Aproximarse a la ciudad implica encontrarle las orillas, ¿pero dónde empezar con una megalópolis como ésta? Un laberinto que nos extravía no sólo por su extensión, sino por sus paredes móviles y caprichosas. Tal vez la primera orilla sea acotar su leyenda negra: no es la más grande del mundo.

Tokio tiene mayor población, su mancha urbana es más amplia, pero también más ordenada. Lo que amplifica a la ciudad de México es que nunca sabemos bien por dónde anda, de qué va, qué se trae, dónde termina.
Otras metrópolis de dimensiones equiparables han sabido desarrollar modos para mantenerse transitables.

En Londres, por ejemplo, antes de obtener su licencia, los conductores de los tradicionales taxis negros deben pasar una prueba en la cual demuestran que conocen cada una de las calles de la ciudad, que siempre y desde cualquier punto pueden encontrar la mejor ruta para llegar al destino que elija el pasajero.

En la ciudad de México esto es sencillamente inaplicable. Ni siquiera si Funes, el memorioso, el de Borges, se viera obligado a despachar como ruletero en estas calles podría recordar todas sus esquinas y posibilidades, conocer las variables de cada ruta en tiempo de lluvias, cuando hay partido en el estadio, a la hora de salida de las escuelas; cambios sutiles que a ciertas horas transforman barrios apacibles en hormigueros enfurecidos.

Todo asentamiento humano es un organismo mutante, pero el D. F. y zona conurbada se transfiguran con la velocidad de los virus más tenaces. Tienen una extraña tendencia a crecer topes autogestivos durante la noche, a variar el sentido de una calle de una semana a la siguiente, a ver los bulevares periféricos levantarse decenas de metros hacia el cielo, a perder rutas que de repente se cancelan porque los vecinos enrejan su calle.

Por esa incesante manía de metamorfosis, para navegar esta ciudad sin contratiempos sería necesario poder sintonizar un oráculo desde el radio del coche. A falta de pitonisas confiables que trabajen como locutoras a cargo de los reportes viales, la única manera de acercarse a semejante territorio es mediante la distancia estática de los mapas. De ahí que hayan surgido tantos: zonales, comerciales, incluso humorísticos como el del Centro Histórico de Jorge Escudero, que agota tantas ediciones.

Sin embargo, la mayor parte del tiempo se trata de intentos parciales, o directamente fallidos. Mapas muy ambiciosos y poco prácticos, como aquellos que buscan plasmar esta ciudad en un pliego demasiado pequeño para lograrlo, pero demasiado grande para que se pueda consultar en cualquier otro sitio aparte de un muro o un restirador.

Sólo uno lo ha logrado, y por eso trasciende el registro de mapa y se transforma en guía, la Guía Roji. Hay que tener presente lo que implica este cambio, ¿qué tan diferente sería La divina comedia si Dante en vez de tener a sus guías, Virgilio y Beatriz, hubiera tenido tan sólo un croquis de los círculos del Infierno o del Paraíso?

Toda cartografía implica un acto zen de abstracción, un trazo de bomba de hidrógeno que deje intactos los edificios y las avenidas, pero que elimine a la gente, su deambular y su neurosis. A pesar de cumplir esta condición, por el tesón de acompañar a tantos urbanícolas diariamente, de haberlos sacado de problemas más de una vez, de ser un cuadernillo que guarda el hilo de Ariadna, la Guía Roji pierde la impersonalidad que caracteriza a otras cartas de navegación.

Actualmente incluye 170 planos, índice de cinco mil 400 colonias con Código Postal, de 76 mil calles y avenidas, sentido de éstas (y encontrar el sentido en esta ciudad no es cualquier cosa), mil 250 sitios de interés y las líneas del Metro. El nombre viene de sus autores fundadores, los hermanos Agustín y Joaquín Palacios Roji García.

Habría que darles reconocimientos públicos a sus heroicos agrimensores que van de barrio en barrio, comprobando que todo siga como en la edición anterior, o registrando las variaciones en caso contrario. Si tuvieran un uniforme más distintivo, si se le diera mayor difusión a su labor, más de una familia al verlos pasar cerca de su casa les invitaría un pan con leche.

La cubierta de la Guía, además del rojo que la caracteriza, seguramente para hacer juego con su nombre, consta en la portada de un fragmento de mapa que varía año con año. Sobre este fondo aparece la guía personificada, con aspecto de ujier o de cartero. Es curioso que aparezca como hombre, siendo de género femenino; Virgilio impuesto sobre Beatriz.

