¿Cómo explicarle a una adolescente con ambiciones por qué no encuentra suficientes modelos femeninos a seguir en los programas de televisión, en los ámbitos políticos o en las instituciones culturales? Idealista, ella no aspira sólo a su desarrollo y beneficio, sino a mejorar el país y la sociedad. Por más que busca, ve tan pocas mujeres en los foros públicos que le parecen bichos raros, y cuando compara a las escasas reconocidas con los hombres públicos se pregunta si valdrá la pena esforzarse al doble para lograr lo que éstos obtienen con menor esfuerzo.

Sería magnífico poder contradecir a esa adolescente y asegurarle un presente y un futuro justos, pero le estaríamos mintiendo. Las mexicanas, en efecto, representan 51% de la población y del padrón electoral. Con su trabajo diario no pagado contribuyen al PIB nacional y, como 37.9% de la población económicamente activa (PEA), aportan al fisco un buen tercio de los impuestos que permiten aceitar las ruedas de las instituciones públicas. No obstante, siguen ocupando un lugar marginal en prácticamente todos los ámbitos de poder. En la política, por ejemplo, el gran logro es que más de un tercio del Legislativo tiene cuerpo de mujer, pero esto contrasta con el 7% de presidencias municipales y menos de 10% de altos cargos en el Ejecutivo ocupados por ellas. Todo esto pese a los discursos oficiales “a favor de la igualdad de género” o “la paridad”. ¡Y en pleno siglo XXI! Insostenible, injustificable.

Como no hay respuesta fácil pero esta joven merece alguna, propongo, a modo de diagnóstico, un recorrido por algunos ámbitos culturales para mostrar hasta qué punto se mantiene una disparidad que contradice la supuesta modernidad democrática del país. Me centro en la esfera cultural porque no es tan visible (o tan escudriñada) como la política y porque a los grandes valores culturales solemos asociar la justicia, la ética, la diversidad y la inclusión (tal vez por aferrarnos a la ilusión de que la cultura es la mejor política cotidiana).

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Cada sexenio, o casi, surge en la esfera pública un debate acerca de los libros de texto y la historia oficial. En el sexenio de Calderón se revisaron con perspectiva de género estos y otros libros de primaria y secundaria, con el fin de promover la igualdad y prevenir la violencia en la escuela. Como era de esperarse, los libros privilegiaban el lenguaje excluyente, los estereotipos de género y excluían la diversidad. Las pocas personajes históricas aparecían como excepciones, fuera de contexto. Se hicieron recomendaciones que tal vez se integraron o se perdieron de una administración a otra. El caso es que hasta hoy niñas y niños han aprendido en sus libros que las mujeres que se destacan en las ciencias, las artes y la política son fenómenos, como la mujer tortuga del circo. En las escuelas, además, persiste la discriminación hacia las niñas y la expectativa de que sean calladas y obedientes. No es hazaña menor entonces que las mexicanas ocupen hoy la mitad de las aulas, obtengan las mejores calificaciones y reciban la mitad de los diplomas de licenciatura.

La educación formal de los libros de texto no es la única versión histórica ni la principal narrativa de la realidad, y de las relaciones de género, que reciben niñas y jóvenes. La educación informal tiene igual o más importancia. Si la principal educadora es la televisión, no tenemos futuro, y por eso mejor dejarla de lado por ahora. Existen otras vías de aprendizaje de la historia y del presente que nuestra hipotética joven con ambiciones conoce de oídas o por la prensa o las redes sociales: por ejemplo, ¿qué reconocimientos se han otorgado a lo largo del tiempo a las personas destacadas de nuestro país? ¿Quiénes son nuestros “próceres”? ¿A quiénes ha aplaudido o admirado la sociedad mexicana? ¿Dónde están las mujeres?

