El populismo que tanto preocupa a los liberales latinoamericanos también tiene una larga historia en Estados Unidos y en Europa. A finales del siglo XIX impulsó el movimiento de William Jennings Bryan, que fue tres veces candidato del Partido Demócrata a la Casa Blanca; en esa época también dio vida a partidos como el Socialcristiano de Karl Lüeger en Austria; en la década de 1950 cobró forma en Francia en el poujadisme, que ha reencarnado en el Frente Nacional (FN) que actualmente dirige Marine Le Pen, para no mencionar su influencia en Polonia o Hungría en los veinte. La cercanía de Donald Trump a esta corriente antiliberal fue reconocida recientemente por el fundador del FN y padre de su dirigente, Jean-Marie, quien declaró que de ser estadunidense votaría por él.

Sin embargo, como bien lo señaló el presidente Obama en la reunión trilateral que tuvo lugar en Ottawa a finales de junio pasado, populismo no quiere decir lo mismo en todas partes y, sobre todo, antes de definirlo como demagogia y de equipararlo a dictaduras totalitarias —como lo sugirió el presidente Peña Nieto— hay que entender sus causas. Su afirmación de que Hitler y Mussolini fueron líderes populistas es una interpretación equivocada y benigna de dos dictadores inescrupulosos, responsables de numerosos crímenes de lesa humanidad. Eso no es populismo.

Cuando nos preguntamos de dónde viene Donald Trump hay que mirar a esa tradición y a las condiciones que la han propiciado en forma recurrente y que pueden resumirse en una sola palabra: incertidumbre. En el contexto actual los problemas de las economías avanzadas y la presión del tsunami migratorio que ha lanzado a sus fronteras a millones de personas en busca de protección o de oportunidades, han generado una atmósfera cargada de interrogantes respecto al futuro y han reanimado las actitudes xenofóbicas y racistas que son propias de los populismos del norte. Donald Trump es producto de este resurgimiento cuyos resortes han sido el creciente descontento que provoca la globalización y el antagonismo racial que en Estados Unidos en particular opone a los defensores de la supremacía blanca a una diversidad social creciente.

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Ilustración: Víctor Solís

 La elección de Barack Obama a la presidencia de Estados Unidos en noviembre de 2008 fue saludada por muchos como la ruptura con una historia de discriminación, como un acontecimiento que marcaba el inicio de una nueva época. La llegada de un  afroamericano a la Casa Blanca se vio como un acto de justicia, una deuda de siglos saldada. De aquí se desprendieron muchas fantasías: que la política exterior belicista de Estados Unidos había llegado a su fin, o que el país más rico del mundo tendría cierta empatía con las dificultades de los países pobres. Se creyó que Barack Obama podría recuperar y llevar a cabo la agenda más o menos progresista que había propuesto Bill Clinton en 1992. Tal y como se ha desarrollado la política en Estados Unidos en las dos administraciones de Obama, me atrevo a profetizar que pasarán muchos años antes de que la Casa Blanca tenga de nuevo un inquilino afroamericano.

A ocho años de distancia sabemos que las expectativas que despertó el cambio fueron desmesuradas, como siempre. La actual campaña presidencial revela que con el presidente Obama se agravó la fractura política de sustancia racial que sufre su sociedad, que separa a los blancos de sus compatriotas de color, y cuya expresión política ha cristalizado en la oposición entre el Partido Demócrata y el Partido Republicano. Desde esta perspectiva la elección y la reelección de Obama fueron sólo un episodio de la disputa por el poder político y la hegemonía cultural de la sociedad, que desde hace más de cuatro décadas libran los lejanos herederos del New Deal de Franklin Roosevelt, y los hijos de la revolución conservadora que impulsó Richard Nixon en los sesenta y que Ronald Reagan radicalizó cuando llegó al poder.

