Este año ha sorprendido con votaciones democráticas cuyos resultados nos dejaron perplejos, por ejemplo el Brexit y la nominación de Donald Trump a la candidatura republicana por la presidencia de Estados Unidos, así como la posibilidad real de que gane el 8 de noviembre.

En las campañas a favor de estas decisiones populares en países de probada tradición democrática se ve un elemento común: la posibilidad de basarse en datos falsos sin que a los simpatizantes de la causa o el candidato les importe que se pueda probar su falsedad. Se cree lo que sea necesario cuando corresponda a las emociones que se desean satisfacer: indignación, xenofobia, rechazo.

La publicación británica The Economist llamó a este fenómeno la política post verdad y considera a Trump su principal exponente. El artículo del mismo nombre empieza por reconocer lo que es obvio: que siempre se ha mentido en campañas políticas y que las élites han ocultado la verdad a sus sociedades en innumerables ocasiones. Pero señala algo que sí es novedoso: “que la verdad no es falsificada o confrontada, sino de importancia secundaria”.  Eso mismo, la verdad como un criterio que pierde importancia: una nueva etapa del oscurantismo.

Las revoluciones tecnológicas alteran las formas en que los humanos perciben la realidad. La aparición de internet con la ubicuidad de información, que proviene de fuentes absolutamente descentralizadas que pueden o no ser confiables parece haber modificado la función que le otorga a la verdad.

Todos han leído, con una mezcla de decepción y de perplejidad, a un familiar cercano o a un colega de estudios compartir convencidos en redes sociales información que no resiste el más mínimo filtro de veracidad. Se han ofendido un poco cuando Umberto Eco dijo que “las redes sociales le dieron derecho de hablar a legiones de idiotas”, pero luego se han sorprendido dándole secretamente la razón.

La autoridad de la fuente, la cientificidad del método, las fuentes oficiales o hasta el sentido común suelen ser elementos ausentes en una gran cantidad de contenidos que se vuelven virales. En su remplazo, las ideas repetidas o graciosas (memes), los temas que marcan las tendencias (trending topics, hashtags) y los algoritmos que acercan información específica de acuerdo al perfil declarado por la persona –o  identificado para ella– son los criterios que tienen más éxito para formar opiniones.

El internet permite que tengamos acceso a prácticamente toda la información, a todo el conocimiento, a todos los análisis. Posibilita, de hecho, que todos los que a él acceden puedan aportar opiniones o dosis de información y conocimiento, o su falta de éstos. El potencial de Internet es ilimitado, pero no deja de tener riesgos que debemos tener presentes.

Al tiempo de haber entrado a una etapa de mayor diversidad, con riqueza de opiniones y acceso ilimitado a la información, que en teoría permitiría confrontar ideas y visiones, se ha llegado colectivamente en la práctica a un lugar que parece más hostil a lo diferente.

Antes, la falta de opciones informativas era causada por el control que unos cuantos tenían de los medios masivos de comunicación. Ahora, incluso las personas que tuvieron la posibilidad de escolarizarse se someten a una irracionalidad autoimpuesta ante la agobiante multiplicidad de opciones y se conforman con lo que resulte familiar o se adapte mejor a sus esquemas cognoscitivos o emocionales preexistentes.

Este fenómeno, como cabía esperar, está transformando también la manera en la que se están tomando las decisiones públicas más trascendentales y en este año se ha hecho evidente. Para bien o para mal, para bien y para mal. 

En medio de tanta información, de tantas y tan diversas –pero muy segmentadas– opiniones, la importancia de la verdad parece haber quedado en segundo término. Sin mediadores, sin verificación y doble verificación, mucho de lo que circula pierde veracidad y sólo importa su viralidad. Si la gente lo comparte, debe de ser cierto.

En los albores del tercer milenio, diversos autores empezaron a identificar un “mundo post-factual”,1 en el que ya no importa si la información es cierta o no, si la noticia es o no real, sino cuánta gente la cree. En las redes sociales, al fin y al cabo, no existen controles de veracidad y la autoridad se obtiene si parece mayoritario. Además, difícilmente se cae en cuenta de los errores, pues los algoritmos “alejan” opiniones contrarias y “acercan” contenidos adecuados al perfil del receptor.

