Esta pieza periodística es el registro de la manera en que la comunidad michoacana que reside en Estados Unidos apoyó el levantamiento de las autodefensas en su estado. Familias afectadas por las actividades criminales de Los Caballeros Templarios se organizaron e informaron a través de las redes sociales; algunos enviaron dinero a sus familiares para la compra de armas, otros volvieron a sus pueblos y se enfrentaron a los delincuentes.


El 24 de febrero de 2013 los pueblos de La Ruana y Tepalcatepec, en la Tierra Caliente de Michoacán, tomaron las armas para defenderse de Los Caballeros Templarios, la organización criminal que tenía aterrorizada a la población mediante la extorsión, el secuestro, los asesinatos y la violación y rapto de mujeres. El levantamiento no fue una sorpresa para los miles de michoacanos que residen en Estados Unidos. Muchos estaban al tanto de la situación que se vivía en sus pueblos y habían sido afectados directa o indirectamente por las actividades criminales de los Templarios.

En California, donde residen cerca de cuatro millones de michoacanos, las reacciones al levantamiento armado fueron diversas. La prensa documentó casos de inmigrantes que regresaron para unirse a las autodefensas. Otros enviaron dinero para la compra de armas, alimentos o medicinas. Unos más se unieron a manifestaciones de apoyo. Lo cierto es que para muchos el movimiento fue un llamado a la conciencia, a la necesidad de reafirmar su identidad, su sentido de pertenencia, su reconexión con el lugar en el que quedó enterrado su cordón umbilical.

¿Qué lleva a un inmigrante que ha vivido más de la mitad de su vida adulta en otro país, que ha echado raíces en otra tierra, a querer regresar al origen sin importar el riesgo que esto implique? ¿Es la idealización del país que dejó?

 Estos son los retratos de algunos de esos michoacanos.

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Génesis Godínez no terminó la secundaria. Dejó su pueblo natal a los 17 años, cuando su esposo se la trajo de La Ruana a Estados Unidos para criar acá a los dos niños que entonces tenían. De eso han pasado ya 38 años, en los cuales crió cinco hijos y ahora a sus seis nietos.

Cuando la conocí a principios de junio estaba casi lista para iniciar un viaje de poco más de 72 horas que la llevaría de su pacífica casa en Fontana, al sur de California, a Tijuana y de ahí directo a La Ruana, la cuna del movimiento de autodefensas y en donde aún viven su madre y sus hermanos. En el toldo de su Suburban GMC 1999 estaban ya las valijas con la ropa y juguetes de sus nietos de diez, siete, seis, cuatro años que la acompañarían en el viaje. También viajaría Chispita, su inseparable chihuahueña de piel caoba y ojos almendrados. Llevaba muy poco dinero y una tarjeta de crédito que podría salvarla en caso de apuro.

Sonaba como un viaje arriesgado, sobre todo considerando su precaria situación económica y el estado de cosas en Michoacán, pero para esta mujer de 55 años, de pelo entrecano y hablar recio, el viaje era más que todo una obligación moral, un compromiso con su pueblo y con la gente que la vio nacer.

Como miles de inmigrantes en este país, Génesis nunca ha dejado de sentirse michoacana. No importa que más de la mitad de su vida la haya vivido en Estados Unidos y que haya juramentado como ciudadana de este país; no importa que sus nietos hablen mejor el inglés que el español, o que este país le haya dado más de lo que le dio México.

“Yo sé que mi ombligo está enterrado ahí en La Ruana y saber que mi pueblo, que la gente es humillada, pisoteada, abusada…y es mi gente…no sé… Yo no creo que haya mexicano capaz de olvidarse de México, solamente los malinchistas, y yo, bendito sea Dios, no tengo esa enfermedad”, dice Génesis.

El 10 de abril de 2013 Génesis se enteró por internet de la masacre de 14 productores y cortadores de limón a manos de Los Caballeros Templarios, el cártel de drogas que impera en la región. Ocho de las víctimas eran oriundos de La Ruana. Génesis supo ese día que no sería digno quedarse de brazos cruzados; que debía hacer algo más que organizar protestas frente al consulado en apoyo a su pueblo y a las autodefensas.

