El 22 de noviembre de 1963 el presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy, fue asesinado en Dallas, Texas. Este enunciado contiene los hechos concretos, incontrovertibles, de dicho suceso: la fecha, el lugar, la víctima. Sin embargo, las elucubraciones que han surgido para dar una respuesta a la pregunta “¿Quién mató a J.F.K.?”, han producido cientos de miles de oraciones para tratar de esclarecer cómo sucedió, qué llevó a ello, quién lo realizó.

Más allá de los reportes de las comisiones, de las decenas de teorías conspiratorias, de los libros y documentales que desmienten estas teorías y los que proponen otras nuevas, es interesante que la historia en sí, y sobre todo sus elipsis -los fragmentos que siguen faltando-, la hagan tan seductora para ser contada una y otra vez. Sólo así se explica que tres de los escritores estadunidenses vivos con mayor reconocimiento le hayan dedicado cuatro novelas.

Según el orden en que fueron publicadas, las novelas son las siguientes: Don DeLillo escribió Libra en 1983; Norman Mailer, Oswald, en 1995; y James Ellroy América, en 1996, y Seis de los grandes, en 2001, las primeras dos entregas de su Trilogía Americana. Esto nos da cuatro registros con rasgos muy particulares según cada autor: Ellroy de novela negra, Mailer de una escritura más periodística y DeLillo con un estilo ante todo literario.

Aunque distintas en cada pluma, las cuatro parecen haber sido escritas con la misma tinta que nutre a la nota roja. Hay una compulsión fervorosa que se inyecta lo mismo a la escritura que al ritmo de lectura: sólo así se explica que sumen más de 2,700 páginas, y que se puedan leer en unas cuantas sentadas.

En vez de reseñar estas obras, tomaremos solamente los elementos que nos ayuden a entender este asesinato, a reconstruirlo desde otro lugar distinto a la versión oficial.

¿Puede la ficción ayudarnos a aclarar este hecho histórico? Partamos de una aseveración del propio Mailer: “Si la respuesta de uno ha de ser algo más que una opinión, es necesario vérselas con cuestiones de evidencia. En esa dirección, sin embargo, uno encuentra una jungla de opiniones conflictivas de expertos con respecto a si Oswald pudo hacer los disparos a tiempo, si tenía la puntería requerida, si fue el único que disparó en Dealey Plaza, y es posible continuar, tratando de explorar cada posibilidad hasta sus últimas consecuencias, para dar con una verdad descorazonadora: la evidencia, por sí sola, nunca puede dar la respuesta a un misterio”.

Aquí justo dejaremos a un lado la evidencia para meternos en las narrativas que le dan coherencia a semejante suceso. En casos como éste, la novela puede arrojar luz sobre la verdad de una manera que otros registros no pueden hacerlo. Como dice DeLillo “[...] la escritura de cualquier historia le da a sus eventos forma y persuasión”.

Una persuasión de la cual carece la versión oficial, que no convence a nadie. En 1976 una encuesta del Detroit News indicaba que el 87% de la población de Estados Unidos no creía que Lee Harvey Oswald fuera el asesino solitario que mató a Kennedy. El tiempo no alteró esta percepción. En 2003 una encuesta del History Channel mostró que sólo 17% de los estadunidenses creían que Oswald actuó solo. De nuevo DeLillo: “Hay algo que no nos están diciendo. Algo que no sabemos. Hay más al respecto.

Siempre hay más al respecto. La historia consiste en esto. Es la suma total de todas las cosas que no nos dicen”.

La mayoría de los análisis sobre el asesinato dividen los acontecimientos en tres fases para tratar de comprenderlo mejor: conspiración, ejecución y encubrimiento. División que también nos sirve para abordar al conjunto de estas cuatro novelas. Aquí la pregunta original de ¿Quién mató a J.F.K.? se nos divide en tres: ¿Quién mandó jalar el gatillo? ¿Quién jaló el gatillo? Y la tercera, ¿Quién y cómo logró que más de 40 años después sigamos tratando de responder estas preguntas?

