· UNA ENTREVISTA DE RON TEICHMAN

 Ron Telchman es un profesor norteamericano de literatura y actualmente vive en California. Esta entrevista de Angeles Mastretta fue realizada en una visita de Teichman a México durante el verano de 86 y formará parte de un libro con entrevistas a escritores mexicanos.

– Suelo pedir la fecha y la hora de nacimiento de cada autor para comenzar.

Nací en octubre de 1949, lo cual me tiene completamente abrumada. Y nací en Puebla, que era entonces una ciudad pequeña, situada a unos doscientos kilómetros del Distrito Federal, en el centro de México. Es una ciudad extraña, una ciudad que fundaron los españoles y a la que todavía hace pocos años -cuando yo vivía ahí- le quedaba mucho del orgullo y del sectarismo de criollos que no convivían con el México real. Crecí en esa ciudad, la padecí de muchas maneras…

– ¿Arráncame la vida es tu primera novela?

– La primera, y a lo mejor va a ser la única.

– ¿Por qué dices esto?

– Porque hay gente que tiene muy claro que es escritor, gente que sabe que va a vivir para escribir. Yo no. Yo soy una mujer ávida y dispersa y nunca sé con cuanta pasión voy a abrazar mi profesión. Tenía muchas ganas de ser escritora y de escribir este preciso libro, esta historia. Me encantaría ser una buena escritora, y preferiría poder decirte: “Estoy llena de historias, y tengo la habilidad, el talento, el rigor para apuntarlas”. Pero no es así.

– Se trata de un fenómeno no infrecuente: el de que un autor escriba una sola novela basada en su vida y después ya no más.

– Esta novela ni siquiera está basada en mi vida. Soy peor.

– ¿Para escribir Arráncame la vida, no te inspiraste en tu propia experiencia y en el ambiente en que te criaste?

– Si, oyendo, oyendo historias de caciques y de crímenes y oyendo historias de pasiones clandestinas y de amores imposibles.

– Hazme, si puedes, un resumen de la novela.

– Fundamentalmente la novela es sobre una mujer, sobre el desarrollo anímico, sentimental y, yo diría, intelectual, de una mujer que muy joven -a los quince años, cuando despierta cuando empieza a aprender y a conocer las cosas del mundo- se relaciona con un hombre que sabe mucho mas que ella, es mucho mas grande y tiene, por supuesto, un concepto de mundo ya muy organizado y un modo de vida absolutamente hecho. Ella se encuentra con este hombre y se hace a él, se amolda a su vida, lo aprende, lo conoce y lo quiere de muchas maneras. Y le va dando la vida: le pare los hijos, le crece a los hijos que le parieron otras mujeres. Aprende a hacer política porque a él le gusta la política; aprende a guisar porque a él le gusta comer; aprende a arreglar las casas, porque él necesita vivir en casas muy grandes. Vive muchísimo en función de él. Pero como, al mismo tiempo, él es un hombre muy autosuficiente y distante, ella está mucho tiempo sola y va aprendiendo, en el transcurso del libro, a mirar, a mirar desde si misma y no sólo desde el hombre que le enseñó a mirar. Pero ella mira con lo que aprendió a mirar: es una mujer que puede ser dura, que puede ser áspera, que puede ser ruin, tal como es el marido. Pero al mismo tiempo es una mujer hipersensible, con sentido del humor, critica de lo que ve y de si misma. La novela es la historia de su educación sentimental, de como ella aprende que es distinta del hombre con quien se casó; y distinta no sólo por cómo se mueve y camina, sino por cómo siente, intuye y conoce el mismo mundo, el mundo que les pertenece a ambos. Lo que sigue es el enfrentamiento de esta mujer con el modo de pensar y de sentir de su marido. ¿Cómo se le enfrenta? No a la manera feminista, ni como una mujer liberada. Se le enfrenta como puede, con los elementos que ella tiene, que le fue dando la vida: con el cuerpo, con la sensibilidad, con las emociones, con los gritos, enamorándose de otro hombre, criticándolo, no obedeciéndolo, educando a los hijos como se le pega la gana o no educándolos. Cómo se le enfrenta, y como sale de este enfrentamiento es la historia de la novela.

– ¿No la consideras una novela feminista?