 El ascenso meteórico de Donald Trump a la candidatura del Partido Republicano da prueba de la vitalidad del prejuicio racial en una sociedad fundamentalmente diversa que después de una sangrienta guerra civil y de desgarradores enfrentamientos asociados a la lucha por la igualdad, debía haber resuelto el conflicto y ser ya indiferente al color de la piel. Sin embargo, la insolente irrupción del multimillonario en la campaña electoral ha movilizado a un segmento amplio del electorado que comparte un discurso racista, xenófobo, misógino y abiertamente antidemocrático que creíamos inadmisible en el siglo XXI. El vehículo del ascenso político de Donald Trump ha sido la defensa identitaria de la supremacía blanca que ha sido condenada por la historia, por el pensamiento democrático y por la ética.

Los cambios que se esperaban de la presidencia de Obama no llegaron. Es cierto que introdujo una importante reforma al sistema de salud, pero la nueva legislación migratoria se quedó en el aire. Ciertamente, Obama concluyó la reconciliación con el régimen cubano; pero también ha demostrado que no hay razón para suponer que extenderá a sus aliados latinoamericanos una disposición solidaria. La prisión de Guantánamo sigue en operación y los drones bombardean Somalia sin posible remordimiento ni consideración por los civiles inocentes, así como otros objetivos en África y Asia Central, donde se cree que se ocultan células del Estado Islámico (ISIS).

Internamente, la agenda progresista de los demócratas no pudo vencer la resistencia de los republicanos que han luchado sin descanso por bloquear la naturalización de millones de migrantes, mantener un presupuesto público en equilibrio, impedir el aumento de impuestos, proteger la hegemonía conservadora en la Suprema Corte y, por sobre todas las cosas, evitar el regreso de políticas liberales. La candidatura y el discurso de Donald Trump son una reacción a la presencia de Obama en la Casa Blanca; sin embargo, también se eslabonan con la historia del desarrollo político de Estados Unidos que registra recurrentes erupciones populistas.

Donald Trump, el populista americano del siglo XXI

Hasta ahora el imparable ascenso de Trump ha sido el mayor acontecimiento de la campaña presidencial que inició con las elecciones internas en los dos grandes partidos estadunidenses. Incluso se impuso a las discusiones a propósito de la ardua batalla de Bernie Sanders, el contendiente de Hillary Clinton en la competencia por la candidatura del Partido Demócrata. Los gestos, las palabras, las posturas del multimillonario han sido tan insultantes y han representado un desafío de tal magnitud para las reglas no escritas de la civilidad política que han eclipsado el efecto más o menos innovador y disruptivo que en otras circunstancias habría tenido una mujer candidata a gobernar el país más poderoso de la Tierra. El público estadunidense, y el del resto del mundo, están mucho más atentos a la última majadería de Trump que a los argumentos de Hillary Clinton.

Sin embargo, el atractivo del personaje, que es también una celebridad televisiva, no se explica sólo por su arrogancia o por la búsqueda del escándalo que es la premisa de su campaña, sino que, como se dijo antes, se inscribe en una tradición política estadunidense que ha sido denominada populismo conservador. En la segunda mitad del siglo XX esta corriente impulsó el éxito del senador Joseph McCarthy, instigador de la feroz campaña anticomunista de los años cincuenta; de George Wallace, gobernador de Alabama, que defendía el régimen de segregación racial prevaleciente en el sur de Estados Unidos; y de Barry Goldwater, defensor de la soberanía de los estados contra el poder de Washington. Esta corriente llevó al poder a dos conspicuos representantes: Richard Nixon, descubridor de la “mayoría silenciosa”, y Ronald Reagan, el padre de la revolución conservadora.