Los conspiradores

Para tratar de esclarecer un asesinato lo primero a buscar son los motivos: quién o quiénes podrían verse beneficiados. El problema en este caso es que la pregunta en vez de reducir las posibilidades las amplía. En América, Ellroy dibuja muy bien el panorama de la época y su tesis sobre el magnicidio es bastante sensata: prácticamente cualquiera podría estar detrás del asesinato de Kennedy, pues todos los actores principales de la escena política lo querían muerto. Se había metido lo mismo con la CIA, que con el FBI, la mafia, los contrarrevolucionarios cubanos y los extremistas de derecha. La medida que pareció colmarle el plato a la mayoría, porque los afectaba a todos, fue no haber autorizado el apoyo aéreo previsto durante la invasión a Playa Girón, a lo que se atribuyó el fracaso por recuperar Cuba.

En las dos novelas de Ellroy, personajes que representan a los intereses arriba enunciados se vinculan de modo cada vez más cerrado: matones y agentes del FBI son reclutados por la CIA para adiestrar contrarrevolucionarios en Florida, traficar con armas para aprovisionarlos y con heroína para conseguir recursos, y a la vez todos trabajan cada vez más de cerca con la mafia, la principal interesada en recobrar la isla.

Mucho se especula si las agencias del gobierno estuvieron involucradas y hasta qué punto. Los tres autores coinciden en ver la mano de la mafia y la sombra de la CIA detrás del complot y el golpe. En realidad parece que aunque desearan participar, para los cuerpos de inteligencia el mejor modo de cooperar era reclinarse en su silla y mirar a otro lado mientras esperaban a que sucediera. La consigna que se tejía en el zeitgeist político, dentro y fuera de la ley, era: “Ustedes llévenlo a cabo, nosotros contribuiremos a que nunca se sepa quién fue”.

Los tres novelistas están de acuerdo también en que había varias conspiraciones simultáneas cocinándose al mismo tiempo: Kemper Boyd, un personaje de Ellroy, menciona: “Quizás haya media docena, o seis docenas, o quién sabe cuántos jodidos complots como el nuestro en plena preparación. Como si la jodida metafísica del asesinato estuviese ahí fuera sin más, como si fuera demasiado innegable…”. DeLillo reitera la atmósfera: “Algo en el aire. Había fuerzas en el aire que los hombres sienten en el mismo punto de la historia. Lo puedes sentir en la piel, en la punta de los dedos”.

Con tantos interesados en liquidar a Kennedy, más que de conspiradores en general habría que hablar de los conspiradores “exitosos”, aquellos que lo lograron. El primero a tratar es Lee Harvey Oswald, el asesino solitario en la versión oficial, aunque estos tres autores le asignan el papel que el propio Oswald asumió ante la televisión: “I’m a patsy”, un chivo expiatorio.

En el mundo de canallas que retrata Ellroy, Oswald aparece muy tangencialmente y sólo se le hace referencia como “el cabeza de turco”. Por contraste, las novelas de DeLillo y de Mailer están escritas para entender y recrear no sólo el asesinato de Kennedy, sino en buena medida al propio Oswald. Lee era un ex marine dado de baja de manera deshonrosa que se había vuelto comunista. Después de dos años en Rusia estaba de vuelta en Nueva Orleáns, donde se enganchó en los eventos que todavía hacen resonar su nombre. Mailer dibuja así el ambiente del lugar y la época: “Debe entenderse que después de que Kennedy cercenó el Operativo Mangosta, y las fuerzas anticastristas más fervorosas y agresivas se desorganizaron, se formó una zona no especificada.

Enclaves militantes, ahora secretos, empezaron a surgir en la periferia de la inteligencia estadunidense, y es posible vislumbrar su presencia cuando Oswald va a Nueva Orleáns”.

Si el consenso ubica a Oswald como un pelele, alguien tiene que moverle los hilos. En las cuatro novelas, David Ferrie y Guy Banister, ambos vinculados a los servicios de seguridad y radicados en Nueva Orleáns, aparecen como los encargados de colocarlo en las coordenadas que lo harían aparecer como culpable. “Todos los que creen en la hipótesis del complot han considerado la posibilidad de que Banister y Ferrie puedan haber sido el vínculo entre la CIA, el FBI y la mafia”.

Estos dos hombres actuaban por órdenes superiores. Según Mailer y Ellroy, de la mafia.

En el caso de este último, Carlos Marcello y Santos Trafficante Jr., capos de las mafias de Nueva Orleáns y de Tampa, aparecen directamente como protagonistas. Como tantas cosas en estas novelas, la aseveración no parece pertenecer sólo al campo de la ficción. El 14 de enero de 1992 el New York Post declaró que Trafficante, Marcello y Jimmy Hoffa habían estado involucrados en el asesinato de Kennedy.

