LA HERENCIA CATÓLICA

VICENTE LEÑERO

Nexos convocó a un grupo de destacados escritores mexicanos que pertenecen a generaciones distintas, y les preguntó por los autores católicos que más han influido en su obra y por la manera en que ésta se ha manifestado. Van aquí sus respuestas.

Hombre de fe.

Hace algún tiempo escribí un pequeño ensayo autobiográfico sobre mi proceso de escritor, en mi condición de católico y novelista, no de novelista católico, que me parece un terminajo espantoso. En mi primera juventud me había “formado” leyendo al padre Luis Coloma y al padre Carlos M. Heredia (malévolas influencias), hasta que descubrí a Francois Mauriac y a Graham Greene…

Transcribo a continuación lo que escribí en ese ensayo de los años noventa, porque sigo pensando lo mismo.

En Francois Mauriac aprendí a degustar el mal como plato fuerte del fenómeno novelístico. Pero no el mal entendido desde la perspectiva psicológica o social, sino el mal sufrido y asumido desde una convicción teológica. Es muy probable que la teología novelística de Mauriac no resista en nuestros días un análisis severo, pero quiero entender que sus novelas —en las novelas que yo leí a fines de los cincuenta entre fascinado y escandalizado: El beso al leproso. Thèrése Desqueyroux, Mudo de víboras. El desierto del amor.. .— lo católico del novelista no se manifestaba en la piedad, ni en la posibilidad de redención, ni desde luego en el costumbrismo religioso, sino en el drama del pecado como desbarrancamiento existencial, en la maldad asumida desde una conciencia de fe, en la vuelta de espaldas a un Dios que no da cauce a la redención, porque la debilidad humana obstruye el camino de la gracia. Creo recordar que en Mauriac el sentimiento de lo cristiano se desangra en el fracaso ideológico del cristiano. Los llamados “v alores católicos” fallan, y no sólo por la hipocresía de sus personajes, por la doble cara de sus católicos de salón, por los intereses clericales de sus sacerdotes y sus acólitos, sino también, sobre todo, por una debilidad del alma o por una telúrica pasión que no obedece a la vocación de grandeza que debería alentar a los creyentes.

Además y más que este Mauriac analista a fondo de la fe y el pecado de la burguesía francesa, quien me sacudió como un trapo fue el inglés Graham Greene. Empecé leyendo su trilogía de la gracia —El poder y la gloría. El fin de la aventura. El revés de la trama—. y desde entonces hasta la fecha —ahora ya sin entusiasmo enajenado— he seguido libro a libro toda su trayectoria. Importante el Greene católico. Significativa —yo diría que única en la literatura del siglo XX— su aplicación del thriller como género de aventuras al fenómeno de la gracia: la gracia de Dios, la que llamábamos gracia santificante, representando el papel de un personaje persecutor, en ocasiones una forma de detective o de inspector privado, muchas veces un obcecado redentor, más bien una conciencia redentora que acosa, vigila, persigue, acorrala y termina atrapando al pecador. Nadie como Greene para ilustrar, sobre el clásico esquema de la novela policial, la infatigable búsqueda que realiza Dios para levantar de su caída a la criatura humana. El hombre vuelve las espaldas a Dios, se hunde en sus miserias morales e intelectuales, echa a correr para dejar atrás la fe, pero Dios sale de inmediato a correr tras él, a perseguirlo, a cazarlo de manera implacable, se diría que cruel, porque el resultado, desde la óptica terrena, es definitivamente trágico, al menos triste, siempre doloroso.

Leyendo a Greene entendí lo que al cabo de los años se habría de convertir en mi metáfora privada de novelista. Entre más hacía a un lado los escrúpulos y los prejuicios para encajarme en la realidad, entre más cuestionaba un pensamiento religioso no sólo por lo que apunta a los postulados mismos de mi fe de adulto, más se enriquecían y se fortalecían de manera extrañísima mis convicciones de hombre cristiano.

Greene y Mauriac me enseñaron que la pintura del mal, con todo su pesimismo y su crudeza y su desgarramiento, alude más a Dios y a su gracia que las pinturas apologéticas de la novelística piadosa. No era verdad que el escritor cristiano estuviera expulsado de la literatura universal ni tuviera prohibido el ejercicio de la novela; desde siempre estaba llamado a ella, pero no en su dudosa calidad de apóstol, sino en el papel de testigo, incluso de profeta. La capacidad del cristiano como observador imparcial de la realidad, merced justamente a su innata posición de corresponsable, le permite mejor que a muchos otros acometer la realidad sin temores, sin aspavientos, sin falsos intentos para mejorar lo que está fuera de su alcance. El no juzgarás del cristianismo, el mandamiento del amor por delante de la búsqueda de la justicia, esa profunda libertad para decir, para pensar, para escribir, que proporciona el sentimiento de filiación con Dios, son todas características —se podría decir exigencias— de cualquier preceptiva novelística. El cristiano tiene como ley moral de su condición la misma ley moral que rige al novelista en su oficio.

Esto lo fui descubriendo al leer a Greene, a Mauriac y a todos los católicos que vinieron después o simultáneamente: Evelyn Waugh, León Bloy, Bruce Marshall, George Bernanos, Heinrich Boll…

Se podría ser hombre de fe y buen novelista, descubrí entonces. Es más, el ser hombre de fe en el siglo XX facilitaba la tarea narrativa porque el hombre de fe, entendido como yo lo quería entender entonces, parece abocado por la propia naturaleza de su creencia a interesarse más —sin juicios de por medio, con absoluta generosidad— por la realidad que lo circunda, por el estallido del fenómeno humano.

Vicente Leñero. La vida que se va es su más reciente novela.