El Quijote de Cervantes ha perdurado porque se concentra en un ansia humana fundamental: el deseo de transformarnos en un ser más cercano a nuestras profundas, a veces secretas, aspiraciones. Una reacción ante la conciencia de y temor a la muerte. Alonso Quijano, de alrededor de 50 años, edad avanzada entonces, se transmuta en don Quijote; el primero y uno de los pocos protagonistas viejos de la tradición occidental —sólo Celestina se le anticipa—. Cervantes mismo había alcanzado sus provectos 58 cuando sale el Quijote en 1605. Transfigurarse en héroe literario obedece al deseo de ser inmune a la erosión del tiempo, es decir, ideal en todos los sentidos de la palabra. En su novela, Amadís seguirá por siempre virtuoso y valiente. Semejante ser imaginario nos haría triunfadores, dignos de admiración propia en relatos maravillosos. Los reiterados golpes de la vida nos demuestran que no podemos vencer, que debemos soportar derrotas y desilusiones. Pero la esperanza de triunfar nos impulsa al sueño de ser como don Quijote; simuladores de adalides que sí se imponen, por eso regresamos al libro de Cervantes en busca de solaz e inspiración. Es un proceso inscrito en la misma novela: otros personajes son afectados por la osadía del protagonista, que se arriesga a ser diferente, insensible al desprecio, las burlas y risa. Don Quijote los hace transformarse, convertirse en otros, en una palabra: imitarlo.
Cuando temprano en una calurosa mañana de julio don Quijote se aventura “por el antiguo y conocido campo de Montiel”, ataviado como caballero andante, se enfrenta a un mundo sin límites en el que puede ser lo que quiera ser. Como él dice, “la faz de la ancha y espaciosa tierra”. Eso es lo que significa enfrentarse a ese raso campo de Montiel. Estamos ante una de las más conmovedoras y profundas escenas de toda la literatura occidental. Un protagonista que se ha creado a sí mismo como personaje literario, al alba, se enfrenta a la aurora de una nueva era, trota por una llanura que es como una página en blanco sobre la que escribirá sus anticipadas aventuras. A éstas no las determina ninguna historia recibida, ya sean cuentos folclóricos o doctos sacados del caudal humanístico que circulaba entonces —no pertenecen a ciclos trágicos o épicos—. Tampoco lo impelen conflictos domésticos; escapar de padres y parientes, salir en busca de fortuna y medio de vida o a la caza de un matrimonio conveniente. Esto último sería propio de la picaresca. Lo mueve su voluntad de ser quien ahora es, y en esto supera a Hamlet: no duda. Don Quijote le comunicará este sentido de libertad a quienes se encuentra, incluso a los que se le oponen y tratan de regresarlo a casa. Éstos no se dan cuenta de lo que le deben a don Quijote.
El primer capítulo se ocupa “de la condición y ejercicio del famoso y valiente hidalgo don Quijote de la Mancha”. “Condición” se refiere aquí a su posición socioeconómica: un ordinario hidalgo rural de medios modestos pero seguros. Cervantes enfatiza la existencia ordinaria y aburrida del hidalgo para hacer su transformación más radical. Por eso lo describe como uno de esos hidalgos “de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”. Es una caracterización social, no individual. Quijano es uno de muchos. Su casa alimenta a cuatro: el hidalgo, el ama, su sobrina y un “mozo de campo y plaza”, una especie de jardinero, peón y criado. Pero el hidalgo tenía tanta devoción por los libros de caballerías que olvidaba “la administración de su hacienda”. Su afición por la caza (notar el galgo) lo marca como un hidalgo ocioso: ese deporte había sustituido a las actividades militares. Los aristócratas ya no peleaban en batallas, ahora en manos de soldados profesionales.
Por cierto, las armas que Alonso Quijano desempolva son los vestigios de un pasado que don Quijote casi nunca menciona: “Y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón”. Como Alonso Quijano tiene alrededor de 50 años a fines del siglo XVI, sus bisabuelos debieron vivir a mediados del siglo XV. “Luengos siglos” indica “hace mucho tiempo”. Don Quijote no vuelve a mencionar el pasado de su familia, como si su nueva identidad fuera lo único importante. ¿Qué hazañas hicieron esos antepasados para merecer su hidalguía? El lector nunca lo sabe. Su pasado se reduce prácticamente a cero.

