
La “armonía de las esferas” define la creencia pitagórica por la que el Universo se relaciona y se sustenta mediante una armónica y divina proporción musical. De este modo, se supone que la distancia entre la Tierra y los planetas guarda una estrecha relación interválica. Cada planeta emite un sonido, a tenor de su velocidad y altura, con respecto de la Tierra. Se trata de una gran metáfora, común a distintas filosofías y literaturas, que expresa, o quiere expresar, la visión de una construcción musical del cosmos, una creación superior que lleva al espacio y el tiempo a constituir un edificio armónico hecho de sonidos.
Por ejemplo, el término sánscrito sphota, “hervor”, ejemplifica el “chorro”, el brotar del sonido cósmico como lo hace el agua en el recipiente. Se trata de un sonido generador, de un flujo vibratorio que inunda el espacio y que da forma a las cosas y las sustenta. La danza de Siva Nataraja no sólo expresa el símbolo de la Creación y su movimiento, sino también el proceso rítmico de su génesis y su destrucción, su continua generación y muerte, el ciclo cósmico. Confucio (551-479 antes de Cristo) dejó dicho que “el Cielo se servirá del Maestro como si él fuese la lengua de madera de una campana” [Analectas, III, 24]. Son demostrativas las palabras del confuciano Lu-Pu-Wei (m. 235 antes de Cristo), autor de Lu Shih Ch’un Ch’iu, donde expone sus teorías musicales; de este modo puede leerse:
Los orígenes de la música yacen en el pasado remoto. Surge de la medida y hunde sus raíces en la gran Unidad […] La música perfecta halla su causa: nace del equilibrio […]. La música se funda en la armonía entre el Cielo y la Tierra, en la concordancia entre oscuridad y resplandor.
Estos términos no distan, desde luego, de lo que puede leerse en Hermes Trismegisto: “Hay dos coros de dioses, el de los astros errantes y el de los astros fijos”, de igual modo que en la Tierra se buscan himnos y cantos “que recuerden la armonía del Cielo” [La llave, 7, y Libro sagrado dedicado a Asclepios, 38]. Creer que existe una música producida en el cosmos y que, merced a ella, éste se mantiene en equilibrio, indica una idea de simultaneidad, necesaria para que todo fluya de manera conjunta y reglada. Los griegos, no obstante, carecían de una concepción del acorde como tal, y pensaron en una melodía cósmica que se desplegaba a partir de una armonía reguladora del espacio y sus elementos. Algunas de sus teorías apuntaban a que el sustrato del Universo era de madera (hyle), lo que favorecía una idea de resonancia y también de propagación. Es notable que los pitagóricos acudieran a la imagen de una nave cuya arboladura cruje con el vaivén del oleaje cósmico, como un sonido que va expandiéndose. Es la Nave-Universo que llena de ecos su periplo a través del tiempo. Así, el espacio indica movimiento y sonoridad, trayectoria y vibración.
Jámblico (c. 250-c. 325) cuenta en la Vida de Pitágoras que el maestro “ajustaba su mente” y aplicaba los oídos para escuchar la sinfonía universal; estaba atento a la armonía y consonancia de las esferas y, como creía que sólo para él era perceptible, trataba de imitarla y transmitirla a sus discípulos con la ayuda de instrumentos, o bien con la voz, porque ciertamente no se trataba de una armonía cualquiera, sino de una armonía de las esferas y de los astros, la cual:
produce una especie de melodía más profusa y abundante que las humanas, a causa del movimiento y de su órbita, muy rítmica y, a la vez, de una perfección muy bella y variopinta, porque se compone de sones disímiles y diferenciados por su gran variedad, velocidad, tamaño y posición, situados entre sí en una proporción muy armoniosa.
Los pitagóricos pensaron que las vibraciones del sonido, fijadas a una altura exacta, procedían del movimiento planetario, y que eso contribuía al orden y a la armonía del Todo. En Egipto y en las culturas mesopotámicas, al igual que en la India y en el lejano Oriente, y más tarde en la Persia instruida por el zoroastrismo, los planetas y las estrellas fueron identificados con dioses, números y símbolos. Si se atiende a los comentarios de M. Schneider [1946-1998], en los escritos de la cultura china se encuentra el más antiguo sistema de cosmogonía musical que poseemos. Según las tradiciones que proceden de aquellas primeras especulaciones, los planetas se rigen por el siguiente orden de quintas:
Saturno fa
Marte do
Venus sol
Mercurio re
Júpiter la
El mismo autor indica que en la cultura de Babilonia esta progresión se modificó, adquiriendo el Sol el lugar de Saturno, “la Luna en el último término” y Saturno entre ésta y Venus. Dado que se operó un nuevo cambio entre Júpiter y Venus “por razones astrológicas”, se originaron los dos sistemas babilónicos, expresados de este modo:
I II
Sol fa Sol fa
Marte do Marte do
Venus sol Júpiter sol
Mercurio re Mercurio re
Júpiter la Venus la
Saturno mi Saturno mi
Luna si Luna si
Ramón Andrés: Diccionario de música, mitología, magia y religión. Acantilado, Barcelona, 2014.