En el café de Londres en Budapest los clientes seguían entrando con aire tan circunspecto y se sentaban a las mesas de mármol negro tan ceremoniosamente que era notorio que el recién llegado no sólo deseaba tomar café, sino pasar una etapa de su vida bajo aquellas bóvedas. Los hombres no iban allí para tomar café sino para vivir, para soportar de alguna forma la vida. La cajera entrada en años, de rostro serio y mirada inquisitiva, tan ceñuda que parecía la tía de cada uno de los clientes, repartía el azúcar, el ron y el limón como la soberana de una provincia en Alemania que concedía patentes reales en los viejos tiempos. Los camareros eran ancianos, al igual que los clientes. Hablaban poco, servían el café a los clientes habituales sin que tuvieran que pedirlo y, naturalmente, en vaso de vidrio —algunos consideraban que tomar café en taza era una inmoralidad—, y traían el periódico de la mañana o de la tarde que luego el cliente se leía de pe a pa con tanta atención como si quisiera descifrar el significado oculto en cada línea.
En el Londres nadie se apresuraba, ni los camareros ni los clientes. En el ambiente no se percibía ni la prisa ni los nervios que caracterizaban los cafés del mundo de los negocios, donde un café negro se bebía a todo correr y la gente discutía con inquietud. Tampoco frecuentaban el local los juerguistas, los que deambulaban de noche y que de madrugada comían sopa de col y tomaban cerveza embotellada en los cafés de Budapest, y a los que las frías luces del alba sorprendían con los rostros tristes, sin afeitar y tan desvalidos como si en lo más hondo de su corazón supieran que no hay embriaguez, sopor ni olvido capaz de apagar en su alma el humo acre de la soledad y la duda, que brota de las ascuas del Infierno. Al Londres iban personas silenciosas que leían el editorial y los anuncios por palabras, que hacían los crucigramas de revistas ilustradas alemanas, contemplaban las ilustraciones en colores de las revistas británicas, donde unos lores paseaban por senderos a sus perros san bernardos, y los huéspedes se comportaban como si el suelo y el mundo no se hubieran hundido bajo sus pies. En lugares como el café del hotel, [el personaje] Simbad percibía con sensibilidad especial que esos remansos de paz, de la soledad, la meditación, la nostalgia y los momentos silenciosos ya estaban asediados por el salvaje torrente del tiempo que no tardaría en arrasarlos.
FUENTE: SÁNDOR MÁRAI, ÚLTIMO DÍA EN BUDAPEST. TRADUCCIÓN DE MÁRIA SZIJJ Y JOSÉ MIGUEL GONZÁLEZ TREVEJO. SALAMANDRA, MÉXICO, 2025.