Desandar el camino de la vida a través de la memoria es, quizá, uno de los ejercicios más honestos y extenuantes que alguien pueda emprender. En estas páginas hay una muestra de la pisada firme de Jorge G. Castañeda en el terreno de la autobiografía. Echó mano de evocaciones, testimonios, documentos propios y ajenos para hacer el retrato de una época de la que muchos siguen conversando pero casi nadie ha escrito. En esta narración autobiográfica, que circulará bajo el sello de Alfaguara, Castañeda da cuenta de su trayectoria política, intelectual y personal rompiendo con la tradición mexicana de callar todo o pagarle a otros para que hablen.


Desacostumbro los dichos y me desagrada la tradición mexicana de recurrir a ellos como sucedáneos de un pensamiento o expresión propia y articulada. ¿Por qué entonces iniciar estas páginas con uno de nuestros proverbios más trillados? Como un elogio al fracaso, como una reivindicación de la derrota, como una reconciliación con los reveses que todos sufrimos en la vida: “No hay mal que por bien no venga”. Al igual que todos los seres humanos, he padecido serias contrariedades e incontables momentos de felicidad, éxito y placer. Algunos dirán que los segundos han sido más numerosos que los primeros, gracias a circunstancias ajenas a mi voluntad, y otros pensarán que los fracasos han tenido lugar en ámbitos de mayor trascendencia que los logros, múltiples pero secundarios. Por mi parte, arranco este esfuerzo con un par de ejemplos de malos pasos convertidos en victorias, de fiascos gestores de buena fortuna.

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Ingresé al Partido Comunista Mexicano (PCM) en 1978, a los 25 años de edad. En 1980 tuvo lugar el 19 Congreso del PCM, caracterizado por un duro enfrentamiento entre los llamados “renovadores” y la dirección del partido, encabezada por Arnoldo Martínez Verdugo en compañía de cuadros como Gerardo Unzueta Lorenzana Gul, Marcos Leonel Posadas el Zombi, y otros personajes inolvidables. La corriente renovadora, dirigida por el historiador Enrique Semo y mi querido Joel Ortega, fue derrotada en toda la línea, y yo con ella. Horas antes de la paliza, en lo personal sufrí otro golpe que pocos detectaron, pero que resultaría decisivo para mi futuro político. En todos los PCs del mundo, desde las llamadas “21 condiciones” impuestas por Lenin como el catecismo de la Tercera Internacional, nadie podía ingresar al Comité Central del partido sin una antigüedad mínima de militancia, en general de cinco años. La lógica, para organizaciones perseguidas y reprimidas a sangre y fuego, resultaba atendible.

En mi ambición insaciable, me propuse entrar al CC del PCM —los comunistas, como los canadienses, siempre se comunicaban en siglas— a pesar de no cumplir los requisitos pertinentes. Primero intenté validar mis dos años en el Partido Comunista Francés, comprobables a través de carnets y otros documentos. Luego, como de todas maneras faltaba un año, maniobré para cambiar los estatutos y permitir la elección al máximo órgano directivo con tres años de membresía. Se aceptó la propuesta en la comisión de estatutos, pero fue derrotada en el pleno, en parte porque algunos avezados adversarios captaron que el ajuste llevaba dedicatoria: para mí, en un momento en que todavía se me consideraba el consentido de la dirección. Ya no me encontraba en el Polyforum Siqueiros cuando se celebró dicha votación, pero un amigo me informó del resultado por teléfono. Mi historia en el PCM llegaba a su término.

Todo esto coincidía con el interludio de mi padre en el cargo de secretario de Relaciones Exteriores, y con el auge revolucionario en Centroamérica. Los sandinistas habían triunfado en Nicaragua, el FMLN parecía labrarse una victoria en El Salvador, y hasta las diezmadas guerrillas guatemaltecas mostraban cada día mayor actividad y fuerza. Mi padre me invitó a trabajar con él, sin sueldo ni cargo pero con una injerencia creciente en la relación con los centroamericanos y con Cuba. Cuando se cerraron las puertas en el PCM me dediqué casi de tiempo completo a la tarea conspirativodiplomática del gobierno de México. Contribuí, entre otras cosas, a la Declaración Franco-Mexicana sobre El Salvador en agosto de 1981, y a la entrada de más de 40 mil refugiados de Guatemala a Chiapas. De haber actuado de manera diferente los delegados al 19 Congreso del PCM, otro gallo hubiera cantado; el juicio contrafactual resulta inapelable. Quizás me habría vuelto lúgubre comunista, como Gul y el Zombi Posadas, y nos hubiéramos ahorrado las consecuencias de mis aventuras, y el lector la tarea de leer este libro. Pero su autor habría perdido oportunidades únicas: influir en una mínima medida en el acontecer histórico; trabajar con mi padre; enorgullecerme 30 años más tarde de mi granito de arena a favor de pequeños países condenados por la geografía y la historia.

El siguiente contrafactual sucedió 20 años más tarde. Como muchos mexicanos, me convencí, después de las elecciones presidenciales de 1994, de que sólo con la unidad del PRD y del PAN resultaría posible vencer al PRI. Mucha gente, con mayor ahínco y participación que yo, se abocó, desde el verano del 99, a buscar la cuadratura del círculo y persuadir a Cuauhtémoc Cárdenas y a Vicente Fox de unirse en una candidatura única. Se inventaron fórmulas imaginativas —una vicepresidencia de la República— y se esgrimieron argumentos obcecados —a Cárdenas “le tocaba”—, pero el esfuerzo desembocó en un desastre: dos candidaturas condenadas, según casi todos, incluyéndome a mí, a la derrota.

Ante la consiguiente desazón colectiva y personal opté por uno de mis más manoseados antidepresivos: escribir un libro. A principios del 99 había publicado La Herencia, un texto sobre las sucesiones presidenciales en México basado en entrevistas con ex mandatarios que, por razones de coyuntura, gozó de un cierto éxito: más de 150 mil ejemplares vendidos en unos meses. Me propuse inventar una segunda parte —que, en efecto, nunca son buenas— al reproducir en México el esquema de los clásicos libros de campaña de Theodore White, The Making of the President, desde 1960 y cada cuatro años hasta entrada la década de los ochenta. Para consumar este proyecto se requería la anuencia de los candidatos. Debía disponer de un acceso ilimitado a ellos, a sus asesores, padrinos y consultores. Me reuní con Francisco Labastida, del PRI, con Fox, del PAN, y con Cárdenas, del PRD. Los dos primeros accedieron de inmediato a mi solicitud, pensando, me imagino, que ya sobre la marcha calcularían el acceso que convenía brindarme y qué tan serio resultaría mi compromiso de no utilizar la información obtenida sino hasta después de las elecciones y sólo en el libro propuesto. Cuauhtémoc, mi relación personal más antigua, meditó un tiempo el asunto y terminó por declinar, sin ofrecer mayores explicaciones. Supongo que temía filtraciones, o dudaba hasta qué punto me abstendría de compartir datos e impresiones con Fox, candidato con quien llevaba también varios años de amistad y con quien había empezado a colaborar, apoyo que hubiera suspendido, desde luego, al emprender la otra faena.