Este es el mundo en que la campaña de Donald Trump se vuelve exitosa, el mundo post-factual en el que no importa que haya video o audio donde se le muestre denigrando a las mujeres; no importa el número de videos en que aparezca contradiciéndose, él lo negará y mucha gente le creerá. Incluso viendo esos videos, le seguirán creyendo.

A lo largo de su campaña y durante los dos debates presidenciales, Donald Trump ha mentido sistemáticamente. Ha sido objeto de la tradicional verificación de datos (fact checking) que agencias especializadas de Estados Unidos realizan durante el período electoral. El blog de verificación de The Washington Post, por ejemplo, le otorgó la calificación máxima en la escala de deshonestidad –cuatro Pinochos– ya que alrededor del 65% de las declaraciones de Trump han sido comprobadas como totalmente falsas.

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Pero no ha importado: el número de sus seguidores presenta diferencias marginales cuando se le sorprende diciendo una mentira flagrante. El efecto ha sido de escaso a nulo en el apoyo que recibe de sus seguidores y, por tanto, en su comportamiento como candidato. Tampoco le ha afectado gran cosa ocultar datos relevantes (como su declaración de impuestos) o insultar a segmentos importantes de la población.

El 35% restante de sus declaraciones no es necesariamente verdadero, ya que han obtenido tres Pinochos en lugar de cuatro en otras declaraciones en las que se encontró un núcleo de veracidad envuelto en gruesas capas de distorsión y engaño usadas exitosamente en su campaña.

Se considera que una democracia está en un estado “post-factual” cuando la verdad y la evidencia se sustituyen por narrativas y agendas políticas oportunistas, en las que promesas políticas impracticables maximizan el apoyo de los votantes.

Al igual que en el caso del Brexit, la narrativa nacionalista y de protección de las fronteras o de una “rebelión” contra el sistema, le granjeó muchos seguidores. Estas narrativas implican un uso selectivo de los hechos y distorsionan la verdad, uno de los síntomas de las democracias post-factuales.

La tecnología ahora permite a los políticos comunicarse directamente con sus seguidores, sin necesidad de transmitir sus mensajes a través del filtro de verificación de datos de los medios de comunicación institucionalizados. Tal y como lo hace Trump en su cuenta de Twitter, por ejemplo. El auge de las redes sociales y de múltiples cadenas informativas destinadas a espectros políticos, religiosos o ideológicos específicos, causa que los votantes consigan la totalidad de su información de fuentes adaptadas para reforzar sus propios puntos de vista.

Políticos aprovechándose de la ira y el miedo de grupos demográficos mayoritarios que ven peligrar sus modos de vida y valores que consideran deben seguir siendo homogéneos, están ganando elecciones en este mundo post-factual. Para los propósitos de una campaña política inescrupulosa, no importa si las narrativas que enarbolan son ciertas. Lo que vendrá cuando no resuelvan los problemas que prometieron acabar, será más indignación y un mundo más dividido. Ante ese riesgo estamos.

Aunque, claro, como dijo Winston Churchill: “La democracia es la peor forma de gobierno, excepto por todas las otras formas que han sido probadas de vez en cuando”.


1 Keyes, Ralph (2004). The Post-Truth Era: Dishonesty and Deception in Contemporary Life. New York: St. Martin’s.
Crouch, Colin (2004). Post-democracy. Cambridge, UK: Polity.

 

2 comentarios en “Donald Trump y los peligros del mundo post-factual

  1. Sabia reflexión. Es un grave peligro para las naciones tener sectores de la población ingenuos y predispuestos a ser manipulados. Esperemos por el bien de México, y del resto del mundo, no tengamos un resultado como el Brexit con este fascista de Trump. Saludos Daniel.

  2. Fenómenos hay muchos… el No a la Paz en Colombia, es también digno de estudio.Me llama la atención las frases de descalificación de los comentarista de radio y Tv a estas tendencias de opinión, siempre tildándolas de “locas y fuera de control”.Y por último, Kapuschinky lo dijo primero y lo dijo mejor: “cuando se descubrió que la información es poder, la verdad dejó de importar”.