Observemos primero el monumento que, en teoría, resguarda la memoria y los restos de los muertos más ilustres de nuestro país. Según la información oficial, la Rotonda de las Personas Ilustres (de los Hombres Ilustres desde su creación en 1872 hasta 2003) se fundó para honrar a los “próceres de la República”. Según el lenguaje oficial, a través de ella “la sociedad rinde honores póstumos a la memoria de los mexicanos que, a lo largo de la historia, se han distinguido por su participación política, su defensa heroica de la patria y sus contribuciones al desarrollo científico, económico, social y cultural de la nación”. No enumeraremos a todas estas dignas personas; sí a las mujeres así honradas, que son sólo ocho: Rosario Castellanos, Dolores del Río, Virginia Fábregas, Emma Godoy, Amalia González Caballero de Castillo Ledón, María Izquierdo, María Lavalle, Ángela Peralta. Muy pocas, considerando que de 145 lugares disponibles, 105 están ocupados por varones.

¿Qué implica que después de siglo y medio menos del 10% de quienes habitan la Rotonda hayan tenido cuerpo de mujer en su vida terrenal? ¿Es que en México no ha habido ni científicas destacadas ni mujeres políticas, ni otras brillantes escritoras que murieran antes o después de 1989, cuando se trasladaron ahí los restos de Emma Godoy? Supongamos que algunas candidatas no están ahí porque sus familias así lo prefieren o porque en vida ellas explicitaron que no querían quedar encerradas ni recibir homenaje alguno. Sin embargo, queda la duda porque al menos dos candidatas reposarían mejor ahí que en las tumbas anónimas que hasta hoy ocupan: Nellie Campobello y Elena Garro.

Si buscamos otra medida del aprecio nacional por las ciudadanas forjadoras de la nación y la sociedad, creadoras de saber, es inevitable detenerse en la Medalla Belisario Domínguez, que otorga el Senado el 7 de octubre. Creada por un grupo de senadores en 1953 para honrar la memoria de su valiente antecesor, explicita en su reglamento que “se conferirá en vida o de manera póstuma a los hombres y mujeres mexicanos que se hayan distinguido por su ciencia o su virtud en grado eminente, como servidores de nuestra Patria o de la humanidad” (art. 22). La primera medalla se otorgó póstumamente al senador asesinado; la siguiente, en 1954, a la promotora de la educación preescolar en México, Rosaura Zapata. Quienes crearon esta presea el mismo año en que se reconoció el pleno derecho de las mujeres al voto, tenían clara la aportación de éstas a la vida pública y, desde el inicio, pusieron bien alta la vara para evaluar los méritos de posibles candidatos.

 Lo que bien empieza no siempre bien continúa: los senadores sucesivos no fueron tan progresistas como aquéllos: en 60 años la medalla se ha entregado a sólo cinco mujeres, una de las cuales era la viuda de Pino Suárez, quien recogió la distinción que se hacía a su esposo. Peor aún, con el paso del tiempo la medalla se ha ido acotando al campo masculino y oficial puesto que en los años sesenta se otorgó a dos mujeres por razones históricas: María Hernández Zarco, quien imprimiera el discurso del senador Domínguez, y María Cámara Vales, Vda. de Pino Suárez; en la década del año de la mujer… a ninguna; en 1985 a la abogada, política y profesora María Lavalle Urbina y en 1996 a la ex gobernadora, poeta y defensora de las mujeres, Griselda Álvarez. Desde entonces ninguna valiente periodista o defensora de los derechos humanos, ninguna científica, escritora o mujer política ha sido considerada digna de una presea que, a decir verdad, debería otorgarse conforme a los criterios originales, en honor a Belisario Domínguez. ¿Habrán de cumplirse 20 años sin reconocer a mujer alguna? Si el Senado no toma en cuenta propuestas como la de juristas de la UNAM, es probable que así sea (véase juristasunam.com).