Sin la disposición de los tres candidatos, el proyecto era inviable y lo deposité en el basurero de las malas ideas. Pero en noviembre Fox comenzó a invitarme con mayor frecuencia a las reuniones de estrategia electoral y a círculos más estrechos de colaboradores; me involucré de lleno en su campaña. De nuevo, puse mi granito de arena para la victoria del 2 de julio. ¿Hubiera ganado Fox sin mí? Por supuesto, pero de haber aceptado Cárdenas mi propuesta, yo habría escrito otro libro, Fox habría sido electo de otra manera y con otra estrategia, yo no hubiera sido su canciller y quizás no me odiaría tanto Fidel Castro. ¿A Cárdenas le hubiera ido mejor en los comicios? Imposible saberlo, salvo que la llamada izquierda azul o “voto útil” le arrebató entre uno y dos millones de votos, y la astucia se suele atribuir a mi persona. Creo que sólo le puse Jorge al niño, por así decirlo, pero el hecho incidió en el resultado electoral. Cuauhtémoc Cárdenas habría evocado otro detestable dicho mexicano: “Nadie sabe para quién trabaja”. Con el advenimiento de la vejez, sin embargo, sí sabemos bajo qué signos de destino, suerte y voluntad recorrimos los años transcurridos. En la conciencia de esos signos consiste el punto de partida de cualquier revisión de la vida vivida. Con esa conciencia, se puede echar a andar el relato cronológico más tradicional, para interrumpirlo cada vez que la imaginación así lo provoque. O que la irreverencia exija una ruptura con los moldes clásicos de este género. Por ello, el lector no debe desconcertarse al encontrar en este periplo memorioso una serie de paréntesis denominados fast forward y rewind, sin mayor aviso que la simple anotación.

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No nací en una ribera del Arauca vibrador, sino en el viejo hospital ABC de Mariano Escobedo, donde ahora se encuentra el Hotel Camino Real. Mis padres contrajeron matrimonio días antes del parto, ya que además de vivir juntos varios años sin sentir necesidad alguna de casarse, mi madre apenas consiguió el divorcio de su primer marido meses atrás. He ahí el primer ingrediente heterodoxo de mi por lo demás ortodoxa existencia: mis padres no estaban casados cuando fui concebido; ambos lo habían estado antes —lo cual, sin ser único, sonaba excepcional a principios de los años cincuenta en México. Más que nada, mi madre era extranjera, judía y cargaba con un hijo de ocho años: una combinación algo exótica para esos tiempos.

Oma Gutman Rudnitsky llegó a México el 31 de diciembre de 1938, procedente de Nueva York y Bélgica. Se casó con su primer esposo, el padre de Andrés, mi medio hermano, al día siguiente, en la ciudad de México, antes de partir a Monterrey; él había sido contratado por la Cervecería Cuauhtémoc como químico. Se conocieron en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Bruselas, donde Oma terminó su doctorado en farmacología y bioquímica a los 24 años. Conocí poco a Leonya, pero siempre supuse y comprobé que se trataba de un personaje excepcional en su vitalidad e inteligencia. Mi mamá provenía de un pueblito ruso-polaco-judío a medio camino entre Minsk —en lo que ahora es Bielorrusia— y Vilnius —hoy la capital de Lituania: Vileika, cabecera municipal de la región natal del poeta nacional de Polonia, Adam Mickiewicz—. Aunque mi madre siempre nos hizo creer que sus padres apenas superaban el estatuto de simples leñadores de escasos recursos, en realidad se adueñaron del aserradero local en una zona boscosa y bien comunicada. Judíos pobres y víctimas de pogromos no eran, aunque su prosperidad de nada les sirvió en junio de 1941, cuando los nazis invadieron la URSS, arrasaron el pueblo y fusilaron a los casi tres mil judíos de la comarca. Persiste la duda en la familia, aunque Marina, mi hermana, insiste en que la disipó con la historiadora del pueblo cuando visitó Vileika en 2010 —yo fui en 1988 y no averigüé nada—: ¿fueron nuestros abuelos exterminados por los alemanes, (versión de Marina), o por polacos o lituanos antisemitas que aprovecharon la inminente llegada de la Werhmacht para escabecharse a cuanto paisano pudieron detectar (versión de mis primos)?

México, según su diario, fascinó a mi madre: sus colores, sus ruidos y sabores, todos fuertes y vibrantes, los antípodas sensuales de la grisura del Báltico y de Bruselas. Como a tantos otros visitantes asilados o emigrados de Europa y los Estados Unidos, sin hablar de los refugiados españoles y latinoamericanos que conformaron durante y después de la guerra una comunidad expatriada pero patriota y enamorada del país. Del país, y de algo más: en esos años, en medio de las vicisitudes de su matrimonio con Leonid Rozental, conoció y se enredó con el poeta y antropólogo comunista haitiano Jacques Roumain, autor de Gobernadores del rocío y destinado a morir de modo prematuro en Puerto Príncipe en 1944. Falleció casi al mismo momento en que mi madre se enteró del fusilamiento de mis abuelos, a miles de kilómetros de distancia; ni toda su joie de vivre pudo neutralizar la tristeza de esa doble pérdida. Quizás le ayudó el nacimiento de su primer hijo, Andrés, en abril de 1945, en el mismo hospital ABC donde llegaría yo ocho años después. Para entonces la relación matrimonial se había deteriorado; ambos emigrantes residían en la capital y al cumplir Andrés dos años, Oma resolvió buscar otros horizontes y se marchó a Nueva York.

Allá, instalada con su hijo en el departamento de sus suegros, resolvió emplearse como intérprete en la flamante secretaría de la ONU, ubicada en ese momento en Lake Success. Aprovechó su dominio de cuatro de los idiomas oficiales de la organización: ruso, inglés, francés y español; también hablaba alemán, polaco, yiddish y hebreo, pero el castellano constituía, al cabo de 10 años en México, su primera lengua, a la cual traduciría desde las demás. Invitó una temporada a Nueva York a su hermana Mifa, casada, con un hijo y radicada desde su exilio en 1936 en Palestina, donde surgiría, en esos meses, el Estado de Israel. Desde la salida de ambas de Vileika, 12 años atrás, no se habían encontrado; el duelo por la muerte de sus padres lo vivieron juntas lejos del terruño.

