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Ciertamente la fe es una gracia, pero hay que cultivarla. Para ello, entre otras cosas, se recurre a la misa y a la oración. Desconozco los poderes con los cuales la literatura puede contribuir a este fortalecimiento íntimo, aunque el Verbo sea el principio.

Sin pretender negarle cierto encanto a la propaganda, no creo que la literatura represente una forma de divulgación; por el contrario, cuando se acude a ella para propagar alguna idea, una visión, una utopía, los resultados suelen ser lamentables. Aun cuando muchas imágenes de la poesía de San Juan de la Cruz, de la del Padre Placencia, de la de José Bergamín han perdurado en mi memoria, no reconozco un ascendiente religioso de ellos sobre mí.

Ignoro asimismo la influencia que otros escritores católicos hayan podido tener en mí, pues finalmente considero muy difícil advertir las repercusiones que en cada persona puede obrar un autor, un libro, una frase.

Yo quisiera haber comprendido el ejemplo literario de escritores como León Bloy, cuyo estilo lapidario y certero revela el sentido de la implacabilidad y el de la desesperación, o como G. K Chesterton, que urdía paradojas que conducen a la perplejidad, lo cual representa una manera de descubrir el mundo.

También Elíseo Diego era católico y, como Chesterton, conoció el valor de la mirada, con la cual practicaba el asombro. Quizá creía que la expulsión del Paraíso no consistió sino en no darnos cuenta que estamos en el Paraíso, el cual descubrió en la cotidianidad, en las cosas simples que nombró con un rigor amable y la palabra precisa.

Entre lo mucho que se le puede aprender a Eliseo Diego, me parece, no es lo menor esa atención permanente y esa paciente laboriosidad para lograr la frase y el verso sencillo que repara en el universo elemental, compuesto también por el sonido diario de las campanas de una iglesia.

 

Javier García Galiano
Es autor del libro de cuentos Benito Souza, vendedor de muñecas.