Melquíades sólo iba por salsa de soya. No es que fuera mucho mejor ni
más barata de la que podía comprar en cualquier supermercado, pero
adentrarse en el Barrio Chino, sobre todo en la tienda de Zong, que siempre
tenía algo nuevo, le entusiasmaba. Cuando agotaba su provisión dedicaba una
tarde de sábado a reemplazarla.

Los dependientes se habían acostumbrado a sus visitas espaciadas pero
idénticas. El volumen de Melquíades lo hacía inconfundible; cada vez que
entraba lo veían con resignación, sabiendo que pasaría por lo menos
un par de horas obstaculizando los pasillos estrechos con su
obesidad sudorosa. Revisaba cada anaquel y las etiquetas llenas
de símbolos diminutos e indescifrables, antes de salir con la
botella más pequeña de soya.

Siempre había alguna cosa nueva que lo hacía detenerse
varios minutos a observarla con sus ojillos oscuros, tratando
de reconocer, en sus formas o en los caracteres que salpicaban
el celofán del envoltorio, alguna secuencia lógica
que le descubriera su procedencia y características.

A veces, no sin reticencia, Melquíades se animaba
a tomar alguno de los productos y darle vueltas entre
los dedos, haciendo crujir la envoltura hasta que el
contenido mismo parecía cansarse de sus manoseos;
le provocaba una reacción que lo hacía aventarlo de
nuevo a los estantes y buscar presuroso al empleado
más cercano para increparlo por la nueva ubicación
de la salsa de soya.

No fue ésta, sin embargo, como las demás ocasiones.

Al principio deambuló con su acostumbrada lentitud
por los pasillos, resistiendo con indiferencia bovina los
codeos con que los demás clientes intentaban inútilmente
hacerse paso a su lado, mientras él seguía con la mirada
parsimoniosa entre las repisas, como si fueran un plato de
sopa de letras en el que quisiera comprobar la presencia de
cada letra del alfabeto.

A pesar de lo lento que avanzaba, al descubrirlo se detuvo tan
en seco que estuvo a punto de perder el equilibrio. Lo contempló
absorto, como si en el alfabeto que recorriera en vez de la próxima letra
se hubiera topado con su nombre deletreado, o con un espejo cuya reflexión
lo miraba inquisitivo. Puede que fuera una fruta.

Sobre el montón de li-chis que resistían dentro de sus pequeños capullos,
amoratados por el esfuerzo, se erigía algo más. Era enorme. Por lo menos en
comparación. La versión militar de una papaya que asechaba desde su coraza
verde erizada de espinas afiladas.

Melquíades se aproximó con cautela. Si hubiera habido algún dependiente
cercano le habría señalado con inconformidad esa cosa espinada, exigido una
explicación de qué era eso y qué hacía ahí, tan fuera de lugar. Cuando se dio
cuenta ya estiraba la mano hacia su corteza hirsuta, prehistórica. Le pareció que aquello estaba tibio, al punto de la palpitación, pero ante el contacto suprimía el siguiente latido, contenía el aliento.

En la caja lo envolvieron con destreza, casi con respeto. Primero lo colocaron
sobre una tabla de madera bofa. Luego lo cubrieron con hoja tras hoja de un periódico chino impreso en papel rosa de mala calidad.
Finalmente lo metieron en una bolsa de plástico negro resistente
y luego en otra más. La tabla quedó marcada con muescas
profundas. Cuando le dijeron el precio no le sorprendió,
aunque prácticamente le vació la cartera.

Tan pronto transcurrieron dos estaciones en el metro sus
dedos comenzaron a resentir la presión del plástico. El peso
del fruto y la punción de las espinas habían perforado ya el periódico
y se marcaban contra la bolsa, como si pujara por salir.
Aun así, no quiso apoyarlo en el suelo. A la siguiente estación
se percató de que la gente lo miraba. Prestó mayor atención.
¿Cómo no había notado antes que olía tan mal? El hedor se
esparcía con la densidad de un gas lento y untuoso. Le picaba la
nariz, incluso le dificultaba respirar. Tuvo la impresión de que
más que las espinas, era la peste lo que rompía el envoltorio.

Vivía en el segundo piso de una casa de dos plantas, ubicada
en un callejón amplio, de poca profundidad, e iluminado durante
el día. A un lado de la puerta principal había una banca,
en la cual los oficinistas de la importadora que ocupaba la planta
baja solían fumar y tomar el sol en sus descansos. Tenían un
pacto tácito de no molestarse. De hecho, casi no compartían el
inmueble, salvo en algunas ocasiones cuando Melquíades regresaba
temprano del trabajo, o cuando ellos necesitaban quedarse
más tarde por las zonas horarias desde donde importaban.