Según la leyenda de la familia extendida Gutman, sostenida no sólo por Marina sino también por nuestros primos hermanos Ran y Beni, al llegar Leonid a Nueva York para visitar a su hijo, a sus padres y a quien todavía era, más o menos, su esposa, no reparó en tener sus queveres con Mifa, todo a plena luz del trémulo sol de Long Beach, balneario judío, y del departamento de los abuelos en el Bronx. Esto, que sucedió en marzo de 1948, representó el preámbulo de la separación final de los dos químicos, errantes y judíos, y el punto de partida de la relación de Oma con su nueva pareja: un mexicano apuesto, culto e inteligente, aunque todavía un tanto desbrujulado. Jorge Castañeda Álvarez de la Rosa aún no cumplía 30 años y ya alternaba entre París, con un primo; Nueva York, donde vivía la mujer de quien se enamoró; y México, donde no tenía qué hacer salvo —y no era poco— ocuparse de su madre, su hermana y su hermano menor, desamparados tras la muerte de su padre. En septiembre de 1948 Oma viajó a París a trabajar en la Asamblea General de la ONU, y allí, o en un tren camino a Venecia, se topó con mi padre. Aparecieron algunas fotos suyas de esos años: alto, delgado, fumador con estilo, seductor en la pose, penetrante la mirada, pero con languidez más que intensidad. Un hombre nómada para una mujer peripatética.

Mi vida adulta, además de reproducir los patrones de mis padres, me resultaría incomprensible si omitiera las peripecias paternas y maternas antes de mi aparición en escena. Lo habitual para ellos, su normalidad, residía en el movimiento perpetuo; en la falta de raíces clavadas y estacionarias; en la irrefrenable búsqueda de alternativas; en la reinvención o el afán de volver a empezar siempre; y en la extraña noción de vivir despojados de obligaciones, salvo las más terrenales. Mi naturaleza trashumante, que me acompañará hasta que la imposibilidad física la anule, brota de la misma propensión de mis padres a la itinerancia perenne. En ellos emanaba de un deleite iconoclasta, en ocasiones llevado a la estridencia, pero siempre con finura y argumentos. En mí, tal vez sólo es por joder, como el español del chiste.

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Mis padres eran todo menos persignados, acartonados o conservadores —al contrario: ateos, comecuras y, en el caso de mi madre, lo más antisionista imaginable—. Lo suyo era la abrasiva irreverencia, en ocasiones la provocación, no tanto en el discurso o el subtexto, sino en la vida cotidiana. Trasladaban estos rasgos a la política: ella, como una estalinista ferviente, partidaria incondicional de la URSS; él, instruido de un antiamericanismo moderado, a pesar de sus largos años en Estados Unidos, de su perfecto inglés, de su admiración por la cultura popular norteamericana —más que por la literatura, la plástica o la danza: todo ello salvo el jazz le daba pereza— y de su realismo geopolítico. La conducta de mi padre lindaba en lo errático. Desposó a una joven mexicana cuyo apellido o destino jamás conocimos. Tuvo, según se dice, varias novias y poca vocación profesional, incurriendo sin gran éxito en diversos negocios un tanto frívolos o insensatos: desde la venta de focos y radiotransmisores hasta la descabellada idea de recuperar un enorme predio en Chiapas, cerca de Palenque, que en teoría perteneció a su padre, aunque quizás el abuelo no lo haya adquirido con demasiados escrúpulos. Cuando decidió sentar cabeza con Oma, en ese momento separada e incorporada a un trabajo en esa época glamoroso, sustantivo y bien pagado, ella no se la puso fácil. Si deseaba vivir o casarse con ella, tener hijos y construir una pareja, sería en Nueva York o no sería. A Oma se le ocurrió que Jorge entregara a mejores causas su formación jurídica, su encanto seductor y su “mundo”, ya notorios, ingresando al Servicio Exterior Mexicano, aprovechando la presencia de Luis Padilla Nervo, en la titularidad de la Cancillería a partir de 1952. Se habían conocido en París, durante el otoño de 1948, cuando mi papá y un colega se acercaron a la embajada de México en Francia para echar una mano y ganar algo para complementar sus ingresos; Padilla Nervo encabezaba allí la delegación mexicana en la Asamblea. De hacerlo, fantaseaba mi madre, podría ser comisionado a la Misión de México ante la ONU en Nueva York. Después de preparar los exámenes del Servicio Exterior Mexicano en el Hotel Papagayo de Acapulco a lo largo de un mes, aprobó el concurso en 1950 y, efectivamente, fue comisionado a Nueva York, donde iría y vendría a lo largo de los próximos 12 años. Y yo, desde agosto de 1952 en el vientre de la intérprete-traductora, disfrutaría y padecería los avatares de esas idas y vueltas, sin completar antes de los nueve años de edad un año escolar entero en una misma escuela. Pero lo bailado, desde entonces, no me lo ha quitado nadie: cada vez que me acerco al Upper West Side de Manhattan, o a Fort Lee, New Jersey o a los viejos locales del Liceo Francés, me vuelven imágenes de esas épocas, los olores y sonidos de una ciudad cuya constancia en el tiempo sólo se compara con la brevedad de su historia. Nueva York es siempre igual a sí misma, porque su eternidad comenzó ayer.

No todo se centró en Nueva York en esos años. De haber sido el caso, la vida estática y la tranquilidad de una infancia sedentaria me hubieran aportado calma externa y familiar. Al revés: desde mis primeros meses la regla fue el trajín entre México y Estados Unidos. Mis padres construyeron una casa de México en 1958 donde, en realidad, pararíamos poco: aun así llegó a marcarme más que cualquier otra morada hasta la supuesta madurez de la vida. El terreno poseía dos frentes, dando a las calles de Tigre y de Actipan, en la colonia Del Valle, a 100 metros de Insurgentes y a 200 de la iglesita de Santo Tomás, patrono del barrio de Actipan, vecino y enemigo de los barrios de San Lorenzo y Tlacoquemecatl. Ambas calles carecían de pavimento; la casa que construyó Volodia Kaspé, uno de los pocos amigos de mis padres de origen ruso —y junto a su esposa, Masha, una de las parejas más cercanas a ambos—, era la primera de la zona en contar con agua potable, jardín y teléfono. Teléfono sólo al cabo de intervalo: recuerdo acompañar a mi madre a la farmacia de la avenida José María Rico a marcar. Desde allí se divisaban los volcanes, espectaculares por la luz y el aire de la ciudad de México. Dos cedros enormes ensombrecían el jardín, pero ofrecían una vista maravillosa desde las ventanas del segundo piso, ocupado por las recámaras de mis padres y de mis dos hermanos, Andrés, ya con nosotros, y Marina, recién nacida: la familia nuclear que sólo formamos a ratos y que, sin embargo, procuraron construir mis padres.