No tuvo que pensarlo mucho. A pesar de tener poca experiencia en internet y nulo conocimiento de photoshop, Génesis se dio a la tarea de crear páginas de Facebook para que la gente tuviera acceso a la verdad, “no a las que los medios propagan”, sino a ésa que no se difunde en los medios, que corre de boca en boca desde Tepalcatepec, La Ruana, Buenavista, Nueva Italia, Apatzingán, Coalcomán, Aguililla y otros pueblos, hasta llegar a Los Ángeles, Long Beach, San José, Fresno, Bakersfield, Merced y decenas de ciudades y estados en donde se han asentado millones de michoacanos.

Así nació “Michoacanos Unidos por la Paz y la Libertad”, “Yo soy Autodefensa, Todos Somos Autodefensas USA” y “Unidos por el Doctor José Manuel Mireles”, páginas de Facebook que alimenta constantemente con información sobre el acontecer de Michoacán.

Pero la internet fue insuficiente para saciar su deseo de involucrarse con su pueblo. Junto con una organización llamada Comunidad Mexicana in Corporation en San José, California, Génesis empezó a idear el proyecto de crear un centro de ayuda para jóvenes adictos a las drogas, así como un centro de capacitación para mujeres, madres solteras y viudas víctimas de la violencia ejercida por los grupos del narcotráfico, en particular por Los Caballeros Templarios. Como primer paso se propuso buscar ayuda del gobierno michoacano para gestionar un terreno en el pueblo donde podría establecerse el centro.

Con esa idea en mente, subió a Chispita y a sus cuatro nietos a la Suburban, echó a andar el motor y tomó la carretera con destino a Michoacán.

 

El viaje no fue fácil. Durmieron en cama sólo uno de los tres días de recorrido, en un pequeño hotel en Mazatlán. Los dos días restantes durmieron dentro del vehículo en estaciones de gasolina. Comían frituras y refrescos.

Días antes del viaje, Génesis reparó la transmisión de la camioneta, pero el arreglo no superó la prueba. Llegando a Michoacán la transmisión se rompió y ahí empezaron los gastos inesperados. Con su tarjeta de crédito pagó los primeros ocho mil 500 pesos de los casi 17 mil que gastó a lo largo del viaje en reparaciones al vehículo. “Cuando vives al día y vas con un presupuesto bien medidito y suceden cosas así, te mueven totalmente los planes”.

El viaje a México significaba un gran esfuerzo económico. Génesis se dedica al hogar, su esposo está incapacitado para trabajar y ella tiene la patria potestad de sus seis nietos. La familia sobrevive con tres mil 500 dólares mensuales que reciben del gobierno de Estados Unidos cada mes, como parte de un programa de ayuda a personas que están al cargo de familiares menores de edad.

La volví a ver en la ciudad de México en donde se alojó junto con sus niños y Chispita en casa de un amigo en las cercanías del metro Indios Verdes. La transmisión del auto había fallado otra vez. Génesis seguía, atenta, el más reciente rumor, muy difundido por redes sociales que propagó la versión de que Ana Valencia, ex esposa del ex vocero de las autodefensas, José Manuel Mireles, lo había amenazado de muerte.

Génesis estaba preocupada por el efecto que esto podría tener entre los seguidores de Mireles. “Me preocupa mucho que le vayan a hacer daño [a Ana]. Mucha gente hasta la puede linchar. Me duele porque es mi paisana y es la esposa de uno de nuestros héroes”.

La admiración que sienten los paisanos hacia dos de los líderes de las autodefensas (Mireles e Hipólito Mora) es visible. “Ellos [Mireles y Mora] son representantes genuinos de lo que buscamos todos los mexicanos, paz, libertad, justicia e igualdad”, dijo Génesis para explicar esa admiración.

