Sería una interpretación muy fácil, y quizá equivocada, decir que la victoria de la candidata de la Concertación por la Democracia en Chile, Michelle Bachelet, representa sobre todo un gran triunfo cultural en el sentido de que una mujer, sin religión, por añadidura divorciada y madre de una niña -la última de tres hijos- nacida fuera del matrimonio, llega por primera vez, vía electoral, a la presidencia de un país sudamericano. Sin duda es una gran transformación cultural, digna de aprecio y encomio, pero no es lo más relevante del proceso electoral chileno.
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