Las armas son cruciales porque su conversión depende del disfraz, del cambio de apariencia. Está en consonancia con cómo actuará de ahora en adelante, incluso cómo les hablará a otros y a sí mismo. De ahí las complicadas preparaciones del primer capítulo, desde la restauración de las antiguas armas a encontrar nombres para su amada, para el caballo que lo llevará a sus aventuras, y para él mismo. La metamorfosis de Alonso Quijano a don Quijote es uno de los actos más significativos en la historia de la narrativa moderna: la autocreación de un personaje ficticio ante los ojos del lector, como si un actor se disfrazara en el escenario, frente el público, no en su camerino. El significado es enorme; el ser no es algo dado sino algo dinámico, el producto de una voluntad interna determinada por un deseo independiente de fuerzas externas. El ser transformativo de Alonso Quijano tiene un matiz más moderno. Parecería extraño en el contexto español, sobre todo por los lugares comunes sobre el retraso de una España sumida en sus pasados abusos y glorias.
La palabra conversión puede tener connotaciones religiosas, pero en el caso del protagonista de Cervantes tiene resonancias más laicas. Su cambio tiene más que ver con su persona pública y particular: cómo quisiera que otros lo vean y cómo quisiera verse a sí mismo. Una transformación que anticipa a Rousseau y sin equivalente en la ficción hasta la Metamorfosis de Kafka. Además, Alonso Quijano quiere convertirse en un personaje literario derivado de obras de entretenimiento, no en un santo. Una vez que se transforma en quien quiere ser, se siente seguro de sí mismo, como dice cuando lo rescata su vecino Pedro Alonso después de que lo vapulea el criado de los mercaderes: “Yo sé quién soy”. Don Quijote había dejado su casa, ya otra persona que Alonso Quijano.
Cuando regresa a su aldea por primera vez deja que Rocinante escoja el camino: se deja llevar por la fortuna, no por prescripciones o expectativas de nadie. Don Quijote deja atrás a su ama y sobrina; deja además su casa y los libros que lo enloquecieron. El lector tampoco sabe a dónde se dirige el caballero, cogido en la misma sensación de independencia y expectativa que el protagonista disfruta. Cervantes debe haber experimentado algo similar como autor: no tenía modelo que seguir excepto por las novelas de caballerías, cuyos héroes son muy distintos del disfrazado Alonso Quijano, y se desplazan por una geografía literaria muy diferente al de La Mancha, rural, pobre y con gente común. Pronto se los va a encontrar y comienza el proceso de convertirlos a su locura.
Don Quijote se topa con una venta ocupada por porquerizos y prostitutas, cuyo ventero resulta ser un pícaro jubilado. Piensa que la venta es un castillo, el ventero su aristocrático castellano, y las prostitutas, damiselas que deben atenderlo con respeto y cortesía. Cuando don Quijote le pide al ventero que lo arme caballero, éste le sigue la corriente y hace su noble papel lo mejor que puede. El ventero ha sido elevado de rango por don Quijote y disfruta la farsa, excepto cuando descubre que su huésped no va a pagar por el alojamiento. Pero por un breve lapso se ha conducido como caballero capaz de armar caballero a otro hombre. Las prostitutas están cautivadas y divertidas por el trato de “doncellas”, vírgenes. En efecto, asisten al caballero a comer y beber, con amabilidad y cortesía. Don Quijote insiste en que adopten el título de doña: doña Tolosa y doña Molinera. Es la primera vez que don Quijote conduce a otros a transformarse en personajes sacados de la literatura. La tramoya los convierte en lo que no son por un rato; don Quijote los ha ennoblecido. En algún momento de la segunda parte, un “castellano” le espeta a don Quijote: “Tú eres loco, y si lo fueras a solas y dentro de las puertas de tu locura, fuera menos mal, pero tienes propiedad de volver locos y mentecatos a cuantos te tratan y comunican…”.
