En la historia de los imperios, el estadunidense parece haber sido el primer coy empire: poderoso e implacable, expansionista y seductor, pero mustio, remilgoso, receloso de reconocerse “imperio” para no traicionar sus nobles orígenes “democráticos”. Claro, los presidentes estadunidenses suelen jactarse de dirigir la mejor nación, la más poderosa en la faz de la tierra y en la historia de la humanidad. Pero no se atreven a pronunciar frases como: “Our empire”, “For the good of the unmatchable might of our empire”.
A lo largo de la historia, Estados Unidos ha mostrado un cierto pudor de asumirse imperio, a diferencia de la Roma clásica, de España en el siglo XVII o de Inglaterra en el siglo XIX, o de Rusia y China casi siempre. Así, puede decirse que de la Doctrina Monroe (1823) a la Doctrina Donroe (2025-2026) se han cumplido dos siglos de mayor o menor pudibundes imperial.
La Doctrina Donroe de la segunda administración de Donald Trump anuncia el fin del coy empire; promete sacar al imperio del armario y utilizar el poder del imperio sin pátina de equilibrios de larga duración o de excusas morales o jurídicas. Es decir, fuera máscaras: Estados Unidos es la potencia más poderosa, la más rica, la más buena y ejercerá como tal, obedeciendo sólo sus intereses más allá del derecho internacional, la caridad cristiana o el credo liberal.
Sin embargo, la Donroe no es todavía una verdadera doctrina, sino una caja de resonancia para la retórica altanera sostenida por una coalición incoherente e inestable, formada por machotes de clubes de lujo que creen que su imperio es omnipoderoso y no requiere máscaras para mandar. Es decir, la Donroe se pretende “doctrina” de poder, pero no entiende ni la naturaleza del poder ni la debilidad del imperio ni que —para la sobrevivencia y eficacia de los imperios— el poder y sus “máscaras” son una y la misma cosa.
Los “padres fundadores” imaginaron a Estados Unidos como una nación y luego como imperio, o al revés, imposible determinarlo. Tan consustancial es lo que el historiador Josep María Fradera llama la “nación imperial”, el producto moderno por excelencia en América o Europa. Desde Washington o Jefferson, explica Fradera, Estados Unidos era “conspicuamente imperial en el doble sentido de no aceptar ningún tutelaje de los imperios que lo precedieron y por su deseo de incorporar territorios sin reconocer los hipotéticos derechos de sus dueños, ya fueran pueblos nativos o el Imperio francés o español o sus sucesores”. Pero en esto Estados Unidos no fue muy distinto a otras naciones surgidas del colapso de los imperios en América. Brasil nació imperio y lo fue institucionalmente hasta 1889. México nació imperio y devino en caótica nación con pretensiones de controlar imperialmente los territorios y pueblos heredados de algo imperial, la Nueva España, de Centroamérica a California.
En 1823 la Doctrina Monroe antes que ser una doctrina de expansión imperial, era una estrategia de defensa frente a las intenciones de imperios europeos en América; política que en muchos momentos vieron con buenos ojos varios países de América. Juárez y los radical republicans en la administración Lincoln hicieron lo que pudieron para que Lincoln aplicara la Doctrina ante Napoleón III y el Segundo Imperio mexicano. Fracasaron. No obstante, la Doctrina Monroe acabó por significar el dominio estadunidense del continente americano, aunque, como tal, la doctrina nunca funcionó de manera coherente y eficiente: a lo largo de los últimos dos siglos, una cosa ha sido la Doctrina, el imperialismo estadunidense, en México, Centro-américa y el Caribe, y otra muy diferente frente a Canadá, y otra cosa ante Brasil. Y en plena Guerra Fría no hubo Doctrina Monroe que evitara una Cuba comunista aliada a la Unión Soviética. Es decir, no es que Estados Unidos no haya querido “América para los americanos”, es que no ha podido.
A lo largo del siglo XIX, sin embargo, el expansionismo estadunidense fue tan voraz como vergonzante. Siempre contó con una gran oposición interna y con la constante necesidad —para una nación surgida de la lucha contra el absolutismo imperial europeo—, de justificar la expansión con algo más que la desnuda ambición de poder, tierras y recursos: civilizar indios, acabar con bárbaros, la dignidad nacional ante los “insultos” de México, expandir la democracia, liberar pueblos, pactar protección y territorios con naciones indias para luego traccionarlas o, antes que conquistar, comprar territorios (Alaska, Luisiana).