Si la violencia cotidiana que viven las mexicanas en las casas y calles del país demuestra que no se respeta a las mujeres ni vivas ni muertas, lo anterior confirma que tampoco se les ha valorado, o sólo como excepciones. Nuestra hipotética adolescente idealista puede argumentar que esto se debe a que tanto la Medalla Belisario Domínguez como la Rotonda están administradas por funcionarios, por instituciones gubernamentales que en la práctica defienden el statu quo aunque en sus discursos afirmen promover el cambio. O puede señalar que hay tan pocas mujeres en la política que no tienen tiempo de ocuparse del reconocimiento a sus ilustres antepasadas. Tal vez tenga razón…

Sin embargo, en lo que respecta a logros, acceso al poder y reconocimiento, fuera del ámbito político la disparidad es semejante. Según un diagnóstico del Programa Universitario de Estudios de Género de la UNAM,1 en nuestra máxima casa de estudios, pública, las aulas pueden estar llenas de mujeres, lo mismo que los puestos más bajos de la administración, la burocracia y la docencia. En la cima, en cambio, prospera la conocida red de hombres que por intercambios formales e informales ocupan un espacio cerrado a las mujeres, detenidas afuera por el también conocido techo de cristal. Hay algunas excepciones, pero no dejan de ser “serpientes marinas”, como dijera Rosario Castellanos, mujeres que se han esforzado más que muchos para alcanzar una dirección, una cátedra, un emeritazgo.

Si eso sucede en la UNAM, ¿qué no sucederá en ámbitos menos teóricamente democráticos? ¿Y cuál no será entonces la desilusión de la adolescente idealista al ver que la falta de reconocimiento y valoración de las mujeres no se limita a los medios masivos de deseducación ni a la “cultura popular”, ni al ámbito político? Pues, como veremos, el Club de Tobi o su equivalente mexicano subsiste, muy campante, tanto en los centros de educación superior (¿cuántas rectoras hay?) como en nuestras más altas instituciones culturales. Sí, aquellas que en teoría representan lo más granado y mejor de las mentes mexicanas, las que podrían representar lo más progresista y avanzado.

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A las mujeres, incluso antes de que lograran obtener el voto, se les abrieron —y se abrieron ellas— las puertas de la educación. Una forma de ascenso social, aceptada y permitida, fue la enseñanza en el siglo XIX; en el siglo XX las mujeres entraron a la educación superior y a las profesiones. Si en 1971, cuando abogó por el derecho de las mujeres al desarrollo intelectual y profesional, Rosario Castellanos pensaba en la soledad de las escasas estudiantes universitarias, 40 años después estaría más satisfecha. Las mexicanas ocuparon las aulas y muchas demostraron que podían tener tanto éxito como los hombres. Todavía hacen falta más mujeres en las ciencias y en los posgrados pero ya hay especialistas en finanzas, energía nuclear, genética, astronomía. Por eso no deja de sorprender que en las instituciones que podríamos suponer ajenas a la esquizofrenia estatal se replique la falta de reconocimiento a sus aportaciones

La institución más avanzada en este sentido es, en apariencia al menos, la Academia Mexicana de Ciencias que ha tenido ya una presidenta, Rosaura Ruiz. Según la introducción de su portal electrónico, tras 54 años, “agrupa a dos mil 499 miembros de destacadas trayectorias académicas” que trabajan dentro y fuera del país. Sus cifras de membresía muestran todavía una gran desigualdad entre mujeres y hombres en las distintas ramas del saber. Por ejemplo, en ciencias exactas hay 168 mujeres y mil 206 hombres, en cambio en humanidades la diferencia es mínima: 137 hombres y 127 mujeres (aunque cabría esperar ahí más mujeres que hombres). Lo particular de la AMC es que fomenta la entrada de más mujeres en las ciencias, y en su estructura directiva incluye a varias científicas.

Se puede argumentar que la diferencia de género en la masa crítica de la AMC y el impulso a la integración de más mujeres no son exclusivos de México. En Estados Unidos, por ejemplo, la National Academy of Sciences eligió a su primera científica en 1925 pero no ha integrado a tantas mujeres como debería y podría, según afirmó su presidente en 2004. Algunos datos de la American Association of University Women sugieren que el porcentaje de mujeres admitidas cada año ha aumentado: en 2012 fue de 31%, pero en promedio no llega a 25%. Así, a la vez que se reconoce la necesidad de distinguir a las científicas, subsisten resistencias “patriarcales”. Esto también sucede en México, donde el rezago es evidente.