Conforme nos acercamos al núcleo de la Primera Parte el ritmo de las conversiones se acelera. Estas nuevas historias empiezan con Dorotea disfrazada de mozo, lavándose los pies en un arroyo. El cura, el barbero y Sancho admiran su belleza sin saber que se trata de una moza. Dorotea está vestida de hombre para rechazar los galanteos del hombre para quien trabaja como peón; anda retirada por la sierra tras la seducción de Fernando, que prometió casarse con ella pero ha desaparecido. Fingirse hombre la pone a salvo. El cura y el barbero persiguen a don Quijote para que abandone su farsa como caballero andante. El cura ha inventado una patraña: él y el barbero aparecerán ante el hidalgo disfrazados de una damisela en peligro que les pide la liberen de un temible gigante que quiere quitarle su reino. Primero el cura hace de damisela y el barbero, del escudero; pero el cura cambia de pareceres: no es propio de su condición disfrazarse de mujer. Dorotea aparece como la hermosa mujer que es y la estrategia cambia. Ella será ahora la damisela acosada, y los demás su cortejo. En el papel de la Princesa Micomicona, Dorotea se presenta ante don Quijote y le cuenta el relato inventado por el cura. Dorotea se deleita en su disfraz y nueva identidad. Sancho le suplica a su amo que se case con ella para tomar posesión de su reino, con la esperanza de que algo bueno le tocará a él. Pero don Quijote le es fiel a Dulcinea y todos regresan a la venta.
Las transfiguraciones son multifacéticas. Una constante es el travestismo, que empieza por Dorotea y el cura. Detrás hay un deseo sexual amplio, profundo e inconsciente que sólo puede manifestarse mediante la libertad que el caballero ha hecho posible con su propia conversión. Emergen las secretas ansias por un ser radicalmente distinto. La lectura de los libros de caballerías, tan temida por algunos moralistas de la época, era por cierto provocadora de ese tipo de conducta sin inhibiciones. La imaginación literaria es peligrosa después de todo. La mera idea de un cura disfrazado de mujer es escandalosa; la seductora apariencia de Dorotea vestida de mozo libera los roles sexuales prescritos. La influencia de don Quijote sobre las personas es revolucionaria, no superficial o simplemente cómica.
Los personajes parten a realizar sus planes matrimoniales o a seguir con sus vidas; y también deciden regresar a don Quijote por la fuerza, ya que todo lo demás ha fallado. El cura, el barbero y los otros se disfrazan para no ser reconocidos por el hidalgo, que duerme, y llevárselo enjaulado en un carro de bueyes. El plan es hacerle creer que está encantado. Una comedia derivada de las novelas de caballerías: van a engañarlo desde su propia locura. De nuevo el cura es el “trazador de esta máquina”. Cada uno tiene la libertad de disfrazarse como quiera, y así lo hacen poniéndose antifaces. No hay poco patetismo en todo esto. Don Quijote se somete a la humillación con mansedumbre; lo toma como una de las pruebas que deben sufrir los caballeros andantes. Piensa que lo asedian fantasmas del “castillo”; más adelante los llama “demonios”. Hay una profunda ironía y paradoja en la escena: quien emancipa a los enmascarados para poder ser figuras es el mismo individuo a quien amarran, enjaulan y afrentan. Se convierten en don Quijotes para dominar a don Quijote.
