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La cárcel no admite comodidades; de hecho, se encarga justamente de esa de privar a los reclusos de toda referencia exterior, de hacerles sentir con severidad que el mundo a su alrededor, un mundo donde la vista no descansa, sólo debe sugerir mortificaciones. Ni hablar. ¿De qué vale pisar el freno cuando el exceso de velocidad ya te condujo hasta ahí? El problema agregado es que al mirar las cárceles del Distrito Federal se obtiene una imagen perversa de la justicia: el castigo excede al castigo para transformarse en una monstruosa maquinaria diseñada para aniquilar cualquier atributo humano.

Pongamos el caso del Reclusorio Norte. Más de ocho mil reclusos permanecen ahí esta mañana. Se supone, sin embargo, que su capacidad instalada es suficiente para poco más de la mitad. Supongamos que la sobrepoblación sólo agrega un inconveniente a la hora de acostarse. ¿Y el agua? Una de las tantas muertes pequeñas que concede el Reclusorio Norte se cumple con la escasez de agua. No hay agua para beber, ni para el aseo, ni para la letrina. Tres mil reclusos deben abastecerse de las tomas en los patios o aventurarse en dormitorios ajenos, andar sigilosamente a cuatro patas por lugares donde la verdadera muerte llega por descontado. Y luego se viene la hora de la comida: a un recipiente grande le toca una porción grande; los recipientes pequeños se portan a su medida.

Lo que elegantemente se llama “instalaciones sanitarias” se encuentra fuera de lugar, como propiedad e interés de reos cuyos dormitorios gozan de lujos mayores. Pero lo más insoportable es la oscuridad. A falta de luz eléctrica los internos tienden cables que se cuelgan de la fuente central. Lo hacen por necedad; al final siempre se reconocen a oscuras. Ni siquiera hay luz en los pasillos de los dormitorios. De ahí que la verdadera sensación de estar indefenso y a la intemperie llegue con la noche.

Las golpizas llegan de noche. No descienden de ningún sueño poético, no pertenecen a ninguna pesadilla ni son parientes de una musa insomne. Omar, un interno del Reclusorio Oriente, lo supo a la hora en que cuatro reclusos ingresaron a su dormitorio y le hablaron de la venganza, una señora sin dientes ni piyama. Lo golpearon hasta dejarlo sin alma.

El médico Rubén Madrid Carranza recibió a Omar a las 7:20 y certificó hinchazón y moretones en pómulos y mentón, y tumoraciones en ambas regiones parietales. La terminología médica (equimosis, edematización, hematomas) proviene de un mundo raro: oculta tanto como expone. Un cuadro así nos arroja un rostro deformado por la violencia y el dolor. En mi tierra eso recibe el nombre de una tremenda madriza. Omar no fue sometido a una exploración de rayos X para determinar la probabilidad de alteración neurológica pero a cambio recibió dos analgésicos.

Los oficios del médico Rubén Madrid Carranza rindieron tan poco alivio que Omar fue a dar con Irma Reyes García, adscrita al servicio médico. Sabemos que ella no tomó registro alguno; sabemos, también, que, a pesar de que Omar presentaba un cuadro convulsivo, no hubo valoración. Su diagnóstico calificó al recluso como “neurológicamente estable”, y más bien con ganas de pasarla en el servicio médico para evitar otra golpiza. Sabemos todo esto porque Omar fue remitido con la psiquiatra Susana Leonor Bravo Goyes, quien ordenó radiografías de tórax (una falla técnica se interpuso en ese camino) y prescribió Epanin, un anticonvulsivo de acción simple.

De noche también te ocurre alejar a las cucarachas que quieren meterse a tus oídos. De noche te obligan a correr desnudo por el patio y luego a olvidar tus derechos humanos. Lo peor llega de noche. Lo peor de la noche carcelaria es que en vez de los Rolling Stones escuchas a Vicente Fernández. Lo peor de la noche es que no te pide cita. Omar murió por estulticia y negligencia médica. No le dieron una tomografía ni el efecto salvador de una inyección intramuscular.

El artículo 137 del Reglamento de Reclusorios Centros de Readaptación Social del Distrito Federal brilla con luz propia: “El orden y la disciplina se mantendrán con firmeza en las instituciones de reclusión, sin imponer más restricciones a los internos que las indispensables para lograr su convivencia. su adecuado tratamiento, la preservación de la segundad en los establecimientos y su eficaz funcionamiento. El manual correspondiente determinará las medidas generales de custodia a fin de que se conserve el orden y se garantice la seguridad en los establecimientos”. Uno lee “conservar el orden y garantizar la seguridad” y obtiene una visión perfecta. Es un alivio comprobar que las buenas intenciones aún se mantienen sobrias.

Aunque no para Martín García González, preso en el dormitorio 10 de máxima seguridad del Reclusorio Sur. Uno escucha “máxima seguridad” y vuelve a obtener una visión perfecta: nada ni nadie sale o entra. Pese a esto el recluso Juan Filorio Monroy ingresó al dormitorio 10 para asestarle 39 puñaladas al cuerpo intoxicado de mariguana de Martín. Había bebido el equivalente a siete botellas de cerveza; se había asegurado de comprobar la eficacia de su cuchillo de alta montaña, una pieza de 30 centímetros de longitud; pero no había eludido a los tres custodios que. vistos a contraluz, ofrecían la imagen alineada de la complicidad. Martín intentó defenderse y lanzó gritos de auxilio. No obtuvo respuesta. Volvió a gritar. Nada, sólo el viento frío de la agonía desoladora. Filonio volvió a su celda y se cambió de ropa. Luego regresó al dormitorio 10 para certificar la muerte de Martín. Sus botas relucientes eran su atributo más desdeñoso.

Lo primero es no comerse nada. O lo que en el argot carcelario significa: no tomar ventaja, no pasar por encima del orgullo ajeno. Lo segundo es evitar a toda costa el ingreso al Centro de Observación y Clasificación; ahí sólo hay sitio para los delatores.

Ignacio Alfredo Pérez Cruz precipitó su ruina cuando cayó en el olvido de ambas cosas. Primero se comió al personal de custodia, denunciándolo por abusos; violando esa regla de sobrevivencia se dio de bruces con la segunda. La madrugada del 19 de noviembre de 1996, los custodios Guillermo Flores Castillo y Ricardo Morales Andrew confiaron en la única respuesta que conocían, la más apropiada a su mundo de represalias, y trasladaron a Ignacio al Centro de Observación y Clasificación, donde lo golpearon una y otra vez. Lo pusieron de espaldas y le cubrieron la cabeza con una bolsa de yute: lo golpearon en los testículos y el abdomen; lo patearon en todas direcciones, lo hicieron hasta que les dio la gana. Iban por turnos, en efecto. Resultado: escoriaciones en el rostro, el antebrazo izquierdo, el abdomen y ambas piernas: edema escrotal derecho e izquierdo, doloroso a la palpitación, con huellas de sangrado transpeneal, con datos francos de orquiepididimitis postraumática. Una lesión de tal naturaleza pone en peligro la función de los testículos. Interrogados por visitadores de la Comisión, los custodios justificaron su conducta con este frase de miedo:

—Lo hicimos porque se había comido algo.

 

Roberto Pliego
Escritor. Es autor de La estrella de Jorge Campos.