A los dos meses de estancia en México, Génesis debía más de 20 mil pesos en gastos de camioneta y viaje. También tenía una idea clara sobre lo poco factible que podía ser su proyecto en un ambiente en el que reinaban las divisiones entre los grupos de autodefensa: unos acusaban a otros de haber aceptado en sus filas a templarios “arrepentidos”; otros renegaban de la integración de las autodefensas a las fuerzas rurales creadas por el gobierno para desarmar a los pobladores. La comunicación y el entendimiento eran difíciles. La desconfianza prevalecía. Además, la lucha por lograr la liberación de Mireles opacaba cualquier otro proyecto.

“Lo que el gobierno ha buscado es dividirlos”, dijo Génesis. “Yo quería hablar con El Americano y con Papá Pitufo [dos líderes de fuerzas rurales] para hacerles entender que no sean títeres del gobierno, que se unan para volver a luchar, pero no pude hacerlo. Me asusta pensar que puedan seguir matándose entre ellos, ésa es la estrategia del gobierno”.

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A finales de julio alcancé a Génesis en La Ruana, en donde pasaba los días en casa de su anciana madre. El calor era intenso y húmedo. Los niños revoloteaban descalzos por el patio que hace las veces de cocina, con un lavadero que también es fregadero para los trastes. Era una casa pequeña, de apenas dos cuartos, pero con un terreno grande en la parte trasera en el que Génesis empezó a construir, hace más de 10 años, la casa en la que soñaba vivir si algún día volviera a su pueblo. “Empecé a construir esa casa hace muchos años, pero nunca pude terminarla”, dijo. “No sé si algún día pueda hacerlo”.

Génesis tenía su computadora portátil en una repisa que colgaba de unos improvisados alambres en el techo y usaba la señal de internet de una vecina. Ahí seguía los pormenores de las autodefensas en otras partes del estado, pero al estar en su pueblo podía enterarse de viva voz del conflicto entre la fuerza rural encabezada por Luis Antonio Torres El Americano, en Buenavista —el pueblo vecino— y las fuerzas rurales encabezadas por Hipólito Mora en La Ruana.

Ese mismo dia Mora estaba de fiesta. Sus amigos lo sorprendieron con una inesperada celebración de cumpleaños a la que llegaron otros líderes de las autodefensas como José Ángel Gutiérrez El Quiro. La entrada al caserón donde se llevó a cabo el festejo era custodiada por decenas de hombres con armas largas y pistolas aferradas a la cintura. Aunque las cosas han cambiado en el pueblo, nadie parece sentirse totalmente seguro. El control de El Americano en Buenavista ha creado una tensión extrema en La Ruana. A decir de los pobladores de La Ruana, el origen del conflicto es que a El Americano y a otros miembros de las fuerzas rurales se les ha vinculado con Los Caballeros Templarios. “Son criminales con uniforme de fuerza rural”, me dijo uno de los asistentes a la fiesta.

Génesis no asistió a la celebración. Faltaban todavía unos días para su regreso a California, pero el viaje le había dejado claro hasta dónde podría llegar. “Yo me voy a ir con el dolor de que todo está yéndose al carajo… de que el gobierno nos está arrebatando la victoria de las manos”, me dijo con cierta desilusión. “Miré a mi gente otra vez con la cabeza gacha, con temor. Miré cómo al padre de La Ruana, José Luis Barragán Segura, van y se le ponen ahí los que dicen que son arrepentidos, se ponen a tomar enfrente de la parroquia para intimidar… Regreso con el corazón partido de ver que la gente vuelve a sentir miedo…”.

A pesar de ello quiere volver. “Voy a regresar con más fuerza, voy a echar a andar proyectos desde allá, a recaudar dinero para obras de teatro para los niños…Eso es con lo que me voy a ahorita…Desgraciadamente los activistas somos los pobres”.

Génesis regresó a Fontana, California, el 11 de agosto. Su camioneta la dejó en Michoacán porque la transmisión no pudo ser arreglada. Volvió en un auto prestado para encontrarse con los biles de la tarjeta de crédito, un adeudo de dos meses de renta y pagos pendientes por los servicios públicos.