Lo que quiero decir con “no a la manera feminista” es no de una manera consciente y teóricamente feminista. A lo mejor ella fue una feminista. Quizá ella dijo: “Yo puedo hacer con mi cuerpo lo que quiera”, que es una tesis feminista, o “Yo quiero mandar sobre mi vida”, que es también una actitud feminista. Pero para ser una mujer feminista ella tendría que haber dicho también, “Yo quiero aprender a mantenerme, yo quiero bastarme”, cosa que ella no aprendió a hacer. La casualidad, el destino y la voluntad la llevan a hacerse rica. Pero ella finalmente no sabe enfrentar la vida con éxito y ganarse la vida.

– Entonces, ¿tú no eres partidaria del feminismo?

– Por supuesto que sí. Pero no creo que los escritores deban hacer tesis, ni siquiera propuestas precisas. Como escritora, lo que tengo es la voluntad de contar con la precisión del arrebato que me dé la imaginación. Pero no me gusta la literatura de tesis: nunca me ha gustado leerla, no me gusta hacerla.

– El movimiento feminista, ¿es muy fuerte en México?

– No. Nunca ha sido.

– Pero se ha hecho notar más y más en los años recientes, ¿no?

– Sí. Pero yo creo que mientras en este país haya mano de obra que haga el trabajo de las casas de las mujeres de la clase media, no hay mucho que pelear. Tu no tienes que exigir que tu marido tienda su cama y lave sus trastes para poderte ir a trabajar tú.

– Bueno, esto es un aspecto. Otro es el del llamado “machismo”. Hay situaciones en que los hombres hacen lo que quieren y las mujeres tienen que aguantarse.

– ¿Tu crees que en Estados Unidos no?

– Quizás no hasta el mismo punto. Pueden divorciarse.

– También en México. Lo que pasa es que las mujeres aquí en México somos más querendonas, y mas locas. Hay montones de mujeres en México que padecen a sus maridos íy los mantienen! Un tanto por ciento mayor de hogares están mantenidos por mujeres que por hombres.

– No sabía yo esto. De todos modos, hay casos donde la mujer no puede salir del matrimonio por falta de recursos. No va a encontrar trabajo, no va a poder mantenerse a sí misma ni a sus hijos. Es una limitación severa, ¿no?

– Pero no es por machismo sino por pobreza; porque si ella hubiera tenido estudios y posibilidades de hacer otras cosas y de ganarse la vida, no hay macho que la retenga en su casa. Francamente, en cuanto al machismo, yo creo que finalmente los hombres y las mujeres y las relaciones de parejas que establecemos son más o menos iguales en todo el mundo. Por eso uno puede apasionarse tan fácilmente con una novela de Flaubert. Y oye, los machos de la Madame Bovary son verdaderamente espantosos. Machísimos los franceses. íY los españoles! No sé qué hayas encontrado en el siglo XIX, pero Fortunata y Jacinta no es precisamente un hallazgo de la liberación feminista.

– ¿Qué piensas de la hipótesis de Octavio Paz en El laberinto de la soledad: que el mexicano sufre un complejo de inferioridad que quiere compensar con el machismo?

– No creo en eso. La mujer también tiene complejo de inferioridad y ¿con qué lo compensa? Hace muchos años que leí este libro, y no me acuerdo muy bien de él. ¿Tú crees que esas tesis son muy serias?

– Cada vez salen mas libros escritos por mujeres, lo mismo en el extranjero que en México. ¿Cómo ves esta literatura?

– Yo creo que las mujeres tienen muchísimo que ofrecer a la literatura porque tienen ciertas características especiales: estamos muy hechas a pensar en lo que nos pasa; tenemos mas tiempo, y fuimos educadas y crecidas para tener más tiempo para eso: ¿De quién me enamoro? ¿Cómo me enamoro? ¿Qué estoy sintiendo? ¿Adónde me voy a conducir? Luego, por ejemplo, las mujeres tenemos mucha más memoria para los diálogos, para registrar las conversaciones, para los detalles, para recordar con precisión cómo era un lugar. Creo, por ejemplo, que Proust era muy femenino en su modo de ver los detalles. Si las mujeres empezamos a contar, narrar lo que percibimos y sentimos, vamos a enriquecer muchísimo la literatura.

– En cuanto al ambiente político -el ambiente de los treintas y cuarentas- ¿tu novela tiene implicaciones para la época actual?