Esta tradición ha demostrado ser bastante plástica y normalmente se acomoda a los cambios en el entorno. En los años treinta y cuarenta se adhirió a la reacción conservadora que suscitó, por una parte, el progresismo rooseveltiano del New Deal, y por la otra, el rechazo a sus alianzas en el exterior. Las comunidades de clase baja de diferentes orígenes nacionales: irlandeses, italianos y alemanes, aceptaron y se apropiaron de las políticas rooseveltianas de inversión pública, de apoyo al empleo y al consumo y las integraron a su universo político; pero durante la Segunda Guerra se sintieron traicionados por las alianzas del Washington del Partido Demócrata con los enemigos históricos de sus países de origen: Inglaterra y la Unión Soviética. En la posguerra los decepcionó la política de los demócratas hacia los regímenes comunistas que se habían apoderado de Europa Central porque les parecía excesivamente tolerante.1

Este descontento se sumó al de los blancos pobres del sur que inicialmente se habían beneficiado de las políticas intervencionistas del New Deal, pero que se sintieron amenazados por la legislación de los derechos civiles, algunos de cuyos primeros avances puso en pie el presidente Harry Truman y, desde luego, Lyndon Johnson en 1964, que firmó esta legislación a sabiendas de que tendría consecuencias devastadoras para su propio partido. No obstante, él creía, y así lo dijo, que era insostenible una situación en la que a millones de personas se les negaban sus derechos civiles por el color de la piel. Después de firmar la ley, Johnson habría dicho: “Hemos entregado el sur a los republicanos por una generación”; pero ya son por lo menos dos las generaciones que han sostenido la hegemonía republicana en el sur de Estados Unidos.

El derrumbe del Partido Demócrata se produjo porque los blancos de las regiones más pobres y atrasadas del país consideraron que  les arrebataba el único privilegio que tenían: ser blancos. Así, este electorado quedó disponible, de manera similar a como en los años treinta las masas latinoamericanas quedaron disponibles y fueron movilizadas y seducidas por los líderes populistas. El principal beneficiario del colapso demócrata fue el Partido Republicano que adoptó una vieja tesis conservadora según la cual existía una mayoría natural, los “americanos virtuosos”, la “mayoría silenciosa”. El joven político californiano, Richard Nixon, fue el arquitecto de la estrategia de penetración de los republicanos en el electorado sureño.

Antielitismo, antiintelectualismo y xenofobia

El ascenso de Trump ha cabalgado a lomo de la exacerbación del racismo, al igual que la victoria del movimiento antieuropeo en Gran Bretaña fue resultado de actitudes xenofóbicas que se han cebado en los inmigrantes de Europa del Este, en particular en los polacos. Su discurso apela también al antielitismo, pero sobre todo al antiintelectualismo profundamente arraigado en la cultura popular estadunidense. Visto desde esta perspectiva no sorprende que este multimillonario movilice amplio apoyo entre los más desfavorecidos.

En la campaña presidencial de 1992 otro millonario, Ross Perot, intentó hacer lo que ahora hace Trump, pero como candidato de un tercer partido. Desafió el bipartidismo establecido y fracasó, tal vez porque el contexto no le era favorable, o porque no supo tocar las cuerdas más íntimas del resentimiento popular contra los sabihondos, contra los expertos que saben recortar el gasto, pero no saben cómo lidiar con la creciente desigualdad económica. Ante la ausencia de respuestas a este problema los seguidores de Trump concentran su rabia en la desigualdad racial y derivan una falsa superioridad de las supuestas debilidades y vulnerabilidad de los que son diferentes.

Las características del populismo estadunidense explican que no haya contradicción entre los dineros de Trump y su asimilación a los resentimientos plebeyos de blancos pobres, desempleados, que tienen un bajo nivel de escolaridad, que se sienten menospreciados en una sociedad que ha llevado a la presidencia a un hombre de color que, además, ostenta credenciales académicas de excelencia. Les resulta inconcebible que un individuo al que consideran naturalmente inferior pretenda formar parte de esas elites “sobreeducadas, encerradas en su torre de marfil”, como las describía George Wallace, tan ajenas a la mayoría de los americanos, a sus valores y a sus aspiraciones. El rechazo a las elites políticas e intelectuales es uno de los temas centrales del populismo en Estados Unidos, donde estos movimientos siempre han cuestionado el patriotismo y la fidelidad de estos exquisitos a los sentimientos de los verdaderos americanos. En cambio, en otros países como México, muchos son los intelectuales de prestigio que se suman a movimientos o líderes populistas y denuncian a los ricos.