La AMC es sólo una de las instituciones mexicanas que deben de albergar lo mejor y más representativo de los saberes de la sociedad mexicana. Más conocidas del público, o de cierto público ilustrado, El Colegio Nacional y la Academia Mexicana de la Lengua representarían el pináculo del reconocimiento en vida en campos que, históricamente, estarían más abiertos a las mujeres que las ciencias duras. Dado que ambas acogen entre sus saberes a las humanidades y las artes y que éstas no han estado vetadas a las mexicanas, cabría esperar un claro contraste entre ellas y la AMC. Si Frida Kahlo, Remedios Varo, Inés Arredondo, Rosario Castellanos, Josefina Vicens, Eulalia Guzmán, María Lavalle, Elena Garro, por sólo nombrar a célebres antepasadas, enriquecieron la cultura mexicana, destacaron en las artes y alguna en las ciencias, el sentido común llevaría a suponer que en estos recintos sí hayan resonado y resuenen más voces femeninas.

 

Fundado en 1943 por el Ejecutivo, El Colegio Nacional, con 95 integrantes a lo largo de su historia (según datos de su portal) sólo ha alojado a …¡ tres mujeres!, de las que sólo dos forman parte de los 35 integrantes actuales, uno de los cuales falleció a principios de septiembre pasado. Es decir, no formaron parte de éste ni Frida Kahlo ni Rosario Castellanos ni Lola Álvarez Bravo ni Clementina Díaz de Ovando, por nombrar a cuatro muy dignas candidatas que cumplían el requisito de ingreso ya que “a lo largo de su vida [destacaron] de manera sobresaliente en algún ámbito del saber”, según lo define el acta de creación. En cambio, fueron miembros fundadores José Clemente Orozco y Diego Rivera, así como José Vasconcelos, lo que permite hablar de cierta amplitud de criterios políticos. La primera integrante de El Colegio Nacional fue Beatriz Ramírez de la Fuente (de 1985 a 2005). Actualmente representan sus áreas y las aportaciones de las mexicanas al saber María Elena Medina Mora (desde 2006) y Linda Manzanilla Naím (desde 2007).

Podría objetarse, mirando al Collège de France, que ésta no es afrentosa des- igualdad sino práctica común. Fundada en 1530, la institución francesa, que no valora títulos académicos sino “la importancia y la originalidad de los trabajos”, cuenta hoy con sólo seis mujeres de un total de 40 integrantes. Una inercia secular. Mal de muchos no es consuelo, sin embargo. De una institución joven en un país del nuevo mundo cabría esperar mayor apertura,2 y más cuando recibe fondos públicos. Por ello, cabe preguntar por qué sólo dos mujeres integran hoy El Colegio Nacional. ¿Acaso no se ha percibido la necesidad de reconocer a nuestras contemporáneas? Y no sólo como acto de justicia, recordando a Hermila Galindo, sino también para que la institución represente más y mejor la realidad de la sociedad mexicana y sus talentos.

A estas alturas es probable que nuestra hipotética adolescente idealista esté pensando en emigrar a otro país donde, si no se reconoce más a todas las mujeres, las que destacan por sus méritos, aunque “nadie las conozca”, sí tienen más probabilidades de acceder a un laboratorio o taller propio, a una beca para “genios” como la MacArthur o la Guggenheim. Al menos, se dice, no tendrá que responder a preguntas necias acerca de su vocación científica. En todo caso, lamenta no ser artista pues, piensa, tendría más oportunidades y podría sentirse más valorada en su propio país. Lo que la futura científica idealista ignora es que para escritoras, periodistas, juristas e historiadoras el ninguneo ha sido semejante al que han vivido artistas, fotógrafas y científicas. Si más de una investigadora o creadora quedó fuera de El Colegio Nacional, más numerosas y muy notables cultivadoras de las letras (y el idioma) han permanecido y permanecen fuera de la Academia Mexicana de la Lengua.