En la Segunda Parte aumenta el proceso de transformación, primero porque el hidalgo y Sancho encuentran a más gente, y segundo porque no pocos han leído la Primera Parte: los reconocen como personajes de caballerías y así quieren verlos. El impacto del caballero se redobla; animan a don Quijote a que haga el papel de don Quijote, mientras otros desempeñan papeles derivados de la Primera Parte o sacados de su propia imaginación, deseos y lecturas. Los vecinos el cura y el barbero quieren que vuelva a ser para siempre Alonso Quijano; pero en general los personajes que el hidalgo y su escudero encuentran en la Segunda Parte quieren que sea el caballero andante y ellos tratan de actuar en consonancia. Quien más afectado se muestra por don Quijote es Sansón Carrasco. De la misma aldea que Alonso Quijano, Sansón es bachiller por la Universidad de Salamanca. Lector de no pocos libros, lo había sido en especial de la Primera Parte del Quijote. Es Sansón quien insta a don Quijote a que abandone de nuevo su casa y reinicie sus aventuras. Quiere devolverle la cordura a Quijano derrotándolo desde su demencia, no haciéndolo renunciar a su ficticia identidad. Pero para lograrlo Sansón debe volverse el caballero rival, la imagen especular de don Quijote. La Primera Parte ejerció sobre Sansón la misma influencia que las novelas de caballerías sobre Alonso Quijano. Quiere imitar lo que ha leído y convertirse en otro; quiere ser don Quijote igual que Alonso Quijano quiere ser Amadís de Gaula. Desde luego los motivos de Sansón están cifrados en buenas intenciones —curar a Alonso Quijano— pero también lo son los de don Quijote.
Sansón hace preparativos similares a los de Alonso Quijano. Se aparece en el campo para retar a don Quijote ataviado con armadura, escudo, espada, casco y a caballo. Por su atuendo cubierto de pequeños espejos, su nombre es el Caballero de los Espejos: “Sobre las armas traía una sobrevista o casaca de una tela al parecer de oro finísimo, sembradas por ella muchas lunas pequeñas de resplandecientes espejos, que le hacían en grandísima manera galán y vistoso”. El ser reflejo de don Quijote no podía ser más claro, y por cierto ha sobrepasado a su modelo. El parecido crece: el Caballero de los Espejos es devoto de una dama como Dulcinea y tiene a un escudero como Sancho. Ella es Casildea de Vandalia y él Tomé Cecial, enmascarado de tal manera que Sancho, su vecino, no lo reconoce y lo amedrenta su disfraz, que incluye una enorme nariz. Los dos disfraces son extraordinarios, exageraciones antes que copias, revelando una desproporcionada apetencia de transformación. El bachiller se entrega a una fantasía mucho más allá de sus intenciones de conquistar a don Quijote y regresarlo a casa. El caballero le ha dado la oportunidad y libertad de transformarse.
Las principales escenas de la Segunda Parte transcurren durante las dos visitas del hidalgo a la mansión de recreo del Duque, donde se organiza un espectáculo nocturno con varias carrozas y múltiples figuras disfrazadas, como en un teatro al aire libre. El mayordomo hace del sabio Merlín. El disfraz más aparatoso es el de Dulcinea, en realidad un hermoso paje travestido, bellamente ataviado y maquillado, a quien lo único que lo descubre es su voz “no muy adamada”. Se supone sea Dulcinea bajo encanto, según la ha descrito Sancho para cubrir la mentira de haber ido a verla en la Primera Parte. En la novela todo es falso y fabricado, inclusive el sexo. Esta Dulcinea es una mentira, la de Sancho, superpuesta sobre otra mentira, la inicial de don Quijote. A Sancho no le divierte el asunto: Dulcinea sólo puede ser desencantada si él se administra 3300 azotes en sus posaderas. Las falsedades sobre falsedades desembocan en bufonadas. El espectáculo en el bosque es el cenit de las conversiones en el Quijote, una verdadera fiesta de la fantasía en que todos se entregan a la realización de sus deseos. Éstos involucran otra vez lo erótico y enfatizan la profundidad de la causa de don Quijote en favor de la libertad; su carácter fundacional. Nadie enjaulará aquí a don Quijote, la imaginación desatada por él crea un ambiente carnavalesco en que todo es posible.
Derrotados en Barcelona, el hidalgo y su escudero van a casa a cumplir su condena: nada de actividad caballeresca por un año. Llegan por segunda vez a la casa del Duque. Una vez más prevalece lo teatral y la joven Altisidora hace el papel de la despreciada Dido en la Eneida. Se organiza un suntuoso velorio: se presume que ha muerto de tristeza porque la rechazó don Quijote. Tendida como un cadáver en otro espectáculo nocturno, múltiples antorchas hacen de la noche día. La ceremonia es de gran solemnidad y todos participan como público. El disfraz de Altisidora es magnífico: “Del cual túmulo se mostraba un cuerpo muerto de una tan hermosa doncella, que hacía parecer con su hermosura hermosa a la misma muerte. Tenía la cabeza sobre una almohada de brocado coronada con una guirnalda de diversas y odoríferas flores, tejida, las manos cruzadas sobre el pecho, y entre ellas un ramo de amarilla y vencedora palma”. El mayordomo ha arreglado que se reciten luctuosos versos de Garcilaso de la Vega. Toda la casa está presente, con don Quijote y Sancho en primera fila como espectadores, pero también parte de la representación: actores. El recinto entero es un episodio literario; todos participan de la ficción, que ha sustituido a la realidad.