 

En Merced, una comunidad agrícola de 81 mil habitantes al norte de California, muchos inmigrantes michoacanos suelen ver “un templario detrás de cada árbol”.

El miedo ha viajado desde las exuberantes tierras de Michoacán hasta llegar a los campos fértiles del Valle de San Joaquín a través de los relatos de familiares que fueron víctimas de extorsión y violencia ejercida por Los Caballeros Templarios y otras organizaciones del narcotráfico. Las historias corren de boca en boca y en el camino van tejiendo conexiones locales: fulano, el vecino, es hermano de un templario; zutano era sicario y ahora vive acá…

Esas conexiones alimentan la desconfianza y el temor a hablar, lo que quizá explica la reducida asistencia que tuvo la reunión de un grupo de agricultores el 7 de junio para discutir cómo apoyar a las autodefensas. “Yo creo que nuestra gente es apática, o ven un templario detrás de cada árbol. En realidad nuestra gente tiene miedo a todo”, dijo José Díaz, un inmigrante originario de Zacatecas que perteneció a las fuerzas aéreas del ejército estadunidense y que en la actualidad vive de su trabajo como soldador.

En la reunión, convocada por José Sandoval, un activista michoacano establecido en San José, California, también se discutiría, entre otras cosas, la posibilidad de lanzar a José Manuel Mireles como candidato a la gubernatura de Michoacán. Eso sucedió antes de que el vocero de las autodefensas fuera detenido y encarcelado a finales de junio.

El miedo tiene sustento. La presencia de Los Caballeros Templarios en Estados Unidos se hizo evidente en 2012, cuando la DEA anunció órdenes de aprehensión contra 30 integrantes de La Familia Michoacana y de Los Caballeros Templarios que operaban en California. La operación conocida como Knight Stalker condujo al arresto de 16 de esas personas bajo los cargos de transportación y posesión de metanfetaminas, cocaína y heroína para la venta, así como conspiración y arriesgar la vida de menores. El operativo abarcó principalmente condados del sur de California, como San Diego, Santa Ana, Riverside y otros.

Un año después, la DEA anunció el arresto de otras ocho personas vinculadas a Los Caballeros Templarios también en el sur de California. Los detenidos fueron acusados de aliarse con la Mafia Mexicana, una pandilla en prisión, para buscar protección y expandir sus actividades a lo largo de Estados Unidos.

Aunque los arrestos y los operativos ocurrieron en el sur de California, la noticia confirmó lo que muchos en el Valle Central y en el norte ya sabían: que los Templarios realmente operaban en todo el estado. “Claro que aquí también hay templarios”, dijo Sandoval en la reunión. “Antes llegaban a las cantinas de aquí y decían, ‘soy templario’ y se llevaban a las muchachas, pero desde que surgieron las autodefensas ya no lo hacen, ahora saben que hay alguien que los va a denunciar”.

Sandoval, quien lleva más de 20 años en California, quería despertar una respuesta más activa hacia el surgimiento de las autodefensas ya fuera mediante aportaciones económicas u otro tipo de acciones como la integración de los inmigrantes al Frente Nacional de Autodefensas en México, que busca crear grupos de autodefensa en todo el país.

Unos meses logró que decenas de personas en el estado aportaran recursos para ayudar a pagar los hospitalización de Mireles luego del accidente aéreo que sufrió en enero de este año. En diferentes reuniones juntaron dinero también para la compra de alimentos y medicinas para las autodefensas.

Pero en la reunión de ese sábado de junio reinó el escepticismo, sobre todo porque ya para esas fechas las autodefensas habían entrado al proceso de desarme e integración de las fuerzas rurales auspiciado por el gobierno. “Yo nunca estuve de acuerdo con el proceso ese”, dijo Valentín Horta, un inmigrante originario de Coalcomán de Vázquez Pallares, un municipio de unos 18 mil habitantes en la Tierra Caliente de Michoacán. “Yo estoy bien seguro que armaron a muchos criminales…Nunca le pidieron opinión al pueblo y los armaron por su cuenta. En Coalcomán intentaron dividir al pueblo”.