 

La ingenuidad puede llevar a supuestos falsos y preguntas incómodas. Sería ingenuo, en efecto, suponer que por estar dedicada “a la lengua”, que muchas mujeres han cultivado en diversas formas, dentro y fuera de la universidad, o por ser una asociación civil que no siempre recibió gran presupuesto oficial, la Academia Mexicana de la Lengua fuera una institución distinta de las demás. Es una institución de alta cultura y en México ni las instituciones ni la alta cultura oficial o institucional se han destacado por su apertura hacia las mujeres. Por tanto, no es de sorprender que el recinto de la AML sólo parezca menos desolador que los que ya hemos visitado.

Según el artículo 22 de su reglamento, las 36 sillas numeradas de la AML están destinadas a “ciudadanos mexicanos que residan en la zona metropolitana”, que representen distintas ramas de la ciencia y la artes, con preferencia por “quienes se hayan distinguido por sus trabajos literarios, lingüísticos, filológicos o lexicográficos”. Además de la extraña y centralista equiparación de la zona metropolitana con México, llama la atención que entre los 300 académicos —escritores, lingüistas, filólogos y gramáticos, filósofos, jurisconsultos, historiadores, humanistas y científicos— que la han conformado desde 1875, haya sólo nueve mujeres. Tres de ellas ya fallecieron: María del Carmen Millán (electa en 1974), Clementina Díaz de Ovando (1983), Elsa Cecilia Frost (2003). Hoy Margit Frenck (electa en 1993), Margo Glantz (1996), Julieta Fierro (2003), Concepción Company (2004), Ascensión Hernández Triviño (2007), Yolanda Lastra (2013), destacan por sus obras en distintas ramas del saber. Juntas representan menos de 20% del total de 36 integrantes actuales. A ellas se añaden la filósofa Julieta González, una de cinco miembros honorarios, y varias escritoras y críticas como integrantes de academias correspondientes. Para 2015 habrá una académica más, la crítica y escritora Rosa Beltrán, una de varios electos en 2014.

Como en El Colegio Nacional, los integrantes numerarios de la Academia se renuevan cada vez que alguno muere, se retira o debe renunciar. Aunque en ésta la presencia femenina ha ido aumentando, no parece ser ninguna prioridad remediar las injusticias históricas.3 Por ello, menos peor no es suficiente, sobre todo cuando esta corporación se ocupa de los usos de la lengua en México y hoy, desde la literatura y otras disciplinas, más de cinco distinguidas candidatas podrían enriquecerla realmente. Aquí también podría contraargumentarse desde el vicio general puesto que la Académie Française sólo ha acogido a ocho mujeres desde 1635 y la Real Academia Española también excluyó a grandes autoras y estudiosas. Pero nadie ha dicho que Francia o España sean ejemplo de apertura a las mujeres, aunque hoy en ambos países ser ministra ya no sea nada extraño.

Sea como fuere, hay que insistir en que no se trata sólo de números ni sólo de justicia. Se trata de visión y de sentido ético: nuestra sociedad no puede conformarse con instituciones que no la representan ni siquiera en el ámbito cultural. Ni es justo ni legítimo que reciban presupuesto federal, reconocimiento social y aplauso público instituciones que ignoran o menosprecian a muchas creadoras, pensadoras y científicas valiosas y así contribuyen a hacer invisibles las aportaciones de la mujeres a la cultura y al saber.