– Puede tenerlas, pero no era mi intención. Yo sólo quería poner a vivir a esa mujer en un mundo que fuera creíble. Y el mundo de esa mujer en los cuarentas era así, el mundo de la postrevolución, de una revolución no lograda, traicionada, cuyos privilegios esa mujer goza y padece. Entonces yo simplemente quise contar lo que pudo haber sido para ese personaje ese país y también, descifrar mis incógnitas. Invente el México de los cuarentas para contármelo, para saber cómo era y de dónde vengo, por qué hago tantas locuras, por que me escandaliza y me duele este país, por que me apasiona y me fascina. Me pongo a pensar de dónde vengo, cómo era México antes, y resulta que en parte era de esta manera en que yo lo cuento.

– Arráncame la vida, es el título de una canción de aquella época.

– De una canción de Agustín Lara. Es un tango que podría ser un bolero, y lo mismo pasa con la novela; es un tango que podría ser un bolero. Tiene que ver con el modo en que esta mujer primero se deja arrancar la vida y después se la arranca a los demás. Si tú piensas esta novela sin sentido del humor, puede ser un gran tango. Se mueren algunos de los principales personajes, el país es terrible, esta lleno de traidores y asesinos. Pero es también un bolero porque está lleno de sentido del humor, de pasiones y de fantasías.

– Tienes un estilo muy directo y agarrador. ¿El haber sido reportera te ha servido para desarrollarlo?

– Creo que sí. Yo escribí durante diez años todos los días un artículo para periódicos. Evidentemente eso suelta las manos. Pero a mí nada me las ha soltado tanto como escribir la propia novela, porque cuando escribes una novela, para publicar 220 páginas has escrito 800, has tachado 500, has vuelto a hacer y a hacer y hacer, has escrito mas que nunca, mas de lo que has escrito nunca en diez años de escribir periodismo. La novela es directa por el esfuerzo del autor. Cuando escribo, no soy precisamente directa, pero esa mujer tenía que ser directa. La hice primero, y después fui encontrando que ella no podía ser una mujer que se detuviera mucho en sus sensaciones. Yo no soy así. Por eso te digo que escribí muchas hojas, y después taché y taché y taché. No es un libro muy rápido sino que está muy tachado. Capítulos que tenían cincuenta páginas quedaron de trece e inevitablemente, al comprimir, quedaron rapidísimos.

– ¿Cuánto tiempo tardaste en escribir esta novela?

Un año. No fue tanto. Cuando empecé a escribir Arráncame la vida, tenía un bebe de año y medio, y estaba embarazada de otro. Empecé muy tarde: sólo tuve dos hijos, pero entre los 31 y los 34. Entonces tuve dos bebés, uno en la barriga y otro afuera, y una novela. Entonces me quedé en la casa, escribí el libro mientras estaba embarazada, lo corregí mientras la bebé tenía tres meses y después me quedé en casa. 

– ¿Cómo escribes? ¿Tienes una rutina?

– Cuando escribí Arráncame la vida la tenía.

Escribía de nueve a tres todos los días. A las nueve llevaba a mi hijo al colegio y lo recogía a las tres. Entonces como buena mujer, sentía la culpa de que un niño de año y medio no estuviera en los brazos de su mamá toda la mañana. En consecuencia me dije: “Si no va a estar conmigo, todo este tiempo que va a estar en el colegio lo tengo que aprovechar escribiendo”, y lo asumí como manda: no contestaba el teléfono, no bajaba a tomar agua, estaba encerrada allí de nueve a tres. Y le daba vueltas durante el resto del día. A veces me despertaba a medianoche diciendo, “Ya sé lo que tengo que hacer aquí”, y si era posible, lo ponía. Ahora, esta novela la acabe hace dos años, ya no tengo una memoria muy precisa de cómo fue. Es como cuando te enamoras. Puedes decir, “Pues sí, me enamoré de esa gente y estuve con ella todo este tiempo”. ¿Pero que se decían?, ¿que les pasaba? La respuesta suele ser: “No sé bien. No nos dimos cuenta”. Lo mismo pasa un poco cuando estás metido en tu texto. Me acuerdo, por ejemplo, que íbamos a cenas y me la pasaba con una cara mortal de aburrida, pensando en mis personajes, si cierto señor se debe morir o no, si le deben regresar su caballo y por el estilo. No lo podía yo comentar con ninguna persona porque a nadie le importaba. Ahora no falta quien quiera saber cómo se me ocurrió a mí que tal gente muriera y cómo se me ocurrió que la hija se llamara de tal manera. Bueno, se me ocurrió cuando a nadie le importaba que se me ocurriera y estaba yo como por encima de lo que los demás estaban haciendo. Por ejemplo, mis amigas feministas, con las que hacía una revista. Me presentaba allí y siempre estaban peleando y litigando por los avances del feminismo de la revista. Entonces un día les dije: “¿Saben? Ya no tengo tiempo para estar discutiendo, porque estoy escribiendo una novela que me quita mucho tiempo. Ya no voy a venir más, y renuncio a formar parte del consejo editorial de esta revista”. Una de ellas, a la que después le gustó mucho mi novela, me confesó más tarde: “Cuando tú dijiste que te ibas a escribir una novela, no sabes qué pedante y qué pesada fue nuestra reacción. ¿Qué se cree esta? íQue puede despreciar su trabajo para escribir una novela! “. Pero en este momento yo no me daba cuenta de que estuviera hiriendo a nadie; simplemente consideré que lo más importante que tenía que hacer en la vida era escribir, cosa que ahorita no me pasa con la literatura. Lo que quisiera hacer -y no hay nada en la vida que me importe más, y ya estoy perdiendo mi tiempo aquí contigo- es escribir. Pero no estoy bien en este momento. A lo mejor por eso estoy comiendo tanto chocolate.