Los conspiradores de DeLillo son tres agentes de la CIA afectados profesional y personalmente después del fracaso de la invasión a Playa Girón. Su idea era llevar a cabo un intento de asesinato que no tocara al presidente, pero que causara suficiente conmoción para que la culpa recayera sobre Fidel Castro y así, mediante el recrudecimiento de hostilidades y otra invasión, recuperar Cuba. DeLillo logra retratar como aun entre ellos tres, microcosmos de lo que sucedía a gran escala en todo el país, había opiniones distintas. Basta que uno piense que un “intento” no era justo ni suficiente, para alterar el curso de esta historia y de la que se escribe con “H” mayúscula.

Ahora, si Oswald sólo era un chivo expiatorio, ¿quién jaló el gatillo?

La ejecución

A diferencia de la conspiración y el encubrimiento, la ejecución en sí fue cosa de minutos. Los autores adjudican la operación a un pequeño equipo de profesionales. Tanto Ellroy como DeLillo mencionan grupos de tres hombres, Oswald incluido. En el equipo del primero figura un piloto del Ku Klux Klan vinculado con la CIA y un mercenario francés, Jean Mespléde; en el de DeLillo, un contrarrevolucionario cubano y uno de los hombres de la CIA tras el complot.

Coinciden también en que fueron dos tiradores, y en los puntos de tiro: uno disparó desde el sitio atribuido a Oswald, la ventana del quinto piso del almacén de libros donde trabajaba, y otro tras la cerca sobre una pequeña colina conocida como The Grassy Knoll. Según DeLillo, Oswald sí dispara, tres veces, aunque sólo hiere a Kennedy en el cuello y a John Connally, el gobernador de Texas. El disparo letal es una bala expansiva que sale del rifle del cubano. Según Ellroy, Oswald ni siquiera dispara, el disparo mortal viene de su rifle y su posición, pero lo utiliza Mespléde, mientras que de la cerca tira Chuck Rogers, el piloto.

Ellroy, a pesar de ser el de la violencia gráfica y las escenas cargadas de adrenalina, hace una elipsis del magnicidio pues América termina un segundo antes de que comiencen los disparos y Seis de los grandes inicia cuando ya sucedió todo. Por el contrario, DeLillo da la descripción más cruda del momento clave, que relata a partir de distintas perspectivas simultáneas: “Y luego el tercer disparo mandó esa substancia por todos lados: tejido, fragmentos de hueso, montones de tejido pálido, un revoltijo aguachento, tejido, sangre, materia cerebral sobre todos ellos”. El oficial Hargis, uno de los escoltas en motocicleta: “Giró su cuerpo a la derecha, manteniendo la motocicleta hacia el oeste sobre Elm, y entonces la sangre y la materia, esa cosa inolvidable, el aguanieve de hueso y sangre y tejido, lo golpeó en la cara. [...] Cerró la boca y la mantuvo apretada para que el fluido no se le metiera adentro”.

Encubrimiento

El golpe maestro, sin embargo, fue el encubrimiento. A esto se debe que cada interrogante que se busca responder sobre el caso Kennedy sólo conduzca a más interrogantes, y que al tratar de esclarecerlo sólo se logre enturbiarlo. DeLillo, Ellroy y Mailer convienen en que, en buena medida, esto se debe a la estructura celular de las organizaciones involucradas, que impedía que la mano izquierda supiera lo que hacía la derecha. DeLillo señala sobre la CIA: “Saber implicaba peligro, mientras que la ignorancia era un activo muy cotizado. En muchos casos el DIC, el Director de Inteligencia Central, no debía saber las cosas importantes. Entre menos supiera, podía funcionar mejor y de manera más decisiva. [...] Los horrores de las operaciones no eran para sus oídos. Los detalles eran una forma de contaminación”.

Este principio se conoce como negación plausible (plausible deniability). Mailer coincide: “De todas las burocracias gubernamentales, la CIA probablemente ofrezca el mayor parecido con un organismo: es decir, su estómago, mente, pulmones y miembros análogos, si bien son capaces de comunicarse entre sí, con frecuencia necesitan hacerlo de manera mínima nada más: grandes partes de la CIA funcionan casi completamente sin comunicación las unas con las otras”.