La misoginia institucional que muestra este breve recorrido por el pasado y el presente de las instituciones de la alta cultura nacional es tan obvia y tan indignante que apenas si vale la pena añadir a este crónica de agravios lo que se ha perdido desde 2012 en el ámbito oficial: hay menos ministras, hay menos altas funcionarias en áreas de Conaculta o FCE, menos mujeres con poder. Como en los spots y en el discurso político, en el discurso social, o para ser más precisa, en el discurso de la alta cultura institucionalizada, las mujeres o son invisibles, o están en el margen o son tan pocas que siguen pareciendo la excepción que confirma la regla: “el mundo es de los hombres”. Y sin embargo, quienes hoy escriben, documentan, historian, retratan al país, producen cultura y riqueza, son muchas y cada vez más mujeres.

Ante esta situación la pregunta más obvia es ¿por qué? ¿Por qué se ha normalizado la misoginia en todas las áreas de la vida nacional? ¿Acaso no nos oponemos a la discriminación y a la violencia contra las mujeres? Quedan pendientes otras preguntas: ¿Con qué criterios se ha elegido a quienes se reconoce en vida o post mortem? Si, como es evidente, la falta de méritos no explica la escasez de mujeres en las listas de la Rotonda, la Medalla Belisario Domínguez, El Colegio Nacional, la Academia Mexicana de la Lengua, e incluso la Academia de Ciencias, entre otras, ¿a qué se debe? ¿Nos lo podrán explicar funcionarios o notables de la cultura?

PD: Me preguntan qué hará la adolescente idealista. Ante este panorama —complementado por las violencias de que son objeto las mujeres en casas y calles— es probable que contribuya a la muy explicable fuga de cerebros. A menos que de aquí a cinco años (no va a esperar 50) el panorama cambie, y mucho.

 

Lucía Melgar
Crítica cultural y profesora.


1 Mujeres y hombres en la UNAM: una radiografía.

2 Por otra parte, es interesante notar que las integrantes de la institución francesa están lejos de especializarse en áreas tradicionales, pues si dos se especializan en historia intelectual de China y metafísica y filosofía del conocimiento, las otras cuatro son especialistas en genética, informática, epigenética y memoria celular y física del interior de la Tierra.

3 Concepción Company da una visión distinta de la Academia y justifica la menor presencia de mujeres en un artículo publicado en 2013, cuyos datos históricos uso aquí (“Academia Mexicana de la Lengua”, El Universal, 16 de octubre 2013, disponible en internet).

 

7 comentarios en “Invisibles: Breve recorrido en busca de las___ausentes (llénese al terminar la lectura)

  1. Por precisión histórica quisiera aclarar aquí que la medalla Belisario Domínguez fue creada a iniciativa del senador Gral. Rafael E. Melgar, como puede leerse en el Diario de Debates del Senado del 17 de noviembre de 1952 y documenta Horacio Labastida en su libro Belisario Domínguez y el Estado criminal (1913-1914)
    En 2014 se entregó a Eraclio Zepeda.

  2. Una se imaginaba que México había dejado de ser misógino por lo menos en el ámbito cultural, donde los hombres revisan su conciencia más a menudo. Pero lo que la Aritmética enseña es distinto. ¿Cómo opera esa exclusión de las mujeres, Lucía Melgar? ¿Cuáles son los mecanismos? Sigue contándonos a hombres y mujeres. Y felicidades por un texto necesario.

  3. Para tratar de avanzar profesionalmente en mundos absolutamente masculinizados, algunas cotidianamente miramos hacia otro lado y no nos detenemos a contabilizar el tamaño de la asimetría. Por tanto resulta especialmente doloroso recordar estas cifras, que por lo demás venimos cargando día con día aunque no las asumamos. Felicidades y gracias, Lucía Melgar.

  4. en efecto seguimos siendo seres invisibles para los espacios de toma de decisión y he percibido a lo largo de los años que; quienes eligen a las mujeres para espacios de decisión son los hombres y eligen mujeres para la comodidad del colectivo y perpetuar el patriarcado, su ensayo es excelente. saludos

  5. Excelente radiografía de la exclusión de las mujeres de la alta visibilidad y de los reconocimientos el la cultura. Los normas de género siguen dominando aún entre las élites con mayor educación. Es urgente romper el techo de cristal en las altas esferas de la cultura.