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Carlos Monsiváis es el intelectual más lúcido de la izquierda mexicana. También es un simpatizante de las causas abanderadas por el EZLN. José Antonio Aguilar Rivera polemiza aquí con esa simpatía y esas causas, y lanza un llamado de alerta sobre el riesgo que implica colocar los sentimientos por encima del juicio racional.


Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros.
—George Orwell, Rebelión en la granja.

En el prólogo de Rebelión en la granja George Orwell escribió: “si la libertad significa algo, es decirles a los demás lo que no quieren oír”. El manuscrito de la famosa novela, que satirizaba a Stalin en el personaje del megalómano cerdito Napoléon, fue rechazado por cuatro editores antes de ser finalmente publicado con un gran éxito en 1945. Criticar a la URSS cuando ese país era un aliado de Inglaterra era un tabú. Orwell explica en su texto cómo se gesta la tiranía de la mayoría: “en un momento dado se crea una ortodoxia, una serie de ideas que son asumidas por las personas bienpensantes y aceptadas sin discusión alguna. No es que se prohíba concretamente decir ‘esto’ o ‘aquello’, es que no está bien’ decir ciertas cosas… Y cualquiera que ose desafiar aquella ortodoxia se encontrará silenciado con sorprendente eficacia”. La definición de Orwell de libertad es hoy más relevante que nunca. En este momento la ortodoxia dominante exige una admiración hacia el EZLN y su líder sin asomo de crítica. Doña Rosario Ibarra dixit: “hay cosas que no deben saberse”.

El servilismo con el que la mayor parte de los intelectuales de izquierda se ha tragado y repetido los tópicos de la propaganda zapatista sería sorprendente si no fuera porque el hecho no es nuevo y ha ocurrido ya en otras ocasiones. La marcha que tuvo lugar en marzo sólo agudizó este fenómeno. Publicación tras publicación, sin controversia alguna, aceptó y divulgó los puntos de vista zapatistas con una gran falta de seriedad intelectual. Un botón de muestra fue el homenaje que un grupo de intelectuales le rindió a Marcos y al EZ en la ENAH a su llegada a la Ciudad de México. En los discursos hubieron golpes de pecho lingüísticos (abrir con palabras en lenguas que nadie —salvo unos cuantos de los presentes— comprendía para reafirmar sus credenciales progresistas) y declaraciones de una profundidad retórica insospechada (“a partir de ese día 1 de enero de 1991 reanudó, con poderosa voz, con poderoso canto, con poderosa verdad, la lucha por la dignidad que se inició hace quinientos años. Esta lucha, limpia y profunda, verdadera porque nace de los manantiales que respetan la vida, nos engrandece a todos. Por su lucha, el mundo ahora es más grande”). Una joya en el género de la porra intelectual.

El caso de Carlos Monsiváis me interesa en particular por su autoridad intelectual y por su honestidad como crítico social. El suyo ilustra tanto la lucidez de la izquierda como sus patologías recurrentes. A diferencia de la mayoría de los simpatizantes del zapatismo —que predican, pontifican, ensalzan, santifican, pero no dialogan, no debaten y no escuchan— Monsiváis trata de impedir que sus simpatías lo conviertan en un grupie de Marcos y de los que son del color de la tierra. Me parece que ese prurito tiene que ver con la historia. No es necesario ser muy perspicaz para reconocer que el entusiasmo de un amplio sector intelectual por el zapatismo y el indigenismo se parece mucho al que despertó el socialismo en décadas pasadas. El fervor y la convicción de la izquierda multicultural recuerdan las apasionadas posiciones a favor de la Revolución cubana. Ahora, la Habana está en la Realidad, en algún lugar de las montañas del sureste mexicano, el Che es el subcomandante Marcos y el reconocimiento a la Diferencia es el comunismo. “Patria Diferente o muerte”. Lo curioso es, por supuesto, que los entusiastas de antier no hayan aprendido nada, o muy poco, de esa experiencia. Si de abandonarse a los brazos de una causa se trata, la memoria es un obstáculo. Ese embotamiento de las facultades críticas fue expuesto en su momento. Creo que el debate que sostuvieron en 1978 Monsiváis y Octavio Paz sobre los méritos del socialismo real arroja luz sobre nuestra circunstancia actual.

A las acusaciones de Paz de que la izquierda argumentaba “mal, con timidez, sin rigor ni libertad crítica”, Monsiváis respondió: “ante un fenómeno de la vastedad del socialismo, procede y es urgente la crítica sistemática y no la negación en bloque”. Monsiváis no era, de ninguna manera, un apologista a ultranza del socialismo real. Pero no se deslindó claramente de él. Hoy, no es absurdo pensar que defiende al zapatismo y al neoindigenismo en términos muy similares a los de entonces: ante un fenómeno de ese alcance lo que procede es la “crítica sistemática” y no la “negación en bloque”. En 1978 a muchos pareció sensata esta posición (además, el comunismo tenía más opositores que el neoindigenismo). Ahora sabemos la realidad del socialismo. Polacos, checos y rusos negaron en bloque a las burocracias que los oprimieron por décadas.