 

Horta tiene 49 años, de los cuales 30 los ha vivido en Estados Unidos. Lo primero que dijo al saludarme fue “Soy comunitario. No soy rural; soy comunitario”, como queriendo dejar claro su pertenencia a los grupos de autodefensa —los originales—, pero no a las fuerzas rurales. “Hay muchos [en California] que no quieren involucrarse porque tienen miedo de que les pase algo a sus familias allá, pero otros no lo hacen porque sus mismas familias están metidas en eso”, dijo Horta.

Horta es trailero, pero su pasión son los gallos de pelea, los cuales cría para la venta en su rancho en Merced. El mercado para sus gallos lo tiene en Michoacán, lo que lo lleva con frecuencia a ese estado, pero en uno de sus últimos viajes las cosas se complicaron.

En enero de 2012, durante una de las visitas que hizo a Coalcomán, un grupo de hombres armados lo levantó. “Íbamos en plan de vacaciones. Llevábamos escopetas…De repente nos cerraron el paso, con granadas y todo…Me amarraron y me pusieron debajo de un árbol; me apuntaron con las armas, me querían matar”.

Él está convencido de que la misma policía participó en el levantamiento y aún ahora no sabe exactamente por qué no lo mataron. Quizá fue una confusión, dice. El caso es que se salvó y desde entonces siempre anda armado, aquí y allá. “Aquí me puedo defender con una pistola y el gobierno me va a amparar, pero allá es otra cosa… Los que te conocen, los que te dijeron que ya estás en la cruz… es otra cosa”.

En febrero de 2013, cuando los pueblos se levantaron en armas, Horta llamó a sus familiares y amigos en Coalcomán para brindar apoyo al movimiento y a la gente. “Hicimos reuniones, kermeses, diferentes cosas para juntar dinero y enviarlo a las familias, a quienes nosotros pensamos que estaban haciendo las cosas bien”, dijo.

Y luego, cuando la venta de gallos lo llevó de nuevo a Michoacán, decidió unirse a las autodefensas de Villa Victoria. “Yo me informé de quiénes eran los más decentes y me fui para allá por un tiempo. Anduve con ellos patrullando voluntariamente… Creo que era un deber hacer lo que yo andaba haciendo. Tengo mis raíces allá. Tengo una casa allá y mis papás todavía están allá. Creo que es algo muy importante”.

Otros de los asistentes a la reunión convocada por Sandoval hablaron de las experiencias de sus familias con el crimen organizado o incluso de las propias durante las visitas a sus pueblos.

Pero no hubo acuerdos finales ni un plan de acción para seguir. Sandoval insistió en la responsabilidad social que los michoacanos que viven en Estados Unidos tienen con sus pueblos de origen. Les recordó que lo que sucede en Michoacán puede repetirse en cualquier otro lugar. “La cosa es tener amor a uno mismo, a nuestros vecinos… estamos viendo lo que pasa en la otra casa y pensamos que nunca va a llegar. A todos se les va a incendiar su casa y luego van a pedir ayuda”.

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Por más de dos años Fidelina González y su esposo invirtieron una buena dosis de esfuerzo, dinero y energía en la construcción de una casa grande y cómoda en Tepalcatepec, en el corazón de la Tierra Caliente y el lugar al que pensaban volver tras haber vivido casi 20 años en Estados Unidos.

Regresar a su pueblo en Michoacán significaba no sólo la consumación de un sueño, sino también la recompensa final de tantos años de trabajo, tesón y sacrificios.

La casa tendría todo a lo que la vida en San José, California, los había acostumbrado: una cocina espaciosa con múltiples gabinetes y cajones, una estancia grande, luminosa y de techos altos en la planta baja, además de amplias habitaciones en la planta alta, a la cual se llegaba por una escalera de caracol situada al fondo de la estancia. Tenían cochera y jardín al frente. Pero para ellos nada era tan importante como poder estar cerca de su familia nuevamente.