– ¿Entonces escribes principalmente por ípasión y no por dinero?

– En México los escritores no escribimos para vivir. Casualmente Arráncame la vida se volvió algo que da dinero, pero originalmente la escribí porque era una necesidad. Yo quería apuntar esa historia, tenía muchas ganas.

– No hemos tocado tu juventud y formación. ¿Cómo fueron?

– Yo no tuve una vida formada en la literatura. Crecí en una casa en la que leer era como perder el tiempo. Había que hacer cosas útiles y hacer cosas útiles era aprender a guisar, a bordar y, en el mejor de los casos a ganarse la vida con una profesión que podía ser hasta médico o abogado, no escritor. Aunque mi papá era escritor.

– ¿Qué tipo de escritor?

– Periodista. Y hubiera podido ser escritor pero tenía que ganarse la vida. Se la ganaba vendiendo coches. Escribía para periódicos locales. No se por qué me volví escritora, pero evidentemente no fue por mi formación. A mí me hubiera encantando ser cantante. Cantaba muy bien, pero me dediqué a cantar todo el santo día bajo la lluvia, el sol y lo que se ofreciera; cantaba sin educación y me quedé tan ronca como estoy. A nadie se le ocurría que una tenía que aprender a cantar. Luego estudié en la facultad de Ciencias Políticas y Sociales, y mi vocación de mirona me llevó hacia el periodismo. Además cuando era muy joven, se murió mi papá -yo tenía veinte años-. Tuve que trabajar mientras hacía la carrera, trabajé haciendo periodismo, y me quedé dedicada a eso.

– ¿Qué clase de artículos escribías cuando eras reportera?

– Escribía en un periódico de la tarde, un periódico muy malo que se llama Ovaciones. Es un periódico que te avientan al coche, muy escandaloso. Allí escribía unos artículos que se llamaban “Del absurdo cotidiano” y escribía de todo: de política, de mujeres, de niños, de lo que veía y lo que sentía, de literatura, de cultura, de guerra, y todos los días. Eran los tiempos de la bonanza petrolera y vivía con lo que me pagaban allí. Ahora no podría vivir con lo que me pagaban allí.

– ¿Qué autores te gustaba leer cuando eras joven y después?

– Mis lecturas han sido muy desordenadas. De adolescente leí solamente poesía y malas novelas: muy malas. Leí a los clásicos porque era la obligación en la escuela, no por dedicación mía. No te hacían leer con pasión, enseñaban muy mal la literatura: aprendías más fácilmente cuándo y dónde había nacido una gente y dónde se había muerto, que el encanto que había en las páginas de un autor. Yo sé más de dónde nació Cervantes y cómo vivió, si escribió en la cárcel o fuera de la cárcel que del gozo de las páginas del Quijote. Entonces mi formación de adolescente fue muy dispersa. Cuando llegué a la universidad, no había leído a Juan Rulfo. Empecé a leer en desorden, a todos los mexicanos, y fui encontrando mis pasiones: Martín Luis Guzmán es una. Si tengo que escoger entre Sor Juana y Santa Teresa, prefiero a Sor Juana.

– ¿Qué tal Rosario Castellanos?

– Rosario Castellanos ya forma parte de la educación sentimental de la mujer mexicana. Pero yo creo que como escritora, actualmente, a la que admiramos mucho es a la Poniatowska. Tiene una prosa muy rica y muy loca, muy llena de cosas vivas, sumamente atractiva. Ahora, si me quieres preguntar por pasiones, yo soy más apasionada de Stendhal que de Proust. Eso me define, supongo, como lectora y como escritora.

– ¿ El año de ’68 fue importante para tí? Toda esa época de los sesentas, ¿qué significado tiene en tu vida?

– Yo creo que 1968 nos marcó a todos. Yo vivía en Puebla cuando el ’68 y era de tal manera rara la información que a esa mujer de 18 años radicada en Puebla no le llegó: no supe qué pasó en México, en Tlatelolco, sino hasta años después. Sólo cuando llegué a la universidad, a México en 1971, me entere de que había habido una matanza en 1968, antes no. Lo extraño es que lo que pasó entonces, aunque no lo hayas vivido, pertenece de manera tal a mi generación que también es mío; y como es parte de la conciencia colectiva, parte de lo que los demás sienten, quieren y maldicen, parte de la gente con la que tú vives, aprendes lo que fue y es como si lo hubieras vivido.

– ¿Qué estudiaste en la universidad?

Estudié periodismo. En realidad quería hacer una carrera en televisión, y estudie periodismo para entrar en esto. Pero ahí me decían: “Primero tienes que aprender a escribir”. Poco a poco me fui dando cuenta de que eso no se aprende, es una cosa que sabes o no. Yo debo decirte que pasé todas las materias de periodismo inventando. Redacción periodística -o sea nota informativa-, entrevista, reportaje, fueron materias que pasé muy bien, con diez, inventando. En mi vida fui a reportear, en mi vida hice una entrevista: todo lo inventé. Supuestamente entrevistaba a gobernadores y políticos importantísimos, contaba cómo eran sus oficinas, cómo hablaba el tipo, cómo caminaba, cómo se movía, que esfuerzo me había costado verlo. Y como mi maestro no conocía tampoco al político importante, pues yo quedaba como una reina. Pero todo era inventado.

– Era tu destino ser novelista desde el principio.

– No sé si sigue siendo, pero era.

– ¿Cómo ves la literatura contemporánea que se escribe en México? Hay muchos escritores, pero ¿son buenos o malos?

– Yo te tengo que decir que son buenos, creo que hay muy buenos escritores. También hay malos, pero yo no pertenezco a esa generalizada multitud de mexicanos que se dedican a vituperarse: que si la literatura mexicana está más atrasada que la gringa o que la francesa, que si la música mexicana es menos cuidada que la italiana o que la soviética. Yo creo que no, que hay en este país muchos talentos logrados y muchos desaprovechados también. Pero creo que para lo que hemos tenido, para lo que hemos podido leer, hay grandes escritores en este país. Me considero una persona excepcional y privilegiada, porque en un país en el que la gente tiene que luchar para ganarse la comida, he podido darme el lujo de tener el suficiente tiempo libre para recordar, imaginar, fantasear, enamorar y desenamorar a personajes. Eso es un verdadero lujo. Creo que la literatura en un país como este es un lujo y que por eso es una doble responsabilidad. No quiero decir con esto que la literatura debe ser social o panfletaria: no serviría para nada. Lo que si creo es que tienes todavía mas la responsabilidad de contar lo que mucha más gente no va a contar, de recuperar otras voces, las voces de gente que no va a poder hablar jamás.

– ¿Para qué público escribes? ¿Tienes un público preferido?

– No, no tengo un público preferido. Tampoco tengo la maravillosa pretensión de creer que puedo escribir para el público en general. Hay un montón de gente en este país que no puede entender Arráncame la vida, y es un libro fácil. Comparado con los de Hugo Hiriart, por ejemplo, es fácil. Pero es un libro que la nana de mis hijos no puede descifrar del todo.

– Tu libro es un bestseller, se han vendido 50 mil ejemplares, lo cual es fenomenal para México. ¿Tenias tú este propósito?

