Viví 11 años en México. Llegué en 1976, año del golpe de Estado en Argentina, después de que estallara una bomba en mi casa, y de recibir una llamada amenazadora a las tres de la mañana. Todo por haber publicado un libro sobre una huelga anarquista en la Patagonia, sucedida 50 años antes, que terminó cuando llegó el ejército y fusiló a todos los huelguistas.

Tener que irte de tu país es aceptar algo que te imponen con violencia, exiliarse sin saber cuándo podrás volver. Una decisión que se toma de forma intempestiva, para salvar la vida. Sin embargo, supe de inmediato que México era el lugar a donde ir, aunque muchas de las razones de la elección recién las voy entendiendo años después. De adolescente, mi padre me llevaba a la librería que el Fondo de Cultura tenía en el centro de Buenos Aires, él compraba algún Breviario de divulgación científica, y yo elegía alguno de la Colección Popular, siempre de autores mexicanos. Leí la Breve historia de la revolución mexicana de Jesús Silva Herzog, dos tomitos que todavía conservo, Los de abajo de Mariano Azuela, el Hernán Cortés de Fernando Benítez, La región más transparente de Fuentes, y al final llegué a El llano en llamas y a Pedro Páramo, del gran maestro. Mi primer contacto con México fue de lujo. Y también de libro.

Unos años más tarde, a los 19, conseguí mi primer trabajo en una editorial, en la que comenzaron a enviarme a vender libros por América. México era el país donde más vendía. Me alojaba en el Hotel Gilow de Isabel la Católica esquina Madero. Visitaba a mis clientes: la Librería de Cristal, un largo pasaje todo de vidrio, construido encima de la Alameda, una distribuidora que se llamaba Librería Británica, la librería del Sótano de Avenida Juárez, la Zaplana de Insurgentes, donde un joven Toño Navarrete me llevó por primera vez a Plaza Garibaldi. La librería Madero, y algunas otras, todas en el centro. Todavía no existía la Gandhi, hablo de los años sesenta. Todas me hacían pedidos generosos, menos la Porrúa donde nunca conseguí que me recibieran.

Antes de uno de esos viajes, el crítico uruguayo Ángel Rama me recomendó que en México buscara a un chico colombiano que estaba escribiendo muy bien. Así llegué hasta la casa de San Ángel Inn, donde un aún desconocido García Márquez me dio un ejemplar de La hojarasca, que la Veracruzana había publicado haciéndole pagar la edición de su bolsillo, y me lo dio para publicar en Argentina a cambio de un pago único de 500 dólares. Años después publicó un artículo en El País contando que en aquella época debía un año de alquiler, y entendí por qué pidió esa cifra con tanta urgencia. Jorge Álvarez, el dueño de la editorial, nunca le pagó, y el libro no se llegó a publicar.

Llegué a México con esposa y dos niñas pequeñas, que crecieron cantando Mexicanos al grito de guerra. Todos estábamos ahí pero la responsabilidad era sólo mía. La solidaridad sin límite de Tununa Mercado y Noé Jitrik alivió el aterrizaje, como mi compadre Fernando Ortiz Monasterio lo hizo poco después.

Teníamos dinero para unos meses, no demasiados, por lo que me lancé a buscar trabajo, y lo conseguí rápido en Ediciones El Caballito, una editorial del licenciado Manuel López Gallo, que funcionaba en el sótano junto a su librería de Avenida Juárez. Pasaban las semanas y no pude saber qué esperaba de mí; aburrido, sin nada que hacer, me fui. Ahora pienso que quizás sólo me contrató por solidaridad. Si fue así, nunca se lo agradecí.

Conocí entonces a un editor estrafalario de quien nadie se acuerda salvo Rius, que le dedicó su libro Rius para principiantes con esta frase: “hecho a petición manifiesta de mi loquísimo cuate Lautaro González Porcel, una de las editoriales más vitales que ha habido en México”. La editorial se llama Extemporáneos, y tenía varias librerías muy bien puestas. Lo más destacable de ese trabajo era ver a González Porcel disfrutar de la vida. Su mujer —aunque vivían en casas separadas— era una señora extranjera que se llamaba Eva Somlo, heredera de un científico húngaro judío que llegó a México huyendo del nazismo, y terminó inventando la píldora anticonceptiva. Emeric Somlo obtuvo en 1951 la progesterona de una planta silvestre que no servía para nada, el barbasco, y tuvo la precaución de patentar el descubrimiento, algo que los mayas nunca hicieron, aunque conocían los efectos de la planta desde hacía tres mil años. La píldora anticonceptiva, como el Fondo de Cultura Económica y Siglo XXI, es un invento mexicano, y disculpen este desvío.

