Desde su nombre, la ciudad de México depende de mixtificaciones y problemas de traducción. En rigor, deberíamos referirnos al Distrito Federal y a la zona conurbada, que pertenece al Estado de México. Pero le adjudicamos el nombre del país entero, como si fuera la Urbe de urbes; al mismo tiempo, la nombramos en minúsculas. Reconocemos el tamaño del monstruo, pero lo domesticamos con un apodo.
Nuestra megalópolis deriva de una imagen aparecida en el transparente aire de los 2,200 metros de altura. Todo comenzó lejos de ahí, en las húmedas cuevas de la era prehispánica, ese hueco del tiempo cuya esencia se nos escapa y encandila por lo que omite: la falta de vías de acceso crea una anterioridad absoluta, que no ha terminado de suceder porque no podemos precisarla.
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