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El escritor católico que para mí ha sido definitivo es François Mauriac. Lo descubrí siendo un adolescente y significó una respuesta a un conjunto de preguntas, un sentirme menos solo, un sentirme consolado. ¿Por qué? Porque sentía que mis demonios interiores, esas cosas que uno no se atrevía a hablar en casa, menos en una casa como la mía, muy cerrada en cuestiones religiosas; sentía que esos demonios ahí estaban, y estaban en alguien con quien yo compartía la fe. Al mismo tiempo, con Mauriac me quedó muy claro que uno tiene el deber —como escritor, como novelista— de ir al fondo de la vida sin temor a nada; sin temor a las cosas más terribles que pueden estar dentro de uno mismo o que pueda encontrar en los otros. En ese sentido Mauriac ha sido para mí un maestro, y esto naturalmente se suma a una familia como la mía, una familia de la burguesía, una familia católica. Luego descubrí otras figuras, por ejemplo, a Graham Greene, un maestro de la forma, y que se encuentra de alguna manera con Mauriac, en el sentido de que el novelista católico, puesto que tiene la seguridad íntima de la fe, no tiene por qué temer a nada, tiene que ir al fondo de las cosas se moleste quien se moleste. Desde luego, debemos tener muy presente que uno es un católico que hace novelas, y de ninguna manera un escritor de tesis ni al servicio de una jerarquía. Después, claro, leí a otros autores que también me han acompañado desde los veinte años, como Gabriel Marcel. A mí me gusta mucho el teatro, y Marcel fue un autor muy importante; no es un autor que interese hoy en día, lamentablemente, porque a todo lo que tiene densidad, y de hecho a todo lo que puede molestar, y problematizar, se le saca la vuelta. Gide fue otra influencia en mí. Él no era católico, era de origen protestante, un hombre que se alejó de la fe, de la práctica religiosa, pero un hombre que buscó la cercanía de hombres como Mauriac, como el filósofo Marité, etc. Y si nos remontamos al pensamiento, Pascal fue muy importante para mí, pero Pascal es un pariente, o más bien Mauriac y Greene son parientes suyos. A Bernanos llegué más tarde. Fue otro autor definitivo, sobre todo cuando plantea el signo de interrogación, es decir, la no-condena, el saber que el mal está en el mundo, que hay víctimas y uno no puede más, si no tiene fe, que consignarlo, que tener una profunda tristeza y llorar porque no puede entender que en el plan de Dios haya cabida para un ser al cual se le despojó de la ternura.

 

Francisco Prieto
Entre sus libros, La francesa del café Tacaba.