Aún como farsa, en el espectáculo subyace la muerte. Altisidora lleva su papel al límite: durante su “muerte” presenció una especie de juego de tenis en el que demonios jugaban con raquetas ardientes (“unas palas de fuego,”) dándoles golpes a libros frágiles (“llenos de viento y de borra”), como si fueran pelotas. El principal es el Quijote apócrifo. El detallado “velorio” de la joven anticipa el final de la novela y la muerte de don Quijote, tan sencilla en austero contraste. Con la referencia a la Eneida de Virgilio Cervantes quiere doblar la parada. La Eneida no es mera novela de caballerías sino un monumento de la literatura occidental, y Dido no es Oriana (amada de Amadís), sino la mujer abandonada de la tradición literaria. Cervantes sabe ya que él pertenece a esa tradición porque está lidiando con los fundamentos de la imaginación humana. La habilidad de don Quijote para que otros se conviertan en terceros no los libera, ni a nosotros del inevitable final, cuando no habrá más teatro posible. Ahí está el implacable realismo de la novela.
Don Quijote vuelve a ser Alonso Quijano en una renuncia a la representación, la conversión, el teatro. Si al principio se enfrentó al infinito en el campo de Montiel, ahora se enfrenta a death’s dateless night (“la noche sin fechas de la muerte”) en el bello verso de Shakespeare, como la persona que en su origen fue. La historia entre esos dos momentos —las novelas de 1605 y 1615— ha sido una forma de postergar la muerte. Algunos se han sentido decepcionados de que don Quijote muera cuerdo. En Vida de don Quijote y Sancho (1905) Miguel de Unamuno afirma irritado que Cervantes no estuvo a la altura de su propio protagonista. Pero Cervantes sabía que no había conversión posible cuando el hidalgo se enfrentó a su inevitable fin. Sabía que, a no ser que se permitiera incurrir en lo fantástico —aventuras de don Quijote en la otra vida— Alonso Quijano tenía que morir Alonso Quijano para no matar a don Quijote, que por lo tanto seguiría viviendo.
¿Pero dónde nos deja el Quijote? Tradicionalmente Hamlet nos permite acceder a la incertidumbre, a la situación de tener que decidir lo que seremos y haremos, aunque el príncipe opta por la acción contra sus enemigos y perece con ellos. Shakespeare fue un pesimista y la pieza es una tragedia. El Quijote nos deja en la tesitura de sentirnos que nuestro ser es una invención, una representación cuyo original no conocemos o aceptamos, y un final que no podemos evadir. ¿Quiénes fuimos o seremos? Pero es una invención con un leve sentido irónico, una postura con algo de humorístico, por el contraste entre el ser aparente y su posible realidad. Cervantes fue un escritor optimista, aunque tan profundo como su coetáneo inglés, y más contemporáneo. La tragedia ya no nos define. La obra del español, como su antecedente Celestina, es una tragicomedia, pero con mayor énfasis en lo cómico, lo cual nos capta hoy más cabalmente.
Frente al espejo todos somos don Quijote o Sansón Carrasco o el innominado mayordomo. Pongámonos los antifaces y salgamos a nuestro campo de Montiel.
ROBERTO GONZÁLEZ ECHEVARRÍA
Investigador y ensayista. Sterling Professor de Literatura Hispanoamericana y Comparada en la Universidad de Yale. Entre sus libros Miguel de Cervantes’ Don Quixote: A Casebook (Oxford, 2005) y Novela y derecho (El regreso del bisonte, 2025).