La guerra de 1812 entre la nueva nación, Estados Unidos, y el Imperio británico y sus aliados indígenas por el dominio de Canadá quizá fue la primera aventura imperial estadunidense y fue un fracaso. Su segunda guerra imperial, la guerra con México, expandió el territorio de lo que aún se concebía como una simple nación, pero causó una gran división interna. Muchos en Estados Unidos temían que esa guerra acabaría por “mexicanizar” a Estados Unidos, como en verdad sucedió: después de 1848, por poco más de una década, se fueron posponiendo caóticamente las contracciones entre estados libres y esclavistas, contradicciones que los nuevos territorios conquistados hicieron insostenibles. Así, entre 1861 y 1865 Estados Unidos se entregó a una fratricida Guerra Civil para sobrevivir al menos como nación unificada.

Hasta 1865, Estados Unidos era de manera simultánea imperio y nación in the making e imperio y nación in the unmaking. La guerra de 1898, contra España, inauguró el nuevo impulso imperial del Estados Unidos reunificado por una Guerra Civil y por innumerables guerras contra naciones indias. La de 1898 fue una guerra por el dominio del Caribe y por expandir la hegemonía estadunidense ante la expansión británica en el mundo y de varios imperios europeos en África. Pero fue una guerra moral, si las ha habido, un escándalo de periódicos empeñados en “liberar” a Cuba y Puerto Rico de la opresión imperial y despótica de España. La guerra se vendió como la justa ayuda a los buenos en contra de los malos y en nombre de la libertad y la democracia. Pero Cuba y Puerto Rico acabaron sumidos en dos diferentes estados de excepción imperiales, y en las Filipinas, la otra excolonia española, Estados Unidos mantuvo una guerra imperial descarada y sangrienta contra la independencia del archipiélago. Fue entones que T. D. Roosevelt articuló lo más cercano a una doctrina imperial para inaugurar el siglo XX estadunidense; una doctrina basada en la superioridad industrial, racial y militar de Estados Unidos. Pero la guerra en Filipinas también produjo un gran movimiento antiimperialista doméstico que se oponía a que Estados Unidos acabara siendo un imperio más, como cualquier otro, autoritario y violento. De la vergüenza de Filipinas, Estados Unidos no se libró si no hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Por mucho tiempo, aquello fue un fracaso militar y una vergüenza moral.
En términos imperiales, el fin de la Primera Guerra Mundial fue una suerte de coitus interruptus para Estados Unidos. Su innegable triunfo militar portó la máscara de la doctrina Wilson: apoyo a la gradual descolonización del mundo, pero control estadunidense de la medición internacional vía la Liga de Naciones y el creciente poderío industrial y comercial de Estados Unidos. Decía John Maynard Keynes que los estadunidenses habían impuesto su moralizante afán imperial: “[los delegados estadunidenses consideraban que] el curso que creían necesario de tomar era consistente con cada sílaba del Pentateuco… y entonces comenzaron a tejer la red de sofistería y de exegesis jesuítica que sirvió para finalmente vestir con insinceridad el lenguaje y la substancia de todo el tratado”. Y aquello acabó mal: sin que la nación lo supiera, el presidente Wilson permaneció inconsciente en la Casa Blanca y sus planes no fueron aprobados por el Congreso.
Después de 1919 Estados Unidos se pretendió ajeno a los problemas del mundo. Disfrutaba su prosperidad económica, llenando los mercados mundiales de nuevas tecnologías y de sus productos industriales. Pero 1929 en verdad sumió a Estados Unidos en el nativismo, luchando por su simple supervivencia como nación.
Hasta el inicio de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos era una nación tenazmente imperial pero vergonzante; ejercía un poder comercial y militar, arbitrario, pero con excusas morales —aunque pocas en Centroamérica, México y el Caribe—. Fue el triunfo militar, diplomático, tecnológico y económico en la Segunda Guerra Mundial lo que hizo de Estados Unidos el nuevo e indiscutible imperio “filantrópico”, el del plan Marshall para la reconstrucción de Europa —para no cometer el error del Tratado de Versalles y lograr una paz duradera—, pero también el imperio nuclear capaz de aniquilar a cualquiera. El imperio de la libertad y la cooperación, pero también el paladín armado del anticomunismo en todo el mundo. Se impuso una realpolitik para mantener un equilibrio de poder nuclear y una constante presión diplomática y militar en busca de aliados, junto con la seducción del mundo por medio de sofisticados servicios de inteligencia, con diplomacia cultural, con inversión masiva en desarrollo.