En junio de 2010 Fidelina decidió que estaba lista para volver. “Echamos los colchones, televisiones, ropa, todo lo que cupo en las camionetas y nos fuimos para allá”, me contó Fidelina en San José, California, una tarde de junio. Con ella iban su esposo (quien pidió no publicar su nombre) y sus cuatro hijas, ciudadanas americanas, de entonces 15, 13, 10 y cuatro años.

Pero el sueño les duró pocos días. “Me fui para toda la vida y regresé en menos de un mes”, dijo Fidelina al recordar esos días. “Era cuando el jefe de plaza violaba a las niñas; se emborrachaba y se ponía en la plaza a ordenar, tráiganme a esa y a esa otra y las violaba… Estaba muy feo”.

Pero lo que no pudo soportar fue vivir un enfrentamiento a balazos. “Un día en la tarde ellas estaban en las parcelas [Fidelina y sus hijas] cuando empezaron a corretearse unos a otros [grupos rivales] y empezó la balacera. Ellas lo vivieron y eso fue lo que derramó la copa”, recordó el esposo de Fidelina, quien para ese entonces se había regresado a San José, California, para finiquitar asuntos de trabajo y pagar servicios, impuestos y otros detalles. Su plan era reunirse con su familia en Tepalcatepec a finales de año.

Días después de la balacera, Fidelina envío a sus hijas de vuelta a California, pero para ella el regreso fue aún más complicado. Al igual que lo hizo 20 años atrás, Fidelina, una mujer morena, de ojos grandes y cabello negro, se vio obligada a enfrentar el riesgo que significa cruzar sin documentos. En Tijuana la alcanzó su esposo —quien tiene residencia legal, pero aún no ha podido arreglarle los papeles— y juntos buscaron al coyote que les ayudaría en el proceso. En el primer intento la agarraron y regresó a Tijuana, donde pasó mes y medio hasta que finalmente pudo cruzar de nuevo.

Su casa en Tepalcatepec está ahora semihabitada. Los muebles que la familia trajo consigo se quedaron ahí, como en espera del regreso de los habitantes. Mientras tanto, la hermana de Fidelina, Josefina, ocupa temporalmente algunos de los espacios.

“Los Templarios querían adueñarse de la casa”, me contó Josefina en Tepalcatepec. “Tuvimos que venir a ocuparla para evitar que eso pasara. Ahora estamos tratando de venderla”.

Josefina pertenece a las fuerzas rurales de Tepalcatepec. Ella se unió a las autodefensas desde el levantamiento en febrero de 2013. Junto con otras mujeres del pueblo apoyó el movimiento de diferentes maneras: informando a la gente, protestando y preparando alimentos y viandas para los hombres de la comunidad.

Las hermanas mantienen una comunicación constante ya sea por Facebook o por teléfono, así que para Fidelina y su esposo la noticia del levantamiento en Tepalcatepec y La Ruana no fue del todo sorpresivo. Tampoco lo fue para muchos de los michoacanos en California que estaban al tanto de la extorsión, los secuestros y la violencia que afectaba a sus familias en México.

La reacción al surgimiento de las autodefensas no fue unánime en San José, una comunidad que registra uno de los más altos índices de inmigración en todo el país y donde se estima que dos de cada tres residentes son hijos de inmigrantes. Los michoacanos constituyen una parte importante de la inmigración mexicana en el área.

Fidelina y su esposo se unieron de inmediato a las manifestaciones de apoyo a las autodefensas, acudieron al consulado llevando pancartas y repartieron volantes en diferentes lugares. También juntaron dinero para apoyar a sus familiares en la compra de una o dos armas para defenderse. “Nosotros enviamos dinero para que pudieran defenderse”, dijo el esposo de Fidelina. “Cada quien ayudó como pudo a sus familiares. Nosotros enviamos dinero para que se compraran un AK-47 y una 9 mm. Cada quien hizo lo que pudo para ayudar”.