El tema de la integración racial fue una cuña más duradera en el interior del Partido Demócrata que cualquier otro. Wallace se negaba a aplicar la política integracionista que exigía la legislación federal: “No creo en la mezcla social y educativa de las razas”,2 pero defendía las políticas estatales de salud y de apoyo a la vivienda popular, así como el sindicalismo. Se justificaba con el argumento de que los sofisticados de Nueva York y Washington, los lectores del New York Times, miraban al americano común y corriente por encima del hombro porque hacía sus compras en las tiendas donde todo se vendía a cinco y diez centavos. El populismo de Wallace se profundizó con el patriotismo que inspiró entre muchos estadunidenses la guerra de Vietnam, que tuvo un profundo efecto divisivo en una sociedad enfrentada también por diferencias respecto al papel de su país en el mundo. Diez años antes el senador Joe McCarthy había mostrado la fuerza del nacionalismo anticomunista con ácidas denuncias contra los brillantes jóvenes privilegiados, “nacidos en cuna de oro”, que, en referencia a Alger Hiss y a Dean Acheson, según él, desde el Departamento de Estado habían entregado el país a los comunistas.

En los años sesenta el Partido Republicano dejó de atacar las políticas del New Deal y se concentró en la política exterior. Richard Nixon supo explotar el patriotismo para defender “a los americanos silenciosos”, a los que en lugar de sublevarse contra el presidente “trabajan, cumplen con su deber”, eran los patriotas que en Vietnam defendían a su país a diferencia de “los que gritan, los que protestan, los que marchan y manifiestan en contra”. Nixon se erigió en el tribuno de la mayoría silenciosa y el Partido Republicano los capturó y hoy están a merced de la ultra, del ala extrema del Partido Republicano que representa el “TEA (taxed enough already —o los que ya pagan suficientes impuestos) party”.

Trump es distinto de los populistas anteriores también porque no ha levantado el tema de la revolución de costumbres que sacudió las reglas establecidas de moralidad y comportamiento social. Esa revolución tan vinculada a la amarga experiencia de Vietnam. A resultas de esta guerra el término “liberal” adquirió para una alta proporción de americanos un significado de radicalismo casi revolucionario que ha servido para denostar al Partido Demócrata y para definir el perfil ultraconservador que ha adquirido el Partido Republicano. Es posible que los temas de moral social hayan perdido la amplia capacidad de movilización que tenían antes, porque han sido asimilados a la cultura general, al igual que las políticas rooseveltianas. Lo cierto es que Trump, como buen político populista, está atento a las preocupaciones más inmediatas de los votantes, sobre todo, la inseguridad, la económica y la física. Esta sensación incontrolable que agravan los ataques terroristas y acciones como la de Orlando, en las que criminales que se dicen defensores de causas políticas que puede ser el Estado Islámico o cualquier otra, matan a personas inocentes.

Donald Trump puede ser visto como una anomalía, porque es un millonario metido a candidato presidencial. Lo es sobre todo porque dice en voz alta lo que muchos otros murmuran. Su elección no es segura, pero tampoco es imposible. Si ocurre, los mexicanos tendremos que responder de alguna manera a las políticas antimexicanas que ha anunciado; pero no estaremos solos, porque su xenofobia y el patrioterismo que ha enarbolado alcanzan a muchos otros, incluso entre los suyos. Sin embargo, Trump el populista puede tener entre nosotros un efecto importante en términos de alternativas de gobierno, como ha ocurrido antes en la historia cuando México y Estados Unidos han vivido episodios paralelos y experiencias políticas afines. Si así fuera, si Trump llegara a ser presidente, y si el populismo mexicano también volviera, hasta le dábamos sopa de su propio chocolate.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora de El Colegio de México. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.

