Romper el cerdito cuenta la historia de un niño que debe aprender a ahorrar cotidianamente para ganar las cosas que anhela. Pero lo que le depara el futuro es distinto a lo esperado por los adultos. Sexto Piso reeditará el cuento de Etgar Keret —incluido en Extrañando a Kissinger— ilustrado por David Polonsky. Presentamos el relato y dos ilustraciones del artista.

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Para Shira,
porque éste es su cuento favorito.
Etgar Keret

Para Naomi,
de Papá David

 

Mi padre no accedió a comprarme un muñeco de Bart Simpson. Y eso que mi madre sí quería, pero mi padre no cedió y dijo que soy un caprichoso.

—¿Por qué se lo vamos a tener que comprar, eh? —le dijo a mi madre—. No tiene más que abrir la boca y tú ya te pones firme a sus órdenes.

Mi padre añadió que no tengo ningún respeto por el dinero, que si no aprendo a tenérselo ahora que soy pequeño, ¿cuándo voy a hacerlo? Los niños a los que les compran sin más muñecos de Bart Simpson se convierten de mayores en unos maleantes que roban en las tiendas porque se han acostumbrado a conseguir todo lo que se les antoja de la forma más fácil. Así es que en vez de un muñeco de Bart Simpson me compró un cerdito feísimo de cerámica con una ranura en el lomo, y ahora sí que me voy a criar siendo una persona de bien, ahora ya no me voy a convertir en un maleante.

Lo que tengo que hacer a partir de hoy, todas las mañanas, es tomarme una taza de cacao, aunque lo odio. El cacao con nata es un shekel; sin nata, medio shekel, pero si después de tomármelo voy directamente a vomitar, entonces no me dan nada. Las monedas se las voy echando al cerdito por el lomo, de manera que si lo sacudo hace ruido. Cuando en el cerdito haya tantas monedas que al sacudirlo no se oiga nada, entonces me regalarán un muñeco de Bart Simpson en patineta. Porque como dice mi padre, eso sí que es educar.

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Ilustraciones: David Polonsky

El caso es que el cerdito es muy lindo, tiene el hocico frío cuando uno se lo toca y, además, sonríe al meterle el shekel por el lomo, lo mismo que cuando sólo se le echa medio shekel, aunque lo mejor es que también sonríe cuando no se le echa nada. Además le he buscado un nombre, le he puesto Pesajson, como el hombre que tuvo nuestro buzón antes que nosotros, un buzón del que mi padre no consiguió arrancar la etiqueta. Pesajson no es como mis otros juguetes, es mucho más tranquilo, sin luces ni resortes, y sin pilas que le derramen su líquido por la cara. Lo único que hay que hacer es tenerlo vigilado para que no salte de la mesa.

—¡Pesajson, cuidado, que eres de cerámica! —le digo cuando me doy cuenta de que se ha agachado un poco y mira al suelo, y entonces él me sonríe y espera pacientemente a que yo lo baje.

Me encanta cuando sonríe; es sólo por él que me tomo el cacao con la nata todas las mañanas, para poderle echar el shekel por el lomo y ver que su sonrisa no cambia ni una pizca.

—Te quiero, Pesajson —le digo después—, y para ser sincero te diré que te quiero más que a papá y a mamá. Además, siempre te querré, pase lo que pase, aunque robes tiendas. ¡Pero si llegas a saltar de la mesa, pobre de ti!

Ayer vino mi padre, agarró a Pesajson y empezó a sacudirlo salvajemente boca abajo.

—Cuidado, papá —le dije—, a Pesajson le va a doler la panza. —Pero mi padre siguió como si nada.

—No hace ruido, ¿sabes lo que quiere decir eso, Yoavi? Que mañana vas a tener un Bart Simpson en patineta.

—¡Qué bien, papá! —le dije—. Un Bart Simpson en patineta, genial. Pero deja de sacudirlo, porque haces que se sienta mal.