Cuando Paz murió en 1998, Monsiváis admitió públicamente que se había equivocado. Ese reconocimiento da cuenta de su honestidad intelectual. No sólo eso: a diferencia de una parte de la izquierda que en pleno siglo XXI le rinde tributo a Fidel Castro en la Ciudad de México, él ha hecho suya la causa de los perseguidos políticos en Cuba. No tiene añoranzas caribeñas. Y, a pesar de haber brindado durante un tiempo su apoyo al CGH en el conflicto de la UNAM, ahora ha denunciado su violencia. “¿Qué lecciones se aprenden?”, se pregunta Monsiváis. Y con lucidez responde: “las hoy visibles son todas amargas y, para la izquierda y, lo más importante, para la UNAM, devastadoras. Ante el CGH la izquierda partidista prescinde por demasiado tiempo de la crítica, cede al chantaje y en algún momento quiere muy fallidamente adueñarse del movimiento” (Letras libres, marzo de 2001).

Como en el caso del socialismo real, el lado negro del movimiento neoindigenista no le es desconocido. Es comprensible que los usos y costumbres —el legitimar el peso de la tradición sobre las minorías y los individuos— inquieten a Monsiváis. Al propio Marcos le dijo: “perdón, pero si se conservan las costumbres pasadas, se dificulta muchísimo la construcción de una sociedad racional, en el caso del machismo, la segregación de las mujeres, el alcoholismo y el caciquismo. Ahí sí no hay vuelta, esos usos y costumbres deben ser irretornables” (La Jornada, 8/1/01). Durante la Marcha, su ojo avizor no dejó pasar los flirteos del EZ con el EPR, el ERPI y las FARP, las guerrillas que no son chic, “el 7 de marzo, el subcomandante Marcos pronunció su discurso más inquietante o menos convincente. “Para quienes han hecho suya la causa indígena; y no temo generalizar, la vía armada no es ni de lejos una opción. No sólo las bases de apoyo demandan del EZLN la vía del diálogo. También lo hacen sectores muy vastos de la sociedad civil. Para nosotros, la vía armada corresponde a un pasado trágico y es una salida cancelada” (Proceso, 1271). En el fragor de la fiesta, reconoció: “a momentos la intransigencia perturba”. Y asentó: “lo de los usos y costumbres exige revisión a fondo”. De la misma forma conjuró el fantasma de la cortedad de miras nacionalista, que se atisba en el discurso indigenista, con sensatas adiciones culturales: “es muy valioso lo que se preserva, pero es igualmente valioso lo que se añade… también son y serán derechos de los indígenas, y de los mexicanos en general, oír a Mozart y Verdi, leer a Balzac y Saramago, ver a Eisenstein y John Ford”. Frente al multilingüismo que impide la comunicación horizontal, apuntó: “debemos exigir la divulgación de la riqueza del castellano en los sectores indígenas y en la sociedad, porque en gran medida la discriminación se ha fundamentado en la exclusión lingüística, que al rechazar lo diverso (las lenguas indígenas) le cierra el paso a la lengua en común, y porque en el manejo de las potencias y las potencialidades del español se deposita el horizonte del desarrollo, del gozo de la lectura, de la racionalidad democrática” (La Jornada 13/ 03/01). Todo esto es necesario. Pero, ¿es eso lo que demanda el EZ? Sólo a Monsiváis se le perdonan las tímidas críticas ocasionales al Líder sin que a causa de ello sufra excomunión: “sin quererlo, llevado por su elocuencia, que es real, Marcos ha propiciado más que nadie el paseo de miles en la cuerda floja de la metáfora ancestral”.