Este guía lleva de la mano a un hombre con traje azul y los ojos vendados. Aunque la realidad reciente nos remita más a una abducción que a una acción samaritana, la ilustración incluye un juego de espejos de dos profundidades. Por una parte, el guía-ujier que aparece en la portada tiene el vientre rectangular: es a su vez una portada que lleva la misma ilustración, en la cual otro Roji de vientre rectangular conduce a otro hombre, y así hasta el infinito. El segundo nivel de profundidad se da hacia fuera de la Guía y también se multiplica al abismo, con los distintos ejemplares de la Roji conduciendo no a uno sino a miles de personas en tiempo real.

Es atemorizante pensar qué pasaría si un día amaneciéramos desprovistos de nuestras guías de tapa roja. Si un extraño enemigo buscara profanar con su planta nuestro suelo, no necesitaría secar nuestras escasas reservas de agua o neutralizar nuestro armamento. Con desintegrar todas las Guía Roji estaríamos literalmente perdidos y a su merced. Siempre y cuando tuviera la precaución de guardar una copia para sí, de lo contrario quizá habría que declarar empate.

Según la lectura que se le dé, más allá de una herramienta práctica utilizada siempre en medio de la prisa o la desorientación, la Guía Roji también tiene potencial para convertirse fácilmente en el mapa de nuestra nostalgia. Es bien sabido que el mapa no es el territorio, pero a veces resulta más fiel y más poderoso: lleva algo de la magdalena sopeada en el té.

Tiene la capacidad, por ejemplo, de devolvernos la escenografía de aventuras pasadas: la unidad habitacional donde apenas libramos aquella golpiza; la esquina que permitió la huida después de salir corriendo sin pagar la cuenta; el nombre de aquel callejón cómplice, oscuro y apartado, donde la sincronía perfecta entre la luna nueva y el punto más alejado en la ronda de la patrulla, entre la pasión y los amortiguadores del coche, fue perfecta.

A la ciudad como página en blanco que proporciona, nos permite adjudicarle también coordenadas improbables. Podemos aventurarnos en territorios en los que de otra manera difícilmente entraríamos, como visitar la Doctores o Tepito por la noche, tan campantes. Recorrer la imperfecta circularidad del Periférico en tan sólo un par de minutos. De manera semejante, nos da una opción de catarsis: después de un recorrido cotidiano que nos roba una cantidad inverosímil de tiempo, la revancha consiste en abrir la Guía y hacer el mismo camino las veces que nos plazca a la velocidad sin límite que nuestros ojos elijan.

La Roji está, asimismo, llena de misterios. Si miramos el plano llave en la contraportada, ¿qué es esa espiral un tanto arriba y a la derecha? Se antoja un signo de interrogación hipnótico, un agujero negro, el remolino que deja la Caribdis urbana en el concreto, después de devorar un poblado entero. Se trata en realidad de El Caracol, un depósito de evaporación solar en Ecatepec formado por uno de los últimos sedimentos del Lago de Texcoco, que abastece agua para fines industriales y abarca 841.6 hectáreas, casi lo mismo que todo el Centro Histórico. ¿Cómo es posible que exista algo tan grande en nuestra propia ciudad y difícilmente nos enteremos?

Ojeando a vuela página el índice, surge algo inesperado: no son los próceres ni las fechas patrias quienes más calles tienen a su nombre. Son las flores. Que haya tantas amapolas, azucenas y bugambilias demuestra la necesidad por florecer de una ciudad cada vez más gris. Los árboles tampoco se quedan atrás, una vegetación nominal que mezcla especies vernáculas y maderas que en la ciudad de México se dan sólo en las mueblerías: encinos, ahuehuetes, ciruelos, chabacanos, que a veces se agremian para dar colonias enteras de Bosques.

La tecnología digital ha reforzado a la Guía, lo mismo existe en línea que hay una versión en CD. Otras innovaciones, como el GPS o Google Earth, tienden a augurar el fin de los mapas impresos, pero tales obituarios, como en el caso del libro, rara vez se cumplen. Ninguno de estos adelantos tiene la esencia de la versión impresa, que nos da la certeza de que la ciudad es mensurable, de que tiene límites, de que entre A y B hay un camino posible, de que es todavía navegable. Nos da, finalmente, la ilusión de que la ciudad de México nos cabe entre las manos, y que de nosotros depende pasar o no la siguiente página. n