 

3 comentarios en “El ascenso meteórico de Donald Trump

  1. Que clase de artículo, para justificar su oposición al tropudo. Que es egocéntrico pero no racista, lo digo porque tube Muchas oportunidades de estar en sus hoteles y clubes de golf donde trabajan desde chinos, japoneses, blancos, latinos y hasta “”mestizos “” como Obama que no es afroamericano como pretenden, aunque sea de color NEGRO. Un parlanchín populista y manipulador, además de pro promiscuidad, pro aborto, pro homosexuales, anticristiano, anti judio, anti veteranos, anti americano. Pro musulmanes, despilfarrador como ninguno que decía que Bush era antipatriota por endeudar a la nación y el pagaría al menos la mitad de la misma, pero al final debemos 4 o 5 veces más, y hay muchísimo que decir especialmente de su secretaria, ahora candidata a la presidencia y la prision. Pero el asunto es que veo mucha verborrea y nada concreto para salir de la depresión.

  2. por supuesto que Hitler y Mousolini fueron populistas y por eso sedujeron al electorado, pero además fueron totalitarios -éstas no son necesariamente posiciones encontradas, como parece asumirlo la autora. La aparente dicotomía entre conservadores y liberales es mucho más compleja, si no, ¿cómo explicar la muy importante reforma migratoria de Reagan en los ochenta que curiosamente se le olvida a la autora?

  3. De por si el termino populista es bastante ambiguo, ya que se usa para etiquetar desde Cuahutemoc Cardenas hasta Andres Manuel Lopez Obrador, o Getulio Vargas en Brasil o Hugo Chavez o Nicolas Maduro. Ahora ya se integro Trump y Hitler o Mussolini. Como que ya no se entiende nada. Obama se lo dio muy claro a EPN usted tiene otra nocion de Populismo.
    En este articulo me doy por vencido, ya no se que es el populismo y no creo que interese mucho. La autora abona bastante bien para la confusión. Por lo que toca a los aciertos de este trabajo, veo que es un trabajo académico bastante fino y sirve para eludir otra vez un verdadero de análisis desde la perspectiva de clases sociales. No entiendo como pueden analizar los eventos sociales sin decir las cosas por su nombre, o sea, los ricos son simple y llanamente las elites y la burguesía, no se hagan bolas, no lo escondan, los jodidos son eso las mayorias, los obreros, los asalariados y la clase media son eso, los que aspiran por su educacion y sus valores a ser parte de la burguesia. Para nada mencionan a quien representa cada uno de los políticos que dicen que analizan. De tal manera que estamos ante otro maquillaje perverso de las academias, y de los cientificos sociales, montando una realidad que solo ven ustedes. Un serio analisis de Donald Trump, exige antes que nada, identificar a quien representan los políticos, no creo que se representen a si mismos. La democracia es regimen en crisis que no resuelve los verdaderos problemas de la mayoria de la sociedad, Lease los asalariados y no las élites políticas y académicas. Es un regimen que no resuelve la desigualdad, la vivienda, el empleo, la salud publica. Yo pregunto que pueden resolver hoy dia los presidente populistas o no. Que resuelve Hilaria en vez de Donaldo, no mucho la verdad, ya jodieron todas las instituciones y la academia se sigue engañando. Que tal si a Trump se le ocurre reorganizar nuevamente a los obreros, que tal si a este populista se le ocurre realmente cerrar la frontera. Ahora si Mexico tendria que usar a su gente, a sus recursos y dejarse de jaladas de Trartados mentirosos que solo benefician a las transnacionales y a los millonarios mexicanos de Forbes. Por piedad, y para que sigamos leyendo algo que valga la pena, no sigan maquillando la realidad con valores empalagosos o miradas apocalipticas. Quitense por una vez en la vida, la careta de mexicanos, generen alguna empatia con la vida gavacha para captar un sentido poco mas real de los procesos sociales, que, otra vez son resultado de, les guste o no, lucha de clases. Desde esta perspectiva, la democracia es un circuito de una maquinaria, bsatante mas sofisticada. La democracia amiga igual que el Palacio de Cordova (INE) es una aberracion una bofetada al sentido comun de cualquier asalariado normal. Lo siento los academicos no son ciudadanos normales, supervisan la imagen de la realidad que sirve a las elites. Lo siento creo que no aportan nada para este fenomeno del Sr. Trump.