Es decir, existe la posibilidad de que ni siquiera quienes mandaron jalar el gatillo supieron quién lo jaló. En Seis de los grandes John Stanton, agente de la CIA, llega al cinismo de decirle a Bondurant: “Sabemos que algunos hombres de la Agencia fueron, cuando menos, secundarios al asunto Kennedy. Estamos contentos con el resultado, no tenemos intenciones de disputar el Reporte Warren, pero sólo para poder negar nuestra participación, nos gustaría hacernos una idea”.

Lo más curioso es que la mafia parece funcionar exactamente de la misma manera. 300 páginas más adelante de la cita anterior, Mailer escribe: “Debemos decir que los detalles ejecutivos del asesinato se dejaron para las personas al otro extremo de la fila: los que se encargarían de ponerlo en práctica. Tan grande era la separación, en realidad, que Marcello y/o Trafficante no sabrían quién sería el asesino (o asesinos) ni la fecha ni el lugar. Podía suceder en cualquier parte -Miami, Texas, Washington, Nueva York-, eso no importaba. Ellos no estarían al tanto de los detalles”.

Más allá de este modo de compartimentar la información, los tres autores también opinan que hubo una operación de limpieza. La segunda novela de Ellroy comienza justamente con el encubrimiento. Y aunque sólo los primeros capítulos tienen que ver con éste, se mantiene como un tema de fondo que sigue resonando a lo largo de la novela, hasta encadenar este magnicidio con las ejecuciones de Martin Luther King y Robert Kennedy.

Uno de los personajes reales que mejor retrata Ellroy es Edgar J. Hoover, director del FBI. Hoover no participó, pero sabía lo que se avecinaba y no hizo nada para prevenirlo. En Seis de los grandes Ellroy le da el papel protagónico detrás del encubrimiento, al grado de ser él quien comisiona el asesinato de Oswald. Que Oswald conservara la vida sólo 48 horas después de capturado, es parte de esta operación de limpieza.

Apenas unas semanas antes (septiembre y octubre del 63, cuando Oswald estuvo en México) se había televisado el caso de Joe Valachi, el primer miembro de la mafia que violó el código de silencio, omertà, describiendo la estructura y operaciones de esta organización criminal. Hasta unos años antes el propio Hoover había negado la existencia de la mafia. Mailer opina que esta coyuntura selló la suerte de Oswald: “Por ende, cuando se enteraron de que Oswald decía que él era un chivo expiatorio, su suerte quedó sellada. Un chivo expiatorio habla: Oswald debía ser eliminado”.

Quien lo despachó fue Jack Ruby. Para los tres autores sus deudas (tanto con Hacienda como con la mafia) eran suficiente argumento para convencerlo, junto con cierta demencia patriótica que ya traía. A diferencia de Oswald, Ruby murió en prisión, ¿por qué no habló? El omertà pesaba sobre él. Mailer rescata las siguientes transcripciones de su voz del Reporte Warren: “Quiero decir la verdad y aquí no puedo decirla. [...] Les digo, caballeros, toda mi familia está en peligro. Mis hermanas, en peligro de muerte”.

Por otra parte, la investigación del asesinato recaía en el FBI, lo que le permitió a Hoover enredar aún más los cabos sueltos: “La conclusión de Hoover, dentro de las primeras 24 horas después del asesinato de JFK de que Oswald había actuado solo, hizo que esta versión se generalizase rápidamente: era conveniente que los agentes del FBI llegaran a resultados prescriptos con anterioridad. Era garantizado que el proceso produciría alteración de evidencia, destrucción de evidencia y, en caso necesario, creación de evidencia” (Mailer).

En sólo dos semanas el FBI produjo un reporte de 500 páginas que declaraba a Oswald asesino solitario y negaba cualquier conspiración. El reporte se le entregó a la Comisión Warren, que en vez de conducir una investigación independiente se basó casi por completo en este reporte. Por eso Mailer afirma: “Como investigación, el trabajo de la Comisión Warren se asemeja a una ballena muerta pudriéndose sobre la playa”.

En la estocada maestra del encubrimiento se nota también la mano de Edgar J. Hoover.

Para su formación profesional fue fundamental el primer trabajo que tuvo, en la Biblioteca del Congreso, donde desarrolló su capacidad para conseguir y clasificar información. Por esta misma razón, sabía que la mejor manera de ocultar la verdad sería sepultándola entre toneladas de datos relacionados pero confusos. Un ejemplo son las 125 mil páginas que produjo el FBI sobre el asesinato, o los 144 volúmenes de la CIA exclusivamente sobre Oswald.

