¿Celebridad?

Durante años he escuchado o leído una gran cantidad de denuestos contra la celebridad. La paradoja se halla en el hecho de que quienes la desprecian son, por lo general, escritores o artistas célebres. Es posible, entonces, que un remedio contra este supuesto mal sea justamente el hacerse famoso. Había ya escrito Thomas Hobbes que una de las grandes desgracias que le suceden a un ser humano es el deseo de celebridad. Alguna vez le pregunté a un amigo famoso de dónde provenía su desbocado deseo de gloria; no supo responderme porque ni siquiera él mismo conocía el origen de semejante impulso. Es probable que la necesidad que uno tiene de la fama sea una especie de enfermedad de la que adolecen todos los seres humanos. En alguna entrevista Norman Mailer afirmó que entre las causas que daban al traste con un escritor, además del exceso de alcohol, se hallaba también la de no poseer un mínimo reconocimiento público.

Ilustración: Katia Recio

El éxito, la celebridad o la fama poseen diversas interpretaciones. Milan Kundera escribió que el ser humano pasa a ser célebre cuando el número de quienes lo conocen supera claramente al número de los que él mismo conoce. Y cerraba su comentario añadiendo que el escritor que no aspire a cierto reconocimiento o miente o es un cínico. Eugène Ionesco, en alusión a Victor Hugo, sencillamente dijo: “Un hombre célebre es asqueroso”. Imre Kertész, el autor húngaro alegaba que, cuando se busca el éxito, simplemente se obtiene o no se obtiene, y ambos resultados pertenecen al ámbito de la ignominia. Muchos hemos soportado alguna vez a Cioran afirmando que hay algo de farsante en todo aquel que tiene éxito. Ahora bien, hay quienes en su exceso de pretensiones desean ser famosos incluso póstumamente, hecho que me parece un tanto vergonzoso y ridículo. Truman Capote se hallaba tan preocupado por encarnar la celebridad y ser amigo de celebridades que, quizás, nos arrebató la escritura de un par de obras admirables. Yo me pregunto qué clase de hotel sería aquel que ofrece sus servicios en el otro mundo, si solamente estuviera colmado por celebridades. A Rosa Mayreder, la furibunda feminista austriaca, le interesaba también la posteridad; no en vano escribió lo siguiente: “El presente que todo lo profana, lo vuelve todo vulgar; con el escalofrío de lo prohibido ha perdido también el encanto del secreto”. Recién he escrito que guardar un secreto es como vivir dentro de una celda, sin embargo ni siquiera en la literatura fantástica podría existir una persona que no guarde celosamente secretos. Robert Walser escribió que uno los mayores deseos que albergaba era el de ser un cero a la izquierda. En la frase anterior resuena cierto ánimo masoquista, ya que no le encuentro diferencia a ser un cero a la izquierda o un cero a la derecha. Me da placer citar continuamente a Dostoievski cuando escribe: “Estoy convencido de que el ser humano no renunciará jamás al verdadero sufrimiento, es decir, a la destrucción y al caos. Porque el sufrimiento es la única forma de tomar consciencia de las cosas”. Tal pareciera que, después de leer el párrafo anterior, uno debería renunciar a la celebridad y además sufrir. Miguel de Unamuno se definía diciendo que en su alma se libraba una perpetua guerra civil; esta cita la he tomado de un ensayo de Alfonso Reyes, quien escribió que cada uno tiene su alma en su almario. Termino confesando que la celebridad me es desagradable, aunque no la posea, pues ésta nos convierte en monos de zoológico a los que se paga por ver. Todo aquel que secretamente aspire a la celebridad y no la consiga, experimentará cierto sufrimiento incómodo; quiero decir que vivirá toda su vida en el interior de una cárcel invisible.

Guillermo Fadanelli

Escritor. Entre sus libros: Stevenson, inadaptado; El hombre mal vestido; Fandelli y Mis mujeres muertas

 


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