Éste es el orden imperial que ha dominado desde 1945 y que hoy está en entredicho. Fue un orden capaz de contener una nueva guerra nuclear y de evitar nuevas guerras intraeuropeas. Produjo el mayor crecimiento económico e industrial que el mundo haya conocido, en Europa o en América Latina. Fue un orden moralino y tramposo que lo mismo apoyaba democracias que a Franco en España mientras garantizara la agenda anticomunista, de masiva inversión en desarrollo y expansión de mercados, pero también de anticomunismo violento e irresponsable, con apoyo a golpes militares en Guatemala, Brasil o Irán.
El viejo coy empire devino en lo que el historiador brasileño Antonio Mota llama “el imperio seductor”, el de Hollywood y la cultura popular estadunidense en el mundo, eso que el gran Louis Armstrong cantaba: “That´s what we call, cultural exchange”. Es decir, un imperio en pleno ejercicio de su poder y de sus “máscaras”, sin las cuales su poder hubiera sido difícil de concebir y ejercer. Y en la posguerra fueron más exitosas las máscaras que se puso el imperio que sus conquistas militares: a partir de 1945 Estados Unidos ha mantenido el equilibrio nuclear, pero ha perdido todas las guerras mayores en que se involucró: Corea, Vietnam, Afganistán, Irak, además de su mayor fracaso de inteligencia, diplomacia y savoir faire político: Cuba. Es decir, Estados Unidos, como imperio moderno en grande, es muy joven y muy ineficiente en términos militares, pero había sido, en efecto, un imperio seductor con sus productos, su cultura, con la americanización del mundo.
Hoy resaltan dos momentos relativamente recientes de ese largo orden post-1945: 1989 y 2001. En 1989, con la caída de la Unión Soviética, Estados Unidos parecía abrazar la victoria absoluta, viraba en amo y señor de un nuevo orden mundial, el de la “libertad” y el capitalismo. La democracia y la cultura americana serían el destino de mundo. Duró poco la ilusión. En 2001, los ataques terroristas a las Torres Gemelas y al Pentágono lograron el consenso para lanzarse a la guerra en contra de enemigos por todo el mundo, pero con la excusa de cambiar regímenes autoritarios, de crear libertad y seguridad para todos acabando con tiranos y terroristas. Fue ese imperio dirigido por George Bush le petit, un presidente de tan pocas luces que entonces parecía que ése era el límite de sandez que el Ejecutivo estadunidense podía tolerar. (Little did we know). Dick Cheney y Donald Rumsfeld viraron en nuevos Kissinger: ideólogos del nuevo orden imperial, todavía procurando multilateralismo, excusas morales, las estructuras internacionales. Fue un fracaso, sobre todo militar y cultural: pudieron matar y comprar a muchos, pero sedujeron a pocos y fracasaron militarmente.
Este fracaso marcó mucho de la política de Obama, de los asesores de seguridad del primer Trump y de Biden. Pero también marcó el rebote: Trump II despelucado, sin balances, con una coalición de grupos convencidos de que el poderío militar y económico de Estados Unidos le otorga una gran ventaja que nunca ejerce por meandros morales, humanitarios… por tonterías. La Doctrina Donroe pretende ser el fuera máscaras: Estados Unidos hace y hará lo que crea importante, si no para la nación, para los intereses de la coalición que domina, sin excusa alguna, por riñones, porque puede y sin aliados.

Es pronto para saber qué pasará. Es probable que la segunda administración Trump termine con la tramposa paz de posguerra, con el orden imperial conocido, pero no inaugurará otro. El supuesto imperio sin máscaras constituye, en realidad, la máscara más engatusadora en la historia del Imperio estadunidense: cubre el miedo a su extinción y la inconsciencia de su debilidad, evidenciada por la creencia en que el poder sin máscaras, uno, existe y, dos, es sostenible. Pero el imperio sin máscara es una máscara más y muy peligrosa porque, para portarla, hay que implantar una contradicción: tiene que haber un detentor claro del poder imperial. De ahí la tendencia a la concentración interna y externa de poder en una coalición alrededor de un monigote, pero para lograr esa concentración tiene que reinar la incoherencia en los planes y tomas de decisiones.
La coalición que llegó al poder quiere todo, lo mismo la desregulación total que la protección de la industria y la agricultura estadunidenses; aislamiento de los problemas del mundo pero seguir mandando; expulsar millones de inmigrantes pero que no falte mano de obra barata en los campos de California u Oregón, o que los laboratorios, las tech companies y los hospitales reciban la mano de obra calificada india o brasileña que necesita para producir el poder tecnológico estadunidense; quieren acabar con el “wokismo” en las universidades o en el Ejército, aunque sea imposible lograr el dominio tecnológico y militar que imagina Estados Unidos sin el reclutamiento masivo que han hecho las universidades y el Ejército; quieren matar a todo narcotraficante extranjero, pero sin tocar a los miles de consumidores, traficantes, policías y políticos estadunidenses involucrados en el negocio de las drogas; quieren a sus generales y almirantes blancos, guapos y delgados, pero el presidente es anaranjado, obeso y feo.