Ayudar no fue fácil. Los González tienen jornadas intensas de trabajo. Él trabaja de seis a.m. a tres p.m. en el área de mantenimiento de una empresa y luego cubre un segundo turno hasta la medianoche en otra empresa. Ella trabaja por las tardes limpiando oficinas y en las mañanas se hace cargo del hogar. Aún así, apenas sacan lo suficiente para cubrir los gastos de renta, alimentación, transporte, vestido y educación de sus hijas. “Aquí si no tienes dos trabajos no te alcanza el dinero”, dice el esposo. “El promedio de una renta de un departamento con una recámara es entre mil 100 y mil 300 dólares. Si agarras un departamento de dos recámaras, de unos mil 500, ganas 800 a la quincena, pues nada más sacas para pagar la renta, biles, aseguranza… se la pasa uno estresado viendo de dónde sacas el dinero”.

Quizá por lo difícil que es ganarse la vida en Estados Unidos o por otras razones, muchos michoacanos decidieron no participar abiertamente. “Muchos decían que por miedo”, dijo el esposo. “Porque aquí también hay templarios. Ellos trabajan aquí repartiendo la droga…aquí no es que anden acribillando. Aquí venden la droga, ése es su trabajo y uno lo sabe, la droga nunca se va a terminar… pero el problema allá fue que se metieron con la gente humilde, con la gente de bien, se llevaron a la familia, le cobraban hasta a los niños y el gobierno mismo lo permitió”.

Fidelina y su esposo están al tanto de lo que pasa día a día en Michoacán y son activos en las redes sociales: comparten cada nuevo video que se sube a YouTube, comentan y comparten noticias a través de Facebook y son muy críticos y escépticos frente a la estrategia del gobierno federal para lidiar con el problema.

“El comisionado [Alfredo Castillo] dice que todo se calmó, pero sigue habiendo asesinatos… el mismo gobierno vistió como rurales a templarios arrepentidos. Ahí entre esa gente hay criminales, personas buscadas por Estados Unidos”, dijo el esposo. “Para mí es una bomba de tiempo pero, honestamente, lo bueno es que la gente ya está armada; la gente no se va a dejar pisotear y eso de que entregaron las armas no es cierto. Nadie entregó las armas”.

Y continúa: “Al Americano ya lo dejaron libre. La federación ya le vendió el estado al Cártel Jalisco Nueva Generación y ya impusieron los nuevos jefes lugartenientes de plaza… El padre Goyo lo ha dicho abiertamente; Hipolito Mora ya se cansó. En Tepalcatepec las cosas están bien porque la gente no se dejó y está haciendo bien las cosas, pero de Buenavista para adelante puro criminal”.

A pesar de lo difícil de la situación, los González no descartan la idea de regresar a Tepalcatepec. Ese sigue siendo su sueño. “En unos dos años queremos regresar”, dice Fidelina. “En cuestión de la vida estamos seguros aquí, pero aquí nos está apretando mucho el gobierno, nos tienen muchas puertas cerradas”. Y su esposo agrega: “Esté como esté queremos regresar. Aquí la vida está cada vez más difícil. Ahorita gracias a Dios ya hicimos algo allá y queremos irnos para estar con los papás ahorita que todavia los tenemos”.

 

Lourdes Cárdenas
Periodista.

 

7 comentarios en “Michoacanos al grito de guerra

    • Que admirable Génesis, mujeres con ese mismo espíritu de lucha nos hacen falta a lo largo del país. Los que queremos el bienestar y la paz somos la mayoría, así que no es un sueño imposible.

  1. Genesis es toda una Guerrera. Yo me identification con ella aunque mi historia es mas dolorosa por los cruel es asesinatos de mi familia en Chihuahua. Genesis te quiero y te apoyo.

  2. Me enorgullece saber que existen mujeres como Génesis y Fidelina que el deseo de regresar a casa las hace apoyar el levantamiento de las autodefensas en Michoacán