Cada 12 de marzo el barrio celebra la fiesta de su patrono. Juegos mecánicos, estanquillos con infinidad de productos, grandes cantidades de alcohol y, en la noche, los “castillos” o fuegos artificiales que a tantos dichos se prestan en un país adicto a los mismos:  “le fue como al cohetero”, “hay tiempos de echar cohetes”, etcétera. El 8 de marzo de 1959, sin cumplir aún seis años, mi padre me sacó a la calle de Tigre ya tarde para verlos, como Aureliano Buendía paseó a su hijo para conocer el hielo. Desde aquella época me han fascinado. Conservo el recuerdo de una sensación de seguridad y calor, acurrucado en los largos brazos de mi padre, y de su obcecación por mostrarme la fiesta de Santo Tomás, la ciudad de México, el país y el mundo. Guardo pocos instantes de contacto físico con él; éste es el primero, y el más intenso y duradero. Durante los siguientes 60 años, volvería una y otra vez a la fiesta del pueblo de Actipan, a los castillos del día de Santo Tomás y a los amigos con quienes crecí.

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Mi ancla adicional en México durante la infancia fue Chapultepec 400, el edificio de tres pisos que habitaban mi abuela y mis tíos Germán Castañeda y Javier Rondero, casado con Elsa Castañeda. La matriarca era Michita, mujer que rebasaría los 90 años, igual que su madre, y que ejercía una enorme influencia sobre sus hijos, casi siempre para bien y de vez en cuando con excesos. Largos periodos míos transcurrieron allí; durante las Asambleas Generales de la ONU, mi padre y Oma se marchaban a Nueva York, dejándome encargado con mis tíos. Javier era el más divertido aunque, como descubrí algunos años después, también el más vulnerable: padecía de una esquizofrenia, en aquella época incontrolable, que incluso lo impulsó en alguna ocasión, según mi madre, a tratar de ahorcarla en Nueva York cuando regresaban en automóvil de un fin de semana en Connecticut. Con el tiempo, la enfermedad de Javier se tornaría manejable, gracias a la sedación y la paciencia. No olvido sin embargo el misterio que envolvía las salidas nocturnas de mi padre a mediados de los sesenta y su retorno al amanecer, después de haber ambulado toda la noche con Javier entre su casa en San Ángel Inn y el Tecolote en Insurgentes Sur. Hasta finales de ese decenio los continuos periplos noctámbulos de Javier conformaban su único alivio ante los estrépitos del inconsciente que lo acosaban, y que persiguieron a su hija Elena, mi prima hermana, hasta su muerte prematura en 2011.

Germán murió antes de tiempo, sin haber sufrido mayor persecución por los traumas del alma. El hermano menor de mi padre motivó indirectamente mi primer recuerdo sexual, sin duda inventado, pero almacenado en los resquicios del inconsciente casi desde que ocurrió: en el acto mismo, en mi imaginación, o en la reconstrucción de la mente ya después. Cathy Robinson o Castañeda vive todavía en Atlanta, y quizás a ella le debo los avatares posteriores de mi actividad y desventuras sexuales. Era hija de Jean, la primera esposa de Germán, una guapa y alegre maestra norteamericana de inglés, cuyo matrimonio duraría menos de 10 años. Se llevaban bien con mis padres y un fin de semana largo, en 1959, partieron juntos a Acapulco, a Pensiones, donde con frecuencia vacacionábamos todos: el sitio reservado para funcionarios públicos, en Icacos.

Yo permanecí en la ciudad de México, en manos de Cathy. No retuve los detalles, pero sé que en mi cabeza, ella, por una razón u otra, se metió a mi cama, con un osito de peluche suyo (o mío) en el que me introducía (de manera incomprensible, pero así son los sueños) y una vez allí, asilado, abrazaba y acariciaba a mi “primastra”. Nada de todo esto sucedió salvo en mi fantasía, pero desde entonces me obsesioné con ella: bastante mayor que yo, bella y seductora. La volví a ver seis o siete años después, en México, y muchos años más tarde, cuando asistió a la presentación de uno de mis libros en la Universidad de Emory en Atlanta. No he sabido más de ella, salvo que despertó de manera precoz el magro erotismo que poseo, y con él mi atracción por las mujeres mayores. Antes de iniciar un periodo más sedentario y dejar atrás los abandonos y reencuentros con mis padres, fui inscrito en primero de primaria unos meses en el Colegio Americano, del cual no conservaría casi ningún recuerdo de no ser porque alguien —supongo que mi madre— archivó mi progress report, o nota de calificaciones, con algunos comentarios que dicen poco y mucho del escuincle de seis años confundido y tímido que entonces era: “Jorge es un niño chiquito normal, listo y agradable, cuya prueba de ubicación indica que tendrá un buen primer año; inscribirlo en segundo sería pedirle demasiado”. Deduzco que mis padres deseaban ganar tiempo para colocarme en una escuela en Nueva York, meses después, en segundo de primaria. No sé qué aconteció, ni cómo era la escuela americana, salvo que a veces tomaba el transporte escolar y en otras ocasiones me llevaba el chofer de Relaciones Exteriores.

En ese México de la edad de oro abundaban los privilegios en el servicio público. El uso personal de los bienes del Estado no constituía una anormalidad o inmoralidad. Más bien era un pago disfrazado, parte de los usos y costumbres, inclusive para funcionarios de bajo rango. Mi padre ocupaba el cargo intermedio de director general de Organismos Internacionales, en una secretaría pobre —la Cancillería lo sigue siendo; no obstante, en aquella época ese cargo bastaba para disfrutar de un oficial de transporte uniformado, una secretaria, un coche y un escudo metálico, magnífico, colocado de manera prominente en el parabrisas, y que rezaba en letras doradas: Poder Ejecutivo Federal. ¡Qué nomenklatura soviética ni qué una chingada!

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Pronto dejaríamos atrás esos lujos para aterrizar a mediados de 1960 en Nueva York, donde nos instalamos durante casi tres años al recibir mi padre una encomienda más elevada en la jerarquía administrativa de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE). Allí obtuve parte de la estabilidad que no anhelaba, porque no la conocía, pero que necesitaba. El tiempo transcurrido entre el arribo y un nuevo éxodo fue el que me introdujo a la lectura, a la regularidad escolar, a la memoria perdurable y, sobre todo, a la política. Los primeros libros marcaron los siguientes años. Mi papá me regaló tres, de historia resumida para niños: uno sobre la batalla de Waterloo y la derrota de Napoleón, otro sobre la Armada Invencible de Felipe Segundo y la victoria inglesa, y el último sobre el almirante Nelson y Trafalgar. En la mesa de centro de mi departamento descansa un libro anterior: la edición argentina de Platero y yo, de 1957, con la siguiente anotación de mi padre: “El primer libro que Jorge Castañeda le regala a su hijito querido”. Las fechas no cuadran: por muy precoz que me he creído, no puedo haber aprendido a leer a los cuatro años, ni siquiera un texto para niños de un Premio Nobel. Quizás pensó mi padre que lo leería años después; no fue el caso. Mi cuarto libro leído de verdad lo extrajo mi hermano de la biblioteca de su escuela, después de que una noche vimos juntos en la tele una película de guerra naval, también de la época napoleónica, con Gregory Peck y Virginia Mayo: Captain Horatio Hornblower. Éste me marcó aún más: devoré el ladrillo en un par de días, y repetiría la lectura de la decena de volúmenes —de los cuales ese tomo representaba sólo un resumen— varias veces a lo largo de los siguientes 20 años. Quizás siempre fui un marino inglés frustrado…

Para alguien que nació, creció y morirá cerca de la política, no es extraño que entre mis primeros recuerdos de memoria continua figure uno de naturaleza política. Antes de alojarnos en Nueva York en el departamento de funciones de mi padre, corrieron varios meses interinos transitados en un arreglo provisional, pero amable.

