tentación.

Buena educación

A la edad de Luz Abascal, ¿qué no leía yo? Química orgánica y Verlaine; astronomía y Shakespeare. Leí las conferencias de Introducción al psicoanálisis de Sigmund Freud. No entendí todos los chistes (eran bastante vulgares, hasta para un lector alemán). Pero era una obra supremamente bien escrita, que formó mi gusto en materia de prosa científica.

Yo creo que al estudiante se le debe conducir hasta la puerta de la biblioteca y dejar que entre solo, sin asesores ni guardianes. Un buen libro nunca es inmoral. No es cuestión de elegir entre Aura y la Biblia. Después de tantos siglos, la Biblia sigue siendo una lectura difícil, que no es para niños. Conserva una áspera fuerza elemental que es parte de su belleza pero que puede confundir a hombres adultos. Es como un explosivo de alto poder.

Estoy de acuerdo con Abascal padre en que el despertar de la inteligencia en una adolescente conlleva juicios de valor que se traducen en múltiples actitudes ante la vida. No he leído Aura, de Carlos Fuentes. En la escuela me obligaban a leer La vorágine de Eustacio Rivera y desde entonces me ha costado trabajo leer novelas. Pero en general pienso que es preferible la educación pública a la privada, y el episodio de Abascal no me ha convencido de lo contrario. La calidad de la educación pública, en un país, es su mayor fuerza. Se refleja en sus buenos profesionistas, en sus líderes, en sus mejores hombres y mujeres, y sobre todo en sus maestros. Sé que nuestra educación está en crisis; basta ver que en ciencia ocupamos el lugar 47 entre 49 naciones. Esto es muy penoso, y no sé el remedio; mejor dicho, lo saben todos y no actúan. Pero sin las universidades públicas estaríamos mucho peor.

Entonces, ¿debemos enseñar ciencia a una adolescente de quince años? Es pregunta. La calidad de la ciencia que se pretende inculcar en nuestras escuelas es tan mala que se antoja no exponer innecesariamente a los jóvenes a una experiencia docente que puede resultar traumática. Es preferible que el estudiante haga el esfuerzo de leer por su cuenta un texto de nivel universitario, aunque no lo entienda del todo, en vez de corromper su gusto con los textos “científicos” que se usan en primaria y secundaria.

La llama doble bajo el microscopio

Octavio Paz en La llama doble —su testamento sobre el erotismo y el amor— dedica veinticinco páginas a reflexiones científicas. Se disculpa ante el lector por esta digresión, y señala que “desde un punto de vista ajeno a las ciencias pero no contrario a ellas” sería importante iniciar una discusión filosófica acerca de lo que tenemos que decir los científicos sobre temas tales como el alma y el universo. Entonces, ¿para qué insiste que su punto de vista es ajeno al nuestro? Se me ocurre que Paz no quiso concedernos la autoridad para participar en forma significativa en su debate sobre el amor.

Yo a mi vez, y sin pretender compararme a Octavio Paz voy a proponer, “desde un punto de vista ajeno a la literatura pero no contrario a ella”, una reflexión científica sobre el amor. Ya lo sé: los científicos somos unos personajes melenudos y distraídos que sólo saben expresarse en ecuaciones. Sin embargo, no todo es seriedad en las fronteras de la ciencia. El matemático Hilbert era aficionado a corretear a las muchachas, y tenía bastante éxito con las damas. Era asiduo a las pachangas e incansable bailarín. Ni se diga el joven Albert Einstein, con sus legendarias andanzas eróticas. Antes de casarse y de buscar empleo en la oficina suiza de patentes, ya había procreado a una hija. Erwin Schrödinger otro gran científico del siglo XX, se fue de parranda con una acompañante cuya identidad nunca quiso revelar. El incidente se hizo famoso porque después de una noche de amor Schrödinger se sintió tan inspirado que escribió de una sentada, en el cuarto de hotel, el trabajo más iluminado de su carrera. Su colega Hermann Weyl, con algo de envidia, habló de un “reventón erótico tardío”. El Premio Nobel Paul Dirac opinó que el trabajo era tan excelente que “contenía gran parte de la física y toda la química”.

Dick Feynman, otro corsario de la ciencia, dedicó gran parte de sus apuntes autobiográficos a presumir de sus correrías en los años de la posguerra. Al principio, dice, siempre le pasaba lo mismo: le presentaban a una chica bonita que se sentaba con él, le disparaba un par de copas y luego ella se disculpaba y desaparecía. El pobre científico se quedaba frustrado; no entendía por qué le sucedía esto. Finalmente aplicó el método inductivo y descubrió el secreto —que se buscaría en vano en el libro de Octavio Paz, un gran estudio filosófico sobre el amor pero escaso de buenas recetas.

¿Quién dudaría de la autoridad intelectual y moral de Marie Sklodowska, la legendaria Madame Curie? Fue una de las personalidades científicas más grandes de la historia. Sin embargo, tuvo una aventura apasionada con su joven asistente y colaborador, Henri Becquerel, hoy considerado el verdadero descubridor de la radioactividad. El affaire tuvo consecuencias para la ciencia. Los tres colegas y amigos —Monsieur Curie, Madame Curie y Becquerel compartieron el Premio Nobel en 1903. Imaginemos a Bill Clinton, la Hillary y Mónica Lewinsky apareciendo en Estocolmo para llevarse el Premio Nobel del Amor de manos del rey de Suecia.

Reflexiona Paz: “A medida que la técnica domina a la naturaleza y nos separa de ella, crece nuestra indefensión ante sus ataques… Esto implica un cambio radical en nuestras actitudes”. Que yo sepa, la creación científica jamás ha separado a nadie de la naturaleza. Al contrario, la hace más accesible y multiplica sus dones y sus maravillas. Tampoco me parece que la técnica nos agreda. Estoy escribiendo en una computadora instrumento cuya posible existencia ni siquiera pudo habérsele ocurrido a un poeta surrealista de los años veinte.

Dejemos las funciones primarias de la computadora, y pensemos en lo extraordinario “del material de que está hecha, de su costo que es una fracción de mis ingresos anuales, de su fuente de poder, de su excelente imitación de una orquesta sinfónica, y de su capacidad de producir brillantes figuras coloridas que se mueven” (D. Mermin). ¿Qué nos deparará el año 2100? Seguramente, objetos maravillosos que hoy no podemos imaginarnos.

Amor y creatividad son inseparables: lo dice el mismo Octavio Paz. Si el amor-creatividad encarna “en dos figuras emblemáticas: la del religioso solitario y la del libertino”, ¿no habría que agregar la del científico? La ciencia, tanto o más que otra actividad humana, es y sigue siendo sinónimo de creatividad.

El surrealismo no fue la última de las revoluciones. Los nuevos corsarios siguen navegando en el océano de la creación.

 

Cinna Lomnitz
Geofísico. Investigador de la UNAM.