La señora Eva, además de riquísima heredera, era una mujer culta y generosa, que financiaba la editorial, las librerías y al propio González Porcel, quien unas semanas después de conocerlo me contó que era argentino, cosa imposible de reconocer al oír su acentuado acento chilango. Se había nacionalizado mexicano hacía muchos años, por haber trabajado como publicista en la campaña presidencial de Ruiz Cortines, en los años cincuenta. Ruiz Cortines obviamente ganó, y le ofreció concederle lo que quisiera. Pidió la nacionalidad, algo prácticamente imposible entonces para un extranjero. Sólo conocí este caso y el de la cantante cubana Olga Guillot, a quien el deseo se lo cumplió otro presidente, Miguel Alemán, sin que yo sepa en retribución de qué.

Don Lautaro me llevaba cada día a los mejores restaurantes de México, en especial a Les Moustaches  en la colonia Cuauhtémoc, donde tenía siempre reservada la mesa que había sido de don Porfirio. Como dice el escritor colombiano Juan Esteban Constaín, esta historia la escribo tal como la oí.

Este personaje vivía en un penthouse sobre Mariano Escobedo, y decía que al atardecer subía a la terraza a respirar un buen rato el smog. Amaba el DF, que dejaba sólo una vez al año, para ir a Rumania a internarse un mes en la clínica de la doctora Aslán, famosa por sus tratamientos de rejuvenecimiento.

Me trataba muy bien y me pagaba puntualmente, pero yo no entendía cómo llevaba ese tren de vida, cuando la editorial perdía millones cada año. Tonto de mí, pensé que ahí no había futuro y lo dejé.

Llevaba ocho meses en México cuando un amigo me presentó a Sealtiel Alatriste, el dueño de la librería El Juglar, quien se convertiría en mi socio y amigo luego de pasar por una dura prueba. Sealtiel me invitó a comer a un restaurante argentino, y cuando nos trajeron un filete increíble como yo hacía meses no veía, él comenzó a cortarlo en trocitos, ponerlo en una tortilla y llenarlo de salsa verde. Vi eso y me sentí descolocado: ¿debía tomarlo como una agresión?, ¿me estaba albureando y yo no me daba cuenta? Siempre no, y en enero de 1977 comenzamos juntos la editorial Nueva Imagen.

De todos los libros que publicamos rescataría hoy a Mafalda, 12 libritos de los que vendimos hasta el hartazgo. Primero viajamos a Milán para conocer a Quino y pedirle los derechos. En dos o tres días de charla pareció estar de acuerdo y nos prometió una respuesta, que llegó dos meses más tarde diciendo que sí.

Muchos años después me enteré que después de nuestra visita Quino le escribió a Arnaldo Orfila Reynal, quien ya le había publicado un libro, diciéndole que dos chicos mexicanos le habían propuesto publicar Mafalda, y por lealtad se lo ofrecía primero a Siglo XXI. Esa carta y la respuesta me la mostró años después el propio Orfila, que entonces le respondió diciendo que consideraba Mafalda un producto tan local argentino, que no le veía posibilidades en México.

Nosotros vendimos cientos de miles, millones quizás, tantos que nunca nos alcanzaba el dinero para pagarle a Quino los derechos de autor con la puntualidad que nos lo exigía. Con razón se enojó muchísimo con nosotros, que rencorosamente terminamos de pagarle un año después.

Publicamos a Mario Benedetti, quien comenzó a venir a México cada año y se convirtió en un éxito, leyó poemas en el Palacio de Bellas Artes y hubo tanta gente que no entraba en la sala principal. Luego a Julio Cortázar, cuyas visitas eran apoteósicas. Una vez leyó ante miles de personas en el zócalo de Coyoacán, gracias a que Fernando Benítez, con quien yo colaboraba en el suplemento Sábado del diario unomásuno, llamó al delegado y “le ordenó” que pusiera todo a disposición de ese escritor. El ciudadano delegado le obedeció, y las dos plazas de Coyoacán estuvieron repletas de gente escuchándolo leer. Rafael Pérez Gay ya contó esto mejor que yo.

