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Voy de atrás hacia adelante. La última novela que he publicado, El sitio, salió hace un par de años, es para mí significativa. Es una novela cuyo personaje central es un sacerdote que de alguna manera concentra una parte de duda, sobre todo religiosa, y que es alcohólico. No tiene remedio, uno escribe lo que puede, y no lo que quiere. El sacerdote tiene mucho que ver con mis primeras lecturas, cuando estudié con los jesuitas en el Instituto Regional de Chihuahua. Finalmente es un personaje muy marcado por mi adolescencia.

Estudie secundaria y preparatoria con los jesuítas, incluso tenía la tentación de quedarme con ellos, cosa que por suerte no sucedió, pero que de una u otra manera me marcó. Cuando hablo de los jesuitas quiero decir que es una orden particular. Cuando digo que mis primeras lecturas fueron marcadas por ellos, quiero decir que no fueron lecturas tan libres como hubiera deseado. Por supuesto, me dieron acceso a Julio Verne y a Salgari, cosa que ya no se estila; pero también empecé a leer a Graham Greene, Mauriac, Bernanos, Chesterton, León Bloy. Todo eso me formó no solo literaria sino personalmente, me dio una forma directiva. Yo seguí leyendo, no sólo por cuestiones religiosas, sino porque me parece una literatura verdaderamente amena, nada me parece más importante en la literatura como el conflicto, la lucha entre el bien y el mal. La literatura donde no hay conflicto me parece muy aburrida; esa literatura que sobre todo es juego con el lenguaje me aburre muchísimo. En cambio, con la literatura de autores cristianos me resulta muy divertido el juego entre la creencia y la duda. Y aquí me extiendo porque hay muchos otros autores que me parecen capitales en este terreno; aunque no sean católicos, son profundamente cristianos: Faulkner y Dostoyevski. De alguna manera, en Dostoyevski está contenida buena parte de la literatura contemporánea.

 

Ignacio solares
Su más reciente novela es El sitio.