Cuando le preguntaron qué harían los pueblos originarios ante las situaciones críticas que se anticipaban en 2018 en Brasil, el filósofo y activista indígena Ailton Krenak respondió: “Hace quinientos años que los indios resisten. Estoy más preocupado por los blancos. ¿Cómo van a salir de esta?”. Con una ironía incisiva, que incita una carcajada, Krenak sacude la solemnidad del debate e introduce al mismo tiempo una idea lúcida: hay pueblos que durante siglos han visto sus mundos desaparecer, que han sobrevivido catástrofes innombrables y que tienen mucho que enseñarnos sobre cómo resistir.
Su colección de ensayos lleva el título sugerente de Ideas para postergar el fin del mundo. En un pasaje casi chusco cuenta que el título se le ocurrió cuando le invitaron a dar una plática sobre desarrollo sustentable en la Universidad de Brasilia. La noción de sustentabilidad le pareció extraña. “¿Qué es lo que necesitamos sostener?”, se preguntó. Decidió que si se trataba de alargar un poco más la vida en el planeta, era necesario observar las estrategias que sus propios antepasados habían utilizado para “llegar al siglo XXI aún pateando, reivindicando y desafinando el coro de los satisfechos”.

El pueblo Krenak, en efecto, tiene una amplia experiencia luchando contra la destrucción de su mundo. Para mostrarlo no es siquiera necesario remontarse a las olas sucesivas de colonización y persecución que padecieron en siglos pasados. El 5 de noviembre de 2015, una presa con millones de metros cúbicos de residuos minerales tóxicos de Samarco, empresa minera anglo-australiana-brasileña, se derramó sobre el Río Doce en Minas Gerais. El lodo formó una avalancha que mató a diecinueve personas y recorrió 600 kilómetros hasta desembocar en el Atlántico. A su paso, acabó con el mundo Krenak: con el agua potable, con la pesca y con la posibilidad de realizar sus ceremonias dentro del río. “El derrame nos dejó huérfanos acompañando al río en coma”, explica el autor.
Lo interesante es que ante acontecimientos así de brutales, lo que Krenak recomienda es primero que nada un ejercicio corpóreo: respirar hondo y hacer taichí. “Cuando sientas que el cielo está muy bajo, tan sólo empújalo y respira”. La idea misma del fin del mundo, explica, es una manera de hacernos desistir de nuestros sueños. Su respuesta es tan concreta como potente: “…postergar el fin del mundo es exactamente poder contar una historia más, siempre. Si podemos hacer esto, estaremos postergando el fin del mundo”.
No es que Krenak decida ignorar la destrucción que le rodea, al contrario, refiere una y otra vez con profunda tristeza la destrucción no de la “naturaleza”, porque el término mismo le parece ajeno, sino de elementos específicos de su mundo: un río, una montaña, unos animales y unas plantas que solían estar ahí. Sobre las áreas protegidas y reservas naturales despliega la misma ironía que le caracteriza: “Servirán para que nuestros nietos o tataranietos puedan pasear para ver cómo era la tierra en el pasado”.
Dentro de ese duelo por el mundo que desaparece, Krenak se aferra al cuerpo, a la narración de una historia, a la poesía porque sabe que son la última trinchera contra la estandarización. “Ya que la naturaleza está siendo arrebatada de un modo tan indefendible, seamos capaces, por lo menos, de mantener nuestras subjetividades, nuestras visiones, nuestras poéticas sobre la existencia”.
Natalia Mendoza
Antropóloga y ensayista. Estudió Relaciones Internacionales en El Colegio de México y un doctorado en Antropología en la Universidad de Columbia.