Nos apostamos mis padres, Marina y yo en Fort Lee, New Jersey en “Casa de Amalia’s House”: un típico pochismo propio de millones de familias mexicanas que dividen su vida en ambos lados de la frontera. Amalia era poblana, de orígenes humildes y, por azares de la vida, casada con Frank Grosseborger, un ingeniero alemán a quien había conocido gracias a otro alemán, casado a su vez con otra mexicana: la tía Chabela, es decir, Isabel Ángeles Kraus, hija del general Felipe Ángeles. Su madre, la viuda del general, falleció en Nueva York en 1919, dos semanas después del fusilamiento del militar hidalguense, sin saber de la muerte de su marido y en compañía de sus hijos y de su hermana, Carmen Kraus de Álvarez de la Rosa, conocida como Mama Lila, la abuela de mi padre. Falleció en 1967, de 97 años de edad, en la ciudad de México. Fue la fundadora y primera directora de la Escuela Nacional Primaria Industrial para Niñas, inaugurada en 1910 por Justo Sierra con motivo del centenario de la Independencia. Ella se casó, en teoría, con un tal Jesús Álvarez de la Rosa, pero las malas lenguas de la familia siempre sospecharon que el verdadero padre de mi abuela era quien inauguraba escuelas y nombraba a sus directores en las postrimerías del Porfiriato: Justo Sierra. Los ojos azules de Sierra, los de Michita, los de mi padre y los de mis tíos Elsa y Germán, y hasta los de mi hijo Jorge Andrés, autorizan todo tipo de especulaciones. Otras voces de la familia, más sensatas, sostienen que todo esto fue un delirante invento más de Javier Rondero, que se pintaba solo en estas faenas. Llegó a presumir un lejano parentesco con la reina Isabel I de Inglaterra.

Los tres vástagos de Felipe Ángeles —Chabela y los mellizos, Julio y Felipe— residieron por largas temporadas fuera de México, después de la ejecución del general. Felipe hijo enseñó literatura en la Universidad de Mississippi, en Jackson, falleciendo en 1975; Chabela acabó sus días en Hackensack, New Jersey, donde conoció a Frank y a Amalia. Allí les presentó al primo preferido de su hermano Julio, a la sazón mi padre. Julio, quien se convirtió en mi tío preferido durante los dos o tres años que lo adoré antes de su muerte en México en 1968, era un dandy en el mejor sentido de la palabra: agraciado, bailarín, elegante, amante del beisbol y del tap dance, trilingüe y fuente de mi pasajera y frustrada tentativa por mejorar la silueta años después gracias al uso anacrónico de tirantes. Según el tío Julio, la ausencia de cinturón evitaba la presión en la cintura que contribuía a la barriga o embonpoint, como solía decirlo su esposa francesa.

Julio Ángeles Kraus y mi papá no sólo eran primos segundos —sus abuelas eran hermanas— sino que se habían vuelto cuates y cómplices de desidia y desmadre en París durante la posguerra. Mi abuelo murió de una embolia en 1943; terminadas las hostilidades, mi padre se marchó a Francia, dejando atrás a su familia, pero portando consigo, según otra de las leyendas de la familia, una bolsa de centenarios gracias a los cuales él y su primo pudieron parrandear un rato a las orillas del Sena. Dependiendo a quién uno le crea, los centenarios procedían de la venta de un negocio exitoso de mi padre, o de otro negocio, 20 años anterior, también exitoso pero menos escrupuloso, de mi abuelo. En todo caso bastaron para que los primos se divirtieran en París, hasta que mi padre se enamoró de mi madre. La comandante mandó parar el relajo y, medio a regañadientes, convenció al compañero de farras de Julio Ángeles de volverse gente seria.

Gracias a Julio, Jorge viejo, mi madre y los Grosseborger congeniaron. Por ello, en los trasiegos de mi vida y la de mis padres, hicimos escala por varios meses en la mansión montada sobre el río Hudson, mientras Jorge y Oma dejaban la casita anodina de Queens donde se asentaban todos los funcionarios de la ONU, y encontraban el departamento idóneo en Manhattan. Me inscribieron en Public School #1 de Fort Lee, la única escuela pública a la que asistí en mi vida. Quienes me han reclamado no haberme formado con educación pública tienen toda la razón.

Otro recuerdo, más pantalla que los anteriores: se me grabó una ominosa llamada telefónica de mi padre, informándole a su esposa que había sido diagnosticado con diabetes apenas a los 40 años de edad. Me aterró la explicación más o menos descarnada que me dio mi madre de lo que dicha dolencia significaba en esa época. Mi padre padeció los estragos de la enfermedad el resto de su vida, y quienes lo rodeábamos nos sumergimos en los detalles médicos y afectivos de un hombre que amaba demasiado la existencia para cuidarse como debiera, pero que a la vez poseía una inteligencia demasiado privilegiada para no intentarlo.

Esto acontecía en 1960, año que cerró con la elección presidencial norteamericana de noviembre y ahora sí, mi primera remembranza política: la transmisión televisiva de los resultados de la contienda entre Nixon y Kennedy, lo apretado de la votación y la triste sensación de haber sido mandado a dormir sin conocer al ganador. Pude amanecer antes que nadie, de madrugada, para prender la tele, correr a la recamara de mis padres y darles la buena nueva: ganó Kennedy, ídolo de mi madre y bête noire de Frank, tan reaccionario como su nombre y apellido lo sugerían.

Allí arrancaría la constante presencia de Kennedy en mi vida, que perdura hasta la fecha, como seguirá hasta que se resuelva uno de los enigmas históricos decisivos de la segunda mitad del siglo XX. Se entrelazan en mi juventud y madurez la historia real y la anécdota personal; no siempre puedo separar la proverbial paja del trigo. Yo había cumplido siete años; Kennedy tomó posesión en enero del año siguiente y enfrentó su primera crisis política e internacional en abril de 1961: la derrota norteamericana —y la victoria cubana— de Playa Girón. Vivíamos en Manhattan, en la esquina de la calle 89 y Central Park West, lo cual me obligaba a tomar el camión no escolar al Liceo Francés del otro lado del parque. Volvía a las cuatro y, como compartía cuarto con mi hermano, veíamos la televisión en la tarde hasta las noticias de las seis y media. En abril aparecieron las imágenes de Bahía de Cochinos, de Fidel Castro dirigiendo a las tropas isleñas y de Kennedy asumiendo la responsabilidad pública de un fiasco militar, diplomático y de inteligencia, cuyas secuelas persistirían durante medio siglo.

