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Guillermo Fadanelli
El hombre nacido en Danzig, Almadía/Conaculta, México, 2014, 166 pp.

“Esa forma de esclavitud que es el amor de un solo lado”.
—Guillermo Cabrera Infante, Cuerpos divinos.

Un hombre es abandonado por su mujer (Elisa Miller) y contrata un detective para conocer qué sucede. Parece el inicio de un thriller y lo es: sólo que no uno tradicional, sino uno marcado por el delirio del protagonista. El delirio de un hombre solo, a pesar de las no pocas mujeres con las que se puede ir y se va a la cama, fuera de sí porque es incapaz de llenar el hueco que ha dejado Elisa. Suena a melodrama, sin serlo. Es más bien una historia íntima, la de un hombre embriagado por su propio asunto, una experiencia que combina sexo, encuentros con autores canónicos (Kant, Séneca, Otto Weininger, Montaigne —dudo en incluir al Magic Johnson—), desesperanza y absurdo, ironía y espíritu lúdico.

Se trata de un relato ordinario y extraordinario. No es ni será el primer hombre desamparado, traicionado, botado por su mujer. Pero al mismo tiempo su obsesión trasciende lo común, expresa un malestar oceánico que lo desborda e inutiliza. No habrá moraleja ni consejas pero en el transcurso aparecerán las frases lapidarias y los (casi) aforismos de diferentes autores. En fin, una historia deliberadamente contradictoria, trastornada, por momentos hilarante y curiosamente reflexiva.

El hombre nacido en Danzig es Arthur Schopenhauer, un alemán que no se reconocía como tal, y que es el oráculo al que acude una y otra vez el narrador. El filósofo es un hombre lúcido y por ello profundamente pesimista. Si el protagonista declara que la risa de una mujer lo perturba, sobre todo si esa mujer no le dice por qué se ríe, Schopenhauer se aparece para recordarle que la risa es “la disparidad entre un objeto y su explicación”.

El narrador es un ex basquetbolista, ex estudiante de ingeniería, voraz lector y con buen imán con las mujeres. Se enfrenta a lo inesperado/esperado: la perfidia de una mujer, aunque sabe que “andar en “malos pasos” es la naturaleza íntima del vivir”. No obstante, su saber no lo consuela. Se trata de “una mujer como no ha habido antes ninguna otra en mi vida” y por ello sus intuiciones previas se desploman una tras otra. Es como la muerte, que cuando le sucede a los extraños, ni nos mueve ni conmueve; mientras que si la que se va es nuestra mujer, eso sí arde, lastima. Elisa era “el obsequio que un dios honrado y despilfarrador le había concedido”, pero ahora era sólo humo. Elisa era “la tierra firme, sólida” y su huida fue un “movimiento telúrico”. Por eso requiere un detective.

Es Riquelme, el detective, otro actor del drama/comedia. “La persona que pondrá en claro el asunto de los malos pasos de Elisa Miller”, un “maestro en mirar de reojo y en tomar whisky malo”, cuya virtud “tenía que ver con el desprecio que, sin hacerlo consciente, él tenía por sí mismo”; eso sí, “capaz de causar miedo a la gente”, en suma, un “famoso detective de pacotilla”.

Como todo drama amoroso tuvo un inicio. Elisa apareció en la Facultad de Ingeniería y “no pasaron más de diez meses antes de que nos mudáramos a la que sería nuestra primera casa”. La Facultad era un espacio de varones, “las computadoras tenían las dimensiones de un refrigerador. ¿Y que hay tan respetable como un refrigerador fuerte, discreto y con las entrañas frías?”. El narrador se aburría, “detestaba el ambiente”, y a falta de mujeres, se refugió en el baloncesto. Ella lo veía jugar en la duela y él se esforzaba por no defraudarla. ¿Quién era él? Lean: “un joven pelmazo, ansioso de protección y de contar con una cosa en sí femenina en mi cama, un par de amigos con quien emborracharme, un balón para atravesar las redes y unos pocos pesos que me permitieran viajar a un pueblo… aspiraciones medianas y nada originales”. No obstante, aclara: “la descripción que uno hace de sí mismo debe considerarse tiempo perdido porque no es verdadera, es una invención, una trampa más, un espejismo”. Ahora duda de lo que antes fue su credo: no está seguro ya que Elisa lo mirara a él en los entrenamientos de basquetbol, pero “la imagen de Elisa leyendo en las gradas de un gimnasio no se ha marchado de mi cabeza”. Así inició la vida con Elisa, quizá la vida a secas. Ella completó su educación, “se tomó su tiempo para destruirme”.

El narrador se puede contradecir sin pudor. Sucede que algunas de sus afirmaciones surgen de la desesperación, la angustia; mientras otras son fruto de su talante reconcentrado. Puede afirmar que “debe existir un hilo que une entre sí a cierta clase de mujeres: un hilo invisible a los ojos humanos que las hace formar parte de una misma especie”, para en una página siguiente postular que “ninguna mujer se parece a otra”. Sólo para volver al inicio: lo que las une quizá “es que no toman en serio los pactos de lealtad”.

Quizá ese sea el tema medular: la lealtad desgarrada, el pacto roto. El hombre delirante no encuentra consuelo ni reposo. Los añejos compañeros del basquetbol se han difuminado y “sólo he tenido —dice el abandonado— dos amistades en mi vida, los árboles y el hombre que nació en Danzig”. Lo que aparece entonces es un monólogo ininterrumpido cargado de añoranzas, de deseos incumplidos, de venganzas imposibles y satisfacciones efímeras.

Visita a diferentes amigas que no sólo le abren las puertas de sus casas. Son un refugio, una fórmula para que la fricción de los cuerpos silencie los pensamientos, los monólogos y los diálogos; un paréntesis para la obsesión fantasiosa. Son calmantes, “como los árboles, los peces y el basquetbol”.

Pero el libro también en un juego. Hay demasiados guiños que disuelven cualquier lectura sombría. Fadanelli es escurridizo: junto a la desesperación del personaje conviven demasiadas estampas chuscas. Como si él mismo frenara la carreta porque teme, como nada, a la solemnidad, la pontificación, la gravedad, lo juicioso. Más bien opta por una explotación del lenguaje, que como un tornado, todo lo descoloca. Es una ruleta que al girar va cambiando los colores de la historia hasta arribar a un final inesperado, en donde se descubre que la premisa del relato debe entenderse en un código diferente. La novela irradia una cierta fascinación por lo grotesco, lo esperpéntico, lo que se encuentra en las antípodas de eso que llamamos “normalidad” y que no resulta más dócil ni más aprehensible que lo bufonesco.

La ofuscación del personaje es el lente distorsionado con el que observa el mundo. Y ello le permite despegar del suelo y elevarse por las densas nubes del absurdo. Así, el personaje central piensa que Riquelme jamás caería fulminado por un infarto, porque los hombres como él “sólo desaparecen, se desinflan, se acuestan en los ceniceros y se hacen ceniza”. O la arquitecta Mónica Piperino es una presencia —nos dice— “tan concreta” como “una mazorca o una obra de Joyce”. En medio del coito se produce este intercambio: “—Cuando cumpla setenta y cinco años estaré muy buena y tú serás impotente. —Devuélveme esos calzones, pinche puta ladrona. —Si la sacas vas a desinflarte y a morir”. Ni Groucho Marx hubiera llegado tan lejos.

El basquetbol y los deportes que tantas reflexiones le merecen, son también pasto del humor. En Monterrey su equipo queda en el último lugar del campeonato, pero ganan un trofeo por ser los mejor uniformados. En Zacatecas, tienen el promedio de estatura mayor, pero son derrotados por el equipo de Guerrero, con el promedio de talla más bajo. El público y el lector sonríen de buena gana con los chistoretes sencillos y directos.   

“La ira es lo único honrado que soy capaz de expresar”, dice el álter ego de Fadanelli, y por supuesto Séneca se burla de él: “es obvio que no posees ningún talento para la vida, aprende a sufrir el desprecio de las mujeres y de los emperadores”. Porque las pasiones vividas y observadas se encuentran en las antípodas. Quien las vive es un poseído; quien la mira tiene la posibilidad de acudir al simple expediente de la sonrisa. El personaje insulta la memoria de Elisa: esa “suripanta” que lo ha reducido a “vivir estando muerto”, pero lo hace desde una dimensión tragicómica.

Alguien debería además recuperar los aforismos medio escondidos, medio expuestos a lo largo del libro. Ofrezco algunos:

• “Después de vivir varios años al lado de una mujer tienes el derecho a culparla de todo lo malo que te ha sucedido hasta entonces”.

 • “Yo como una piedra que le llama Voluntad a la ley de la gravedad”.

 • “Las sospechas se confirman a partir de las mismas sospechas”.

Riquelme extiende su cámara digital y le permite a su empleador ver humanos fornicando, “podía oler el coño de una mujer cuyo contorno me resultaba totalmente conocido”. (Ahora haré lo que no se debe hacer en una reseña: vender el final. Advertido, usted puede saltarse las siguientes diez líneas.) No serán, lo sabremos al final, las fotos de Elisa, sino las del propio protagonista que le ha pedido al detective que lo siga a él, a nadie más que a él. Porque el delirante sabe quizá que lo único que él puede controlar es su propia conducta, sus propios actos y dichos y de ninguna manera la de los otros, incluyendo, por supuesto, los de su amada fugada. 

Luego del tortuoso trayecto, del subrayado sinsentido, Schopenhauer le dice que “los hombres se asemejan a los relojes a los que se da cuerda y están en marcha sin saber para qué”. Y en efecto, se puede aspirar a la “felicidad del estúpido” en la duela o tener la certeza que en otro lugar es imposible. Porque se le olvidó decir a Fadanelli que para su venerado Schopenhauer “el mundo era el infierno”. Un infierno que el narrador maquilla con ironía y sarcasmo.

“La imaginación creativa, al igual que las fantasías, es una continuación y un sustituto del juego de la infancia”, escribió Freud y lo retomó Paul Auster en el Libro de la memoria. Y creo que El hombre nacido en Danzig es un claro ejemplo. Es fácil detectar el espíritu lúdico propio de la travesura infantil. El libro de Fadanelli navega como “la mente de un niño” que “pasa sin titubeos de una cosa a otra” (Auster), pero “sería incorrecto suponer que (el niño) no toma ese mundo con seriedad; por el contrario, toma el juego con mucha seriedad y pone mucho sentimiento en él” (Freud). Hay que recordar, como si hiciera falta, que “la obra de la memoria sólo puede comenzar en la penumbra de la soledad” (Auster).

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Es autor de Nobleza obliga, Política y delito y delirio. La historia de tres secuestros y El desencanto, entre otros libros.