Papá dejó a Pesajson en su sitio y fue a llamar a mi madre. Volvió al cabo de un minuto arrastrándola con una mano y agarrando un martillo con la otra.

—¿Ves cómo yo tenía razón? —le dijo a mi madre—, ahora sabrá valorar las cosas, ¿a que sí, Yoavi?

—Pues claro —le respondí—, claro que sí, pero ¿por qué un martillo?

—Es para ti —dijo mi padre mientras me lo entregaba—, pero ten cuidado.

—Pues claro que lo voy a tener —le respondí, porque la verdad es que así era, pero a los pocos minutos mi padre se impacientó y me espetó:

—¡Venga, rompe el cerdito de una vez!

—¿Qué? —exclamé yo—. ¿Romper a Pesajson?

—Sí, sí, a Pesajson —insistió mi padre—. Anda, venga, rómpelo. Te mereces ese Bart Simpson, te lo has ganado a pulso.

Pesajson me brindó la melancólica sonrisa de un cerdito de cerámica que sabe que ha llegado su fin. Al diablo con el Bart Simpson, ¿cómo iba a darle un martillazo en la cabeza a un amigo?

—No quiero un Simpson —dije, y le devolví el martillo a mi padre—, me basta con Pesajson.

—No lo has entendido —me aclaró entonces mi padre—, no pasa nada, así es como se aprende, ven, lo voy a romper yo. —Alzó el martillo mientras yo miraba los ojos desesperados de mi madre y luego la sonrisa fatigada de Pesajson, y entonces supe que todo dependía de mí, que si no hacía algo, Pesajson iba a morir.

—Papá —le dije sujetándolo de la pernera.

—¿Qué pasa, Yoavi? —me respondió con el martillo todavía en alto.

—Quiero un shekel más, por favor —le supliqué—, deja que le eche otro shekel, mañana, después del cacao, y entonces lo rompemos, mañana, lo prometo.

—¿Otro shekel? —sonrió mi padre, dejando el martillo sobre la mesa—. ¿Ves, mujer?, he conseguido que el niño tome conciencia.

—Eso, sí, conciencia —le dije—, mañana. — Y eso que las lágrimas ya me ahogaban la garganta.

Cuando ellos ya habían salido de la habitación abracé con mucha fuerza a Pesajson y di rienda suelta a mi llanto.

Pesajson no decía nada, sino que muy calladito temblaba entre mis brazos.

—No te preocupes —le susurré al oído—, te voy a salvar.

Por la noche me quedé esperando a que mi padre terminara de ver la tele en la sala y se fuera a dormir. Entonces me levanté sin hacer ruido y me escabullí con Pesajson por la galería.

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Caminamos juntos muchísimo rato en medio de la oscuridad, hasta que llegamos a un campo lleno de ortigas.

—A los cerdos les encantan los campos —le dije a Pesajson mientras lo dejaba en el suelo—, especialmente los campos de ortigas. Vas a estar muy bien aquí.

Me quedé esperando una respuesta, pero Pesajson no dijo nada, y cuando le rocé el hocico como gesto de despedida, se limitó a clavar en mí su melancólica mirada. Sabía que nunca más volvería a verme.

 

Epílogo de Etgar Keret

Cuando tenía cinco años, un amigo de la familia que vivía en el extranjero vino de visita y trajo regalos para mi hermano, mi hermana y para mí. No recuerdo qué les obsequió a ellos, sólo sé que de los tres regalos envueltos, el mío era el más grande. Cuando le quité la envoltura y abrí la caja de cartón, encontré un sonriente cerdo rosa, hecho de porcelana.

Di las gracias de manera educada, pero he de reconocer que me encontraba algo decepcionado. ¿A qué se podía jugar con un cerdo de porcelana? Cuando el amigo de la familia vio mi expresión desilusionada, me explicó que era una alcancía. «Cada vez que quieras ahorrar —dijo extrayendo una moneda de su bolsillo—, deposita una moneda en la ranura de su espalda, y al final, todas esas monedas se habrán acumulado para juntar una cantidad importante de dinero». Me alegró saber que el cerdo sonriente tenía alguna utilidad práctica, pero mi felicidad se esfumó cuando me dijeron que la única forma para sacarle el dinero era rompiendo el pobre cerdo.