A pesar de todo, los juicios positivos —abiertamente entusiastas— no han escaseado. Dan el tono a la crónica. El recorrido zapatista fue “la primera marcha nacional antirracista” y la equiparó al movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos. (¿Martin Luther King buscaba acaso el reconocimiento de la diferencia o una sociedad ciega al color de las personas?). Tampoco escatima loas: “si el EZLN tiene gran líder, la sociedad tiene una gran deuda”. El acto final de la marcha en el Zócalo no sólo fue una “victoria política”, sino también, “y de manera irrefutable, una victoria cultural”. Ahí, afirmó Monsiváis, “atestiguamos el deseo vigoroso de paz, en su definición más intensa, el cese de todas las guerras de alta y baja intensidad económicas, sociales, dirigidas contra la mayoría. También hemos visto el compromiso grave y festivo a la vez contra el racismo, la segregación, la discriminación, el sexismo, la intolerancia, la homofobia”. El movimiento, se supone, está por la “integración indígena”, que es a la vez “la causa de la desintegración del racismo y de la desigualdad extrema”. Así, los comandantes indígenas son los emisarios “de un país distinto, más igualitario, opuesto a la discriminación, más libre y gozoso” (mis cursivas). Para Monsiváis, el EZLN “ha reactivado las sensaciones y las exigencias conceptuales y culturales de una izquierda democrática y moderna, ya sin liga visible con la sujeción a la URSS o a la Revolución cubana” (La Jornada, 15/ 3/01).

El zapatismo se ha convertido en el repositorio de los más variados anhelos de la izquierda, aun si sus objetivos explícitos —conservar las tradiciones de comunidades rurales, aisladas y a menudo poco tolerantes con los que no se conforman a las normas comunitarias— contradicen a muchos de ellos. Cada quien desea escuchar a su santo mentado en el Evangelio según Marcos. Así, sigue Monsiváis, el zapatismo “ha hecho vislumbrar la existencia de opciones frente al neoliberalismo, alternativas culturales, psicológicas y morales de ninguna manera desdeñables”. También “ha difundido el discurso feminista con rapidez impresionante”, ha “provocado la solidaridad genuina de cientos de miles de personas en México y fuera de México”, y “ha creado una visión a la vez utópica y práctica: la de un país capaz de atraer para su desarrollo a los excluidos, presuntamente la mayoría”. Las facultades curativas del zapatismo son espectaculares: “sin plan concreto, con apasionamiento, se ha ido mucho más lejos que la izquierda tradicional, que sustituyó a su tótem de la lucha de clases con la lucha de cuotas”. El Sub, por su parte, suma todas las demandas y agravios que encuentra en su camino. Lesbianas, chavos banda, rockeros, indígenas, a todos guiña el ojo. Pero el zapatismo no aboga por las mayorías, sino por las minorías; no busca la igualdad sino el reconocimiento de la Diferencia. Esto el zapatismo lo ha dicho explícitamente muchas veces; no es un objetivo embozado. Son sus fans de la izquierda huérfana los que no quieren verlo. Creen a pie juntillas que lo que ayer era derecha hoy es impecable pensamiento progresista. El neoindigenismo no es una victoria; es una derrota cultural para la izquierda que ha claudicado de sus banderas universalistas de reivindicación para todos. Es una puerta falsa que se presenta como alternativa a la modernidad política real. Es, en la frase de Mario Vargas Llosa, una utopía arcaica. Cuando Julio Scherer interrogó a Marcos sobre la miseria, en una vena propia de la izquierda tradicional, su interlocutor le respondió en clave multicultural. Lo evidente, que nadie quiere reconocer, es que ambos hombres hablan, a pesar de lo que quisieran creer, lenguajes distintos. El multiculturalismo tiene efectos políticos regresivos. El enfatizar la singularidad de los problemas de cada grupo fragmenta la acción política común. La demanda y defensa de privilegios para grupos particulares diluye la energía social. Así, no hay fuerza suficiente para movilizar a las personas en aras de intereses compartidos más amplios. Los únicos que se benefician de ello son los que más ventajas sacan del status quo imperante. Las políticas inspiradas en el multiculturalismo por lo general no promueven los valores de igualdad y libertad. Al contrario, socavan las medidas sociales redistributivas. Un listado de grupos minoritarios no es un sustituto de una política progresista.

El diálogo con Carlos Monsiváis es lo más cercano que Marcos ha estado del debate de ideas. Pero incluso la suya es una crítica amistosa, paternal. Un coscorrón al joven rebelde social que se deja llevar por su elocuencia. Sin embargo, la crítica amistosa tiene límites. Los compañeros de viaje no deben sacudir demasiado la canoa, so riesgo de hundirla. El fin del socialismo real hizo a Monsiváis un poco más cauto. Pero sólo un poco. El ha hecho la “crítica sistemática” del zapatismo pero, al igual que en los setentas, esa crítica no lo ha hecho deslindarse de él. Los actos públicos de contrición me parecen absurdos. La exigencia de mea culpas de quienes en el pasado creyeron en la causa socialista es una venganza simbólica y por ello es mezquina. Lo que realmente importa no son las confesiones, sino que los errores del pasado no vuelvan a cometerse. Y eso es en buena medida lo que está ocurriendo.

