ESCRITOR EN SU TINTA

ENDIABLADO CUERPO

POR ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

Se  entiende la timidez que generalmente exhiben los feos y los gordos. El cuerpo es su peor propagandista. Pero no es fácil entender la extrema severidad de los guapos. Si el cuerpo es su mejor propagandista, ¿por qué no se les ve más alegres y rumbosos? ¿Por qué razón las chicas más bellas pasean por las calles con la expresión más avinagrada y ofendida, como si alguien estuviera pisándoles constantemente el juanete? ¿Por qué las mujeres más atractivas y los hombres más aplaudidos se comportan en público —en especial ante la cámara de un fotógrafo de moda— como si el mundo entero los estuviera ofendiendo? Cierto es que en las pantallas televisivas la belleza aparece siempre sonriente. Sí. pero sólo en estas pantallas. La televisión siempre está vendiendo algo, y un vendedor sin sonrisa es un mal vendedor. En cambio, en la calle los guapos y las bellas adoptan sin excepción un rictus ulceroso. Ahí están: caminando con expresión augusta, con el mentón alto, los ojos negándose a mirar la general vulgaridad del entorno. Obsérvenlos: los bellos cuerpos se desplazan en las pasarelas de la moda con la exagerada seriedad que antaño se observaba en los desfiles militares. Extraño mundo el de hoy; justo cuando los militares empiezan a tomarse sus cosas con cierta relajación, con menos pedantería, aparecen los guerreros de la belleza, adoptando poses de extrema seriedad. ¿Acaso existe hoy día algo que sea tomado más en serio que los cuerpos perfectos?

Pero el cuerpo, ¿qué es? El amigo más íntimo, aunque también el peor enemigo: procura dolor siempre que le ofrecemos placer. El es quien reclama suculentas comidas, pero no para calmar el hambre, sino para satisfacer los caprichos de las papilas gustativas. Después, naturalmente, lo pagará decorando la cintura con preciosos “michelines” o poblando las venas con la silenciosa serpiente del colesterol. El cuerpo se acostumbra fácilmente a nuestra benevolencia: si lo agasajamos con un buen whisky malta se acostumbrará al regalo y acabará reclamando que se repita constantemente para después celebrar nuestra generosidad arruinando el hígado o destrozando las neuronas. El cuerpo reclama el tabaco para asfaltar los pulmones.

Exige higiene diaria para convertir la piel en un desierto. Pide ejercicio físico y devuelve cansancio. Solicita descanso y reintegra flaccidez. Compañero desagradecido y, por ende, inevitable, el endiablado cuerpo cambia sin cesar de opinión y encuentra siempre la mejor manera de portarse como un granuja.

Incluso las modelos más envidiadas (o estos Adonis de la televisión que en los últimos años muestran el pecho sin pelo a la menor ocasión), incluso ellas y ellos, tan admirados, tan severos, tienen por enemigo a su propio cuerpo. El deseado músculo y el muslo delicioso no son sino consecuencia de una implacable tortura: inagotables horas de gimnasia y crueles regímenes dietéticos a base de yogur desnatado y odiosas hojas de lechuga. Los “cuerpos yogur” son fruto de una tiranía (paradoja: hay que ser un esclavo o esclava para ser el rey o la reina de la belleza canónica). Ello no implica que sean libres y felices los del biotipo contrario: frente al espejo el fondón y la fondona son insultados por su propio cuerpo con sonora impertinencia. El cuerpo es un camarada impresentable: lo necesitas el día en que no funciona el ascensor y te responde con ahogos, arritmias y súbitas rendiciones; lo tratas a cuerpo de rey y te responde con fétidas manifestaciones gaseosas; lo cuidas con amor de madre y te sale más caro que el teléfono del hijo adolescente.

La historia acostumbra repartir elogios entre los que castigan su cuerpo. Durante largo tiempo, gozaron de prestigio los tipos austeros, los sacrificados, los reprimidos, los atletas, los abstemios y las vírgenes. Sólo durante unos pocos años (de mayo de 1968 hasta la aparición del sida) triunfó la ética contraria: la del jolgorio y el desmadre corporal. En aquellos años locos y felices, tan vertiginosos como solares (con razón suele decirse: “alguien que recuerda qué hizo en los sesenta, definitivamente nunca estuvo en los sesenta”), la bestia triunfó sobre el bozal. Con el sida, el miedo obligó a volver la vista atrás, aunque ya no era posible regresar a la mojigatería. De ahí las sorprendentes alianzas actuales: la represión y el exhibicionismo forman parte del mismo panorama. Nos torturamos para modular el cuerpo, para adaptarnos a unos rígidos cánones de belleza. Y lentamente el cuerpo envejece como un oscuro y fanatizado objeto de un deseo insatisfecho. Entronizamos los cuerpos, los televisamos, los publicitamos.

 Y, sin embargo, son ídolos muy poco abrazados. Son ídolos para ser mirados e imitados. O para ser envidiados. Y adorados y esclavizados. Todo al mismo tiempo. Pero esos cuerpos raramente son estrujados, casi nunca producen gozo. Miro o soy mirado, luego existo, n

Alfredo Bryce Echenique Escritor. Su más reciente libro es Guía triste de París.