repúblicas

Rafael Rojas,
Las repúblicas de aire. Utopía y desencanto en la revolución de Hispanoamérica,
Taurus,
México, 2009.

Hubo una vez cuando la idea de la revolución, la utopía de un futuro luminoso, movía montañas y provocaba arrebatos. Esa noción rigió las miradas que se hacían al pasado. Entonces hubo pasión por conocer aquellas revoluciones pretéritas que parecieron anunciar un destino radiante. Como emblemas de las luchas contra la explotación, la desigualdad y la injusticia, dichas revoluciones fueron escudriñadas para desentrañar aquellos rasgos que, supuestamente, presagiaban las rebeliones venideras y que erradicarían las inequidades humanas.

En América Latina estas tendencias adquirieron rasgos particulares como secuela de la revolución cubana de 1959. Una de sus consecuencias fue que la cubana se convirtió en la revolución por antonomasia, presagiando el futuro de toda Latinoamérica. Opacó incluso a la mexicana y a la haitiana. Si vis-à-vis la cubana tal suerte corrieron revoluciones como la mexicana y la haitiana, ¿qué pensar de aquellas que clasificarían como modestas “revoluciones pacíficas”? Debido a los fulgores que despedía la revolución cubana —concebida como el futuro de América Latina—, otras experiencias de cambio social y político lucieron como chispazos anodinos. Empeñadas estas últimas —humildemente— en modificar el presente más que —soberbiamente— en construir el futuro, carecían de ese talante épico que parecía imprescindible para validar la transformación social.

En tal contexto, las pasadas revoluciones latinoamericanas fueron narradas como meros preludios de la cubana. Ésta encarnaba el futuro de esas otras revoluciones, la exacta decantación de las luchas de los latinoamericanos. Mas la vida es la vida, no la letra ni la escritura sagradas: la vida es lo que ocurre, no lo que se prescribe que debería ocurrir. Y los países de América Latina han seguido derroteros muy diversos a los prescritos por esas profecías que le estipulaban un destino similar al cubano. Carcomida la palabra de los oráculos, y añejados y corrompidos los profetas, se ha desvanecido la fe en sus augurios. Es, pues, un momento propicio para reflexionar acerca de las tradiciones revolucionarias en América Latina, de cómo vislumbraron determinados destinos, de sus logros y desaciertos, en qué estribaron sus utopías, pero también las razones de los desencantos que generaron.

Tal perspectiva nutre el libro de Rafael Rojas Las repúblicas de aire. Utopía y desencanto en la revolución de Hispanoamérica, obra que incita a reflexionar acerca de las independencias latinoamericanas y, en consecuencia, de sus tradiciones revolucionarias. La coyuntura de tal reflexión no puede ser más propicia. 1810 fue un annus mirabilis ya que entonces ocurrieron sucesos fundacionales de las naciones latinoamericanas. Ello explica las celebraciones del bicentenario, incluyendo ésas en que las sociedades latinoamericanas aparecen como víctimas del “imperialismo”, razón por la cual se convoca a los ciudadanos, en clave bolivariana, a luchar por la “nueva independencia” continental.

Convertidos en marionetas manejadas perversamente por quienes procuran mimetizarlos, Rojas ofrece enfoques novedosos para comprender en su historicidad a los protagonistas de las independencias. De paso, brinda criterios para asumir posiciones críticas frente a quienes pretenden hablar por ellos con la intención de adelantar sus propias agendas políticas. Rojas traza la trayectoria del “primer republicanismo hispanoamericano”, que contó entre sus representantes a varios de los “próceres de las independencias”, si bien muchos de ellos “tuvieron escasa o nula participación en la hechura de las nuevas repúblicas” (p. 9). A éstos se sumaron otros personajes que jugaron papeles destacados en “el diseño constitucional”, así como en las primeras pugnas políticas. Al respecto, Rojas destaca como dilemas intelectuales fundamentales “tres ejes de tensión”: “revolución y república, exilio y traducción, y utopía y desencanto” (p. 10). Estos conjuntos de dilemas articulan su rastreo de la transición de la colonia a la vida independiente.

Humeantes todavía los fusiles y ensangrentadas aún las lanzas y las espadas, los próceres de la independencia se dieron a la faena de crear una “homogeneización republicana de la diversidad”. Ésa fue una tarea titánica: a la enorme fragmentación heredada de la Colonia se sumó, luego de la independencia, “una rápida diversificación del campo político y la esfera pública” (p. 13). Esto generó intensas contiendas —discursivas y militares— en torno a la naturaleza de los sistemas políticos; en ellas se enfrentaron centralistas y federalistas, republicanos y monárquicos, liberales y conservadores.