La incapacidad para deslindarse a tiempo de movimientos sociales autoritarios que recurren, o amenazan con recurrir, a la violencia evidencia una vulnerabilidad estructural de la izquierda. Esa debilidad consiste en pasar por alto (restarle importancia, minimizar, disculpar o considerar incidentales) los aspectos siniestros de las revoluciones o movimientos sociales que persiguen causas buenas y nobles. Da cuenta de un compromiso ambiguo y vacilante con los valores de la democracia liberal: la condena a la violencia revolucionaria, la democracia electoral, las libertades individuales y la tolerancia. Estos pueden ser sacrificados en aras de otros valores más puros, más sentidos: la comunidad, la autenticidad, la solidaridad, etc. El menosprecio de los derechos individuales, políticos y civiles, es un legado del marxismo. Marx no sólo señaló las limitaciones de dichos derechos frente a las grandes desigualdades económicas; los creía apropiados sólo para el hombre “egoísta”. Como afirma Brian Barry en su reciente libro, Culture and Equality: “la solución para él no era adicionar estos derechos con otros, sino abolidos por completo. La solidaridad social y la cooperación espontánea harían innecesarios a los derechos ‘burgueses’ en la sociedad del futuro”.

De la misma manera, para los simpatizantes del zapatismo el apego a la democracia liberal es contingente, relativo. enajenable y suspendible si la causa es buena. Y ésta —el neoindigenismo— parece ser muy buena. Además, se presenta retóricamente no como una negación, sino como consecuencia de ella. Sin embargo, su compromiso democrático es cosmético, táctico. Pero eso no importa; tampoco el desprecio a la vida de las personas concretas, de carne y hueso, como el motociclista muerto en un accidente durante la caravana en marzo. Tampoco son motivo de deslinde los consabidos vicios: el mesianismo, el culto al líder que dice no ser líder, el nativismo, el esencialismo. los coqueteos con la violencia y el autoritarismo. La estrategia retórica de Marcos ha contribuido a la confusión. No sólo es camaleónico (puede ser pacifista y militarista dependiendo de la ocasión) sino que ha hecho de la incoherencia un arte. Puede decir una cosa y contradecirse de inmediato. Como él ha reconocido, a veces ni ellos mismos se entienden. Marcos no es un ideólogo, es un seductor. ¿Cuántos, entre sus seguidores, cuestionan sus asertos? Él, por su parte, se ha acostumbrado a que la ovación llegue en cuanto abre la boca. Haríamos bien en recordar la admonición de Orwell: “el resultado de predicar doctrinas totalitarias es que lleva a los pueblos libres a confundir lo que es peligroso y lo que no lo es”. La fascinación que ejerce Marcos sobre nosotros es una enfermedad de la que debemos curarnos.

Quienes sufrieron la desilusión del socialismo deberían ser más cautos. Sobre todo, el intelectual más lúcido de la izquierda. Monsiváis no sigue sus hallazgos hasta sus últimas consecuencias lógicas. No lo hizo antes y no lo hace ahora. La violencia del CGH se hizo evidente desde el inicio de la huelga; la humillación a los profesores sólo fue la cereza en el pastel. Los dirigentes no se transformaron de pronto. Fueron consecuentes con sus ideas y sus métodos. En el caso del neoindigenismo, nada de lo que Monsiváis ha encontrado parece ser lo suficientemente grave e importante para hacerlo reconsiderar su simpatía.

La defensa de la tradición y las costumbres —bandera de la derecha por antonomasia— ha concluido su metamorfosis ideológica: ahora es causa libertaria. ¿Cómo pudo caer Monsiváis en el garlito? La clave de ello la proporciona él mismo: “me conmuevo sin poder evitarlo y no trato de ubicar las razones de mi emoción porque me enfrascaría en un simposio unipersonal. Sólo puedo decir que creo captar el sentido de la dignidad tan mencionado: el orgullo que causa de una vez por todas el no avergonzarse por lo que piensen los demás de los indios”. Suspender el juicio racional en aras del sentimiento entraña un gran riesgo. Como afirma Judith Shklar, hay algo perturbador en el hecho de idealizar a los vencidos: “no podemos permitirnos simular que el papel de víctima mejora a alguien en alguna forma. Se nos olvida que cualquiera puede ser víctima y si permitimos que nos ciegue el odio a la tortura, o la lástima por el dolor, estaremos anudando involuntariamente a los torturadores de mañana, al sobrestimar a las víctimas de hoy”. Es cierto, el ser víctimas es algo que nos pasa, no es una cualidad. Las exigencias de las víctimas de 500 años de opresión deben ser sometidas al mismo escrutinio racional de otras demandas. Coincido con Monsiváis en que “la más alta tribuna del país es el uso político y ético de la razón”. Ojalá, por el bien de todos, no se equivoque en esta ocasión.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Profesor-investigador del CIDE. Su último libro es Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville.