Dice la escritora catalana Nuria Amat en su libro Viajar es muy difícil: “Las ciudades están hechas de personas. Las ciudades literarias están hechas de escritores. Qué mejor recuerdo del viajero para con el lector (viajero también él pero quieto) que el envío de una postal ofreciendo la imagen viva y coloreada de las mejores instantáneas de viaje. Qué mejor regalo para un lector que las vistas de distintos escritores moviéndose por la ciudad fantasma”. Esta columna intenta recuperar las postales que han dejado los escritores de lugares para ellos entrañables

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Washington es una ciudad de gran belleza, a la que se llega fácilmente desde Nueva York. Lo más aconsejable es tomar el tren, sea por la comodidad de los trenes, sea, sobre todo, por la estación de la llegada, que resulta lo suficientemente singular como para recomendar una visita. Por lo general, las estaciones no se visitan, nos limitamos a transitar por ellas. […]

En mi vida he podido ver muchas estaciones curiosas en las grandes ciudades del mundo, pero la Union Station de Washington las supera a todas. Inaugurada en 1908, obra del arquitecto Daniel Burnham, en ese estilo que en Norteamérica llaman con expresión francesa “Beaux Arts” es al mismo tiempo majestuosa y de rara elegancia con pavimento de mármol blanco, techos abovedados, rejas de bronce y paneles de caoba. Esta arquitectura propia de un palacio ha permitido que incluso se celebren aquí ceremonias y banquetes de Estado, como opción a la Casa Blanca. Otra razón para nuestra parada son los restaurantes, entre los mejores de la ciudad, la librería y las tiendas, incluido el pequeño local de artesanía africana cuyo propietario, no afroamericano, sino africano de África, puede contarnos cosas de África que en los periódicos no se encuentran fácilmente.

En Washington, se ha “monumentalizado” la Historia que nos atañe y sigue atañéndonos: los memoriales de la Segunda Guerra Mundial, de la guerra de Corea y de la guerra de Vietnam son testimonios que impresionan. Y dado que estaremos ya cansados (los memoriales están situados en inmensos parques) de recorrer las guerras del último medio siglo, a pocos pasos se halla un monumento de una clase muy diferente que merece una parada distinta.

Extrañamente, las guías no lo mencionan y los propios habitantes de Washington, excepto rarísimos casos, no lo conocen. Cerca del Departamento de Estado, en un jardín apartado, junto a la Academia Nacional de Ciencias, está el Einstein Memorial. La enorme escultura de bronce, obra del escultor Robert Berks, representa al gran científico sentado en uno de los tres escalones que sirven de base al propio monumento. Calza unas sandalias y sujeta en la mano un manuscrito con las ecuaciones matemáticas de sus principales descubrimientos: la teoría de la relatividad, la equivalencia entre masa y energía, el efecto fotoeléctrico. Mira a sus pies un mapa circular del cielo esculpido sobre un granito de color verde esmeralda, punteado de esquirlas de metal reluciente que representan las estrellas y los planetas. En el rostro tiene una expresión afable y perpleja a la vez, como si dijera: “¡Mira por dónde”.

Si es la hora de la comida y hace un buen día, demorarse comiendo un bocadillo en un banco mientras se contempla a ese genio que interrogó acerca del universo y odió todas las guerras puede ser una excelente idea. Tal vez haya una familia de visitantes y un niño se encarame a la estatua como si fueran las rodillas de uno de sus abuelos. No nos faltan ganas de hacer lo mismo.

Fuente: Antonio Tabucchi, Viajes y otros viajes (traducción de Carlos Gumpert), Anagrama, 2012.

Delia Juárez G.
Autora del libro Gajes del oficio. La pasión de escribir y coordinadora de las antologías colectivas Y sin embargo yo te amaba. 12 autores interpretan a José José, Mudanzas y Anuncios clasificados.

 

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