Cualquier balance, descripción o mero cómputo estadístico de lo que ha sido el cine mexicano durante el sexenio lopezportillista, da cuenta de los beneficios que produce a la iniciativa privada la carencia de proyectos culturales gubernamentales precisos, pero también cómo el más sólido aparato fílmico empresarial, el del consorcio Televisa y su ramal Televicine, es incapaz de mantener su ritmo tras una llegada triunfal al medio que se desvaneció abrumada por los vicios intrínsecos de la burocracia cinematográfica; da cuenta de la creciente ruina moral y económica de una industria cultural sometida a los caprichos y malabares políticos de un grupo piramidal y reducido de funcionarios que entienden por quehacer cinematográfico la intriga palaciega en las oficinas de la Dirección General de Radio Televisión y Cinematografía, los estudios Churubusco o los América.
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