En torno a las tendencias políticas luego de la independencia, Rojas plantea hipótesis novedosas. Una de ellas se refiere a los orígenes de las tendencias liberal y conservadora. Rojas cuestiona la concepción esencialista del pensamiento latinoamericano, que asume una continuidad ideológica entre, por un lado, el pensamiento de la independencia, el liberalismo decimonónico, el hispanoamericanismo finisecular, y el nacionalismo y el antiimperialismo del siglo XX; y, por el otro, que concibe al conservadurismo como una prolongación de las tendencias colonialistas. El autor arguye que tanto el liberalismo como el conservadurismo anclan sus orígenes en el primer republicanismo hispanoamericano. Otro de sus planteamientos se refiere a las nociones sobre América y “lo americano” que emplearon los primeros independentistas y republicanos. Según Rojas, para ellos no existía una separación entre la América “latina” y la “anglosajona”. Entonces, “la idea de [Hispanoamérica] no estaba asociada a nociones de identidad cultural, religiosa o étnica, como las que difundieron los romanticismos y positivismos en la segunda mitad del siglo [XIX]” (p. 15). Varias de los miembros de ese primer republicanismo partían de la homologación entre las dos Américas, oponiéndolas, en tanto que sedes del republicanismo, a Europa, baluarte del Antiguo Régimen.

Esa identidad republicana fue reforzada por los exiliados hispanoamericanos en Estados Unidos, vinculados con importantes figuras del mundo estadunidense. Su gestión es sintetizada por Rojas mediante el concepto de la traducción, entendida como la traslación de conceptos provenientes de una tradición cultural y política a la experiencia histórica de otra. Esos exiliados fungieron como “traductores de la libertad”, propagando en Hispanoamérica los imaginarios como el antimonarquismo, el republicanismo y la idea del ciudadano, contrapuesta a la noción del súbdito, propia de los sistemas de Trono y Corona.

Amén de las guerras que libraron por la independencia, la construcción de ciudadanos teniendo a súbditos como materia prima supuso una hercúlea faena para los republicanos hispanoamericanos, quienes se debatían agónicamente entre, por un lado, sus convicciones republicanas y, por otro, los abigarrados sujetos sociales de sus países, impedidos de actuar como ciudadanos modernos. Para colmo, carecían de un sustrato cívico que posibilitara la construcción de tal ciudadanía. Dentro del “imaginario ilustrado” de sus letrados, Hispanoamérica lucía “como una comunidad no apta para acceder a ciertas instituciones modernas” (p. 237). Por ello Simón Bolívar, pese a sus convicciones republicanas, abogó por el establecimiento de gobiernos centralizados que contrarrestaran las tendencias centrífugas que representaban “las autonomías personales, partidarias y regionales” (p. 239).

Como Sísifo, esa generación de próceres tuvo que cargar una enorme y pesada roca: cuando parecían alcanzar la cima de la montaña, volvían a rodar ladera abajo, por lo que debían iniciar, nuevamente, el penoso ascenso. De ahí se derivó “el desencanto de los héroes” (p. 317): sentían que habían “arado en el mar” y que tras décadas de guerras, penurias, sinsabores y sacrificios, sólo habían erigido “repúblicas de aire”, como llamó el mismo Bolívar a las imperfectas, discordantes y belicosas comunidades políticas hispanoamericanas. Como ejemplos de ese desencanto, Rojas rastrea las trayectorias políticas e ideológicas de varias figuras, como Bolívar, el poeta cubano José María Heredia —quien fungió como bisagra intelectual entre el primer republicanismo y el conservadurismo posterior—, y el pensador venezolano-chileno Andrés Bello. A la postre, tales próceres padecieron una “melancolía mesiánica” (p. 339). Hastiados, descorazonados y enfermos de una hiperrealidad que demolía lo exiguo que habían logrado construir, no pocos de ellos se sintieron igual que Bolívar, quien afirmaba, abatido, que América era ingobernable. La imagen del libertador derrotado no deja de resultar conmovedora: quien más lejos había ido en los sueños libertarios de su generación y quien más había hecho por lograr una Hispanoamérica independiente, era quien más abismalmente sentía y más amargamente expresaba el desencanto con dicha utopía.

Regreso al inicio de este texto, donde aludía a cómo se ha representado la tradición revolucionario latinoamericana. Entonces indiqué que, en ciertos imaginarios, la revolución cubana se ha constituido en un poderosísimo “campo de fuerza” político y cultural que ha tenido como efecto la obliteración, el escamoteo, el menosprecio o hasta la difamación de otros procesos de transformación social en América Latina. Repensar, pues, las tradiciones revolucionarias —en plural— constituye una ineludible labor de crítica; ello conlleva meditar el presente como historia, pero, también, contribuir a que el conocimiento del pasado ilumine nuestra comprensión del mundo contemporáneo. La obra de Rojas desempeña cabalmente estos propósitos. Como señala Michel de Certeau, la narración histórica es “una dramatización del pasado” que opera como una “ficción del presente”. Y Las repúblicas de aire, además de constituir una sólida indagación histórica, es una alegoría sobre el tiempo presente. Es un llamado a aquilatar las utopías que han regido los imaginarios latinoamericanos durante las décadas pasadas, labor que debe tener entre sus fines el ubicar los orígenes de no pocos fiascos, falacias, fracasos y desencantos.

Pedro L. San Miguel.
Historiador. Entre sus libros: La isla imaginada y El mundo que creó el azúcar: Las haciendas en Vega Baja, 1800-1873.