Mi recuerdo de la elección de Kennedy no constituyó el único que lo involucraba. En octubre de 1962, apenas desembarcados en Egipto, donde mi padre había sido nombrado embajador, se conjugó el efecto personal y político de esa figura emblemática y trágica de la escena mundial. Mi hermano, de 17 años, permaneció en la universidad en Estados Unidos. Al estallar la crisis del Caribe, recibimos una carta que hoy guardo en la memoria con mayor claridad que su propio autor, quien la ha borrado de su disco duro.

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Ante la supuesta e inminente guerra termonuclear entre la URSS y Estados Unidos, provocada por el envío soviético de ojivas atómicas a Cuba y la decisión de Kennedy de no permitirlo e imponerle un bloqueo naval a la isla, Andrés se despedía de nosotros, despavorido por la histeria que envolvía a Estados Unidos a raíz de la crisis, recordándonos lo mucho que nos quería y cuánto sentía no sucumbir ante la hecatombe venidera junto a sus seres amados. Mis padres lo tranquilizaron por teléfono —una verdadera hazaña en las épocas del socialismo pan-árabe de Nasser— y nos calmaron a Marina y a mí en la sala kitsch del departamento de Zamalek donde nos hospedábamos. Pronto la abandonaríamos por la casa de Maadi, escogida por mi madre, pues según ella, no se desplazó hasta el fin del mundo para acabar en un “pinche departamento” oscuro en una isla inundada una y otra vez por el Nilo. (La esposa de uno de los sucesores de mi padre escribió una novela sobre la residencia, publicada en 2012.)

La crisis del Caribe no provocó ningún holocausto: sólo la victoria de Kennedy, la ulterior defenestración de Khrushchev, una pataleta de Fidel y la promesa norteamericana de no invadir Cuba o derrocar a Castro, mas no de cesar de hostigarlo, aislarlo y desaparecerlo de la escena política. Un año después, el 23 de noviembre de 1963, Oma irrumpió en mi pequeña habitación para anunciarme que Kennedy había sido asesinado en Dallas. Lo lamenté como ella: cuando viajaban mis padres, mientras esperábamos durante horas las llamadas a México, veíamos mis hermanos y yo los cortos que mandaba Relaciones Exteriores a las misiones diplomáticas; el que más recordaba era el de la visita apoteósica de JFK y Jackie a México en junio de 1962. Apesadumbrado en mi infantil admiración por el personaje, acudí a la escuela —la americana de El Cairo— a entregar, junto con los otros mil alumnos, un minuto de silencio a la memoria del presidente ultimado, y a ver colocada a media asta la bandera estadunidense.

Fast Forward. 2013

Tres años después, al cumplir 12, de vuelta en México e inscrito en el Liceo Franco-Mexicano, conocí en mi salón a una joven norteamericana de no malos bigotes, de nombre Suzy Leddy —sin que ella lo supiera, uno de mis incontables fracasos seductores—. Nos acercamos sin intimar en el recreo o a la salida. Dio la casualidad que nuestras madres se frecuentaban, o por lo menos mantenían una relación social, diplomática y cordial. Mi padre estaba de vuelta en la Cancillería, ocupando el cargo de director en jefe de Asuntos Multilaterales, y Janet, la progenitora de Suzy, se casó en segundas nupcias con un funcionario de la embajada de Estados Unidos. Gozaba de antiguo nexo con la mejor amiga de mi madre —lo fue hasta su muerte— Juanita Syzlo de García Robles, la esposa de Alfonso García Robles, en ese momento superior inmediato de mi padre. Juanita, mi madre, Janet y la esposa del embajador de Francia, Anne Vimont, solían extraer algunas botellas de vino tinto de la espléndida cava de la legación francesa, y emprendían diversos recorridos por las afueras de la ciudad de México, volviéndose todas buenas camaradas de paseo entresemanero.

Así se enteró mi madre —y yo también— de que Janet no compartía el lecho conyugal con un simple empleado de la flamante sede diplomática de Reforma, sino con el jefe de estación de la CIA. Y no de cualquier jefe de estación: el legendario Winston Scott, comisionado en México desde el inicio de los años sesenta, convertido a tal grado en confidente del empresariado nacional y de la clase política azteca, que los testigos de su boda, celebrada en casa del magnate Pablo Deutz, fueron Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz, entre otros. Scott moriría en México en 1971, desatando una feroz investigación por James Angleton, el siniestro cazatopos de la CIA, quien permaneció varias semanas en el país para sellar la casa y los archivos de Scott, e impedir que sus hijos o viuda conservaran documentos, o memorabilia del fallecido espía.

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La razón era evidente, pero no fue divulgada sino después: el periodo de Scott en México como jefe de estación comprendió el lapso entre septiembre y noviembre de 1963, cuando Lee Harvey Oswald, el presunto asesino de Kennedy, pasó varios días en el Distrito Federal mientras esperaba una visa para Cuba. Scott operaba las cámaras de la CIA frente a la embajada cubana, en aquel tiempo ubicada en Tacubaya, y se persuadió de que Oswald sostuvo varias entrevistas dentro de la misión cubana con funcionarios de la Dirección General de Inteligencia (DGI) isleña, quienes le habrían entregado dinero e instrucciones vinculadas con el magnicidio. Si bien la Comisión Warren, encargada de investigar el asesinato, fue informada de las sospechas de Scott, se desentendió de lo esencial. 20 años después de la muerte de Winston Scott, uno de los hermanos de su hijastra Suzy se matriculó en mi clase en la Universidad de California, en Berkeley. Simpatizamos, y me platicó de su medio hermano Michael, hijo biológico de Scott, y de sus intentos por rescatar los papeles de su padre para escribir una biografía de él. George no olvidaba la angustia producida por el allanamiento de la residencia que habitaba en Las Lomas cuando murió su padrastro; me prestó el video de la boda de Janet y Win en casa de Deutz, y me relató la historia de Angleton y de un manuscrito de Scott sobre sus años en Italia durante la Guerra Fría, luego en México, antes y después del asesinato de Kennedy. Gracias al Freedom of Information Act, su medio hermano Michael pudo conseguir una versión, destazada por la censura, de esa especie de autobiografía de su padre. Dicho texto sirvió de fuente crucial para el libro Our Man in Mexico, de Jefferson Morely, publicado en 2006; asimismo, se integró al archivo utilizado por Tim Weiner para escribir su Legacy of Ashes: A History of the CIA; y fue también la inspiración para Brian Lattel, quien en 2012 publicaría Castro’s Secrets: Cuban Intelligence, the CIA, and the Assassination of John F. Kennedy. Este último, junto con A Sad and Shocking Act: The Assassination of John F. Kennedy, de Philipp Shenon de 2013, constituye el relato más detallado y reciente de la historia que se remonta al otoño capitalino de 1963, cuando Oswald, Scott, los cubanos y Kennedy se aglutinaron en una maraña indescifrable, pero verosímil, en la ciudad de México, que explicaría la obsesión de Scott por el vínculo cubano de Oswald, el delirio de Angleton y la angustia de la CIA. Dicha maraña puede contribuir a aclarar el empeño de Fidel Castro el 23 de noviembre, o sea al día siguiente del asesinato, y meses después, en su yate, cerca de las costas cubanas, con un investigador de la Comisión Warren, para convencer a tirios y troyanos de su presunta desolación ante el deceso de su adversario, al cual en teoría respetaba.