– No. Yo no tenía ningún propósito, salvo el de contar esta historia y divertirme haciéndolo: poner un pedazo de mi vida, de mi tiempo vital en contar esa historia. No es una cosa racional, uno lo hace por gusto.

– ¿Qué piensas de la crítica mexicana? ¿Te preocupa la crítica?

– Mira, yo estoy equivocada en el modo en que vivo no solamente la literatura sino en el modo en que me comporto. Yo hago las cosas para que me quieran, escribo para que me quieran, camino para gustar. No te digo que no vengo porque hay lluvia porque no quiero que me detestes. Es posible que me equivoqué en eso: hay gente mas libre. Yo soy mucho menos libre: quiero que me quieran. Con Arráncame la vida me ha ido muy bien de crítica, pero ésa no ha sido la razón de que fuera un éxito. No es un libro que hicieron los que por escrito dijeron que era bueno, porque en México, los que por escrito dicen que un libro es bueno no venden los libros. Hay montones de libros que tienen muy buena crítica y no venden más de tres mil ejemplares -la mayoría de los libros-. De todos modos, había críticos que hacían unas crónicas de mi novela que eran muy curiosas: tú notabas que les había gustado, pero no sabían por qué -porque no era suficientemente culta, ni necesitaban desentrañarla grandemente-. Entonces eso los afligía, pensaban: “Qué fácil es eso, será que es tonto”. Finalmente, como les estaba gustando, tenían que dar una explicación de por que les gustaba, y a veces esa era una explicación cultísima, pero no tenía nada que ver con la novela.

– ¿Qué piensas tú del escritor Luis Spota?

– Yo no creo que Spota sea un gran escritor, no creo que su prosa sea muy fina, es más creo que es muy burdo y muy simple, muy fácil en el mal sentido. Pero Spota tuvo el acierto grandísimo, y el valor, de escribir sobre lo que a la gente le importa. Salvador Elizondo puede haber escrito muy bien, pero la gente no quiere leer un libro para desentrañar en 300 cuartillas el poco sobrenatural acto de amor de un escritor. Quiere leer en cambio qué le pasó al político, cómo declaró, como manda, quién gobierna y quién rige sus destinos, y cómo hacen el amor estas gentes, y cómo viven y qué se dicen, y cómo se insultan. Eso quiere leer la gente. Y ese señor lo que supo hacer fue proporcionar lo que la gente quiere leer. Ninguno de los buenos escritores mexicanos lo hizo, ni Fuentes.

– ¿Qué temas te gustaría tratar en el futuro?

– Sería bueno contar cómo estamos viviendo en México, qué nos esta pasando y cómo hemos vivido de los sesentas para acá. Lo que pasa es que eso te conduce a un acto de valor y de introspección que yo no sé si estoy dispuesta a hacer. Por eso me dedico a comer chocolate. Sería necesario preguntarme: Bueno, realmente, ¿qué ha sido para nosotros -la pareja, los hijos- la política, el país? ¿Que ha sido para nosotros y que es para mí? Y sin hacer una novela autobiográfica, inventar a un personaje que viva las cosas centrales que vive este país. Yo tengo algunas preguntas claves. Una amiga entrañable, una excelente bailarina -bailaba como una diosa- experta en amores frustrados, cometió a los 33 años la estupidez de suicidarse. ¿Por qué? No puedo desentrañar eso. Y me digo: tengo que contar eso, no dar razones. Tuve una compañera de colegio que a los veinte años se fue a la guerrilla, y la mataron en Guatemala. Sus padres pusieron en el periódico una esquela diciendo: “Fulana de tal murió ayer a manos del ejército”. Nunca fue mi amiga, pero cuando yo vi eso en el periódico, me pareció que este país era una cosa de locos. Y me dije: Tengo que contar a esa mujer. Me encuentro en el periódico la nota de una mujer en el estado de Morelos que llegando a su casa encontró a su marido con otra mujer. Entonces se salió a la calle, se desvistió y se fue caminando por la calles del pueblo desvestida. Cuando llegó al mercado, la recuperaron los policías y la llevaron a la cárcel, cuando ya tenía una manifestación detrás. Bueno, ¿qué tenía esa mujer en la cabeza para hacer eso? ¿De qué manera sentía que ella era una cosa de su marido y que la venganza mejor que podía tener contra él era decir: “Esto que es suyo, no es más suyo porque lo voy a entregar a todo el mundo?”.