Y para poder querer tanto y pretender obtenerlo es indispensable un Trump, o alguien semejante, capaz de mantener la atención en una era dominada por mercados de atención y capaz de satisfacer los instintos más bajos de una parte del electorado estadunidense. Pero no puede haber política imperial coherente, ideas claras y planes certeros, a no ser la bravuconada de querer poder y creerlo todo suyo, porque la incoherencia no es una consecuencia de Trump y su administración, sino su requisito. Sin ella, cada facción tendría que ver qué pierde y qué gana. O poco a poco irán cayendo miembros e intereses de la coalición, y surgirá un mínimo orden imperial o la incoherencia seguirá reinando y acercando al mundo a una catástrofe. Pocas veces en la historia de Estados Unidos ha habido tanta concentración de poder en un presidente y en una coalición de políticos y de grandes dineros, pero sumidos por necesidad en la constante reproducción de la incoherencia y el desmadre.
Por lo pronto, todos creen que están ganando o que no han perdido, en tanto satisfacen las frivolidades de un presidente incoherente cuyo narcisismo ramplón exige constante estímulos, pero que garantiza la concentración de poder doméstico en tanto exportan las contradicciones internas al mundo. El creciente autoritarismo interno requiere de desplantes de poder externos porque la nación es inentendible e insostenible sin el imperio.

Es como si Estados Unidos hubiera sido creado para convertirse en el dominio de la mente, e Hispanoamérica para servir de lugar de residencia de los sentidos. Eso creía Tocqueville. No me molesta la ofensa a los tristes trópicos, lo que me ofende, y ofendería a Tocqueville, es que Estados Unidos encarna hoy la idiotez descarada y peligrosa. Y ofende y preocupa no porque la actual estupidez nos revele que era un mito el de l’Amérique de Tocqueville, sino porque deja al mundo huérfano de un mito necesario. Ya hay poco que separe al Estados Unidos de la segunda administración Trump del caos tropical que Tocqueville veía en Hispanoamérica.
Hoy la gran nación, la que era el experimento democrático por excelencia, está gobernada por un mal chiste de la historia: un golpista, pésimo empresario y promotor, como nadie en Hispanoamérica, del cronny capitalism, un niñote rico e ignorante de los problemas del mundo, un vulgar ricachón que se rodea de oropeles dorados. Ése es el líder del mundo libre y ha logrado seducir a millones y ha sometido a una vieja y sofisticada clase política dispuesta a traicionar cualquier razón de Estado o mínima racionalidad con tal de satisfacer al gordo y permanecer en el poder mientras ganan ventajas fiscales, nombramientos en las Cortes, contratos, eliminan enemigos políticos y ya Dios dirá mañana.
Millones de estadunidenses prefieren vivir en el Estados Unidos militar de Mission: Impossible que les pinta su presidente que en el decadente imperio que no ha podido ganar una guerra desde la Segunda Guerra Mundial y que actúa como el imperio filibustero en el continente mientras China gana terreno comercial, político y militar. No es que Estados Unidos no sea la gran potencia, es que ahora es una gran desventaja ser la gran potencia con la máscara del poder absoluto que oculta el miedo y la decadencia del imperio, mientras implanta la corrupción, la ignorancia, la ineptitud y la vulgaridad.
El imperio, la nación y la paz mundial están en entredicho. Es la clase política estadunidense la que tiene la palabra. Durante la guerra que Estados Unidos mantenía en Filipinas, Carl Schurz, alemán que participó en la revolución de 1848 en Prusia, exiliado en Estados Unidos, luchó por la Unión en la Guerra Civil y embajador de Lincoln en España, dejó dicho algo como para que lo leyera la actual clase política estadunidense: “Los paladines de la guerra entre nosotros harían bien en estudiar modestamente la historia de su propio país. Ese estudio los curaría de sus fantasías románticas sobre las bellezas morales de la guerra […] Aprenderían que, entre un pueblo como el nuestro, es fácil encontrar cien hombres listos para asaltar una batería enemiga o para encabezar una esperanza frustrada, pero no una persona con el coraje moral para pararse solo contra el mundo, por su concepción de la verdad, lo bueno y lo justo, porque, aunque enfrentar a los enemigos puede ser algo valiente, es mucho más valiente enfrentarse con un amigo en la defensa y cuidado de la verdad”.
Mauricio Tenorio
Profesor de Historia en la Universidad de Chicago