La CIA jamás informó a la Comisión Warren sobre sus múltiples y biliosos intentos de asesinato del líder cubano, involucrando a personajes de la mafia de Chicago y Miami como Sam Giancana, Johnny Roselli, Santo Traficante o a ex colegas de Castro como Rolando Cubelas. Este último se encontraba justo en el momento del asesinato negociando con las autoridades estadunidenses, en particular con el equipo del verdadero zar de la política anticastrista, Robert Kennedy, un nuevo atentado antifidelista, más descabellado que los anteriores. La agencia consideró que la incorporación a la Comisión Warren de Allen Dulles, su fundador y director hasta 1962, bastaba para asegurar que los investigadores supieran todo lo que la CIA sabía; pero no lo que la CIA callaba, o que de plano negaba: sus fallidas pero recurrentes tentativas de ejecutar a Castro. De tal suerte que la instancia responsable de dilucidar el misterio de un delito de esa magnitud careció de un dato crucial: las muy válidas razones de Castro para actuar contra JFK de la misma manera en que los hermanos Kennedy habían procedido contra él. O, como lo formularía nada menos que Lyndon Johnson, el sucesor de Kennedy, en su sibilina exclamación revelada apenas a finales de los años noventa pero pronunciada al terminar su mandato en 1968: “Los Kennedy querían acabar con Castro, pero Castro acabó con ellos primero”. Castro poseía motivos, medios y modo de mandar asesinar al presidente de Estados Unidos. O por lo menos, como lo afirma Latell, “el Caballo” supo antes de tiempo lo que ocurriría en Dallas y desistió de cualquier intento por impedirlo.

Todos los libros centrados en la estancia de Oswald en México citan sus gritos al salir de la embajada cubana en México, cuando se le negó la visa: “¡Pues van a ver, voy a matar a Kennedy!”. Subrayan la relación del ex marine con Silvia Durán, una empleada mexicana en la embajada de Cuba, que no fue interrogada por los norteamericanos hasta 1978. La exclamación jamás fue reportada por la estación de la CIA en México a sus superiores en Estados Unidos, aunque éstos tuvieron conocimiento de ella; pero es impensable que la gente de la DGI cubana no la haya transmitido a La Habana. Los cubanos ya lo conocían: de acuerdo con Latell, Oswald fue contactado por la inteligencia cubana desde 1959, en Los Ángeles, cuando buscó a personal del consulado de Cuba para “ponerse a las órdenes de la revolución”, antes de marcharse a la URSS. Latell reproduce también las confesiones realizadas en 2007 por un agente de inteligencia cubano, Florentino Aspillaga —el de mayor jerarquía en cambiarse de bando, 20 años antes—, quien en 1963 se desempeñaba como encargado de la estación de escucha de Jaimanitas, a las afueras de La Habana. Desde allí monitoreaba las comunicaciones por radio de Estados Unidos y en particular de Washington. Según este informante, el día anterior al asesinato de Kennedy fue instruido a dirigir sus antenas hacia el estado de Texas, a la ciudad de Dallas, para detectar cualquier anomalía o acontecimiento extraño. Si le creemos a Aspillaga, los cubanos sabían o creían saber que algo iba a suceder en Dallas el 22 de noviembre de 1963.

Esto es lo que Win Scott intuyó esos mismos días en la ciudad de México; lo que la CIA procuró mantener en secreto esos años; lo que el biógrafo y el hijo de Scott buscaron transparentar, y que aún no podemos confirmar o desechar. Sólo cabe especular en torno a la lógica de Castro, la proclividad de Oswald por prestarse a la manipulación, su aparente castrofilia exacerbada, y el dilema que quizás enfrentó Johnson. El nuevo presidente sí fue informado de la obsesión “kennediana” por matar a Castro; de haber tomado en serio los reportes de Scott procedentes de México, se habría visto obligado a enfrentar una disyuntiva peor que diabólica: abrir una investigación que involucrara a La Habana, sabiendo que provocaría tal estupor de la opinión pública norteamericana que resultaría imposible evitar una acción militar contra los magnicidas tropicales; o, “a lo hecho, pecho”: resignarse a no descifrar el enigma de Dallas, Oswald, Jack Ruby, el segundo tirador, etcétera, con plena conciencia del tamaño de su complicidad —imperiosa, comprensible— con los autores de la tragedia.

¿Cómo sabemos lo que pensaba Johnson? Por dos declaraciones citadas en la biografía de Robert Caro, The Passage of Power: The Years of Lyndon Johnson (2012); la ya mencionada sobre los Kennedy y Castro, y otra, en pleno retiro del ex presidente: “Los Kennedy operaban una jodida Murder Inc en el Caribe”. Johnson le reveló a Walter Cronkite en una entrevista grabada para la cadena CBS en 1969 cómo se convenció de la participación de Oswald en una conjura internacional, pero antes de que el programa se transmitiera, el ex presidente se arrepintió y pidió suprimir ese pasaje. El biógrafo de Johnson también sugiere que Robert Kennedy nunca se despojó de la sospecha de que el asesinato de su hermano fue producto de sus propias manías contra la Mafia o contra Castro: “Medio siglo después de la muerte de JFK, prevalece la especulación entre los íntimos de su hermano sobre si conocía algún dato duro que indicara que sus cruzadas contra el dictador cubano o el crimen organizado […] habrían afectado a JFK, y si su abatimiento se vio intensificado por una sensación de responsabilidad, o incluso de culpa, por la muerte de su hermano”.

Cuando publiqué una breve reseña del libro de Latell en El País en 2012, un lector atento envió una carta al director argumentando que los mismos hechos descritos por Latell podían ser interpretados de una manera diferente. Los cubanos le negaron la visa a Oswald porque lo hallaron medio loco; la estación de Jaimanitas reorientó sus antenas porque se esperaba que sucediera algo políticamente sigificativo en Texas ese día, no un atentado. Las tres versiones sobre el asesinato de Kennedy surgidas a partir de 2006 también sugieren varias tesis del lector, con la misma verosimilitud. Oswald era un maniático suelto, cuyas intenciones detectaron los cubanos de inmediato; hubieran podido evitar el homicidio, pero no lo impidieron por una muy justificada venganza. Oswald fue cilindrado por los cubanos en México, al caerles como regalo divino. Oswald actuó por cuenta de la Mafia y parte de la CIA, con el propósito de asesinar ya sea a Castro, si podía entrar a Cuba, ya sea a Kennedy si no; fabricó con gran pericia credenciales castristas para cubrir sus huellas. Si algún día se abren los archivos cubanos, en particular los cables transmitidos por la embajada en México a La Habana, sabremos algo más al respecto.