DeLillo crea una excelente paradoja al respecto: Nicholas Branch, un agente retirado de la CIA, es contratado por la propia Agencia para escribir la historia interna de este asunto. Está adentro, tiene acceso a toda la información, pero más que ayudarlo esto le hace la tarea imposible. En todos los años que lleva investigando ni siquiera ha podido clasificar el material que recibe y que sigue llegando, ya no mencionemos leerlo. Ha visto pasar a seis directores, sin estar seguro de que estén enterados de su investigación. DeLillo nos muestra que a estas alturas ni la propia CIA podría decir ya si estuvo involucrada o no.

Como con Oswald, la última etapa del encubrimiento trataría de segar la posibilidad de testimonios contrarios a la versión oficial. Poco más de una década después de los eventos, varios nombres vinculados con la conspiración fueron llamados a testificar por la Comisión Selecta de la Cámara de Representantes sobre Actividades de Inteligencia, cuya investigación iba mucho más en serio que la realizada por la Comisión Warren.

Algunos de ellos son:

• Salvatore (Sam) Giancana, capo de la mafia que creció cerca de Jack Ruby en Chicago. Se le encontró muerto en junio de 1975 en su sótano, con un disparo en la nuca y seis alrededor de la boca, como si se la hubieran cosido a balas. Estaba agendado para testificar ante la Comisión del Senado cinco días después.

• Jimmy Hoffa, líder corrupto del sindicato de camioneros, debía testificar por las mismas fechas. Desapareció unos días antes de presentarse y nunca más se le ha vuelto a ver.

Como resultado de estas muertes, el Congreso estableció en septiembre de 1976 la Comisión Selecta de la Cámara de Representantes sobre Asesinatos, para investigar los homicidios de John F. Kennedy y Martin Luther King. A su vez esta Comisión llamó a otros testigos a declarar.

• George De Mohrenschildt, quien trabajó para la CIA y trató a Oswald en los meses previos al asesinato. Muerto por balazo de escopeta cuando le notificaron que tendría que testificar ante la Comisión (dictamen: suicidio).

• El mismo día Charles Nicoletti, otra figura de la mafia que trabajó bajo las órdenes de Giancana y estuvo involucrado con la CIA en esquemas para sacar a Castro de Cuba, murió en Chicago de tres disparos en la nuca.

• Una semana después, en Miami Beach, la policía encuentra el cuerpo de Carlos Prío Socarrás, ex presidente de Cuba, traficante de armas millonario, vinculado por un soplón con Jack Ruby. El cuerpo yace sobre una silla, hay una pistola cerca (dictamen: suicidio).

• Johnny Roselli, otro miembro de la mafia, sí testificó en el 75. En el 76 la Comisión decidió volverlo a llamar, pero en julio de ese año Roselli salió de su casa para jugar golf y nunca llegó al campo. Diez días después encontraron su cuerpo flotando en un tambo de gasolina. Había sido muerto a garrotazos y le habían serruchado las piernas.

En 1979 la Comisión sobre Asesinatos dictaminó que: “[...] el presidente John F. Kennedy fue probablemente asesinado como resultado de una conspiración. La Comisión no tiene la capacidad para identificar al otro pistolero [además de Oswald] o de saber hasta dónde se extiende dicha conspiración“.

Es probable que James Ellroy toque estos ajustes de cuentas en la novela que cerrará su Trilogía Americana, pronta a aparecer. Queda como asignatura pendiente ver si los documentos por desclasificarse en 2017 nos confirmarán algunos de estos hechos. Se trata de decenas de miles de páginas adicionales a las que ya existen, que incluyen un 3% de los documentos de la Comisión Warren, y un 21% de documentos de la Comisión sobre Asesinatos.

Por una parte, aquí es donde la ausencia de evidencia da de sí, pues a pesar de tener mayor cohesión y verosimilitud que la versión oficial, las anteriores no son sino especulaciones. En contraparte, por escéptico que sea uno, hay algunos hechos que apuntan a que las cosas no fueron exactamente como debieron haber sido. Como siempre en el caso del asesinato de Kennedy, tenemos la evidencia negativa, la que surge a partir de la ausencia de algo que debería estar ahí como prueba. Por ejemplo, desde hace más de 30 años su cerebro desapareció en los Archivos Nacionales de Washington.

No puedo evitar imaginarlo todavía consciente, traspapelado en una gaveta confidencial de la CIA, preguntándose, al igual que todos nosotros, cómo diablos fue que llegó ahí. n