Oscurecía y el único farol encendió su luz amarillenta y
pobre. Depositó con suavidad su carga en un extremo de la
banca y luego se sentó a un lado, contemplándolo. Se frotó
las manos pues la bolsa le había dejado la parte interior de
los dedos marcados y tan rosas como el periódico, que había
resistido mal la presión de las espinas. Fue entonces que entre
maldiciones se preguntó por qué carajos lo había comprado.
Al descubrirlo le había parecido obvio. Pero ahora, ¿qué iba a
hacer con él? Caro, pesado, incómodo y apestoso. Tirarlo no
podía, sencillamente no podía. Para empezar le había costado
demasiado dinero y ahora trabajo. Decidió dejar el bulto ahí,
ya lo abriría mañana, con tiempo.

Abrió la puerta, pero cuando se descubrió al pie de sus
escaleras con las manos vacías, una furia ciega lo hizo volverse
y patear la puerta de la importadora. Había olvidado comprar
la salsa de soya.

Desde que despertó se sintió incómodo. Y extenuado. No
estaba seguro si lo imaginaba, o si la fetidez dulzona del fruto
se había filtrado a sus sueños. En la cocina sacó todos los ingredientes
del desayuno que despachaba cada domingo. Tan
pronto el fuego comenzó a calentar el aceite en el sartén, perdió
el apetito. Casi con náusea devolvió cada cosa a su lugar.
Decidió ir por el periódico. Dio un portazo al salir y caminó
aprisa, sin volver la cabeza hacia la banca.

Regresó al anochecer, sin el periódico y después de ver
cuatro películas seguidas. A media cuadra de distancia pudo
olerlo. El vaho aumentó conforme se acercaba. Sin querer admitirlo,
esperaba que hubiera desaparecido. Ahí seguía, sobre
la banca, esperándolo.

Al día siguiente sería lunes. Pensó en los empleados de la
importadora. No podía dejar el fruto donde estaba. Si lo dejaba
en medio de una calle más transitada los coches lo arroyarían
hasta desaparecerlo. Decidió inspeccionarlo una vez más
antes de abandonarlo a su suerte sobre el asfalto.

Quitó las dos bolsas y luego retiró el periódico, hecho jirones
por las espinas de abajo. Tomó el fruto entre sus manos
con reticencia y notó algo nuevo bajo la mortecina luz del
farol. En la coraza asomaba una cuarteadura finísima. Acercó
el rostro para inspeccionarla mejor con sus ojillos ansiosos. Le
pareció que el olor se transformaba, tal vez por la maduración
del fruto. Aminoraba un poco lo pesado del aroma; era todavía
empalagoso, pero más dulce, casi agradable.

Entre lo que le había costado en dinero y molestias, ¿qué
más daba esperar otro poco? Lo subió y colocó en la cocina,
sobre la tabla de picar, a un lado del lavabo. Decidió observarlo
un momento para verificar que no se fuera a rodar. Al
darse cuenta había pasado media hora, por lo que lanzó un
último vistazo y se fue a dormir.

Melquíades no supo si fue el olor o el brillo con que se le aparecía
entre sueños, pero tuvo la certeza de que el fruto lo velaba
y ahora lo había despertado. Miró su reloj, tenía el tiempo justo.
Si salía inmediatamente podía alejarse antes de que llegara la recepcionista
de la importadora, y se ahorraría las explicaciones.
Sin bañarse, se cambió de ropa y corrió a la estación.

Cuando se cerraron las puertas experimentó al interior
del vagón la esencia pegajosa. No podía definir si se le había
adherido al interior de la nariz o a su ropa, incluso a su piel.
Sentía que la mayoría de los pasajeros procuraba evitar cualquier
contacto corporal y visual con él, salvo un hombre con
sombrero de palma y mirada áspera.

Fue el primero en llegar a su oficina y pasó directamente
al baño. Se arremangó la camisa y se talló con jabón la cara,
el cuello y los antebrazos. Por el resto del día se aisló todo lo
que pudo en su escritorio, que para su fortuna quedaba junto
a una ventana. Era tan huraño que nadie percibió su ansiedad
ni que bebiera más café del que podía metabolizar. El día se le
pasó entre sudores, escalofríos e idas al baño. Se tranquilizó
un poco cuando el edificio comenzó a vaciarse, pero entonces
se enfrentó al regreso a casa. Imaginó que ahora el olor
debía detectarse a varias cuadras de distancia. Trató de matar
el tiempo jugando solitario en la computadora de manera
obsesiva, encadenando una partida con la otra. A la segunda
ronda del guardia decidió que era mejor irse.

Caminó hasta su casa, evitando más la llegada que los callejones oscuros y desiertos. Tal vez hubiera
agradecido un asalto. Tocó a su propia
puerta, sin tener claro por qué. Ahí
estaba, esperándolo. Un vaho tibio se
le vino encima como una ola de mantequilla;
el olor, otra vez distinto. Probablemente
mutaba con la oscuridad
o con la fotosíntesis que aún parecía
hacer. El foco rojo de la contestadora
pestañeaba indicando que tenía dos
mensajes. Los borró sin escucharlos y
siguió a la cocina.

Melquíades no había prendido la
luz, pero no hacía falta. El farol estaba
a la altura de su departamento y su
resplandor entraba por la ventana de la
cocina. El fruto se veía más grande que en la mañana. Alcanzó
a distinguir nuevas cuarteaduras que se habían sumado a la
primera, cada vez más gruesa. Pudo ver, por ahí, la pulpa.

Asomaba por la grieta con un blanco ligeramente turbio.
Reflejaba la luz que se filtraba por la ventana, o emitía la suya
propia, muy tenue, irradiada desde el núcleo de su semilla y
filtrada apenas a través de su carne blancuzca. Estaba agotado,
pero no quería alejarse demasiado. Se tendió sobre la alfombra
del pasillo, donde cayó dormido de inmediato.

Lo despertaron los toquidos en la puerta, la aporreaban
como si quisieran tirarla. Con el rabillo del ojo comprobó que
siguiera sobre la tabla. El sol caía a plomo sobre el fruto, como
sobre su rostro. Se puso de pie lentamente, casi al compás de
los golpes sobre la plancha de madera.

Le dirigió una mirada a la contestadora. El foco anunciaba
una docena de mensajes. Una vez que abrió la puerta, se tardó
varios segundos en reconocer a sus vecinos. Ellos lo miraban
expectantes.

—Creímos que le había pasado algo.

—Por la peste.

—Tratamos de llamarlo desde ayer.

—Y como no lo vimos ayer ni tampoco salir hoy a trabajar,
estábamos a punto de llamar a la policía —agregó una
secretaria.

Melquíades salió, cerró la puerta tras de sí con suavidad y
encaró las escaleras. Comenzó a bajar. Los de la importadora
se hacían a un lado conforme se acercaba. Tan pronto pisó
la banqueta echó a correr rumbo al metro, a pesar de que ya
fuera mediodía.

Sólo se detuvo cuando alcanzó el andén. A pesar de que el
metro se encontraba frente a él, con las puertas abiertas como
esperándolo, no lo abordó. De haber entrado, tal vez jamás
habría vuelto. Conforme el vagón cerró sus puertas y echó a
andar, la certeza lo envolvió con la misma fuerza del olor que
la fruta exudaba. Tenía que volver.

Al subir las escaleras de la
estación, advirtió que sudaba
una sustancia pegajosa. Cuando
entró en su callejón, por primera
vez desde que vivía ahí, notó
las cortinas de la importadora
abiertas. En vez de ellas, se descorrían
los párpados de todos
los trabajadores. ¿Qué pensarían
que tenía allá arriba? ¿Qué diablos
tenía allá arriba?

La puerta de la oficina, que
daba a las escaleras, estaba también
abierta. Sintió el conjunto
de miradas que le colgaban de
la espalda como un racimo de
plomo. Abrió su puerta. A la vez que segregaba ese sudor pesado
y lento tenía cada poro convertido en una narina, en
una terminal olfativa preparada para inhalar ese olor. Una
fragancia vegetal, la savia podrida de cien selvas, lo rodeó para
tragárselo. Vio al fruto de frente. Tuvo la impresión de que le
sostenía la mirada en sus púas rígidas y enhiestas.

En el primer cajón guardaba los cuchillos. Se aproximó
lentamente, lo abrió y sintió su mano acoplarse al mango frío
y macizo de un cebollero. Avanzó entonces en dirección a la
tabla de madera y lo que sobre ella aguardaba expectante, tan
tenso como Melquíades.

Descartó el tajo directo. Si estallaba, de la explosión de ese
magma vegetal podía esperarse cualquier cosa. Acercó el cuchillo
lentamente, con cuidado y con la muñeca rígida. Al
colocar la hoja sobre la corteza la sintió seca, casi crujiente. La
abrió haciendo palanca con la punta en la grieta mayor, que
atravesaba la fruta de un lado a otro, procurando no arañar la
pulpa. La corteza no cedía fácilmente, como si el fruto opusiera
un último acto de resistencia o pudor, hasta que al fin
un ligero cric la abrió en dos mitades. En el interior la carne
fibrosa resplandecía tinta en un barniz nacarado que variaba
sus iridiscencias en reacción al aliento de Melquíades, quien
la observaba en silencio.

Cada una de las mitades se dividía en válvulas y circunvoluciones
perfectamente definidas, de tono perlino, que brillaban
untuosas a la luz exudando secreciones aceitadas. Tuvo la
impresión de que no sólo estaba vivo, sino también lúcido. No
sin temor, sumergió un dedo en esa materia turbia y mucilaginosa.
Le pareció que el fruto se contraía. Restregó la sustancia
viscosa con el pulgar y se la acercó a la nariz.

Tenía un olor penetrante, pesado, más denso que nunca;
pero no era de la fruta de donde provenía, sino de él. Se llevó
entonces el dedo a los labios y su saliva se disolvió al entrar en
contacto con la pulpa. El fruto comenzó a vibrar ligeramente:
Melquíades estaba en su punto. {{n}}