El día anterior se había presentado en el auditorio de Ciudad Universitaria, cinco mil personas lo aclamaron de pie durante 10 minutos, Julio no sabía qué hacer de la vergüenza. Gonzalo Celorio, que lo presentó, es testigo principal.

Publicamos una Antología personal de Juan Rulfo, lo que dio inicio a una relación excepcional. Todos los jueves, durante varios años, comí con el maestro en la vieja Fonda Santa Anita, donde él bebía mucha agua de chía. Las razones por las que Rulfo me favoreció con su relación y los diálogos que tuvimos, me los reservo desde entonces.

Con Julio Scherer García organizamos un premio internacional de novela entre Nueva Imagen y Proceso. En el jurado estaban don Julio, García Márquez, Ariel Dorfman, Julio Cortázar, Carlos Quijano, ex director del semanario Marcha de Uruguay, Pablo González Casanova y otros más.

Convivimos cinco días en un hotel de Cuernavaca, Rogelio Cuéllar hizo un minucioso registro fotográfico. Me regaló un álbum que conservo y que nos une desde entonces. García Márquez decidió que el premio no sería de novela sino de cinco géneros al mismo tiempo, así nos lo dijo y así hubo que hacerlo.

El mejor de los premios fue el de la novela, de un uruguayo exiliado en México, Carlos Martínez Moreno, titulada El color que el infierno me escondiera, y si hoy no está más en librerías los perjudicados somos los lectores. Monseñor Sergio Méndez Arceo, el psicoanalizado obispo progresista de Cuernavaca, venía diariamente a comer con nosotros.

Después de estos días, Julio Scherer se convirtió para mí en una especie de padre consejero, en reiterados y largos desayunos en el Vip’s de la calle Nápoles.

Hubo un conflicto en unomásuno y Fernando Benítez dejó Sábado. Héctor Aguilar Camín me invitó a acompañarlo en el suplemento cultural de La Jornada, y allí fui.

En 1983 la Cámara Mexicana del Libro decidió crear el Cepromex, un centro de promoción del libro mexicano en el exterior. Jorge Flores, el presidente de la Cámara, me propuso dirigirlo y acepté. Llevábamos los libros mexicanos a todas las ferias del mundo, publicamos la revista Libros de México que se hizo en la Imprenta Madero. Dicen que México es un país nacionalista y xenófobo, sin embargo nunca nadie criticó que un argentino fuera por todo el mundo mostrando el potencial de su industria editorial.

Pocos días después del temblor de 1985 llevamos un gran stand de México a la feria del libro de Moscú, que por primera vez admitía expositores de fuera de la Unión Soviética. El día antes de la inauguración hubo una minuciosa revisión de los libros que íbamos a exponer. Tres señores de gabardina cruzada negra, como los policías secretos de las películas de Hollywood, decidieron llevarse el libro de Octavio Paz sobre sor Juana. Yo me quejé, pero sabiamente Zarina Martínez, la agregada cultural de México en Moscú, me dijo al oído: pero ¿sabes con quiénes te estás metiendo? Firmé un papel sin saber lo que decía, y se fueron sin saludar. Se llevaron el libro de Paz.

Así, contando anécdotas, podría seguir mucho tiempo. Cuando hago este repaso me doy cuenta que no menciono lo más importante, o que me limito sólo a los nombres públicos, cuando las relaciones personales y los amigos que hice siguen vigentes hasta hoy. Hay más cosas en este recuento de mis años en México que no relato todavía, cuando llegue el momento seguramente lo haré.

La conclusión es que si alguien se benefició en mi relación con México, ese he sido yo. Lo que México me dio no tiene comparación con lo que aporté.

Guadalajara, noviembre 2014

Guillermo Schavelzon
Director de la Agencia Literaria Schavelzon.

Este texto fue leído en la reciente FIL de Guadalajara, en una mesa organizada por Argentina, país invitado, sobre editores argentinos que en algún momento vivieron o viven en México. Participaron Alberto Díaz, Ricardo Nudelman, Carlos Díaz y Guillermo Schavelzon.

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