Hoy George Leddy vive en West Hollywood; su hermana, en París. Visité a Janet Scott un par de veces en Nueva York, en compañía de su amiga, Rosa Porraz, madre de Paloma, la esposa del banquero inglés Damian Fraser. Del video de la boda de Janet se derivó una portada de Enfoque, el suplemento dominical del diario Reforma, en 2008, con la foto de Scott, López Mateos y Díaz Ordaz, en pleno festejo. Para esas fechas habían fallecido Janet, Juanita García Robles y mi madre, todas ellas testigos tangenciales de estos sucesos cargados de obsesión, espionaje, conspiraciones reales y febriles y parte motriz y distorsionante de mi propio arrebato cubano. Quizás la permanencia de la isla en mi mente y mi vida se remonta a esas imágenes cruzadas de Kennedy y Castro, en la cabeza hiperactiva de un niño perdido a las orillas del Hudson, o en las calles de Manhattan esperando el camión para ir a la escuela.

 

Jorge G. Castañeda
Secretario de Relaciones Exteriores de México de 2000 a 2003. Profesor de política y estudios sobre América Latina en la Universidad de Nueva York.

 

23 comentarios en “Amarres perros. Una autobiografía

  1. Jorge:
    Al leer la narrativa de tu vida , sin duda alguna , a quienes seguimos tus obras nos hace admirar al académico ,escritor y político, pero más ,comprender al hombre que llevas dentro. FELICIDADES

  2. Me gusto conocer, mas que al académico y político, al Jorge Castañeda común. Compraré el libro, para leerlo. Saludos

  3. Es exactamente la lectura que podía esperar de usted, Dr. admiro no sólo al político, académico e intelectual, sino al ser humano, al Jorge de a deveras. Recibe un abrazo y mi admiración de siempre, querido Dr.

  4. Sin duda una gran aportación a vida política de México, la visión de un escritor de costruir la democracia es también un compromiso de compartir experiencias, y con ello los ciudadanos comunes, los de todos los días, reconstruimos nuestra historia, la de los estados, sus regiones, mi agradecimiento por este avance que da una esperanza de consolidar avances políticos en México, por eso se le admira y se le respeta en su opinión Dr. Castañeda, Gracias.

  5. Señor Jorge. Me interesa mucho su relación con los Comunistas y el PCM, su trabajo con Enrique Semo, su amistad con Roger Bartra. Espero que algún día publique sobre esas experiencias.

  6. Pinche Jorge, ¿Por qué te fuiste de la Facultad de Ciencias Políticas? La Facultad ya no es lo que fue en algún tiempo…

    Saludos

  7. Dr. Castañeda, seguido lo escucho en la radio con sus comentarios y siempre me han parecido muy interesantes. Ahora que leí este articulo, resumen de su libro, me deja una mejor impresión de usted, interesante infancia, juventud, su familia. Felicidades.

  8. Don Jorge, ya encarrerados en escribir libros sobre la familia, quisiera esperar lo que las nuevas familias politicas y de politicos se pongan a escribir.

  9. WOW!!!! Interesantisimo, empezé a leery no pude despegar los ojos de la pantalla. Espero el momento para devorar todo el libro. Miiil felicidades. Realmente eres un ch………

  10. Mi estimado Jorge con esta extraordinaria narrativa d emociones y vivencias bordadas d sentimientos vivos y el mas puro chacoteo mexicano nos das una muestra q estas en total plenitud como escritor y sin duda tus mejores obras estan por venir!!..abrazo!!

  11. DR. CASTAÑEDA CELEBRO SU APORTACIÓN A LA REVISTA AUNQUE YO ESPERABA DE ACUERDO AL TITULO VIVENCIAS SOBRE SU PARTICIPACIÓN EN EL PERIODO POLÍTICO DE LA PRESIDENCIA DE FOX. SON DELA ÉPOCA MÁS ACTUAL Y DEL QUE veo COSAS (OBSCURAS ). EJ. PORQUE REALMENTE RENUNCIÓ. ¿CÓMO SIENDO SUPUESTAMENTE DE CIERTA EXTREMA IZQUIERDA PARTICIPA AL GOBIERNO DE UN SUPUESTO DERECHISTA ADEMÁS DE IGNORANTÓN ? Y UD. INTELECTUAL CRITERIOSO. AGRADECERÉ SU RESPUESTA

  12. Una narrativa para leerla de un jalón. En el párrafo referente a scott confirma lo que ya se escrito. Lo felicito y espero el libro.

  13. Espectacular y seductor desde las primeras líneas! He sido un lector constante de su columna en Reforma, además de algunos de sus libros. Por otra parte ¿cómo olvidar su gran activismo político en los noventa, cuando Jorge Castañeda, Lorenzo Meyer y Adolfo Aguilar Zinser eran considerados los tres grandes intelectuales “enemigos” del régimen de Salinas de Gortari? Estaré muy pendiente de cuando salga el libro para leerlo. Felicitaciones!

  14. Desde los primeros párrafos atrapa la lectura. seduce. no paras de leer. Se nota una madurez narrativa y me quedé picado y deseando leer el libro completo. sin duda, leer su biografía me hará apreciar al ser humano q uno no ve en sus comentarios políticos. Lo sigo todos los lunes en es la hora de opinar. Enhorabuena, felicidades!

  15. mmmm esta entre un CV o dictamen de juicio ruso. Esperaba una lectura amena o casi en 3ra dimension, con olores y formas,..la capacidad descriptiba no se da en los árboles , manqué sean Drs.

  16. Felicidades Dr Castañeda lo sigo a través de todas sus participaciones ya que las recibo en mi correo , leeré pronto su libro.

  17. ¡Qué sorpresa verme mencionado en un libro de Jorge Castañeda! Efectivamente fué profesor mío en Berkeley en donde aprendí de su parte lo que es el trabajo académico prestado a las relaciones internacionales, y, en particular las de México y Estados Unidos. Espero leer con mucha atención el libro completo. Gracias Jorge!

  18. Lo leeré con placer, con el mismo espíritu de rebeldía que inspiró los actos que relatas, ahora que la intolerancia pretende dictar que debe y que no leerse. Saludos con admiración y respeto por su trayectoria, Maestro Castañeda…

  19. Don Jorge, he leído varios libros suyos, pero éste, al parecer va a estar fenomenal. Sabemos que nadie puede ser imparcial aún tratando de serlo. Creo que usted ha tratado de serlo y probablemente esté muy cerca de ello, lo cual es ya de por sí bastante loable. Por lo que veo ha tenido una vida llena de aventuras y eso para mi lo hace ver muy interesante y digno de admiración. Le felicito y espero llegue pronto su libro a donde yo vivo para comprarlo.