Recuerdo el momento en el que me percaté de que, al final, el inocente cerdo sería despedazado. Recuerdo cómo las lágrimas ascendieron por mi garganta, como había sucedido tantas veces antes, sin alcanzar a llegar a mis ojos. Recuerdo lo doloroso de darme cuenta de que el mundo no era tan justo como había prometido mi maestra de preescolar. Y recuerdo algo más: mirar directamente a los grandes ojos del cerdo y sentirme muy cercano a él. Era una cercanía que, en ese momento, no tenía manera de explicarme. Pero creo que ahora sí puedo: como el hijo de una madre que perdió a toda su familia en el Holocausto, y de un padre que sobrevivió a la guerra gracias a esconderse en un pequeño agujero subterráneo durante más de seiscientos días, supe desde muy temprana edad que mis padres ya habían sufrido lo suficiente en sus vidas, y que mi misión como niño era asegurarme de no traerles más desgracias, pues habían cumplido ya con creces su cuota. Por eso cada vez que la vida depositaba una moneda de dolor o de tristeza en mi corazón, sabía intuitivamente que debía ocultárselo a mis padres. Y así como con las monedas depositadas en la alcancía del cerdito, la tristeza continuará acumulándose por siempre en mi interior, y no podré compartirla hasta el día en que yo también me rompa en pedazos.

La alcancía del cerdito vivió una larga vida en mi cuarto. A lo largo de los años, cualquier persona que la alzara y la sacudiera podía escuchar sólo una moneda en su interior: era la moneda que le fue depositada el día que nos conocimos. Conforme seguí creciendo, continué tragándome mis lágrimas. Incluso ahora, más de cuarenta y cinco años después, aún no he aprendido a llorar, pero si alguien se tomara la molestia de alzarme y sacudirme, les prometo que no escucharían ni siquiera el repiqueteo de una sola moneda de tristeza. Porque desde muy temprano en la vida descubrí un truco que me ayuda a despojarme de todas las decepciones y miedos que se acumulan en mi interior sin necesidad de romperme en pedazos. El truco se llama escritura.

 

Etgar Keret
Escritor. Ha publicado: Pizzería Kamikaze, Un hombre sin cabeza y De repente un toquido en la puerta, entre otros libros.

Traducción de Ana María Bejarano.

Traducción del epílogo de Eduardo Rabasa.

David Polonsky
Ilustrador. Ganó el premio del Museo de Israel al mejor libro ilustrado entre 2004 y 2008.

 

2 comentarios en “Romper el cerdito

  1. Muy tiernos relatos me gustaron mucho. Me identifiqué con el personaje y con el autor, pués en 1987 yo escribí también un cuento sobre un puerquito-alcancía al que titulé “El sacrificio del puerquito por la pulga”. Cuando leí estos cuentos, se avivó en mí el recuerdo de mi alcancía, el sacrificio al que la sometí al hacerle agujeros en su panza para no romperla y elbdejarla a un lado, a las dos de la madrugada para escribir la historia de su sacrificio. La escritura nos acerca a los desconocidos más acá de lo impensable y nos concilia con el mundo.

    • El contexto del ahorro , utilizando un cerdido como alcancia para resguardar monedas de dinero, que al ya no caber más ,hay que ro,per para estruendosamente caigan lasmonedas para contar y gastarlas para el consumo de lo anhelado.Una metafora de corresponsabildad que despierta la vida basada en el tener a traves del consumismo y otra muy intima del lenguaje de los sentimientos en la etapa de la niñéz que es frágil al llenarse de cosas que se pretenden por la sobrecarga de publicitaciones que atosigan en buscar algo para dar la sensación de plenitud o status .Ser humano , hacer lo correcto, tener lo correspondiente , dista de tener en busqueda del ser alejado de la realidad .